Cuando apareció por el lugar ni maullaba, sólo miraba con esos dos clavitos de acero que se te metían en el corazón.
Unas almas de cántaro que emigraban y habían decidido dormirla —aún hay quienes así resuelven—, finalmente la abandonaron en el estacionamiento de las residencias.
Cualquiera podía ver que no era una gata silvestre; que moría por un sofá, y por una mano paseándole el lomo. Sin embargo, frente al hambre, apeló a su ADN y cazó ratones y lagartijas.
Una tarde entró Cristina metiendo a fondo la chola de su Volkswagen de asientos destripados, y por poco atropelló a esa bolita blanquinegra hincada en el piso como un caracol, pero frenó a tiempo, obedeciendo al par de luciérnagas titilando entre el pelaje.
Entonces Cristina casi que se baja, la acaricia, y le pregunta si quería irse con ella a casa...
Mas no. Volvió al volante y pistoneó sin misericordia, convencida de que ni siquiera tenía por qué enterarse de si, en realidad, aquellos ojitos eran azules o amarillos.
Justo ahora —pensó espantada—, yo buscarme otra mascota.
*
En otros tiempos Cristina criaba niños y marido.
También perros y gatos, sus socios en los momentos gloriosos del brinca-brinca, y en los de mandar a todos a la porra.
Hasta que el nido se vació, y aquellas rutinas, desde desinfectar arañazos, exterminar pulgas, limpiar mocos, bajar fiebres, encontrar la media perdida, planificar el condumio diario, hacer acompañamiento a las tareas de la escuela, jurar que otro amor, que otro amigo, segurísimo arribarían..., salir más o menos airosa de cumpleaños, vacaciones y navidades, y trabajar fuera de casa, se quedaron en el pasado, dejándole la agenda hueca, desbordante de luminosos cuadritos en blanco.
Ahora Cristina vive echada en su sillón, en plácido abandono; ante semanas, meses, años... Una mujer potencialmente renovada y libre, muy contenta de lograr remontar con bien aquel verdadero remolino.
Su meta la tiene clarísima: vivir el tiempo que le quede en este planeta, guiada sólo por lo que considera su mantra supremo, nivel de nivel: ¡A mí que me gobiernen las cuerdas de mi pescuezo!
Aunque para lograrlo, tenga que hacer oídos sordos a los allegados empeñados en buscarle oficio, y a no comprometerse con los amigos proteccionistas para acoger en su hogar a otro animalito famélico.
*
Se acercaba la Navidad.
La peluda cumplía un mes remoloneando por los jardines del edificio, cuando fue denunciada formalmente por unas de la administración, acusada de echarles abajo una chimenea de cartón puesta a la entrada, con la cual ellas soñaban recibir a Santa.
Lógico que destruir una ilusión tan cara acarrearía un costo altísimo.
La presunta delincuente desapareció.
Muy grises quedaron los rincones donde comía y dormía. Y a Cristina, los mordiscos en la conciencia le apagaron el buen ánimo.
¿Qué me costaba acoger a esa criaturita?
¿Cuánto podía ese peluche indefenso exceder mis proyectos de vida?
Los remordimientos la tenían curucuteando muy triste en callejones cercanos, barrancos y bosquecitos.
En el ínterin, las almas buenas de los vecinos que alimentaban, cambiaban el agua y pagaban el veterinario, activaron las antenas, a ver si obtenían alguna pista, a ver si les llegaban noticias.
Ni un mu.
A todos les agobió la desesperanza.
Menos al grupito de amigas religiosas: ellas eran optimistas; tenían fe en que la gatita volvería.
Ellas no llegaron a decir “mano, tengo fe”, porque esa frase, en la boca de señoras de su casa, de ir al culto los domingos, de jamás de los jamases saltar y dar alaridos en las gradas de un estadio aupando a chicos guapos, en verdad, hubiera sonado bastante ordinaria.
Sin embargo, juntando las manos en plegaria, como si fueran a rezar, repetían: Yo tengo fe.
(Hay que reconocer que alguna razón astral las acompañaba).
Pasaron los días. Quince, para ser exactos.
Un viernes, una de estas amigas caminó sus buenos kilómetros hasta la avenida, y al bordear un montón de desechos piches, escuchó el meu inconfundible de la mezzosoprano perdida, su reconocible y muy profundo maullido de pecho.
Con la ayuda de un vikingo, así nombran a esos hombres de edad indefinida e intenciones posiblemente oscuras, que pululan saqueando los basureros para sobrevivir, y de dos adolescentes solidarios, hermosos, que se acercaron, logró regresarla a casa.
Fue una mañana de fiesta, hasta llegado el momento de soltarla de nuevo en los espacios abiertos, y concluir que hacerlo era de muy alto riesgo.
Por más dicha que regalara a muchos, por más currículo acumulado como exterminadora de alimañas, por más que, para evitar sobrepoblación felina, la hubiesen esterilizado.
Nada valdría.
No quedaba otra que hospedarla, pero ¿con quién de los involucrados, si todos demostraban con hechos que tenían compromisos y barreras? Que si tengo que llevar y traer a los niños cuatro veces al día; que si al hombre no le gustan los gatos; que si mi casa permanece sola; que mi suegra y sus canarios...
Entonces, viendo los presentes cómo Cristina, sin recordar absolutamente ni uno solo de sus planes, absorta limpiaba pelito a pelito a la cuatro patas, olisqueándole por todos lados por si quedaba algún efluvio del contenedor, contándole cada uno de los deditos —igualito a cuando nos nace un niño—, y cómo por su parte, la susodicha, muy conforme y modosita se dejaba hacer, pues, saltándose sin mayores escrúpulos a Fuenteovejuna, decidieron todos a una: Quédatela, Cristi, mientras le conseguimos adopción...
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