Febrero
Colgando
del panal
en el nervio
de la hoja,
la garza se detiene.
Mira el horizonte
de la tarde,
en su reflejo
el murmullo del lago
deshace la quietud
de los árboles.
Las golondrinas
cruzan la luna;
se derrama luz
entre las sombras.
El canto quebrado
de la gallareta:
una risa
que llora
la noche
de cenizas.
Cáscaras
verdes
caen,
silbando
al río.
Oráculo del traqueteo
Tu alma yace
en la cola del gato.
Tu mirada en las
alas de la mosca.
Una poesía de tortillas
al comal.
Nunca nos saciamos
ni de soledad.
Tus dientes en el vagón
descarrilado.
Tu pie acelera
la tierra
de sábanas
oliendo a guajes.
Tus pestañas marinas
irrumpen las olas.
Un faro atormentado
sopla estrellas.
Tus labios musicales
abanican la calle.
Tus orejas mudas
vibran infinitos.
El arrecife se corta
con tanta sal.
Tu nariz vuela
en campos de gaviotas.
Lagartijas besuconas
afilan tu lengua.
Y de las semillas
mil ombligos nacen.
El sueño de un cactus
En un lecho
lleno de espinas negras
intentábamos dormir
Nos miramos, atraídos
¿Nos conocemos?
¿Quién eres?
¿Por qué tengo esto
imantado al cuerpo?
Los resortes
de la voz
se estremecen.
Cada espina es un clamor,
una oportunidad de cambio,
un dolor solitario abrazando
la multitud.
Se levanta una figura
Siento la piel craquelada,
acontece la muda,
una nueva identidad:
Verde Gomosa.
Se transforma en cactus
En la misma cama,
las espinas
dibujan una manzana
alrededor de la mujer
Alza el mentón y su cabellera cae
Mis pies son raíces
Mis brazos, ramas
Mis vellos, corteza.
El sol bendice mi rostro
Lianas y hojas de ceiba
A un lado del lecho,
otra pareja desconocida
con nervio, a merced
de los acontecimientos.
Una voz baja dice
Ondulo en el viento
fértil de ideas,
sembrando el desierto
infinitos propágulos
—Un majestuoso maguey nació de aurora
Al otro lado del lecho,
apretándose los labios
hasta sangrar por las
pupilas del mañana.
La solemne rosa trepó al lomo del cuervo
Al levantarse,
el cactus florece estrellado
Se cometió un asesinato
(inspirado en “Fidelio” de Chili Gonzales)
Van encajando las palabras
exponiendo el agravio.
Una secuencia escalofriante
irrumpe en la sala.
Los ojos esconden
la veracidad de su cometido.
Se quiebra el tiempo
cuando el suplicio somete
a la víctima,
un desajuste inoportuno
pulveriza el rostro de la noche.
No es un accidente
ni una casualidad
escapando de la rendija.
El zumbido de las moscas
gobierna sin piedad.
Las manchas de sangre
aún frescas espesan
el ambiente;
lo macabro de ser un títere
tiene un trágico final
Días después, la podredumbre
acaricia las paredes húmedas.
Nuevos organismos ascienden
sin culpa de ser atisbados
como los roedores del crimen.
Los retratos de la sala
no tuvieron otra alternativa
que observar la crueldad
del asesinato.
Cerca de lo lejos
Una ventana repleta
de poemas
inunda la ciudad.
Las fuentes se llenan
de letras y el musgo
adivina esos versos que
transitan por tejados,
inquilinos de la verdad.
Entre paredes el eco
susurra a las puertas,
vibran los álamos
y caen las hojas
de palma seca
quebrando aristas y
bisagras oxidadas.
Los habitantes absortos
en guirnaldas se voltean
y ven las calles llenas
de semillas aladas.
Las barrancas respiran
al fin el sorbo de las
estrofas, dejando atrás
ese cúmulo de energías.
Los confusos callan
prestando atención
con un nudo
de madera
en la garganta
Los libres sonríen
y cantan anomalías
encima de nubes,
bóvedas y jacarandas.
Las raíces rompen
banquetas,
las enredaderas
dibujan nuevos
alfabetos mientras
las gárgolas
bailan por no
asustarse.
A la mañana siguiente
todo está germinado.
No hay lugar para
disimular, ni discernir,
ni desesperar en nuestra
conciencia colectiva.
El dedo (de algún dios)
golpetea una cuerda
y los caminos de seda
se conectan entre ellos,
entramando los versículos
de una nueva era
de un nuevo despertar.
- Cinco poemas de Alberto de Quintana Tauler - miércoles 19 de agosto de 2026


