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Benkos Biohó, Palenque y Pambelé

martes 7 de julio de 2026
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Kid Pambelé
Pambelé, esta gloria viviente, de ojos vivarachos y cabeceos constantes hacia izquierda y derecha, recorre su vida mediante recuerdos agazapados entre la tenue niebla que empaña su memoria. 📷 Página de Kid Pambelé en Facebook

Benkos Biohó y Kid Pambelé son los dos más grandes referentes de San Basilio de Palenque, un pueblo de esclavos que nació hace más de cuatro siglos, después de una fuga histórica que protagonizaron decenas de cimarrones rebeldes. Biohó se erigió como héroe y rey: hoy es venerado en su terruño y, por sus acciones y fuerza liberadora, traspasó la condición de mito. Pambelé, por su parte, fue el primer campeón mundial de boxeo que trazó un camino triunfal que hoy se prolonga en el campo deportivo. Antonio Cervantes, tal su nombre de pila, engrandeció a Palenque con su gesta y muchos lo consideran una especie de Biohó moderno.

De Biohó conozco parte de su historia, desde su captura en África, al lado de su esposa Wiwa y de sus hijos Sando y Orika, hasta el despedazamiento de su cuerpo en Cartagena el 16 de marzo de 1621, tal como está documentado en Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales, libro del franciscano Pedro Simón, publicado años después del ahorcamiento de Biohó y algunas de cuyas copias reposan en varias bibliotecas de Colombia y de Hispanoamérica. Luego realicé una primera visita a San Basilio de Palenque y vi su rostro pétreo, su brazo glorioso en alto y su grito en boca, enclavados en el monumento que se encuentra en la plaza principal del pueblo.

El 28 de octubre de 1972 Pambelé conquistó el título mundial de boxeo en la categoría welter junior. Entonces me acordé de Biohó y evoqué a Palenque. Una sucesión de imágenes reales y de ficción hizo elevarme hacia unos recuerdos insólitos que traían al presente los barcos negreros del siglo XVI, la huida de los esclavos hacia los Montes de María y la gradual invención de un pueblo que visité muchos lustros después de que Pambelé se cubriera de gloria. Pero ahora, en medio de un diálogo con el protagonista glorioso, revivo en forma de crónica la entrevista a raíz de la inauguración del gigantesco buque hospital que lleva el nombre de Benkos Biohó, y el cual navega el litoral Pacífico en medio de atenciones médicas articuladas con los saberes tradicionales y ancestrales; además, se trata de un intento de celebración tardía de los ochenta años que cumplió el ex campeón mundial en diciembre de 2025.

 

*

 

Me contó Kid Pambelé, diagonal a la iglesia de Palenque, que cinco días después de haber nacido una bruja se estacionó en la puerta de su casa con la intención de chuparle la sangre. Eran los últimos días de diciembre del año 1945 y el pueblo entero bailaba desenfrenadamente los últimos fandangos de la temporada. Su padre, Manuel Cervantes, gozaba al compás de las melodías, festejando el nacimiento del primogénito, cuando fue avisado de la presencia de aquella extraña mujer que quería sacrificar al nuevo hijo de Palenque. Cuando llegó, la tal bruja se había perdido entre los follajes y la oscuridad de la noche.

Fue la primera historia mágica que Pambelé grabó en su memoria a fuerza de escucharla constantemente de labios de Ceferina Reyes, su madre. Ella le recordaba que, gracias a san Basilio, sobrevivió a aquellos intentos malévolos de la bruja que, tal vez, había llegado de Sincerín o Mahates, contratada por algún viejo amor del apuesto Manuel Cervantes. El Kid no pudo olvidar la leyenda que rodeó sus primeros meses de vida y que, en su tiempo, se constituyó en el gran acontecimiento del pueblo, pues todos deseaban conocer las razones por la que una hija del diablo quería extraer la vida del primer vástago de Manuel y Ceferina.

En realidad, los amores de uno y otra fueron vistos siempre con buenos ojos. Ceferina, una mujer trabajadora y de ojos ensoñadores, se había clavado en el corazón de Antonio Cervantes y Felipa de Ávila, los padres de Manuel. Julia Cassiani, madre de Ceferina, por su parte, estaba convencida de que el mejor destino para su hija eran los brazos fornidos y las ambiciones desmedidas y el amor eterno que había jurado entregar su futuro yerno.

Pambelé nació un 23 de diciembre y el nombre le fue regalado por el abuelo paterno, un patriarca de aquel bastión negro que había sobrevivido con dignidad a la persecución y los embates esclavizadores de los blancos de los últimos siglos. El apodo de Pambelé le fue puesto casi de manera simultánea por quien sería su padrino meses más tarde, un aficionado al boxeo que había seguido de cerca los pasos del pugilista nicaragüense Héctor Rivas, al que también llamaban Pambelé.

 

Entre la plaza y San Basilio

La infancia de Antonio Cervantes Reyes transcurrió en Palenque sin ningún contratiempo. Observaba a su padre en las labores de cultivo de arroz, patatas, yuca y maíz. Poco a poco fue aprendiendo aquellas labores del campo hasta que, años después, le correspondió acompañarlo durante todas las madrugadas por los caminos solitarios y cenagosos que conducían a Malagana, pueblo que recibía la carga de alimentos. “A las cuatro de la mañana, nos montábamos en los burros o yeguas y nos íbamos por las trochas. En invierno era puro barro. Los animales se caían en el camino y por eso salíamos en grupo de quince o veinte personas para ayudarnos”, recuerda Pambelé.

Cuando no era a Malagana, tocaba ir a Cartagena para llevarle a la abuela Julia las hojas de bijao con cuya venta se ganaba parte del sustento general de la familia. Pambelé hacía todo aquello alternándolo con los paseos por la plaza principal de Palenque, donde más tarde comenzaría a dar muestras de su destreza y pasión por el boxeo. Entre Cartagena y Palenque comenzó a transcurrir su vida. Más en este último pueblo, tierra de todos sus ascendientes donde se celebraban los ritos ancestrales y se ponían en marcha, cotidianamente, las costumbres más inverosímiles a los ojos de cualquier forastero. Los catorce de junio, por ejemplo, día de Palenque, se sacaba en hombros —tal como ocurre todos los años— la figura de tamaño natural de san Basilio.

Pambelé participaba de aquella ceremonia sagrada y él recuerda que se veía a sí mismo de blanco hasta los pies vestido, reunido con los pelaos y pelás a la espera de la repartición de los chicharrones y la yuca. Se veía recorrer las calles de Palenque en medio de aquella procesión multitudinaria que desembocaba en la plaza central en medio de la alegría, el optimismo y la felicidad del pueblo. Igual ocurría en Semana Santa. Entonces le tocaba participar del intercambio de comidas entre familias y sobrecogerse durante aquellos días guardando el respeto por los credos y las avemarías. Y en las noches, a bailar en el fandango al son del bullerengue, y a contemplar extasiado los golpes encantados del tambor. “Era una gran rumba, mi hermano. Nadie se perdía de las fiestas de mi pueblo que se hacían todos los años. Lo que más me gustaba era el sonido del tambor. No soy un especialista, pero me defiendo con la tumbadora”, me dice.

También se defendía en las corralejas. Ya crecido, coqueto y enamorado, Pambelé participaba de las fiestas de toros. Tal vez, digamos, su primer sueño fue ser torero, pues recuerda con pasión que se metía en las corralejas que se armaban en Palenque, Turbaco, Arjona y Mahates y allí, manta en mano, desafiaba las embestidas irracionales del toro. “Si el toro no cogía a nadie, la corrida era mala. Yo vi a varios toros enganchar a manteros. Afortunadamente, nunca me pasó nada, porque después de los mantazos, corre que te cogen, campeón”, recuerda.

 

Las pilatunas y las alegrías con coco

El destino de Antonio Cervantes se fue fraguando poco a poco en su Palenque natal. Aun después de trasladarse a Cartagena, volvía por largo tiempo al pueblo a vivir el delirio y la fantasía de una cotidianidad que se acercaba al mito. Y lo hacía, al igual que ese puñado de jóvenes descendientes de cimarrones que sobreviven con un inigualable orgullo a flor de piel. El adolescente Antonio era sacudido a veces por los fuetazos de Ceferina, quien castigaba así sus impertinencias y sofocaba de la misma manera su temperamento díscolo y agresivo. Porque, cuando no eran los pedidos en las tiendas y el correcorre sin pagar, eran los robos de gallinas y pavos..., festejo burlón en medio del sancocho compartido con el resto de la gallada. “Ceferina me daba duro. Es que cuando uno está pelao jode mucho, mi hermano. Me marcaba con la correa de tanto darme. Claro que a veces corría más que un venao y no había forma de cogerme”, afirma.

Esos fueron los momentos en los que Pambelé comenzó a dar muestras de lo que sería años después. Porque allí, en el mismo Palenque y después en Cartagena, su ímpetu de trompeador salió a flote. Realizaba hasta tres y cuatro peleas al día, siempre a puño limpio. Al fin y al cabo, esa era la constante en un pueblo donde los pugilistas se dan silvestres. Los ancestros de guerrero parecieron encarnarse en aquel párvulo inquieto que varios lustros más tarde habría de entregarle a Colombia una de las glorias deportivas de mayor significación.

Rivales los había por montones. Entonces fue cogiéndole el gusto a las trompadas y cualquier pretexto era importante para descargar sus puños y poner a prueba la fortaleza de su estructura física. En Cartagena, luego de vender su mercancía (“alegría, con coco y anís, vengo de Getsemaní, cómpremelo a mí”), o en Palenque, protagonizaba siempre peleas callejeras que son recordadas por algunos hombres que lo vieron crecer y compartieron con él los sueños difusos de entonces. Pambelé evoca todo aquello con mucha nostalgia. Sus ojos brillan al recordar los instantes más trascendentales que marcaron su infancia para siempre. Pero la procesión va por dentro, porque en ocasiones calla y pareciera transportarse a su Palenque infinito y ver a Ceferina moliendo el maíz cuba y a Manuel, su padre, tirar machete en los cañaverales para llegar después sudoroso, y besar a todos en la frente.

—¿Te han contado la historia de Palenque?

—Sí. En México también hay un Palenque.

—¿Practicaste algún rito en el pueblo?

—No. Ni los conozco. He escuchado bastante de eso.

—¿Tu religión, entonces?

—San Basilio y el Dios Todopoderoso. Ah, y la fe. No hay que olvidar que la fe mueve montañas, campeón. A toda hora estoy metido en la iglesia y, desde que me levanto, pido para que todo me salga bien. Al que no pide no le dan, mi hermano. Como se dice, el que no llora no mama.

 

*

 

Pambelé, esta gloria viviente, de ojos vivarachos y cabeceos constantes hacia izquierda y derecha, recorre su vida mediante recuerdos agazapados entre la tenue niebla que empaña su memoria. A veces es cortante y definitivo, como si quisiera mandar al carajo tanta preguntadera alrededor de su vida toda y de su pueblo sagrado. Pero, en ocasiones, frunce el ceño, levanta su mirada hasta perderla en el horizonte y evoca situaciones, momentos, escenas o imágenes que él mismo creía extraviadas en el otro lado de su gloria.

Aquí están reunidos los dos Pambelé que, distantes para miles de miradas, transitaron por caminos disímiles y contradictorios. El uno, con el brazo en alto, triunfal, altivo y con la grandeza a cuestas. Eran aquellos tiempos de esplendor, cuando su derecha mortal demolía rivales en medio del alborozo de dos pueblos unidos —Colombia y Venezuela— a través de sus puños de acero; el otro, con la misma altivez y grandeza, pero con los recuerdos perdidos por los caminos de la incertidumbre. Son estos tiempos, cuando todo se ha esfumado en la lejanía y sólo emerge aquel 28 de octubre de 1972, fecha inolvidable que marcó para siempre el comienzo de nuestra verdadera historia boxística en el mundo entero.

Tanto el uno como el otro son admirados por esa afición que conoce la proeza de un título alcanzando cuando pocos apuntaban al acierto de sus puños. De ahí que, aún hoy, siga generando comentarios de toda índole. Algunas veces estalla la noticia de que fue encontrado muerto en un recodo de un pueblo vecino; en otras, se dice que está en un puesto de salud de Palenque durmiendo una borrachera. Pareciera un fantasma omnipresente sobre el que rondan rumores de diverso tamaño. Él lo sabe. Por eso sonríe poco a poco hasta convertir su risa en una jubilosa carcajada.

 

*

 

En realidad, mucho cambió en la vida de Antonio Cervantes después de aquella resonante conquista. Han sido muchos, muchísimos lustros a lo largo de los cuales otros pugilistas colombianos continuaron el sendero abierto por uno de los hijos predilectos de Palenque. Incluso, otros dos hijos de ese pueblo bendito, los hermanos Ricardo y Prudencio Cardona, lograron sendos fajones mundialistas para Colombia. Y otro más, Pambelito Cervantes, hermano de Antonio, disputó en dos ocasiones títulos orbitales de boxeo.

Y no volvió a ser el mismo porque, en los últimos combates, su vida entró en un torbellino que fue afectando su estabilidad emocional y agotando, gradualmente, los abundantes recursos económicos que logró acumular a lo largo de su carrera profesional.

“Hice malos negocios, mi hermano. Derroché todo. No hacía más que tomar, y mujeres por todas partes. La vida fácil, como se dice. Compré buses y busetas, pero se aprovecharon los choferes. Esto me peló, campeón. Pero yo no me pongo a pensar en eso porque si recuerdo lo que fui y lo que tuve, me vuelvo loco. Lo hecho, hecho está. Y, además, la plata no lo es todo. Conozco mucha gente que tiene millones de dólares y están pagando cadena perpetua. No le pongo balón a eso, mi hermano”, me dice.

En verdad, no le pone balón. Usted lo ve y piensa que aún disfruta las mieles de la gloria. Sólo las arrugas le aseguran a uno que no es el mismo. Todavía ríe como un reguero de monedas, los dientes blanquísimos y los ojillos brillándole en un solo punto. “Ya Héctor Lavoe lo dijo, mi hermano, todo tiene su final, nada dura para siempre. Y allí Lavoe habla también del campeón mundial. ¿te acuerdas? Ese disco lo dice todo: yo no podía retener el cinturón hasta llegar a viejo. ¿O no, mi hermano?”.

—¿Qué piensas de la vida, Pambe?

—Es muy bonita. Hay que saberla vivir, mi hermano.

—Muchas veces te han visto llorar. ¿Es la nostalgia?

—He llorado un poco de veces. Cada rato lloro. Me desahogo y descanso.

—¿Qué piensas de la muerte?

—Algún día llega. No le tengo miedo.

—¿Te sientes solo?

—Nunca.

Se aleja y atraviesa la plaza principal de Palenque. De repente se detiene y alza la mirada hacia Benkos Biohó, quien contempla el universo desde su pétrea mirada. Dos leyendas en el mismo espacio. Dos historias de guerreros cimarrones unidos a través de una misma lengua, de unas mismas costumbres y de una cultura milenaria que se nos vino encima a través de barcos de esclavistas que exaltaron la infamia para siempre.

Jaime de la Hoz Simanca
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