“El accidente tiene la amabilidad de repetirse raras veces o nunca”, había dicho ayer el botánico-académico Pedro Bernardim José de Noronha Albuquerque Moniz e Sousa, y sin embargo ahora veo venir tan gallardamente a monseñor Justo de la Cruz Saraiva, abad benedictino, trayendo una página que flamea en su mano.
—Anoche escribí esta página de mis “Crónicas Benedictinas”.
—¿Qué dice la página, santo escribano de Dios? —pregunto con un poco de sorna que el abad toma por sarna, ya que se rasca la escabiosis imaginaria en medio de su tonsura.
—El milagro de santa Eusebia, S.M. —dice tímidamente.
—¿Milagro? —pregunto un poco asombrado, como enviciado por la navaja de Occam1 que usa como degollina el teutón renegado de Otto von Güstrow.

El rey prófugo de Portugal
Alejandro Bovino Maciel
Novela
Ediciones Librería de la Paz
Resistencia (Argentina), 2022
ISBN: 978-987-8964-53-9
370 páginas
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—Sí —dice el abad—. Santa Eusebia curó las escrófulas al duque de Osuna en una noche rezando siete padrenuestros en copto y al revés. La piel del duque, antes minada de llagas purulentas, quedó intacta como la de un neonato.
—¡Qué extraño! —comento—. ¿Se ha preguntado alguna vez monseñor qué es un milagro?
Queda perplejo el vejete naturalmente impetuoso.
—En realidad... —dice pero no dice.
—Un milagro —continúo como quien habla de chucherías—, es la interrupción de las leyes que el mismo Dios impuso a la naturaleza. Una tregua en la cadena causal. Un efecto sin causa, o una causa sin efecto. Uno se explicaría que el Buen Dios del “mejor de los mundos posibles”2 podría detener con su mano un terremoto que se avecina por efecto de la fricción de las placas de piedra y que no traería más que luto, llanto, destrucción y muerte de niños inocentes.3 Sin embargo, leo sus “Crónicas” y me entero de que Jehová decide dejar cesantes las leyes de la patología médica porque una monja reza al revés siete oraciones en una lengua muerta.
—¡Dios nos libre de pensar así, S.M.! —se asusta el abad abriendo la boca en una mueca de careta para la Clitemnestra de “Ifigenia en Aúlide”.
Pliega delicadamente el papel manuscrito como si retirase sus palabras, olvidándose de la sentencia de Poncio:4 “Lo que está escrito, queda escrito”.
—Este relato —se excusa monseñor— sólo quiere ser parte de una tradición, tal vez no sea un verdadero milagro.5 Y ahora que S.M. ha iluminado mi razón veo que este pequeño episodio no merece ser registrado.
—¿Vio, lo que le dije sobre la Historia de Portugal? Las bagatelas distraen, monseñor. ¿Qué nos enseña su anécdota? ¿Que todos los enfermos de escrófula deberían conseguirse una monja políglota que sepa orar al revés? Tengo un contagio de tisis genital en la nave “Odemira” y ni una congregación entera de monjas penitentes, qué digo penitentes, ¡descalzas y hasta desnudas a la intemperie!, no ha conseguido disminuir un grado del morbo con todas sus letanías, Te Deum y jaculatorias con novena corrida a Santa Úrsula y las Once Mil Vírgenes. ¿Y quiere que le diga más? Parar estas fiebres uterinas no será una gracia ni un milagro sino la acción conjunta del doctor Vitalio de Siena y la enérgica toscana, priora de las Orden Oblata. Con Massimo y Assunta, asunto terminado. No hace falta distraer a Dios pidiéndole milagros allí donde sólo falta un poco de ciencia, paciencia y conciencia. Yo no prohíbo que las cortesanas y los grumetes copulen, pero no hace falta ostentar enarcándose a las amuras del espejo de popa o trepándose a las escotas como orangutanes con las desnudeces al aire, en coyundas imprudentes y acrobáticas.
Viene hacia mí, caminando con pausada indiferencia mi secretario de Hacienda del Estado D. Luís de Vasconcelos e Souza; casi tropieza al arrastrar un ahorcaperro de la bitadura.
—¡Al carajo! —masculla el santo huraño, sujetándose a una cenefa para no caer.
—Mis finanzas andan a los tumbos según veo, D. Luís —saludo para disimular su mal trance.
—¡Dios dé salud a S.M. por mil años! —cumple en tono de disculpas.
—Ojalá no se le vaya tanto la mano, mi querido D. Luís, ¿no le parece un poco exagerado vivir mil años?
—Yo digo, porque S.M. se lo merece —se apresura a responder sacudiéndose no sé qué viruta que cree tener en la manga.
—¿Continuamos nuestras conversaciones económicas, D. Luís? —pregunto amablemente.
—Fisco, erario, administración, S.M. La Economía es la ciencia de administrar la escasez —dice con toda seguridad mi Secretario de Hacienda—, no la riqueza como se creía. Las ganancias las maneja cualquiera, sólo un economista puede dar curso a las pérdidas para que recursen, devolviendo bienes al Estado.
—¿Eso enseñan ahora en las misas, D. Luís?
—Empecemos por separar la Economía del espíritu, S.M. —dice con la filosa seguridad de un bisturí rasgando tejidos— los puritanos del señor Cromwell6 ya nos enseñaron que el deber de enriquecerse y el deber de salvarse, van de la mano. Únicamente los pobres en espíritu entrarán en el reino de los cielos, majestad. Lo dice claramente el Cristo en el sermón del monte, Mateo 5, 3 —agrega como un pastor presbiteriano mirando lo alto del cielo como quien lee en mayúsculas un texto de una filacteria—. Y para llegar a ser pobre en espíritu se necesita ser rico en el orden material; esa es la prueba de fuego, si aún con la riqueza en las manos un hombre demuestra su temple, ha probado a Dios que nada es más importante que Él en éste y cualquier otro mundo. Para los indigentes es fácil ser pobre en espíritu, majestad. ¿Qué otra cosa les queda?
Hace un breve saludo, gira lentamente y se retira mascullando alguna jaculatoria “Fiat mihi secundum tuum”.
Parece que por un tiempo me han dejado solo.
Antes, la soledad me inquietaba porque todavía creía que vivía. Hoy sé bien que era parte de una ilusión. Dejé el entusiasmo de vivir cuando asumí el gobierno; en el acto de coronación enterré definitivamente al hombre João Maria José Francisco Xavier de Paula Luís António Domingos Rafael. El Regente de Portugal asumió el cuerpo de una momia.
Todas mis pasiones se secaron como los pétalos de aquellos tulipanes de Bélgica que me enviara en una maciega ciega, la esposa de nuestro embajador en la Confederación Germánica.
El poder consume todas las fuerzas de la vida, extrae los tuétanos de cada hueso, reseca las linfas que bañan los tejidos, deja inertes los órganos de la armonía vital.
El viejo temor a la muerte ha dejado de extorsionarme; recibiría con beneplácito la formalización de un protocolo. El día de mi defunción la hermana muerte encontrará sólo una cáscara hueca. Vendrá a llevarse un finado olvidado entre montones de fantasmas que se arrastran por el mundo inmundo como larvas de cadáveres. ¿Tristezas?, ¿alegrías?, ¿congojas?, ¿celos? Todo me es indiferente. Hasta la fe me fue hurtada por la mirada, que es la iconoclasta más extrema.
El finado Montaigne define al creyente como “una persona sin ojos” y no le falta razón, a mi criterio. Basta ver esta Tierra para saber que el cielo está vacío. Hace tiempo no hay un interés personal capaz de mover un dedo de mi mano: Portugal ha sido mi única obsesión; ahora será este nuevo Brasil que voy a fundar como nación y ya está fundido con mi pensamiento, palabra y obra.
El resto de mis dolores y placeres continúan engranándose maquinalmente, moliendo entre sus ruedas dentadas los pocos recuerdos gratos que me devuelve la fuente Mnemósine. Por eso me resisto a convertirme en escritura, espejo de cosas muertas. Toda escritura tiene el horror vacui y rellena los faltantes con fábulas sin ver que así dejan vacíos más monstruosos que el mismo Averno.
Fin de la paz. Ya veo venir al inefable conde-camarero con una saluda en la mano. No será un parte de felicitaciones.
—La reunión de la Academia de Ciencias lo reclama, S.M.
Cuando se reinicia la sesión, pide la palabra nuevamente el botánico-académico Pedro Bernardim José de Noronha Albuquerque Moniz e Sousa.
—Como decía, S.M. los accidentes no cuentan. No enseñan nada. No aportan conclusiones. La historia pasa de largo y se detiene allí donde haya valores que nos hagan comprender el pasado con la luz del presente, y el presente con la luz del pasado.
—¡Eso mismo! —salta de su sillar el académico escribano Manuel de Figueiredo e Silva, ex-cofrade de la Arcadia Lusitana—. Las causas que buscamos interpretar en la historia tienen valor moral. El presente —dice, extendiendo los brazos con las manos unidas como si quisiera aletear— es una línea imaginaria que nuestros padres del Neolítico ni siquiera trazaron. Fuera de los bisontes y alces de las cuevas de Lascaux, que atravesaron la línea, todo el resto se quedó en ese presente imaginario. El hombre cruzó el umbral con la escritura, que momifica los hechos y conserva el pasado como memoria del porvenir. Pero ¿qué parte del pasado, S.M.? ¿Tendrá importancia saber si Teodosio el Grande se bañaba todos los días o si Constantino era borracho? No, S.M. lo que importa es que uno contuvo las hordas visigodas y el otro firmó el Edicto de Milán. Hay que legar al futuro los hechos determinantes, los que llevaron a él. Las minucias, comadreos y fábulas se quedan con el pasado.
Espero que monseñor Justo de la Cruz Saraiva haya escuchado esta réplica, aunque durmiendo lo veo: entre todas las cabezas de la docta asamblea la suya sigue el vaivén del oleaje, se hamaca con las ondas acuáticas. No creo que continúe soñando porque el teutón con su vozarrón tumultuoso vuelve al centro del debate.
—La historia tiene tantos significados, S.M. —dice/reprocha—, que no le queda ninguno. Que el César haya sido acuchillado por una conspiración política, o que haya sido víctima de los idus adversos, o que su propia gloria lo derrotó por temor a un hombre que se había convertido en dios parece convencer por igual a uno u otro historiógrafo según lo que leí.7 Sea como fuere, el asunto sigue envuelto en la vaguedad y si continuamos dando vueltas y vueltas terminaremos perdiendo las dos cosas: a Dios y a la historia. ¿Por qué no dejar cada cosa en su sitio, y a la ciencia en su camino terrenal?
- Moral inmortal
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Notas
- “No conviene multiplicar los entes innecesariamente”: la sentencia pasó de la Escolástica a la Epistemología. Que no digan que la ciencia carece de fe.
- Se puede comprender que el monadólogo de G.G. Leibniz sospechara vivir en el mejor de los mundos posibles, cuando sabemos que pasaba de la Corte a las matemáticas, que es como decir de la formalidad a las formas.
- “Tal vez sea su ventura morir temprano y pasar a la Eternidad de Dios” me dice mi confesor cuando le expongo el mismo problema. ¿También será para sus venturas y felicidad la muerte de sus padres que lo dejan huérfano? “Tal vez sea una oportunidad que da Dios a la gente para ejercer la caridad y fortalecer la esperanza en el prójimo”. La Providencia del confesor es inconfesable: en su catecismo, el sadismo de cualquier dios se convierte en un atributo divino digno de la mayor veneración. Se nota que no ha sufrido. La gordura que lo adorna ensalma sus noches de suculentas cenas y a mí me condena al ayuno por pecadillos miserables como el de cambiar de cama una vez proscripto. La frígida Carlota Joaquina me exilió del lecho y tuve que buscar refugio en el de la Mulata.
- Evangelio según san Juan 19:22.
- ¿Y qué es un “verdadero” milagro? ¿Detener una epidemia o un huracán? Pero lea usted los evangelios, monseñor. Verá que Dios Hijo cesanteó las leyes de la Química sólo porque en una fiesta se habían quedado sin vino. Y conste que ya habían bebido bastante. Tal parece que el Cristo fomentaba el alcoholismo como su primo el tracio Dyonisios, ya que en el cenáculo volvió a insistir sobre el cáliz de la vendimia.
- Los cuáqueros llegaron a decir que eran ascetas que ejercían la oración y la piedad en el comercio, en la oficina y en la empresa, obteniendo ganancias pecuniarias que no eran más que la bendición del Señor en forma de dádivas y oro. Si el Señor de los Ejércitos, Yahveh exigía ofrendas, el Dios de Cromwell dispensaba monedas e intereses. Lo capital, era el capital.
- César y Cristo serían, entonces, casos contrarios. Al César el pueblo lo asesina por el temor que causaba su divinización; al Cristo la plebe lo hace crucificar para demostrar que era un simple mortal. Sea dios u hombre, el pueblo no entiende de juegos teológicos y ante la duda, la navaja o el hacha.



