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Dos hombres

miércoles 12 de agosto de 2026
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a Cristian Camilo

Habitar el incendio

No llegaste a mi vida: irrumpiste
como entra el invierno en las casas viejas,
haciendo crujir la madera y las costumbres.
Y yo, que siempre fui un hombre razonable,
acabé deseándote con una intensidad
casi obrera,
casi animal,
como si el amor pudiera encenderse
a martillazos de aliento,
a zarpazos de instinto.
Quisiera decir que lo nuestro
tiene la calma de los templos.
Mentiría.
Lo nuestro arde.
Arde
cuando tu voz desciende medio tono
y mi nombre deja de sonar inocente.
Arde
cuando miras mi boca
como quien descubre que la sed tiene labios.
Arde
cuando tu pecho contra el mío
convierte la madrugada en ceniza.
Entonces comprendo:
amar a otro hombre es hacer del incendio un hogar.

 

La casa

Cada mañana la casa despierta distinta.
Al abrazarnos,
las paredes desaprenden sus límites.
Al acariciarnos,
una puerta aparece
donde el miedo levantó sus muros.
Al besarnos,
brotan ventanas por las que
el alba encuentra el camino de regreso.
Al dormir,
el techo se retira en silencio
para que las estrellas entren a descansar con nosotros.
Hay mañanas en que despertamos rodeados
de un jardín que sembró la madrugada,
allí donde nuestros cuerpos deshacen la noche.
Nuestras miradas tuercen las vigas.
Nuestras voces despiertan las tuberías.
Nuestras risas llenan de pájaros las lámparas.
La casa respira.
Sus pulmones de ladrillo se expanden
cuando la sangre aprende un mismo ritmo.
Ignora la geometría:
ensancha los umbrales,
curva los pasillos,
desorienta las esquinas.
Nadie sabrá
que entre sus muros
dos hombres se aman.

 

Lo de siempre

I:.........—¿Ya amaneció?
C:........—Todavía no.
I:.........—Hace frío.
C:........—Acércate más.
I:.........—Hueles a chocolate.
C:........—Y tú a sueño.
I:.........—¿Sabes qué pensé mientras lavaba los platos?
C:........—¿Qué cosa?
I:.........—Que la felicidad debía parecerse a un océano.
............Y terminó siendo
............tu voz en la cocina,
............el agua cantando en la loza,
............la ventana abierta a la tarde,
............nosotros diciendo tonterías
............mientras afuera el mundo insiste en ponerse difícil.
C:........—Tengo miedo.
I:.........—¿De qué?
C:........—De que los días se vuelvan costumbre.
I:.........—El amor se hace así:
............con la terquedad de las cosas que regresan,
............con tu mano buscándome en mitad de la noche,
............con mi nombre en tu boca,
............dicho tan despacio
............que el silencio cambia de respiración.
C:........—Oye.
I:.........—¿Qué?
C:........—Me gusta cuando lees
............y levantas la mirada
............para comprobar que sigo aquí.
I:.........—¿De verdad?
C:........—Sí.
I:.........—Entonces te confieso algo.
C:........—¿Qué?
I:.........—Que todavía no entiendo
............cómo, entre tantas vidas posibles,
............la tuya abrazó la mía
............hasta que ya no supimos
............cuál taza era de quién.
C:........—Anoche te escuché reír dormido.
I:.........—Soñaba contigo.
C:........—¿Qué soñaste?
I:.........—Desde que llegaste,
............los relojes dejaron de apurarnos.
C:........—¿Y ahora qué hacemos?
I:.........—Lo de siempre.

 

Conjuro

Conjuro tus ojos.

Que custodien mi rostro
con la obstinación de la llama por la madera;
que cuando atraviesen la noche,
mi sombra arda detrás de tus párpados.

Conjuro tu boca.

Que mis besos habiten en ella
como el vino madura en la memoria de la lengua;
que al beberme, tu respiración se desordene
hasta volverse temblor.

Conjuro tus brazos.

Que se cierren sobre mí con la fuerza de los árboles
cuando resisten el invierno;
que en mitad del sueño continúen buscándome
como la hiedra abraza el muro.

Conjuro tu pecho.

Que incendie la paciencia de tu cuerpo,
como si debajo de la piel se agitara un animal hecho de fuego;
que al demorarme sobre él, tu corazón abandone
su disciplinada forma de latir.

Conjuro tus piernas.

Que aprendan la ceremonia de enredarse con las mías
cuando la noche afloja sus nudos;
que reconozcan en mi boca
el aliento que las desata.

Conjuro tus pies.

Que exhaustos encuentren reposo en mí
hasta que el camino se desprenda de sus plantas;
que al volver a la tierra recuerden
el fervor con que mi boca los recorrió.

Allí donde la sangre cambia de cauce
al llamado de mis besos,
conjuro aquello que ninguna noche consigue domesticar.
Que despierte buscando mi presencia
como la lluvia encuentra la sed de la tierra;
que cuando regrese la ausencia,
mi recuerdo permanezca en él
como una luz cautiva en el espejo.

 

La mirada

Hay hombres
que encienden el amor
con palabras.
Tú no.
Tú lo dejas crecer
en el lugar más antiguo de la luz:
la mirada.
A veces aguardo una frase tuya,
una de esas que otros pronuncian
como si el deseo cupiera en la boca.
Entonces levanto los ojos.
Y estás ahí,
con esa forma tuya de mirarme,
como si el mundo hubiera renunciado al ruido
para escuchar
el latido de mi nombre.
Hay en tus ojos
un idioma
que ninguna lengua sabe traducir.
No necesito preguntarte
cuánto me amas.
Lo descubro
cuando tu mirada desata mi piel,
con la paciencia
con que la lluvia
aprende el contorno de las hojas.
Lo descubro
cuando tu mirada
encuentra en la mía
un puerto
donde ancla el silencio.
No apartes tus ojos de mí.
Sigue diciéndome
que aún regresas
a mi orilla.

 

Insurrección

Nos enseñaron el temor antes que el amor.
Nos dijeron que nuestros labios
debían aprender la gramática del silencio;
que dos hombres besándose
eran una herida en la costumbre.
Antes de nosotros hubo hombres
que escondían el deseo
como se protege una semilla del invierno.
Hombres expulsados de sus casas,
de sus iglesias,
de las fotografías familiares.
Y, contra todo, amaron.
Al besar tu boca,
beso también la memoria de aquellos hombres.
La de quienes aprendieron
a reconocerse por el rumor de la piel,
a hacer del roce
un lenguaje indócil.
Dos hombres amándose desordenan el mundo.
Al tomarnos de la mano
como quien recupera una tierra perdida,
al decir “mi amor”
sin que retroceda la voz,
el miedo deja de ser nuestra lengua.

Oscar Iván Londoño Zapata
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