Estaba sentado meditando sobre qué hacer ese día para satisfacer sus necesidades —no económicas— sobre la lectura, pues casi concluía el último libro disponible en su biblioteca.
Cuando sonó el teléfono, brincó sobresaltado y, por el timbre, supo de inmediato que era su hijo. Bueno, uno de ellos, porque desde que enviudó, ya jubilado, recibía dos o tres llamadas diarias. “Alóo”, dijo con voz ronca, de esa que brota cuando se está intranquilo, distraído, ensimismado o cualquier otra circunstancia y ya se carga a cuestas con alguna edad importante. Su padre siempre le decía: “Que te digan viejo no importa, pero que no te digan viejito. Un viejito es el que ya no puede valerse por sí mismo, no camina más que con andador y las idas al baño hace mucho tiempo dejaron de ser en soledad”.
Como si lo hubiera escuchado, su hijo soltó las palabras consabidas: “¿Qué tal, viejo? ¿Cómo te va?”. “Bien”, respondió, “aquí entretenido y tu llamada me hizo saltar. Cuando escuché el sonido supe que eras vos, porque el timbre sigue siendo el mismo que le puse aquella vez cuando tus llamadas se repetían como las gotas de la lluvia”. “¿Y qué hacés?”. “Leer, es lo último que me queda”. “¿Cómo así?”. “Es que ya no tengo más que un libro pendiente, pero ayer fui a la librería a buscar otro y me gustó uno. No lo compré porque voy a terminar este. Además, está muy caro”.
Efectivamente, ayer se le ocurrió ir a la librería e hizo un recorrido espectacular: leyó las contraportadas de alrededor de veinte libros, vio novelas, cuentos, poesía, todos con precios acordes al período inflacionario que se vive en el país que le tocó nacer. Vio uno, al fin, que llamó su atención. Uno de “cuentos recuperados”, con un precio que le pareció exagerado, pero ni modo, así están las cosas en su patria. Pensó comprarlo a fin de mes, cuando concluyera el que tiene pendiente.
“¿Cómo se llama el libro?”, preguntó su hijo, y después de varios intentos recordó el nombre del autor y escasamente el del ejemplar que había visto, pero finalmente lo localizaron “en línea” como está de moda decir. “No te preocupés”, le dijo, yo te lo regalo, y le hizo una transferencia por un poco más del monto. “Bueno, gracias”, balbuceó y, después de la plática de cajón, colgaron los auriculares.
La ida a la librería, el tiempo de búsqueda y el regreso a su casa le llevó —pese a tratarse sólo de quince kilómetros— la friolera de dos horas, pues el tráfico de la ciudad se había incrementado terriblemente. Pero como no tenía mayor cosa que hacer debido a su jubilación, no le importó y, al contrario, le sirvió de distracción. Ahora que tenía el dinero para comprar otro libro, le surgía la duda: ¿ir hoy?, ¿mañana? Decidió preguntarle a la señora que colaboraba con él en los asuntos de la casa. “Mejor vaya hoy”, le dijo, “mañana es sábado y quincena, así que habrá mucho tráfico. Mejor hoy que tal vez hay menos”, fueron sus palabras.
De súbito dijo para sí: “Iré hoy, así salgo de penas de una vez. No vaya a ser que mañana de verdad el tráfico se incremente mucho”. Y, después de despedirse de la señora, salió rumbo a la librería.
El tránsito, lejos de ser tranquilo, se complicó desde el inicio. Estuvo a punto de dar la vuelta y regresar a su casa, pero se dijo: “No, lo decidí y voy a ir. No vaya ser que mañana ya no encuentre ese libro”.
Le costó más de una hora llegar. Se bajó, subió al segundo nivel donde se encontraba la librería, fue por el libro, lo hojeó para ver si estaba bien, pagó y emprendió el regreso.
Si la ida estuvo embarullada, el regreso fue peor. Había camiones de carga por todos lados, taxis, vehículos particulares, como si hubieran brotado de un volcán de complicaciones. Después de una hora todavía estaba a menos de la mitad del camino y de pronto le comenzaron las ganas de orinar. “¿Ahora qué hago?”, se preguntaba. No encontró gasolineras, restaurantes o cualquier sitio donde evacuar la necesidad que lo atormentaba.
“Seguiré”, pensó, más adelante a lo mejor se libera. “De todas maneras, no me queda de otra porque no voy a bajarme en cualquier lado a mear. En este tiempo, toman video y después te suben a las redes sociales. ‘Miren este viejo orinando en la calle’, como si esa fuera la noticia del día. Qué dirán las amistades”, pensó, porque las no amistades le valían madre. Continuó la marcha, pero cada vez salían más vehículos quién sabe de dónde.
Últimamente en su país el tráfico se había multiplicado a la enésima potencia, porque sin transporte público la gente compró motos y éstas —las motos— proliferaron tanto que ya no sabía si lo molestaban más las moscas o ellas. También surgieron innumerables taxis sin autorización, de esos que la gente comenzó a llamar piratas, y entre ellos y los taxis autorizados, que también brotaron como de la nada, provocaban un caos de tráfico descomunal.
Después de avanzar otro kilómetro en casi una hora, vio delante suyo el verdadero problema: todos los vehículos estaban detenidos, a saber por qué, pero no avanzaban ni un milímetro. Lo que sí estaba a punto de estallar, le constaba, era su vejiga. “Pero ya se va a destrabar esta fila”, pensaba, y repentinamente los automóviles se movieron. Después de cinco metros pararon de nuevo y, otra vez, permanecieron inmóviles por bastante tiempo.
“¿Qué hago?”, pensó. “Ya mero me bajo a orinar frente al carro”. Pero algo lo detenía. Como si fuera un mal presagio, los automóviles avanzaron como diez metros y otra vez se quedaron quietos.
“Sólo falta como un kilómetro”, pensó, “ya se van a mover”. Pero no se cumplió su deseo. Comenzó a pensar en alternativas y de repente se dio cuenta de que, en el respaldo del asiento del copiloto, había dos bolsas plásticas. Las sacó, las miró, las tentó y se percató de que estaban enteras. Por cualquier cosa las puso una sobre otra, es decir, dobles, y las colocó sobre el asiento a la par. Pero no se animaba. Decidió hacer —aun en contra de las normas— un doble carril con su automóvil y así logró avanzar casi una cuadra, antes que los vehículos se detuvieran otra vez.
Su desesperación fue en aumento. Pero no sólo su desesperación sino el dolor intenso que se le acumulaba en la ingle. “Son babosadas”, se dijo, “yo me orino en esta bolsa y la dejo tirada. Abro la portezuela, saco la mano y la deposito en el suelo”.
Cuando bajó la mirada y se vio, llevaba “pants” como si hubiera ido a hacer ejercicio, pero no, era su indumentaria diaria desde que inició su jubilación. Dejó de nuevo el ansiado recipiente doble a un lado, se estiró y comenzó a bajarse el pantalón. En eso, los carros avanzaron de nuevo y ese movimiento lo conminó a esperar. Pero la espera, de nuevo, se volvió larga.
Abruptamente terminó de bajarse el pantalón, sacó lo que tenía que sacar y comenzó a evacuar —en el consabido recipiente— su vejiga con una satisfacción inenarrable. Antes que terminara el proceso, los carros comenzaron a moverse. “¿Ahora qué hago?”, pensó, pero siguió meando. Las bocinas de atrás lo conminaban a moverse, pero con la orina saliendo por esa cosa, no podía hacerlo. Por fin terminó. Sintió como que le quitaran un gran peso de encima, pero era imposible dejar sus desechos en la orilla, fuera del carro. Tendría que hacerlo más adelante, cuando los vehículos se detuvieran de nuevo.
Arrancó con el recipiente lleno en la mano, ahora deseando que el tránsito se detuviera para deshacerse de ese líquido excretado en condiciones lamentables, pero, oh sorpresa, la fila de automóviles se liberó un poco más, hasta quedar a una cuadra del entronque principal que lo llevaba a su vivienda. “Cuando paren en la esquina”, pensó, “abro la puerta y adiós bolsa”. Pero el tráfico no se detuvo y en el bulevar principal el tránsito fluía como si fuera día de fiesta, de esos en que toda la ciudad permanece en su casa, dormida.
Como pudo se subió el pantalón y parte de la camisa le quedó dentro del calzoncillo; la otra le colgaba por fuera y quien quiera que lo viera, dedujo, asumiría que se encontraba borracho.
Pero siguió rumbo a su casa —sin parar porque los vehículos fluían como por pista de carreras— con el recipiente lleno de orines en la mano derecha, y éste sobre la palanca de velocidades, apretándolo para que al hacer los cambios el líquido no se derramara. No encontró dónde detenerse para tirarlo, así que continuó su camino pensando en lo injusto de la vida, que lo hacía sufrir no sólo las inclemencias del tránsito, sino el dolor de su vejiga que estuvo a punto de explotarle.
Al final del bulevar, dobló a la derecha rumbo a su residencia con la bolsa de meados aún sostenida por su mano. La miró y sonrió porque no podía llorar.
Se detuvo frente a su vivienda y pensó que, con seguridad, su hijo estaba en el pueblo, en su trabajo, contento de haberle regalado un buen libro a su padre.
Bajó del automóvil, quitó llave a la puerta, saludó a la señora, que aún trabajaba en la limpieza, abrió el portón, metió el vehículo al garaje y se bajó.
Eso sí, con una enorme sonrisa y el libro recién comprado en la mano.
- La decisión - jueves 16 de julio de 2026
- La promesa de Hermenegildo Pop - jueves 18 de junio de 2026
- El coloquio fortuito - jueves 14 de mayo de 2026


