
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Los pescadores de Diágoras
El sol de las Cícladas atardece con una variante de color rojizo que se confunde con flemas doradas, y hace pensar que lo efímero del fuego se ha convertido en lo sólido del oro. Esa lumbre aciaga pero serena decae lentamente a medida que las sombras decomisan las imágenes que se esfuman en la penumbra. Diágoras nació en la isla de Milos, donde seguramente ofrendó primicias a la Venus amputada que hoy exhibe el Museo del Louvre. Fue alumno de Demócrito en Atenas, donde vivió desde la juventud. El doxógrafo identificado como Pseudo-Lisias (VI, 17) nos dice que vivió hacia la segunda mitad del siglo V a. de C., y reveló los secretos de los misterios de Eleusis, por lo que fue deportado de Atenas. No fue óbice para que Diágoras prosiguiese predicando su ateísmo junto con un pensamiento político progresista, que hacía más tolerable aquel ingrediente.
Sexto Empírico nos cuenta que Diágoras abjuró de la religión para abrazar el ateísmo a raíz de una decepción. Un vecino le había secuestrado varios vacunos de su hato y Diágoras acudió al tribunal denunciando el abigeato. Durante la celebración del juicio el vecino juró por los dioses su inocencia del hurto de ganado del que se lo acusaba. Insondable, la estatua de Zeus que presidía el tribunal permanecía mirando el horizonte crepuscular donde blancos albatros garabateaban sus lánguidos vuelos celestiales, mientras, en un acto infame, un hombre disoluto lo insultaba con el perjurio sin que el dios abandonara su impavidez de piedra. ¿Cómo era posible que prosperara la injusticia frente a los ojos divinos? ¿Pueden verlo todo? ¿No tienen la potestad de anular la insolencia humana?
Aquella tarde, ante la afrenta a la justicia que cualquier dios debería tener como valor supremo, Diágoras renegó de todo el panteón griego y escribió, con tinta de calamar, en un friso de mármol lívido: “Dios no existe”.
A partir de ese instante comenzó a predicar el ateísmo como valor.
Y andaba de foro en foro difamando a los dioses.
El romano Cicerón (De natura deorum, III, 89 ss) cuenta que unos amigos le señalaron a Diágoras las ofrendas votivas que habían dejado en el templo de Apolo los marineros que se habían salvado de tempestades. Diágoras se limitó a replicar que habría diez veces más si los marineros que se ahogaron en el mar hubiesen colocado sus exvotos al dios.
Siempre me llamó la atención la publicidad con que quienes se salvan de algún accidente o cataclismo agradecen a Dios, sin pensar que en esa misma catástrofe falleció el triple de personas. ¿No merecían los muertos la misma gracia que la de los sobrevivientes? ¿Cómo pueden decir con total indolencia e impunidad que ellos se salvaron “gracias a Dios”?
Está muy bien ser agradecidos, eso no se discute, pero ¿no piensan por un momento que insultan la memoria de los fallecidos con este acto?
Esto que la teología cristiana llama “el problema del mal” confronta dos axiomas que se repelen.
- La injusticia prospera en el mundo.
- Existe un Dios que es justo, bondadoso, omnisapiente y omnipotente.
Como cualquiera puede observar, son contradictorios ambos axiomas. Diágoras escapó del absurdo que plantea esta encrucijada negando 2).
El cristianismo, mucho más complejo, enfrenta el conflicto señalando un tercer elemento en la ecuación jurídica y teológica: el ser humano ha sido dotado con libertad de acción, tanto para hacer el bien como para hacer el mal.
La existencia del mal se debe entonces a la libertad, uno de los valores supremos de la humanidad.
Toda defensa del teísmo concluye siempre en absurdos.
Atributos divinos
Cuando san Anselmo escribe con entusiasmo (Proslogion) que Dios es el “Ser más perfecto, justo, omnisciente y bondadoso que pensarse pueda”, se enfrenta no sólo a la posibilidad de encontrarse con una negativa (no se puede demostrar que exista un ser que exhiba tal ristra de virtudes y perfecciones), sino también a una contradicción, que es la eterna piedra en el camino feliz de la teología.
Retomemos con calma la enumeración de estos puntos, que llamaremos “Condiciones A”.
- Dios es justo y ama la justicia.
- Dios es omnisciente, ve todo y sabe todo.
- Dios es omnipotente, todo lo puede hacer.
- Dios ama a sus creaturas.
Frente a estas “condiciones A” tenemos la realidad de Floria Tosca, que pregunta: ¿por qué, Dios mío, si hago el bien, cuando te imploro ayuda me devuelves el mal?, que configura la “Condición B”:
La injusticia no siempre resulta castigada en el mundo real. El inicuo prospera.
Hay varias posibilidades de resolver este conflicto. Gottfried Leibniz, el optimista, se opuso a reconocer B, simplemente. Escribió que este es el mejor de los mundos posibles no en sentido moral sino matemático. Es decir, Dios, según Gottfried, barajando la infinita variedad de mundos posibles escogió el nuestro, que era el que mejor garantizaba la estabilidad entre los dos extremos de variedad material y homogeneidad material. El equilibrio que logró, expresado matemáticamente, es perfecto.
Es sabido que Voltaire, que no lo estimaba, escribió el Cándido como una forma de invectiva, pero deslizando la interpretación del “mejor de los mundos posibles” hacia el aspecto moral. Y no hace falta poner de relieve el absurdo que significa considerar al planeta Tierra como un mundo perfecto desde el punto de vista moral y judicial. Este desliz de lo formal y matemático a lo moral ocasionó la burla de Voltaire.
Solón tuvo otra actitud frente al conflicto entre A) y B). Constató la duda de las Condiciones A y, en consecuencia, se puso a legislar para resolver en el ámbito humano los problemas de la conducta humana, sin aguardar a que los dioses se ocuparan de la justicia.
Epicuro negó 1) sin hacer de sus dioses seres malévolos, aunque la indolencia y la impasibilidad que exhiben dejan sospechar algún grado de pravedad e irresponsabilidad en su silencio lujoso.
Los sofistas, en general, o bien negaron la existencia divina, o bien recelaron que 2) era falso y ellos sabían lo mismo que las comadres de barrio: lo que se dice por allí de la gente.
El cristianismo acepta de 1) a 4) sin necesidad de pruebas ni ápice de dudas. Por cuestionar 3) ardieron en las piras de la Inquisición algunos monjes relapsos, como Giordano Bruno.
Si un dios cumpliese cabalmente con 1), 2), 3) y 4), no restaría margen para la libertad humana en concurso real. Supongamos que el sujeto llamado Caín albergara celos u otra cualquier actitud viciosa del alma contra su hermano Abel, y decidiera aniquilarlo de un mazazo en el cráneo. Pero como Dios 1) ama la justicia, y además 2) conoce perfectamente el propósito de Caín, 3) utiliza su poder para impedir el crimen porque 4) al amar a sus hijos, sabe que el fratricidio perjudicará tanto al asesino como a la víctima.
Entonces, Caín no puede asesinar a su hermano.
Varias cuestiones se siguen de esta frustración criminal. Primero, ¿esto cambia los sentimientos? ¿Ahora Caín dejará de detestar al benemérito Abel? ¿Ya no lo roerá la envidia? ¿Por qué dejará de envidiarlo, si las condiciones que causaron los celos siguen vigentes? ¿Caín ha sido anestesiado de sus sentimientos profundos? De ser así, ¿sigue siendo Caín? Porque Caín era ese complejo ser que tenía un cúmulo de virtudes junto a un haz de defectos. Si amputo los defectos, queda incompleto. Ya no es Caín.
Si no existe la libertad para hacer un mal, el bien se convierte en necesario. No hay virtud en la vida pía, que entonces se impone como natural. El adocenamiento de la malicia no gestiona ningún mérito. No hay posibilidad de caer en las tentaciones porque no existirían tentaciones, si nuestras pasiones más peligrosas fuesen adormecidas por la inmensa bondad divina, que todo lo conoce y todo lo puede convertir. Entonces, no soy yo el bueno, sino Dios.
Yo, que sigo los deseos de Dios, me convierto en su marioneta. No tengo posibilidad de oponerme a sus designios. No soy una criatura, soy simplemente una sombra de Su mano.
La creación de Filón el alejandrino
Nuestro amigo judío Filón de Alejandría, a quien ya anotamos en el tomo V de esta serie (Memorias de la eternidad) en el apartado “El judío Filón de Alejandría”, nacido hacia el año 20 a. de C., analizó el relato del Génesis en “De oficio mundi” repudiando la noción de Aristóteles que proclamaba la eternidad del mundo. Filón imputó al Estagirita de “sentir más admiración por el mundo que por su Creador”. Es acusar a Dios de inercia. Lo opone a Moisés, quien alcanzó el más alto grado de sabiduría por medios sobrenaturales, no como Aristóteles que lo hizo usando la razón.
Luego nuestro Filón declara que el universo tiene una causa activa, que es la inteligencia universal, que es pura y está más allá del bien, de la belleza y de la razón. Esta inteligencia activa —enseña Filón— actúa sobre la causa pasiva que por sí sola carece de vida y movimiento pero que, por obra de Dios, recibe ambas cosas de la causa activa, transformándola en nuestro maravilloso mundo, que es una obra maestra.
Dios, en este caso, para Filón, es la causa activa. La envilecida materia siempre será la causa pasiva.
Filón es, creo, el primero en adjudicar a la inteligencia divina como sede de los arquetipos perfectos que servirán de modelos para informar la materia pasiva y maleable. Como sabemos, Agustín de Hipona hará suya esta misma idea, puliéndola por medio de su fina inteligencia, aliada con la fe casi fanática propia de todo converso. Nuestro Filón lee y relee el relato del Génesis, y ahí donde Moisés escribió “Al principio Dios creó los cielos y la Tierra” Filón no lee un acto repentino, sino que en ese “al principio” detecta el inicio del tiempo. Para Filón, judío alejandrino que conocía todas las ideas filosóficas que circulaban por la ecúmene mediterránea en el siglo I, Dios inaugura los cielos, la Tierra y el tiempo en ese mismo instante cero. Y, como no es posible la existencia de un tiempo sin el Tiempo, ese “al principio”, razonó Filón, sólo puede significar el inicio de la serie que después iremos imprimiendo en los calendarios y almanaques. Filón introduce por la ventana el platonismo griego que los masoretas judaicos habían expulsado por la puerta de atrás, desde los tiempos de los Macabeos.
En la “introducción” al evangelio de san Juan el autor parece darle la razón, reiterando el relato mosaico de la creación, pero esta vez en clave platónica: “En el principio existía el Logos (Verbo) y el Logos estaba con Dios, y el Logos era Dios”. Con esta frase, el evangelista avanza un paso más desde aquella lejana definición de Dios que la voz en medio de la zarza ardiente dijo a Moisés: “Yo soy el que soy Yo”, enigmática identidad ontológica que se predica a sí misma por medio de una tautología.
Volvamos a san Juan. Este Logos, que se identifica con Cristo, ahora tiene cuerpo, aspecto, domicilio, historia personal, parentela, amigos y testigos. Aunque siempre tendremos la prevención de distinguir ontológicamente a la Segunda Persona del vecino de Galilea que enseñó a sus discípulos a pescar algo más que merluzas y sábalos, a los efectos literarios son lo mismo.
Filón, según recordamos, propuso algo similar sin ser profeta. Para nuestro alejandrino el Dios de Moisés pensó y en su pensamiento ya residían los arquetipos perfectos de perro, estero, algodón, luciérnaga, mármol. En su pensamiento, que es el Logos divino, ya preexistían todos los seres que después serán insuflados en la materia que hasta entonces era una e informe. En el instante del “Fiat lux” inicial Yahveh reconoce en su mente (Logos) el búho, y aparece, en lo profundo del bosque nocturno, la vigilancia del ave carnívora que acecha entre las ramas. Después Yahveh identifica un paquidermo con probóscide y efusivo, y en África y Asia las manadas se distienden asolando las aguadas con su desmesurada sed y las duchas sonoras. Yahveh piensa en un cuadrúpedo somnoliento y en las altas florestas de América Central cuelgan los folívoros perezosos como frutos pesados. En el Logos divino ya figuraba por entonces la geología con sus furias y piedras; la hidrografía, que hace del agua un ciclo que hace pensar en el tiempo; la mineralogía, fecunda en grises y toneladas; la botánica, que alojará y alimentará las bestias salvajes, y toda la fauna que después se salvará en el Arca milagrosa que Noé y su parentela construyen por orden de Dios.
Ni Moisés ni Juan mencionan materia alguna a partir de la cual Yahveh termina amoblando el universo. De ese silencio en la revelación los rabinos dedujeron la creación ex nihilo.
“Al principio”, escribió Moisés. “Al principio”, volvió a escribir Juan en su evangelio. En dicho principio, sea cual fuere, la soberanía divina, de la nada, hizo surgir el espacio, el tiempo y la materia con la cual dio forma a todo lo visible.
Los evangelistas no se limitaron a contarnos el principio de la Historia. También escribieron que, según Jesús, el mundo creado tendrá un fin en un futuro desconocido con gran cataclismo de la astronomía, clamor de la humanidad y pavor de la zoología durante la Parusía, o (Mateo XXIV: 29 y ss) regreso del Hijo del hombre, o Segunda Persona, o Jesucristo. Como sabemos, Aristóteles desmiente esta catástrofe mitológica enseñando que el mundo es eterno, nunca empezó y, en consecuencia, nunca terminará, ni habrá apocalípticas trompetas, ni huesos ateridos encarnándose por segunda vez para levantarse desde la cárcava del Seol y comparecer ante el Juez Supremo.
Para Platón tampoco hubo ningún “Fiat lux” sino que el mundo material permanecía dormido, hasta que el Demiurgo lo arranca de su inercia dándole un orden y sentido.
Lo rescata del sueño para hacerle vivir esta pesadilla que es el tiempo.
Basílides y las emanaciones
El heresiarca Basílides de Alejandría enseñó, allá por el año 130 d. de C., que el mundo era una emanación de Dios. Ni el mundo eterno de Aristóteles y Platón que Dios o los dioses se limitaban a poner en orden a partir del caos original, ni el mundo creado ex nihilo de Yahveh obrado de la nada: Basílides definió el mundo en el que vivimos como “perímetro de cielo que contiene los astros, la Tierra, los eclipses, las nubes, los cometas y todos los fenómenos que suceden a diario, desde la yema del ciprés que asoma a la luz hasta el furor homicida del volcán que duerme en la profundidad”. Para Basílides, el nuestro fue uno más de los 365 cielos que emanaron del Uno Absoluto que es un dios tan supremo que hasta su nombre ignoramos.
Este cielo nuestro tan familiar está gobernado por un dios imperfecto llamado Yahveh y es un mero simulacro de existencia. El único que existe en todo su esplendor es el cielo primero donde reside el Uno Absoluto cuyo nombre nos es desconocido.
Conocemos el catecismo de Basílides por las diatribas que le dedicaron Hipólito de Roma, el primer antipapa, ejecutado como mártir en el año 235 d. de C.
Ireneo de Lyon no podía privarse de difamarlo en Contra las herejías, del año 180 d. de C., donde el santo lo fustiga sin misericordia.
Basílides, teólogo, predicaba las enseñanzas del apóstol Matías, que había sido su maestro, según avisaba, aunque Ireneo e Hipólito lo ponen en duda.
Aquella primera esfera de cielo donde tiene su domicilio el dios anónimo es absolutamente perfecta y trascendente, no como nuestra paupérrima esfera sensible donde pugnan con ferocidad y el bien y el mal. Como resultado de esta lucha nuestra alma alberga luz y tinieblas por igual. Para Basílides, heresiarca, nuestra salvación tiene como salvoconducto la ascesis y el arduo ejercicio de la meditación para permitir a nuestra alma el ascenso hasta la esfera primera, que no existe para los sentidos sino únicamente para la razón, cuando busca con desesperación conocer a ese Dios.
Llegar a Él nos revelará su nombre y, en un fulgor incandescente, seremos Él.
La cosmogonía que diseñó Basílides es distinta a la griega y la mosaica. Al decir que el mundo emana de Dios, nos comunica que hay materia divina formando parte del mundo.
Primero —nos dice— el Dios Absoluto y sin nombre crea, extrayendo de Sí Mismo al Logos. Basílides identifica a este Logos con la Segunda Persona de la Trinidad cristiana. El Dios Absoluto crea entonces el Logos, el Razonamiento, la Sabiduría, el Poder y los Ángeles, que en forma colectiva serán alféreces y capataces. Todo lo hace extrayendo de su propia razón, sabiduría, bondad, poder, etc., las partículas o eones que conformarán estas futuras instituciones satélites. De manera que en cada aspecto de la creación hay algo de materia divina dispersa.
El Logos, que encarnará en el vientre de María, sólo se hizo hombre en apariencia. Nunca delegó un ápice de su divinidad ni declinó su naturaleza real.
En Refutación de todas las herejías (o Philosophumena), Hipólito nos hizo llegar, en un recorte, el evangelio de Basílides tímidamente ubicado entre la posición griega de un mundo eterno que los dioses sólo vienen a ordenar, y la judeocristiana que enseña la creación ex nihilo. La cosmogonía de Basílides, que es una mezcla de ambos conceptos, introduce la novedad de un panteísmo material. Para Basílides dios dona un ápice de sí mismo en cada cosa que va creando. De ser verdad, albergo una esperanza: algo en mí es de sustancia divina, no soy del todo miserable en mis apetencias y en mis errores. Una chispa de Dios está latiendo para enseñarme el camino de la bondad que me incita al Bien. Que es, si no miente esa materia, el Dios que me creó.
Para Basílides, teólogo y heresiarca, nuestra humana salvación reside en la ascesis y el arduo aburrimiento de la meditación para permitir a nuestra alma el ascenso hasta la esfera primera que no existe para los sentidos, pero sí se revela a la razón, cuando busca con sacrificio y desesperación conocer a Dios.
Allí, instalados en la legendaria primera esfera, se nos revelará el nombre del Desconocido, y en un fulgor instantáneo seremos Él.
Y Él será cada uno de nosotros.
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