Entra luz en el dormitorio y me despierta, ya es de día. Miro la hora en el teléfono: las 7:30. Maldigo mi manía de dormir con la ventana abierta; siempre me despierta la claridad y yo, desde que me jubilé, soñaba con dejar de madrugar. Pero sigo haciéndolo. Todos los días.
Sé que no podré volver a dormirme. Me resulta imposible una vez despierta.
Me estiro y me dejo caer de la cama buscando las zapatillas a tientas. No me molesto en mirar hacia abajo; siempre las encuentro. Siempre están ahí. Sí miro, en cambio, la butaca donde dejé la bata la noche anterior. Me inclino para cogerla y pienso: ¿para qué? No hay nadie en la casa que pueda verme en camisón y la temperatura es agradable. El calor vendrá dentro de un par de horas; ahora aún entra fresco de la calle.
Voy medio dormida a la cocina en busca de un café. Sin él no consigo espabilarme del todo. Siempre lo dejo hecho por la noche. No tengo paciencia para esperar a que se prepare uno, utilice la cafetera que utilice —y tengo de todos los modelos—; lo que no tengo es paciencia.
Con el café en la mano me siento en la mesa, con la ventana abierta de par en par, esperando que se oiga algo: algún ruido de otra vivienda, algún signo de vida. Pero el silencio es atronador. Solo se oye mi respiración. Me recuerda mi soledad de una manera inmisericorde.

Las ascuas
Teresa Gassó Bris
Novela
Editorial Cuadranta
Valencia (España), 2026
ISBN: 979-1388202605
152 páginas
Miro el teléfono, igual de silencioso que la casa, y recuerdo cuando hace unos años no dejaba de sonar. No me daba tregua. Ahora, cuánto daría por que me molestara una cuarta parte de lo que entonces me molestaba.
Es el primer verano que estoy sola. El primero que me iré —porque me voy a ir— sola al campo. Y presumo que tendré mis más y mis menos con mis hijos para conseguirlo.
Tengo una casa en el campo, fresca, con piscina y jardín, donde me refugio del calor de la ciudad. Un calor que cada año dura más y aprieta más; no sé si ha cambiado el clima o si, sencillamente, yo tengo más años y lo aguanto peor. Con treinta podía pasar horas al sol; ahora, en media hora, acabaría en urgencias.
Ya ha llegado el calor y yo ya quiero irme. Dejar de vivir bajo el aire acondicionado. Pero sé que me pondrán todos los inconvenientes del mundo. La situación no deja de ser un tanto kafkiana.
Mis hijos apenas vienen por casa. Entre semana entiendo que trabajen y dispongan de poco tiempo. Pero los fines de semana, entre las agendas de mis nietos y sus propios planes, tampoco encuentran una hora para verme. No digamos ya para comer o cenar. Eso sí: mi hija me llama casi todas las mañanas y mi hijo lo hace por la noche, al salir del trabajo, desde el coche. No sé si lo hace por devoción o para evitar que lo oiga su mujer. Prefiero no preguntarlo. Ojos que no ven...
El verano pasado murió mi marido. Fue precisamente en el campo donde se puso enfermo. Tuvimos que venirnos a Granada a toda prisa; a él lo trasladaron en ambulancia directo al hospital, del que ya no salió. Fue rápido, inesperado. Su muerte interrumpió el verano. Así dicho suena egoísta, pero no me sale expresarlo de otra manera.
Mi marido terminó dándome compañía y trabajo. No ayudaba en nada. Se pasaba el día leyendo o viendo la televisión. Desde que se jubiló se negó a salir con los amigos. Nuestra vida social fue desapareciendo. Si nos invitaban a una boda o a cualquier evento, la mayoría de las veces iba yo sola. Al principio lo excusaba; luego se me acabaron las excusas. No iba porque no le daba la gana.
No estaba sola, eso sí. Si me hubiera pasado algo, habría llamado a urgencias, como hice yo cuando le ocurrió a él. Con los años habíamos dejado de hablarnos casi por completo. Y cuando hablábamos, discutíamos. Nada le venía bien, sobre todo aquello que pudiera beneficiarme a mí.
Mi matrimonio fue amargo, agrio, desafortunado. Duró demasiado y aún no sé por qué. Lo único luminoso que me dio fueron mis hijos. Esos a los que ahora apenas veo.
Ahora ya no está. No hay nadie que pueda llamar a un médico si me da un soponcio o ruedo por las escaleras. Y sé que eso es lo que utilizan como argumento para impedir que me vaya al campo. Un consentimiento que, por otra parte, no necesito.
No sé por qué los hijos, cuando los padres envejecen, son mayores, se creen con derecho a organizarles la vida. En aquellos aspectos que ellos consideran importantes, claro. En otros —como venir a verte—, se organizan según su propia conveniencia.
Estoy esperando la llamada matinal de mi hija, siempre me llama. Será con ella con quien libre la primera batalla de mi huida.
Cojo el teléfono, llamo a Vicente, es la empresa que todos los años me limpia y prepara la piscina.
—Vicente, buenos días, soy Elisa. ¿Cómo está usted?
—Muy bien, Elisa. Me alegro de oírla. ¿Va a venir por aquí?
—Sí. Precisamente le llamo porque quisiera estar allí el próximo fin de semana. Como hoy es sábado, tiene usted toda la semana para preparar la piscina y dejar la depuradora funcionando.
—No se preocupe, se la tendremos lista. Si llega ese día, ya podrá bañarse.
—Se lo agradezco. La factura, como siempre, me la manda por correo electrónico y le hago una transferencia.
—Como todos los años, Elisa. No se preocupe. Si hubiera algún problema, la llamo.
—Perfecto, Vicente. Que pase un buen día.
Bueno. Ya he iniciado la gran huida. Veremos cómo termina el día.
Mientras espero la llamada de mi hija, me ducho y recojo el dormitorio. Tengo que bajar al supermercado a comprar algo que olvidé ayer y no quiero que me coja el calor en la calle.
El chorro de la ducha es gratificante. Me quedo un rato bajo el agua, sabiendo que en cualquier momento sonará el teléfono. Siempre pasa. Y, efectivamente, cuando salgo veo varias llamadas perdidas de Marta.
La llamo yo.
—Mamá, buenos días. Te he llamado varias veces.
—Ya sabes que a esta hora suelo estar en la ducha. ¿Qué ocurre?
—Nada importante. Es que hoy tengo algo de prisa.
—¿Prisa un sábado?
—El niño tiene partido de fútbol y después nos vamos al club. Pasaremos el día allí. Los niños en la piscina y nosotros también. Y comemos fuera. Así me quito de la cocina.
Me habla deprisa. Se le nota la agenda llena.
—Me alegro del plan —le digo—. Por cierto, yo también me estoy organizando. He hablado con Vicente para que me prepare la piscina. La semana que viene me voy al campo.
Silencio.
—¿Con quién te vas?
—Sola.
—Mamá, no es lo mismo. Aquí estás en un piso con vecinos, médicos, hospitales... y estamos Fernando y yo. Allí es una casa aislada. Además, ya no conduces. ¿Cómo piensas irte?
Respiro hondo.
—Marta, llevo toda mi vida trabajando con un mes escaso de vacaciones. Tu padre odiaba el campo y yo soñaba con pasar allí un verano entero. Ahora estoy jubilada. Y libre. No voy a ajustar mi vida a vuestro calendario.
—Esta noche hablamos con calma.
Sé que en cuanto cuelgue llamará a su hermano. La chancillería se pondrá en marcha.
Y yo sigo con mi café frío.
Sola estoy aquí, donde pasan días sin que suene el timbre. Allí, en cambio, tengo una mujer que limpia a diario, un jardinero que entra y sale, hermanos y primos en las casas cercanas. Cuando no entra uno, entra otro. Allí es donde realmente no me siento sola.
En esa casa guardo toda mi infancia. Todo el verano lo pasábamos allí. Hermanos, primos, bicicletas, polvo en los caminos y una libertad que hoy sería impensable. No inventábamos nada bueno y lo pasábamos como los indios. Qué infancia tan feliz tuve.
Después llegó la juventud, los veranos en la playa, las nuevas amistades, los primeros amores que nunca eran los definitivos. Y más tarde el matrimonio, los hijos, los turnos para ocupar la casa del campo porque ya no cabíamos todos.
Nunca pude disfrutarla como quise. Siempre había que dejar hueco al siguiente.
Cuando murió mi padre seguimos turnándonos. Mi madre permanecía allí todo el verano y nosotros íbamos entrando según quedaba espacio. Curiosamente, con los años empezó a buscar más mi compañía. Yo, que nunca fui la hija preferida, lo agradecí en silencio.
Sus últimos años fueron distintos. Encontramos una complicidad que no habíamos tenido nunca.
Cuando murió quedó un mensaje grabado en el contestador del teléfono fijo.
Durante meses lo escuché sin atreverme a borrarlo. Me dolía oír su voz, pero me consolaba. Hasta que la compañía lo eliminó automáticamente. No supe conservarlo. Aún hoy me pesa.
Sacudo la cabeza. No quiero ponerme triste.
Siempre he sido una mujer animosa. He superado golpes más duros que este. Y ahora soy demasiado mayor para empezar a acobardarme.
Esta vez me iré al campo.
Con permiso o sin él.
- La gran evasión
(primer capítulo de Las ascuas, de Teresa Gassó Bris) - viernes 3 de julio de 2026 - La lavandera - viernes 17 de abril de 2026



