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Cinco poemas de Irina Ojeda Becerra

lunes 24 de agosto de 2026
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Frívolos vapores

Revestida en humo
asciende la luna entre los barrotes.
Satinadas gotean flores de framboyán.

Han echado cerrojos a las puertas.
Me impiden salir,
respirar los frívolos vapores.

Cual serpiente en agonía me retuerzo
sobre el suelo aterido,
engullida por la oscuridad de una sala.

 

Recintos

I

Desde las almenas, el alma se apacigua.
Astros hienden los recintos
donde se abate su memoria:
primero es un estruendo,
luego la invariable pasividad del cosmos.

Entonces soy sólo una caricia
flotante sobre los guardas.

 

II

Que este llanto me adormile,
ligero llegue el reposo.

Olvidar
pueda al fin
ese temor a malsanas figuras
que se deslizan
hasta la lobreguez del cuarto.

Olvidar
aquella severidad, sus ojos
desdeñando las cerezas
que en el vestido ofrecía.

Un arroyuelo de sangre
desciende por mi brazo.

 

III

Un agua medieval humedece mi espalda.
Sobre los mástiles, la hondura del cielo.
Se ha abierto la cripta
donde descansa su cuerpo venerable.

 

Tras el poderío de los balaustres

Fuera de estos muros
el aire se ensaña con los venados
fugitivos en el acoso de las flechas.

Dejadme ser la que vive
como una luz maligna
tras el poderío de los balaustres.

 

Retrato de una dama herida

Miré hacia las paredes,
se abrían zanjas
como brotes continuos de una primavera.

Un olor a sal llegó despacio.
Recogí las hojas,
llenas las vasijas,
humedecí duro polvo.
Agitada
por el óleo rojizo de una noche,
aparté herbajes y lombrices.
En mi mano, espinas menudas.

Bajo el portal,
la ilusión de un navío
indicaba hacia el suelo.
Se abrían fosas:
brotes continuos de primavera.

En la piel los hilos deshechos.
Mancilló sus guantes
la dama del retrato.

 

Ofrenda

Cuando el velo cae sobre los autos
que parecen en la oscuridad
animales desamparados,

cuando subo el telón
de mi pequeña escena
y la casa escucha en silencio,
sin una luz,
siquiera un candelabro fulgurante,

abro sigilosa la puerta
que da al jardín humilde
y bajo la enramada
que me envuelve
ofrendo mi voz al cielo.

Irina Ojeda Becerra
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