

El ruido de las tabas en el silencio del miedo
Carmen Malarée
Novela
Ediciones El Ojo de la Cultura
Londres (Inglaterra), 2025
ISBN: 979-8270615178
177 páginas
El 11 de septiembre de 1973 fracturó la historia política chilena y alteró de manera inmediata la vida cotidiana de miles de personas. El derrocamiento de Salvador Allende, la instauración de la Junta Militar, los allanamientos, las detenciones y la persecución política transformaron también los vínculos familiares y vecinales: amistades, parentescos y antiguas formas de convivencia quedaron sometidos a nuevas lealtades, sospechas y silencios. Para quienes eran niños entonces, aquel cambio no llegó necesariamente acompañado de explicaciones comprensibles, sino de palabras desconocidas, conversaciones entre adultos, temores apenas formulados y señales de que el mundo habitual había dejado de funcionar según las reglas conocidas.
Esa es la realidad de la pequeña Beatriz, una niña de diez años que vive con sus padres en Quillota y registra en un cuaderno lo que sucede a su alrededor. Ocho años más tarde, instalada con su familia en Francia, el reencuentro con aquel diario y con una bolsa de tabas que su abuela le devuelve abre las compuertas de la memoria. Tal es la premisa de El ruido de las tabas en el silencio del miedo, novela de la chilena Carmen Malarée que recupera ese tiempo y que, mediante las anotaciones de su joven protagonista, reconstruye los meses anteriores y posteriores al golpe: el colegio, las amistades, los juegos y las particularidades de los vecinos, primero, y luego, poco a poco, el conflicto político que impregna ese universo hasta convertir en experiencias concretas palabras como golpe, allanamiento, toque de queda, censura o desaparición.
La elección de una narradora infantil determina buena parte de la singularidad de la novela. Beatriz no dispone del vocabulario político ni de las categorías ideológicas con que los adultos interpretan los acontecimientos: escucha, pregunta, consulta el diccionario y trata de incorporar cada concepto nuevo a lo que llama su “saquito de memoria”. La crisis chilena se vuelve así inteligible mediante asociaciones propias de una niña. La polarización política puede parecerle un partido de fútbol con dos equipos enfrentados; un golpe de Estado debe comprenderlo primero a partir de los golpes físicos que conoce; la desaparición de una persona resulta más desconcertante todavía cuando descubre que incluso los muertos tienen una tumba, mientras que de algunos detenidos nadie sabe dónde están. Malarée mantiene esa lógica de manera sostenida, permitiendo que sea el lector quien reconozca el alcance de aquello que Beatriz apenas empieza a entender.
Esa atención al lenguaje atraviesa toda la narración. La madre de Beatriz, profesora de castellano, corrige su manera de hablar y la anima a consultar las palabras que desconoce; el sacerdote Xavier introduce giros peninsulares y referencias a otras lenguas, e Ismenia, empleada en casa de Corina, habla con formas populares y rurales que fascinan a la niña. Años después, algunas de esas expresiones reaparecerán para Beatriz en la lectura de Don Quijote. La lengua será, por tanto, además de un instrumento de comunicación, la herramienta para armar el registro de la experiencia: a medida que la situación política se agrava, el vocabulario de la protagonista se llena de términos relacionados con la violencia y la represión. Aprender una palabra significa, muchas veces, descubrir una realidad que habría preferido no conocer.
Entre los personajes que conducen ese aprendizaje ocupa un lugar central Xavier, sacerdote catalán cercano a la familia y comprometido con el trabajo social en poblaciones pobres. Tras el golpe se convierte en perseguido y los padres de Beatriz lo ocultan en el entretecho de la casa. La presencia clandestina del cura transforma el hogar en espacio de protección y, simultáneamente, de peligro: hay que controlar las visitas, medir las palabras, interpretar cualquier ruido y aprender a distinguir entre mentira, omisión y secreto. Para Beatriz, que hasta entonces había construido un ingenuo “código moral” destinado a decidir cuándo una pequeña mentira podía justificarse, proteger a Xavier introduce una cuestión mucho más compleja: la posibilidad de que decir la verdad pueda poner en peligro a una persona inocente. La violencia política termina invadiendo así incluso las nociones elementales sobre las que la niña había organizado su conducta.
Y es en las tabas donde esa experiencia encuentra su imagen más persistente. El antiguo juego realizado con astrágalos de ovejas o cabras —cuya representación se remonta a la cultura griega— comienza siendo para la Beatriz de diez años una diversión compartida con su amiga Corina, una actividad que exige concentración, coordinación y destreza manual. Pero su significado cambia cuando el mundo exterior se vuelve amenazante. El 11 de septiembre, mientras sus padres siguen por radio el avance de los militares, el bombardeo de La Moneda y las últimas noticias sobre Allende, Beatriz intenta continuar jugando: el tac-tac de los pequeños huesos contra el suelo se superpone a las voces de la radio y finalmente al estruendo de las bombas. Desde entonces, el juego queda asociado a una infancia que procura mantener su espacio frente a una realidad que la desborda. El título condensa precisamente esa tensión entre un sonido pequeño, doméstico y obstinado y el silencio impuesto por el miedo.
La novela ensancha progresivamente esa experiencia individual hasta mostrar las consecuencias de la ruptura social en toda una comunidad. Hay vecinos que celebran el nuevo orden y otros que deben aprender a callar; familias afectadas por detenciones y despidos; militares capaces de ejercer su autoridad mediante la intimidación y soldados que, individualmente, no encajan en una división simple entre buenos y malos. También las relaciones familiares se resienten: los padres de Beatriz apoyaban a Allende, mientras parte de la familia paterna se identifica con los militares. Esa diversidad obliga a la protagonista a revisar constantemente sus certezas. El ruido de las tabas en el silencio del miedo encuentra ahí una de sus dimensiones más significativas: no presenta la historia desde una explicación retrospectiva que todo lo ordena, sino desde una conciencia que se va formando mientras aprende a reconocer la arbitrariedad, el miedo, la solidaridad y las contradicciones morales que surgen cuando una sociedad pierde sus reglas básicas de convivencia.
Esa perspectiva convierte la novela en algo más que una reconstrucción del Chile de 1973. El cuaderno de Beatriz, conservado durante años y recuperado en la adolescencia, plantea también una reflexión sobre la memoria: escribir permite preservar aquello que el tiempo podría borrar y devolverle voz a quien todavía no poseía todas las palabras para comprender lo que estaba viviendo. Carmen Malarée entrega así una narración histórica filtrada por la intimidad de la infancia, donde los grandes acontecimientos dejan de ser fechas y conceptos para convertirse en casas allanadas, conversaciones susurradas, amistades interrumpidas, familiares enfrentados y pequeños huesos que golpean el parquet. Quien se acerque a estas páginas encontrará una novela sobre el miedo y la violencia política, pero también sobre la ya mencionada formación de una conciencia y sobre la necesidad de conservar, frente al silencio, la memoria de lo vivido.
Carmen Malarée nació en Chile y realizó estudios de Sociología en la Universidad de Concepción. Posteriormente obtuvo un máster (MPhil) en la Universidad de Cambridge, Newnham College, y cursó estudios de posgrado en Pedagogía de Idiomas Extranjeros, con especialización en francés, en la Universidad de Exeter, Reino Unido. Se ha desempeñado como profesora de francés y castellano. Es autora de la novela breve La voz del silencio (2004), la novela histórica Donde se cruzan los senderos (2011) y el volumen de relatos Kaleidoscopio (2011), además de ensayos publicados en Letralia y de un relato bilingüe sobre Violeta Parra incluido en Violeta anda en tierras extrañas / Violeta Walks in Foreign Lands (2018).
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