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Rarita

sábado 11 de julio de 2026
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Fenicia no quería viajar con Tania, su pequeña hijita, a ese lugar del interior plagado de malaria. Sabía que era correr un alto e innecesario riesgo, pero el esposo, transferido allí por motivos de trabajo, le rogó que no lo dejara partir solo, prometiéndole que tomarían todas las precauciones debidas para proteger a la criatura, y ella, conmovida, aceptó.

Ahora ya estaban establecidos en Boburén, el desguarnecido pueblo al occidente del país, en una casa que más bien parecía barraca reformada, situada a orillas del gran lago Maicoreba. Por las tardes Fenicia se asomaba a la ventana, y el corazón se le encogía cuando veía pasar urnitas blancas cargadas por jóvenes padres afligidos, llevando los cuerpos de sus pequeñines muertos, camino al cementerio.

No sabía ya qué más hacer para proteger a la hijita, de ocho meses de nacida. A pesar del intenso calor que hacía, siempre le tenía cubierto todo el cuerpito, evitando la traicionera picadura del zancudo infernal, aunque la mayor parte del día la mantenía en la cuna, bajo un robusto mosquitero que habían traído de la ciudad.

Sin embargo, todas las medidas adoptadas por Fenicia fueron insuficientes. Una mañana, al tomar a Tania entre los brazos para alimentarla, sintió que la fiebre la quemaba, y continuos movimientos del cuerpito le indicaban que estaba convulsionando.

Desesperada, mandó a llamar al marido a su trabajo con un vecino, y enseguida se dirigieron al modesto hospital, donde no cabía un enfermo más; sin embargo, tuvieron la suerte de ser prontamente atendidos.

Efectivamente, la niña había contraído paludismo, y era imprescindible dejarla hospitalizada. Tres días permaneció internada, pero la tarde de ese último día, cuando los padres por tercera vez pasaron a visitarla, dos médicos les entregaron a Tania en los brazos, diciéndoles que se despidieran de ella, pues había llegado a su final.

En las lágrimas que brotaron de sus ojos, fluía el infinito amor que le habían prodigado a su pequeña hijita. Fenicia, a punto de colapsar, acostó a la niña en la camilla y se aferró al esposo, temiendo desfallecer.

Así estaban, estrechamente abrazados, compartiendo su inmenso dolor, cuando por una puerta lateral entró una doctora rubia, de impecable bata blanca y bonitos ojos claros, tomó a Tania con decisión y se retiró con ella. Era de Albania, y había venido a Sudamérica con la familia apenas se desató el segundo conflicto mundial. Casi una hora después regresó al consultorio con la pequeña Tania en brazos, diciéndoles a médicos y padres que el peligro mortal había pasado, y que podían llevarla de nuevo a casa, con la irrestricta condición de que la sacaran cuanto antes de Boburén.

Esto es lo que suele considerarse “un milagro”, pero seguramente la mejor preparación de la doctora europea logró deshacer el nudo letal que asfixiaba a la pequeña Tania.

La vida de Tania siguió su curso normal en el ámbito familiar, estudiantil, y posteriormente laboral, pero llevaba siempre, en lo más íntimo de su ser, una aguda inconformidad existencial. Desde muy niña advirtió que no encajaba en la estructura de este mundo. No le hallaba sentido a la vida per se, al menos a la vida consciente que le permitía formularse infinidad de interrogantes sin respuesta: “¿Qué o quién soy, y qué estoy haciendo aquí?”. Tampoco aceptaba la manida disyuntiva “ser o no ser”, pues la consideraba exclusivista, reservada a los de cierto nivel intelectual, pues el grueso de las personas amaba la vida, y sólo se resignaba a la fuerza, y con inmensa pesadumbre, a la ineludibilidad de su fin. Por tanto, menos iba a plantearse la alternativa de exterminarla manu propria, aunque para ella sólo pensar en el “no ser” del dilema la llenaba de solaz.

Todo comenzó una mañana, mientras caminaba con sus padres por los sembradíos de la hacienda familiar, en dirección al río, y de pronto una chispa que se encendió en su mente la hizo mirar al cielo, sorprendida de no saber quién era y por qué estaba allí. Fue un destello de su tierna conciencia emergente que no sólo la condujo a establecer abruptamente la comparación entre su pequeñez y la inmensidad que la rodeaba, sino que indagaba por la real hechura de su esencia. Entonces, se sintió extraviada, fuera de su escenario natural, cargando con el peso de una entidad enigmática y demasiado intensa para ella.

Sin embargo, ese fulgor fue breve y pudo continuar con los requerimientos de su edad y del lugar donde estaba: jugar, bañarse con sus padres en el río, formar cada mañana hermosos ramitos de florecillas silvestres, cuando paseaba temprano con su madre por los alrededores de la hacienda. Pero ya la semilla de la inquietud existencial se había instalado muy dentro de ella y la acompañaría durante muchos años, hasta que en la última etapa de su vida hallaría la serenidad redentora.

No obstante, antes de que ese momento llegara, a cada tanto tenía que hacer frente a un desasosiego que casi la paralizaba, al punto de que, quizás por un mandato inconsciente de sobrevivencia, decidió ignorarlo y sumergirse en la cotidianidad de su vida, haciendo “como si” no pasara nada, mas sabiendo muy dentro de ella que un espantoso desarraigo era el verdadero entramado de su alma.

En algunas ocasiones se sintió fuertemente impactada por fenómenos sin explicación, como una vez que jugaba en el colegio con las compañeritas de clase, a saltar la cuerda, y cuando le tocó su turno, al dar los primeros brincos, vio cómo una escalera de innumerables peldaños se abría bajo sus pies, incitándola a descender, pues allí encontraría las respuestas que buscaba. Cayó al suelo levemente aturdida, y tuvo que abandonar el juego.

Otro extraño suceso le aconteció una madrugada. Había despertado con grandes deseos de tomar agua y de súbito se dirigió al comedor, pero al abrir la nevera se quedó puerta en mano. Oyó que la parte posterior de la casa caía en pedazos sin motivo aparente. Los muros que colindaban con los vecinos se derrumbaban; los enseres de la cocina, junto con las pesadas ollas del pantry, caían al suelo estrepitosamente. Pero igualmente la asombraba que ningún familiar acudiera para ver lo que estaba ocurriendo.

Tuvo miedo de ir sola a esa hora de la noche a supervisar, y volvió al dormitorio, esperando que amaneciera para constatar con padres y hermanos la terrible devastación. Pero, cuando muy temprano corrió a la cocina, halló a su madre preparando el desayuno como cada mañana, y allí todo estaba en su santo lugar. Fue entonces al patio del fondo, esperando ver las paredes limítrofes esparcidas por el suelo, pero allí tampoco había ocurrido absolutamente nada.

En ningún momento dudó de su estabilidad psíquica o emocional, pero aun así se sometió a los estudios pertinentes, obteniendo como resultado la total normalidad de su funcionamiento cerebral. Poco tiempo después, ya en otra morada, una noche oyó que fuertes pisadas subían por la escalera al piso de arriba, donde quedaba su dormitorio, y quedó petrificada al pensar qué sucedería cuando llegaran al último peldaño, a la puerta del cuarto. Estupefacta permaneció a la espera sentada en su lecho, oyendo cómo se aproximaban las intensas pisadas, pero al llegar detrás de la puerta, que ella había cerrado herméticamente, se desvanecieron.

Tania no relacionaba directamente estos hechos con su intrínseco malestar, pero le indicaban que con ella sucedía algo inusual. En fin, que no era íntegramente normal. En virtud de la decisión que había tomado de no dejar que su vida se atascara en desalentadoras y preocupantes elucubraciones, prosiguió desempeñando con naturalidad las actividades que las diferentes etapas de la vida requerían, sofocando con férrea voluntad su íntima desazón existencial.

Estudió mucho, leyó incansablemente, visitó varios países europeos y el Magreb africano, pero sabiendo en el fondo que nada satisfaría el deseo de hallar su verdadera identidad. Le parecía tener un pájaro aprisionado en el alma, al que no podía dejar salir, pues afuera el aire no le permitiría ni siquiera abrir las alas para volar en plena libertad. Y en su tardía juventud comenzó a tener sueños recurrentes que le insinuaban que ella era fruto de un experimento extraterrestre. Esos sueños le decían que los aportes vitales de sus progenitores, al concebirla, inexplicablemente habían sido sustituidos por elementos intangibles de otra dimensión, aptos para generar vida también aquí en la tierra, con el fin de irla poblando lentamente, sin tener que recurrir a una aparatosa invasión.

Y así fue transcurriendo la vida de Tania; sobrellevando lo mejor posible los altibajos del día a día. Pero al llegar a la tercera edad, su pensamiento cambió. Ya no inquiría, pues comprendió que no había nada que aprender. Ahora todo lo percibía con una claridad meridiana, y lo aceptaba con la humildad y resignación del hombre sabio, sin inventarse un venidero mundo espiritual que aplacara la infinita soledad cósmica en que se hallaba. Aceptó, entonces, que el entero universo era una entidad eterna, inaferrable por la insignificante fugacidad del hombre, al cual sólo le competía vivir la vida que le insuflaba, observando los preceptos que de manera espontánea y natural le imponía, y cuya transgresión llevaba implícitos su propio escarmiento y enmienda.

Igualmente veía ingenuidad y candidez en los supuestos religiosos, fuesen los que fuesen, pues los consideraba producto de la fantasía de sus fomentadores, quienes habían dado origen a futuros mundos espirituales, y se condolía de la ingenuidad de los seguidores al creer ciegamente en otra dimensión que sólo alcanzarían llenos de temor tratando de evitar una condena eterna, cuya existencia también les habían esculpido en sus mentes.

Sin embargo, Tania comprendió que, con todo y amenazas, en esa dimensión salvadora prometida los seres humanos serían recompensados de tanta injusticia y padecimientos sufridos en este plano, lo que les permitía vivir tranquilos y confiados.

Entonces, Tania lo aceptó como bálsamo sustentador, aunque fuera sólo una mera ilusión. Ahora ella había llegado a la conclusión de que, si se profundizaba honradamente en la observación, la vida carecía de las complejidades que erróneamente se le atribuían. La continua meditación también contribuyó a sumirla en un estado de invalorable serenidad. Había vivido en el plano exterior, la mayor parte de la vida bajo el imperio de la física clásica, newtoniana, de la razón, pero cuando comenzaron a difundirse los principios básicos de la física subatómica, enseguida se abocó a su estudio, pues constató que también lo infinitamente pequeño, rayando en la imaginación, tenía mucho qué decir.

Entonces fue cuando se deslastró del sempiterno problema existencial. No había nada qué preguntar. Sólo aceptar como natural y necesaria la inexorabilidad de esta efímera vida y su consecuente extinción. Era imposible ir un paso más allá. Y vivirla de manera serena, sin causarle al prójimo más incertidumbre y malestar de los que ya tenía; al contrario, ofreciéndole siempre el más solidario y afectuoso acercamiento.

Así fue como Tania vivió precisamente los últimos años de su vida. Aunque horrorizada por el odio y los sangrientos episodios que envolvían al planeta, y que contradecían sus más sagrados principios. Una tarde se instaló en el balcón para la acostumbrada hora de meditación y al terminar, lentamente se fue acercando al borde y se lanzó.

Thaís Badaracco Febres C.
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