El último amante
Ustedes conocen la celebridad de esta abadía y también saben
que de sus muros han salido durante muchos años las más
bonitas y libertinas mujeres de París.
Sade
La abuela permanecía inmóvil en su silla de ruedas mirando hacia todos lados e intentando descubrir las esculturas que en sus tiempos de esplendor adornaron las repisas de su cuarto. Su vista, inquisidora, extraviada en la bruma de sus recuerdos, se acompañaba de remembranzas: vestidos de crepé, pestañas postizas, cabellera en el nacimiento de sus caderas sedientas, púberes en busca de juegos en los albores de la madrugada... El tiempo de hoy es sólo un reflejo de antigüedades, multiplicadas con una lentitud semejante a los últimos pasos dados hace muchos años. El encierro le había producido una palidez terrosa, y las arrugas, cicatrices de diez lustros, eran las causantes de una transformación insólita, pues aquella expresión de condesa cedió para siempre hasta contornear unas formas que sólo facilitaban movimientos de manos y pies. Piensen ustedes en esa anciana oculta en la penumbra de la noche, sin fuerzas, y apenas con el aliento suficiente para observar entreabrirse la puerta y esperar la visita anhelada. Nadie imaginaría a esa misma figura, sombra entregada a su temblor, jadeante en medio del júbilo de orgasmos repetidos como espejos, bajo espejos, frente a espejos, y evocando las chatarras de una escultora que sucumbió frente a pisos tapizados de espejos —corazón roto— en el restaurante donde solía entretener, preámbulo de su entrega, a los adolescentes fieles. Hermosos fueron sus cuarenta años de vida lujuriosa al servicio de los jóvenes. Las sonrisas, el tropel de caballos desbocados en la ternura, el estrépito de trompetas con sonidos que ascendían entre sus piernas y el vértigo de la sangre caliente, se grabaron definitivamente en su memoria. Esa época se prolongó hasta su vejez, más allá del canto de los gallos. “Jorgito”, balbuceaba en las noches cuando la ansiedad la obligaba a llamar a su nieto para revivir su pasado de fortunas, joyas y obsesiones: desliz en su imaginación de dama seductora del dibujante de lienzos, ojos ensoñadores, oreja cercenada, paletas y colores, que logró hechizarla con el rostro de autorretrato muerto que colgaba del restaurante parisino. Él, entonces, penetraba y vaciaba un talego de campaña de guerra. Eran muñequitos de fantasía, plásticos y desnudos, distribuidos estratégicamente en el tablero que reposaba en sus piernas de piel trémula. “Observe, Madame”, decía su nieto, y le acariciaba sus canas alargadas, mientras movilizaba los deditos y los mezclaba en un ritual ¿perverso? con la ayuda de aquellas manos resbalando por los cuerpecitos estáticos que, en sus caídas, dibujaban decenas de kamasutras. La abuela dejaba rodar las lágrimas, entusiasmada por el amacice de figuras: destellos frente a su mirada. A veces no eran los entrelazamientos de piernas, brazos y labios modelados, réplicas de infantes que ella amaba hasta el delirio, sino tentativas de besos y caricias que, en ese juego, atraían escenas en blanco y negro de jóvenes enloquecidos por aquel vientre pródigo bajo la luz de la luna. En otras ocasiones se abría la puerta —goznes trepidantes en sus tímpanos— y entraba el nieto vestido con uno de los dos trajes de Las Meninas, medida perfecta, ajuste a la cintura, escote largo, caminando al compás de un, dos, un, dos, mientras ella revelaba una mueca de dientes resplandecientes que en otros tiempos fue una carcajada de este tamaño. En las visitas iniciales Jorgito preguntaba en voz baja la razón de todo aquello. No eran preguntas que todo nieto acostumbra hacer a su abuela; sólo reclamos en busca de respuestas capaces de poner fin al ritual nocturno. La abuela sólo respondía con su mirada extraviada en algún rincón del cuarto. Pero, poco a poco, el niño se fue convirtiendo en el cómplice obligado, y logró descubrir la sensación agradable de las batallas eróticas. No cabía duda: él también sentía el mismo estremecimiento y la misma turbación al ver los torsos y piernas desperdigadas sobre el tablero y experimentar el revoltillo de corazones sin vida, ajenos a la fuerza decadente de la abuela. Así, todos los días, hasta identificarse mutuamente entre el silencio y la soledad. Aprendieron a compartir las distintas emociones, los mismos jadeos; se expresaron por igual los diferentes desenfrenos y se fundieron sin mesura en el piso de espejos: colores difusos, esculturas revoloteando en el cuarto, muñecos agigantados y un estertor que blanqueó el lienzo.
Viaje a Macondo
El primer asombro ocurrió cuando leía el capítulo uno y, de repente, Melquíades y los gitanos sobrevolaron Macondo encima de una alfombra mágica. Entonces, se detuvo en la lectura y recordó los tiempos de Las mil y una noches, y su recorrido por las fantasías persas y árabes, entrecruzadas con aquellas esterillas afelpadas sin pistas de aterrizaje. Había razones para la incredulidad, pues las fábulas de su infancia las había clausurado, años después, con historias realistas en las que las guerras invadían las páginas, y las acciones sucedían una tras otra mientras él desplegaba su imaginación. Si alguna escena lo inquietó, fue la conversión en pez del personaje que mira a través de los cristales de un acuario en París, según lo describe Cortázar, su autor odiado. De manera que, en los intersticios de la reflexión, se planteó la disyuntiva de seguir o tirar el libro al fondo de la chimenea, tal como hizo con La muerte de Artemio Cruz. Continuó. Se sumergió otra vez hasta sentirse en un mundo donde saltaban metáforas y se enredaban los personajes en medio de marañas y cuyo final lo asombró aún más al imaginar el desfile de hormigas arrastrando la cola de cerdo del hijo de Aureliano Babilonia y Amaranta Úrsula.
El burro y la flauta
La luna plateada ha sido protagonista de innumerables cuentos a lo largo de la historia. En ocasiones, aparece descrita para recrear escenas amorosas o caballos desbocados lanzados a la batalla campal; en otras, es un acompañante perfecto de las historias apocalípticas sobre zombies y vampiros. Como lo enseñaron Stephen King y Edgar Allan Poe: una sucesiva cadena de repeticiones que podrían ser animales de campo o artilugios armónicos y antiguos. Así, no es cierto que el burro caminó desprevenidamente y, sin quererlo, encontró aquella flauta. La historieta —convertida después en leyenda— se le atribuye a un oscuro fabulista español que en su tiempo respondió al nombre de Tomás de Iriarte. Los críticos hablan del siglo XVIII, época de muchas flautas y pocos burros. Doscientos años después, un cuentista guatemalteco llamado Augusto Monterroso resumió la misma anécdota, pero atribuyéndole racionalidad al personaje y a la cosa. Ambas fábulas coinciden en que fue un sonido dulce y suave. Ahora se descubre, con toda certeza, que en el siglo IV de nuestra era existió un escritor latino llamado Flavio Aviano, quien escribió dos elegías: “El zorro y el perro” y “El burro y el violín”. Todo indica que, en su texto, Iriarte cambió el violín por la flauta.
Otra vez Edipo
Hice el mismo recorrido: de Corinto a Tebas. Allí estaba el origen de la tragedia, pues en el punto intermedio se desataría una sucesión de leves azares que me llevarían a descubrir el dolor del espanto. Antes, era escasa mi cercanía con aquella extraña historia que involucraba a Yocasta, mi madre, y a Layo, mi padre. Hay algo más: temía llegar a la ciudad de los reyes y encontrar cadáveres insepultos por la peste que se propagaba y extendía hacia el mar. Pero las pistas me conducían, de manera irremediable, al lugar donde descansaba la esfinge, esa bestia cuyas alas de águila parecían listas para emprender vuelo. En el camino, largo y triste, provoqué la caída mortal del viejo Layo, vencido más por los años que por la fuerza de mis brazos. Luego, cuando descifré el enigma que salvó a Tebas, no pensé que la hermosa Yocasta, la reina viuda que me había engendrado y abandonado a la suerte de los dioses, sería mi esposa, mujer de sueños habitada por las fantasías del mundo. Entonces, arranqué las agujas de oro de su vestido rojo y atravesé mis ojos en medio de los alaridos que resonaban en aquel palacio maldito. Más cerca, escuché el coro que atravesó mis oídos y se instaló para siempre en el teatro de los siglos siguientes.
Holocausto
Íbamos apretados en el tercer vagón, preguntándonos con la mirada todo y, en ocasiones, nada. Nuestro silencio lo rompía el ruido de las llantas sobre los rieles. Era un sonido sin armonía, monocorde y triste, que evocaba los viajes realizados años atrás en busca de la familia perdida. En ese instante, los recuerdos se fragmentaban por la presencia de los soldados que custodiaban el tren. Moshé me había dicho, minutos antes de embarcar, que nos llevarían al fin del mundo, donde las chimeneas arden sin cesar y los perros ladran en la madrugada. No entendí el alcance de sus palabras, y preferí mirar la sonrisa de su hijo Jared, tomado de su mano y vestido aún con la corbata de su reciente quinceañero. A los lados, las campiñas se revelaban ante nuestra vista entre ondulaciones que daban paso a pequeños bosques de árboles sin nombre. Al frente, otra vez los soldados como estatuas moviendo sus fusiles de asalto y las ametralladoras de miedo, y esas miradas verdes y azules que atravesaban mi corazón. Más allá, faldas, pañuelos, sombreros, flecos y chaquetas negras que removían mis recuerdos hasta instalarme en la sinagoga para invocar a Yahvé todopoderoso. Eran tiempos de ayer, cuando la purificación de las almas se había detenido por la llegada de Satán, cuya maldad confundió a todos. Ahora, las puertas se abren y descendemos en fila rumbo a las fábricas de metal que parecen hornos crematorios.
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