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El texto atascado

martes 9 de junio de 2026
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El texto atascado, por Carlos Yusti
En muchas ocasiones el artículo, el ensayo (o la nota hecha en volandas), apenas se queda en unas frases al inicio y luego nada; el texto parece detenerse, se atasca y queda allí. 📷 “Niño escribiendo” (circa 1908), por Albert Anker

Escribo a mano en un cuaderno escolar o en todo caso hago un primer boceto del texto a escribir. Después de unos días lo retomo y tacho palabras, agrego frases y cuando ya creo que el escrito está más o menos parapetado, que es leíble, voy a la computadora y a medida que escribo voy reescribiéndolo todo otra vez. En muchas ocasiones el artículo, el ensayo (o la nota hecha en volandas), apenas se queda en unas frases al inicio y luego nada; el texto parece detenerse, se atasca y queda allí mientras otros nuevos escritos fluyen a un ritmo incesante con su punto final. Traigo un compendio de esos artículos “atascados” con título y todo, pero que por alguna azarosa razón no he podido concluir. A veces arrojo a la basura el cuaderno cuando está lleno y el texto atascado se pierde con los otros bocetos terminados. Antes de arrojar el cuaderno a la papelera transcribo varios de esos textos que me ha sido posible finalizar.

 

El país del Ministerio de la Verdad

En la novela 1984 el escritor George Orwell imagina un futuro regido por un Estado totalitario, que como es lógico toma fragmentos de Estados reales como el ruso o el chino, para crear una pesadilla en donde el Gran Hermano, especie de mandatario omnipresente, vigila, de manera amenazante y en todo momento, a sus conciudadanos. Siempre me agradó de malas maneras esa visión que tenía Juan Nuño del escritor: “Pensándolo bien, Orwell reúne todos los componentes literarios políticos para hacerle francamente detestable: realismo ingenuo, participación directa, moralismo (su eterna obsesión por la decency), populismo, compromiso social y, por si fuera poco, autodidacta y carente por completo de imaginación. Lo más sorprendente es que no sólo no resulta detestable, sino que termina por situarse entre los grandes escritores del siglo; desde luego, el que mejor ha comprendido nuestra época y el que más certeramente la ha descrito”.

En el famoso Estado orwelliano la dominación comienza por el lenguaje y esa es la función de la neolengua. Este invento de Orwell nace a partir de una serie de puntales alteraciones con respecto al inglés. Resulta si se quiere en una sutil versión simplificada de dicho idioma, que utiliza menos léxico y que no sólo se estructura mediante un buen número de eufemismos y abreviaturas, sino que además carece casi por completo de irregularidad en cuanto a formas verbales, formación de plurales, terminaciones de adjetivos y adverbios, prefijación negativa. O como lo explica el mismo Orwell: “Aparte de la supresión de palabras definitivamente heréticas, la reducción del vocabulario por sí sola se consideraba como un objetivo deseable, y no sobrevivía ninguna palabra de la que se pudiera prescindir. La finalidad de la neolengua no era aumentar, sino disminuir el área del pensamiento, objetivo que podía conseguirse reduciendo el número de palabras al mínimo indispensable”.

El Ministerio de la Verdad (denominado en neolengua como Miniver) tenía entre sus funciones proporcionarle los giros necesarios a la historia para que coincidiera con los postulados del Estado. Una historia distorsionada, amasada, mutilada y reescrita a la medida. La otra actividad a la que se dedicaba era controlar la propaganda para que la misma estuviese en consonancia con los intereses y la narrativa del partido gobernante. Su característica esencial era manipular la historia, y para ello trabajaba con pulcritud en la destrucción de documentos, la modificación de los registros históricos y la alteración de la prensa para publicitar en gran medida lo infalibles que eran el Gran Hermano y el gobierno bajo su vigilante dirección. El lema que el edificio exhibe no es otro que los eslóganes del partido: “La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza”. De igual modo, así como el Ministerio de la Verdad se encarga de mentir, el Ministerio de la Paz de hacer la guerra; el Ministerio del Amor y el de la Abundancia también controlan las relaciones de los ciudadanos y la escasez en todos sus escaños. Este sencillo armatoste administrativo funciona como una terrible receta matemática para ofrecer los entretelones oscuros (y sangrientos) de cualquier sistema de poder. Cualquier coincidencia con la realidad cae en esa cansina muletilla de lo meramente casual.

 

Segundones de la literatura

Cuando me inicié en estos intríngulis de columnista escribí un texto, con más veneno que estilo, sobre el zoológico literario de mi estimada ciudad de Valencia. Como novicio de las letras veía a los otros escritores encerrados en sus jaulas de prejuicios, manías y pequeñeces humanas.

Hoy (es una lástima) ya no los visualizo en sus jaulas, sino desde su escritura, y así descubro una buena cantidad de segundones de la literatura, disfraces de escritores que hacen lo que pueden con las palabras. Segundones no en sentido peyorativo, sino como esos actores de reparto necesarios para que la trama de la película se desarrolle. Además, hay una frase atribuida a Diderot sobre Voltaire: “Es el mejor segundo en todo”. En realidad, la frase se la dijo alguno que le tenía ojeriza a Eratóstenes, que era un sabio griego todoterreno, especie de polímata que calculó con exactitud sorprendente la circunferencia terrestre, a través de la observación de las sombras proyectadas por el Sol en Siena y Alejandría y aplicando principios geométricos básicos; esto no lo digo yo, sino Carl Sagan en su viejo programa televiso Cosmos, que todavía puede verse por YouTube.

El segundón literario, aparte de ser una alimaña acomodaticia (con mezquindad incluida) como persona, tiene una obra escrita que —a pesar de la publicidad— no calza los puntos requeridos para entrar en esa tabla clasificatoria (intangible por supuesto) de autores imprescindibles, y que no se engañen por su divismo figurativo en suplementos culturales, revistas literarias y demás impresos. Aunque se haga notar mucho, su obra se queda en ese resbaladizo renglón de subalterna. Pondré algunos ejemplos. Quizá la mayoría no comparta mi visión caprichosa y malintencionada.

 

El síndrome Bazlen

“El peor enemigo es el enemigo que tiene nuestros argumentos”.

Roberto Bazlen

La mejor etapa de mi adolescencia fue cuando pasaba días enteros leyendo en el sofá de la sala. La lectura de libros me permitió tener una trinchera ideal para esquivar el tiroteo doméstico y las exigencias paternas para que estudiara más y tratara de leer menos. Estaba atrapado en el síndrome Bazlen sin saberlo.

Roberto Bazlen era un consejero editorial triestino que, a pesar de no haber publicado un libro en su vida —tenía bastante suspicacia hacia la escritura—, fue un certero lector, y ya en el crepúsculo de sus días creó la mítica editorial italiana Adelphi. Fue propulsor de esa idea del libro único, de ese libro pleno de extrañeza, de gran calidad e irrepetible. O como escribe Roberto Calasso: “Aquel donde se reconoce de inmediato que al autor le ha ocurrido algo y ese algo ha terminado por depositarse en un escrito. En este punto hay que tener presente que en Bazlen había una intolerancia notoria por la escritura. Paradójicamente, considerando que se había pasado la vida siempre y exclusivamente entre libros, el libro era para él un resultado secundario, que presuponía otra cosa. Era necesario que quien escribiese hubiera sido atravesado por esa otra cosa, que hubiera vivido dentro de ella, que la hubiera absorbido en su fisiología y, eventualmente (aunque no era obligatorio), la transformara en estilo. Si así ocurría, esos eran los libros que más atraían a Bazlen”.

El escritor Roberto Calasso, quien fue su gran amigo, recuerda el primer encuentro con tan peculiar personaje: “‘Vamos a casa de Bazlen’, me dijo Zolla, sin habérmelo consultado antes. ‘A Victoria (Cristina Campo) le gustaría escuchar lo que dice de su Williams’. Era una selección de poemas de William Carlos Williams, que se publicaría unos años después —y Bazlen era un misterioso consejero de la editorial Einaudi. Ese día lo vi por primera vez”.

Es curioso que Bazlen no fuera tentado a escribir libros. Apenas se limitaba a realizar anotaciones sumarias de sus críticas/consejos sobre los manuscritos o libros de escritores a traducir. También escribía cartas a sus amigos comentando sobre su tema favorito: los libros. Todos sus informes fueron recopilados en un libro junto con la correspondencia que mantuvo con el poeta Eugenio Montale titulado: Informes de lectura. Cartas a Montale.

Su vida, bastante desencuadernada, la organizó en torno a la lectura. La habitación donde residía era la guarida de un ratón de biblioteca, y en ella un desorden vital se dejaba respirar en el aire, al tiempo que dejaba expuestas las costuras de un hombre traspapelado con sus lecturas: libros por todos los rincones, papeles en una pequeña mesa, la cama como un mar desordenado de ondulaciones, los ceniceros a reventar de colillas de cigarro. Bazlen era un perezoso creativo y desde su cama leía por horas, luego escribía cartas, notas sobre libros, sus ideas sobre determinados autores. Asesoraba a editoriales sobre necesarias traducciones e incluso realizó traducciones de algunos autores escondiéndose detrás del biombo de un seudónimo. La lectura era su vida. Aparte de las migas misceláneas que escribía no estaba interesado en escribir una novela, un conjunto de cuentos o algunos ensayos. Nada. Su destino fue leer.

Esta negativa a escribir fue poco a poco convirtiéndolo en un bicho raro, en un mito. Era un lector voraz y todos aquellos interesados en libros como Calasso, Montale o algunos editores le escuchaban atónitos; sus juicios no eran rebuscados ni rimbombantes, eran de un amante feliz de la lectura. En un fragmento del informe de lectura dirigido a Luciano Foà acerca de la novela Ferdydurke, de Witold Gombrowicz, acota: “Me divertí como un loco; es uno de los aliados más honestos que podemos tener en la verdadera revolución con el amor, el arte, los principios inmortales y todas las tonterías de siempre. En las primeras páginas tuve que superar una cierta sospecha: el humorismo estudiantil, provinciano, prefabricado”.

Todo lector se siente tentado en algún momento por la escritura; casi de manera automática cualquiera que ha sido un lector compulsivo se despierta una mañana, luego de un sueño intranquilo, con ese punzante ardor de convertirse en autor, especie de metamorfosis tan espeluznante como la ocurrida al pobre Gregorio Samsa. Pero en Bazlen ese escozor, esa excitación de abrazar un oficio demandante como escribir, no lo infectó. Fue inmune, y su frase “Ya no se pueden escribir libros, sólo se puede escribir notas a pie de página”, podría ser su visión de todo ese universo compuesto de autores, escritura y de ese invento sin igual que en definitiva es el libro.

 

Como lidiar con las cucarachas o el ensayo como excéntrica vagancia

Me hubiese titular este texto como “Mensaje sin destino a las cucarachas”, pero los enemigos, que le sobran a uno, dirán que le falto el respeto a ese insigne ensayista como lo fue Mario Briceño Iragorry. No obstante título tan irónico buscaba más bien mostrar esa cara tradicional del ensayo, y como las monedas tienen dos lados me interesaba su lado menos figurativo.

Como es sabido, lidiar con chiripas y cucarachas domésticas tiene sus complejidades. Algo parecido sucede con los géneros literarios. Al ensayo han querido ahormarlo, deformarlo, pedagogizarlo y colocarlo en la jaula dorada de las tesis y las revistas arbitradas. Escribir ensayos fuera de estos parámetros es pasar a engrosar las filas de eso que denominan sin pompa como escribidor subalterno.

En lo personal lo que denomino ensayo excéntrico (y un tanto vago) es ese ensayo que se realiza al vuelo sin motor sobre cualquier tema agregándole parte de otros géneros (como la crónica, la novela, el cuento, la ilustración, la ficha, etc.), especie de Frankenstein buscando darle una apariencia distinta y a contracorriente. Ese ensayo que busca perfeccionar un estilo lleno de cristales creativos y con menos caspa académica; donde se perciba cierta lírica canalla y esa erudición mundana (o sentimental) de las lecturas y así fijar los temas para abordarlos sin prejuicios y con ese toque de asombro o relevación.

 

Escrito misceláneo sobre H. P. Lovecraft

¿Cómo iniciar un ensayo sobre H. P. Lovecraft? Esta sería la primera pregunta que trataría de responder. He tratado de releerlo (lo leí por vez primera como a los dieciséis años) y todavía hoy su prosa me sigue causando ruido, me parece que carece de color, todo su estilo está como entintado de blanco y negro con sutiles matices de grises como esas películas policiales de los años 40 y 50. Su prosa carece de vibración lírica. Se percibe (sin duda estoy equivocado) que no es un narrador “profesional” que corrige una y otra vez hasta lograr la frase o el párrafo perfecto. Le concedo que su hallazgo de horror cósmico es una de sus genialidades que han servido como punto de partida para otros muchos otros escritores involucrados con el género del horror. También es necesario rescatar la sequedad (sin sobresaltos metafóricos) de su estilo, que construye relatos con paulatina lentitud creando un suspenso insuperable.

Revisando libros, artículos y biografías sobre Lovecraft me encuentro con un libro: H. P. Lovecraft: contra el mundo, contra la vida, de Michel Houellebecq. Un escritor que también parece batirse a duelo contra el mundo y que, en sus intervenciones públicas, o entrevistas, causa malestar y se va ganando a pulso una buena cantidad de enemigos de todas las especies. Escritor con un innegable malditismo a cuestas que no se anda con sutilezas o retorcidos eufemismos a la hora de escribir.

Esta combinación Lovecraft/Houellebecq me resultó más asombrosa que uno de los primeros cuentos de Lovecraft, “Dagón”, que se ficha de manera oficial como la primera historia escrita del género fantástico y de terror. En el libro Lovecraft anotado se puede leer: “‘Dagón’ no sólo es uno de los primeros relatos escritos por Lovecraft, también es el primero que contiene elementos de lo que con el tiempo se llamaría los Mitos de Cthulhu. De hecho, el propio nombre de Dagón volvería a aparecer en obras posteriores. La historia, parte confesión, parte nota de suicidio y parte autojustificación, presenta algunas de las señas de identidad de los relatos de Lovecraft: seres primigenios, experiencias y sensaciones que la mente humana no es capaz de asimilar y el fuerte presentimiento de un destino funesto”.

En realidad, Lovecraft era un bicho raro. Las fotos que circulan de él ofrecen una primera impresión poco satisfactoria. Primero estaba su cara un tanto bobalicona de grisáceo empleado de oficina. Después sus trajes de funeraria en quiebra y para cerrar su acérrimo racismo. Aunque lo escrito por Houellebecq le exime de ser un ser peculiar: “En realidad, Lovecraft siempre fue racista. Pero en su juventud ese racismo no supera el que está de recibo en la clase social a la que pertenece: la vieja burguesía, protestante y puritana, de Nueva Inglaterra. En este sentido también es, por supuesto, reaccionario. Pone las nociones de orden y tradición por encima de las de libertad y progreso en todos los terrenos, ya se trate de la técnica de versificación o de los vestidos de las jovencitas. Lo cual no tiene nada de original o excéntrico. Simplemente, es muy de la vieja escuela”.

Un punto a favor de Lovecraft es que jamás se llamó a engaño con sus relatos y siempre aseguró que todo era producto de su imaginación, incluso ese “famoso” libro maldito, el Necronomicón, era sólo invención llana y simple. Houellebecq alude a dicha característica en su libro, pero uno de nuestros primeros lovecraftianos como lo es Elisio Jiménez Sierra ya lo había destacado: “Guy de Maupassant puede contarse entre los precursores de Lovecraft. Escribió poemas y cuentos de terror. A Poe alucinábalo el alcohol, a Maupassant el éter, a Lovecraft el sueño y la imaginación”.

El “Alien” peliculero le debe mucho de sus rasgos narrativos a ese horror cósmico creado por Lovecraft. El mal no tiene fronteras y se anida en cualquier criatura, e incluso, y, sobre todo, en los seres humanos. El mal es el pivote que mueve los relatos de Lovecraft, y por eso Houellebecq anota: “Los escritores de literatura fantástica son, por regla general, reaccionarios, por la sencilla razón de que son especial, podríamos decir profesionalmente, conscientes de la existencia del Mal. Resulta bastante curioso que, de entre los discípulos de Lovecraft, ninguno haya sentido el impacto de este simple hecho: que la evolución del mundo moderno ha conseguido que las fobias lovecraftianas estén todavía más presentes, todavía más vivas”.

 

***

 

Los artículos —o ensayos— sin terminar traídos a colación en este escrito parecían tener buen potencial. No sé si no estuve a la altura del tema o quizá por pereza los dejé a medio terminar. También puede ser que otros temas me envolvieron y fueron más seductores. Lo cierto es que son textos abortados/ajusticiados, como diría mi autor preferido, Santiago Key-Ayala.

He comenzado un texto sobre Baltasar Gracián y su pequeño libro Oráculo manual y arte de la prudencia, por el que siento una obsesiva predilección. Espero que el texto fluya sin contratiempo alguno y llegue a ese puerto, a ese malecón, en el cual el punto es apenas un sol apagándose en la lejanía.

Carlos Yusti
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