
Aunque Friedrich Nietzsche (1844-1900) y Leopoldo Alas “Clarín” (1852-1901) son estrictamente contemporáneos y Así habló Zaratustra (1883-1885) se escribe en paralelo a La Regenta (1884-1885), no existe filiación directa entre ambos: cuando Clarín publica su novela, Nietzsche era todavía prácticamente desconocido en España. Sólo a finales de los años 1890 empezaría Clarín a referirse a él (con reservas) en sus artículos. Sus universos ideológicos son opuestos: Nietzsche, el gran destructor de la moral cristiana; Clarín, un liberal krausista anticlerical pero profundamente marcado por la tradición católica española. Sin embargo, ambos autores comparten una base filosófica común fundamental: Arthur Schopenhauer. El pesimismo schopenhaueriano, su concepción de la voluntad como fuerza ciega y dolorosa, y la vía ascética de negación del deseo, actúan como puente evidente entre el vitalismo dionisíaco nietzscheano y la visión trágica y compasiva de Clarín. Aun sin conocimiento directo de Nietzsche, ambos respiran el mismo aire cultural europeo de la segunda mitad del siglo XIX, lo que hace el contraste aún más iluminador. Precisamente por esta distancia, Zaratustra se convierte en un espejo brutal para Vetusta: el reverso trágico donde la semilla del superhombre se pudre antes incluso de germinar.
Vetusta como reino del “último hombre”
Vetusta encarna de manera ejemplar lo que Nietzsche denomina nihilismo pasivo. En la ciudad “Dios ha muerto”, pero nadie lo mata con gesto heroico ni dionisíaco; simplemente se deja morir de tedio entre misas, murmuraciones y convencionalismos. La catedral permanece en pie, imponente, pero vacía de fe auténtica. Como señala el personaje de don Pompeyo Guimarán, el ateo de Vetusta, su lucha contra el catolicismo es tan ilusoria como la de don Quijote contra los molinos, pues “hay catolicismo pero pocos católicos verdaderos”. Durante la procesión del Viernes Santo, sentencia Clarín: “Ni un solo vetustense allí presente pensaba en Dios” (Alas, II, cap. XXVI, p. 430). Es el triunfo del “último hombre” que Zaratustra desprecia, aquel que “todo lo empequeñece” con su conformismo, su felicidad mediocre y su incapacidad para crear valores nuevos.
Sin embargo, Clarín no comparte plenamente la radicalidad despreciativa de Nietzsche. Como liberal krausista, su mirada mantiene una compasión trágica y una ironía ambigua que revela restos de vitalidad y energía humana incluso en el seno de la decadencia. Fermín de Pas exhibe una ambición titánica y una voluntad de poder innegable; Álvaro Mesía, pese a su cinismo calculador, posee un magnetismo y una vitalidad animal que atraen a Ana y al propio narrador. Clarín no condena a Vetusta con el martillo nietzscheano, sino que la disecciona con bisturí, y muestra tanto su mediocridad asfixiante como la dignidad dolorosa de ciertos intentos de rebelión.
Ana Ozores: el camello que nunca deviene león
Zaratustra describe las tres transformaciones del espíritu: camello, león y niño. Ana carga durante años el “tú debes” de la moral provinciana, del matrimonio con un marido paternal e impotente y de un confesor posesivo. Su misticismo inicial —las lecturas de santa Teresa, los éxtasis en el coro de la catedral— es puro espíritu de camello: obediencia, peso, resignación.
En el adulterio con Mesía alcanza, fugazmente, momentos de afirmación dionisíaca (el episodio del Vivero, la noche de tormenta y la entrega apasionada). Sin embargo, su revuelta permanece en gran medida reactiva y no llega a consolidarse como plenamente creadora. No alcanza del todo la inocencia del niño que crea nuevos valores. Cuando Fermín le dice que necesita un dueño y ella termina aceptándolo, renuncia en buena parte al camino del creador. Su final —desmayada en la catedral, donde recibe el beso ignominioso de Celedonio: “el vientre viscoso y frío de un sapo”, Alas, II, cap. XXX, p. 508— podría leerse como una negación radical del amor fati. Ana difícilmente podría querer que su vida se repitiera eternamente.
Fermín de Pas: predicador de la muerte
El Magistral es, con mucho, la figura más compleja y nietzscheana de la novela. Encarna a aquellos “enfermos y moribundos [...] que despreciaron el cuerpo y la tierra, e inventaron las cosas celestes” (Nietzsche, p. 49). Su amor por Ana comienza en idealización y termina en deseo carnal reprimido y venganza sádica. Fermín posee una auténtica voluntad de poder (ascenso social desde unos orígenes humildes, lucha titánica contra la figura omnipresente de su madre doña Paula, dominio de la ciudad a través del confesionario), pero ésta se encuentra torcida por el resentimiento y condenada a la escisión interna. Es uno de los “predicadores de la muerte” a los que expulsa Zaratustra: un ambicioso resentido que utiliza el púlpito como instrumento de dominio y que, incapaz de rebelarse plenamente contra el orden que lo oprime, termina devorado por su propio resentimiento.
La Regenta como reverso trágico de Así habló Zaratustra
“El hombre es algo que debe ser superado”, dice Nietzsche (p. 66). Vetusta responde con una carcajada colectiva teñida de hastío. Ana Ozores encarna un intento doloroso y parcialmente fallido de superar al hombre en un suelo cultural marcado por el catolicismo provinciano y la hipocresía de la Restauración. Su quijotismo escindido —entre santa Teresa y Emma Bovary— no logra romper del todo las tablas viejas ni escribir con plena libertad las nuevas.
Clarín no comparte la radicalidad martilleante de Nietzsche. Su mirada krausista y profundamente compasiva le permite descubrir una dignidad humana incluso en el seno del fracaso y de la mediocridad. Precisamente porque ve valor en esos intentos truncados de rebelión —en la ambición titánica de Fermín, en la vitalidad animal de Mesía, en la sensibilidad herida de Ana—, su ironía nunca se vuelve mera destrucción. Es una disección que duele porque reconoce la grandeza potencial que se malogra.
El eterno retorno queda suspendido en Vetusta; no hay gran mediodía. Zaratustra sale de su cueva radiante; Ana queda atrapada en la hora más oscura, humillada en el mismo espacio sagrado donde buscó trascendencia. Sin embargo, la lucidez misma de La Regenta constituye un acto de afirmación. Aunque Clarín no sea un vitalista dionisíaco ni un profeta del superhombre, su novela logra lo que sus personajes no consiguen: superar desde dentro el nihilismo pasivo de la España finisecular. Como señala Sobejano, La Regenta introduce en España la novela del “romanticismo de la desilusión”, donde el protagonista acepta el fracaso ante la realidad negativa, anticipa obras de la Generación del 98 y se conecta, aun sin influencia directa, con el análisis que hace Nietzsche del nihilismo (Sobejano, p. 27).
Esta lectura nietzscheana, sin pretender filiaciones ni equivalencias mecánicas, profundiza en el diagnóstico clariniano: Vetusta no es sólo una cárcel provinciana, sino un laboratorio del nihilismo pasivo donde el camino hacia formas superiores de existencia resulta especialmente arduo. El beso repugnante de Celedonio se erige, más allá de la crueldad narrativa, en una imagen poderosa de la náusea ante el retorno eterno de la mediocridad. No obstante, al plasmar con maestría esa náusea, Clarín transforma el fracaso en conocimiento y la compasión en arte.
En definitiva, la confrontación entre La Regenta y el pensamiento nietzscheano ilumina tanto la grandeza como los límites de la novela de Clarín. Muestra cómo, en ciertos contextos históricos y culturales, el bovarismo romántico se transforma en un intento trágico de superación. Ana Ozores no logra decir plenamente “sí” a la vida; pero la novela que la contiene, con su mirada lúcida y dolorosa, sí afirma la necesidad de seguir intentándolo.
Referencias
- Alas, Leopoldo (“Clarín”). La Regenta. Ed. Juan Oleza, Cátedra, 1989. 2 volúmenes.
- Nietzsche, Friedrich. Así habló Zaratustra. Trad. Juan Carlos García Borrón, Planeta-De Agostini, 1992.
- Sobejano, Gonzalo. “Madame Bovary en La Regenta”. Los Cuadernos del Norte, Nº 7, 1981, pp. 22-27.
- Nietzsche en Vetusta:
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