Servicio de promoción de autores de Letralia
Saltar al contenido

La Cueva del Indio

jueves 24 de septiembre de 2026
¡Comparte esto en tus redes sociales!

Se fueron acercando. Una hilera de robles gigantescos cubría la entrada de la cueva. Era una formación de sólida roca coniforme que sostenía una pequeña montaña gris desde donde se divisaban amplios horizontes de un verdor esplendoroso. Los caballos avanzaban por el margen derecho de la quebrada, mientras una veintena de hombres lo hacía por una estrecha pendiente de piedra caliza.

Después de horas de buscar en círculos, habían logrado arribar al epicentro espiritual de los indios gayones. Los españoles, al mando del capitán Aurelio Robles de la Serna, indagaban la ruta que los condujera hasta el sitio en donde los aborígenes ocultaban el oro.

Agatón se les presentó con su cuerpo lleno de collares brillantes en forma de pájaro. Con gran astucia los fue conduciendo por distintos caminos. Los caballos se adelantaban y otros se lanzaron a pie en la búsqueda del escurridizo aborigen, quien dejaba pistas para llevarlos hasta la trampa. Los hombres lo persiguieron cayendo en un foso profundo en donde los esperaban unas estacas puntiagudas. El capitán Aurelio Robles de la Serna sintió cómo su pierna derecha se hacía añicos; era desgarrador el dolor que embargaba todo su ser.

Unos diminutos hombrecillos estaban en la parte superior del foso, mostrando gran expectación por la suerte de aquellos individuos blancos con uniformes de colores brillantes. Para ellos, eran la reencarnación de Baruac, el genio del mal que venía para asaltar sus propiedades.

Aurelio Robles de la Serna cree que la vida se le escapa por la profunda herida que le abrió la vara al incrustarse salvajemente en su extremidad derecha. Trató de ponerse en mejor posición y se desvaneció entre los cuerpos de sus lugartenientes, penetrados por las rústicas bayonetas de palo; sus escasas fuerzas parecían indicar que su fin estaba próximo. Sus palabras llevaban el lenguaje de una sangre oscura que le atragantaba la garganta y le impedía que la súplica al Altísimo encontrara conformidad en el infortunio. Sus condiciones de sobrevivir eran mínimas. Era tal su miedo a perecer, que hacía esfuerzos extraordinarios por mantener los ojos abiertos. Trataba de mover su pierna derecha y ella no respondía de manera firme.

La Cueva del Indio estaba protegida por diversos sistemas de celadas rústicas que evitaban la presencia de algún visitante extraño. En una extensión de ocho kilómetros estaban distribuidas varias cuevas tapadas con hojas secas y ramas tiernas; si escapabas de alguna, estaba la otra diseñada con mayor inteligencia artesanal para hacer caer al más osado. El conquistador sabía pelear en condiciones desoladoras, pero al no conocer el terreno era una presa fácil para ir directo a la estacada. Verdaderos ejércitos se perdieron en aquellas trampas: era la única posibilidad que tenían los moradores originales de resistir su brutal embestida.

Los gayones bajaron hasta el fondo de la cueva para asegurarse de la muerte de sus enemigos. Lo hicieron con unas gruesas lianas que sostenían hasta a cuatro de ellos. Fueron revisando los cuerpos uno por uno y con gran precisión limpiaban las bayonetas de madera para volver a colocarlas en posición de sorpresa. Los caballos malheridos fueron sacrificados en el inmenso agujero; aquel grupo de hombres al parecer había pasado a mejor vida. Fueron subiendo los cadáveres para incinerarlos en señal de sacrificio para sus dioses. Con gran destreza los ubicaron en una inmensa hoguera construida con cinco niveles en donde cabía una buena cantidad de personas; en la parte inferior se colocaban piedras calizas con abundante paja seca para, con el método de la fricción, producir el fuego que abarcaría todos los niveles en cuestión de horas.

 

El sumo sacerdote se vistió con su plumaje de colores; unas aborígenes lo ataviaron con resplandecientes collares y, antes de celebrar el sacrificio de los muertos invasores, se asomó desde la gruta santa y pudo percibir cómo el cielo se convertía en rojo sangre. Aquello significaba que algo extraordinario estaba por ocurrir. Salió de la gruta con una corte de jóvenes hermosas que le abrían paso entre los restos de hombres y bestias muertas. Sus pies no podían tocar los restos del enemigo, así que entre todas lo montaban en un nicho de madera hasta el podio central en donde dirigía los sacrificios. Las piedras negras fueron puestas en el lugar del sacrificio. Alzó sus brazos al cielo rojo y exclamó:

—Huaca está con nosotros para defendernos de los dardos del mal, Baruac nos quiere lastimar con ponzoña envenenada, cicuta y diente de tigre en eclipse; estos hombres extraños son hijos de su maldad. Vienen de otros mundos, pero con ellos, dice Huaca en los caracoles, se manifiesta alguien que sobrevivirá para ser nuestro amparo. Busquemos nuevamente en el fondo de la cueva, allí debe estar el enviado del rayo blanco. En nuestro valle dos hombres lucharán hasta matarse, porque en estas tierras verdes no caben los dos. Será la disputa entre la estaca y la serpiente: dos universos con sus dioses para hacernos libres o liquidarnos como abejones. ¡Preparemos nuestras lanzas, afinemos sus puntas para que penetren hasta el mismo corazón de aquellos que vienen con la intención de lastimarnos! Ningún gayón debe permanecer quieto. La huaca envía la picada, pero también sana la herida. Manda a decirles que desde el mismo veneno saldrá cura para todos los males.

El sumo sacerdote tomó entonces una antorcha y le prendió fuego a la pira; los cuerpos caían calcinados mientras los gayones danzaban y cantaban en homenaje a Huaca; una buena cantidad de ellos participaba en los ritos con una desbordante alegría que lo impregnaba todo.

Varios hombres tomaron unas lianas y volvieron a bajar hasta el fondo de la cueva. Fueron buscando entre piedras y arbustos llenos de sangre al hombre del que habló el sumo sacerdote en sus profecías. Detrás de unas peñas estaba acurrucado el capitán Aurelio Robles de la Serna. Los hombres pensaban que había muerto ya que su pierna derecha estaba partida en tres partes y en el costado izquierdo tenía una profunda herida por donde derramó mucha sangre. Con gran dificultad lo fueron subiendo hasta la superficie. En el borde lo esperaban el sumo sacerdote y su hija Zafic, quien fungía como reina de los gayones. Lo pusieron sobre unas ramas en donde fue observado meticulosamente por el chamán, que de una totuma sacó unas hierbas y las fue esparciendo por el cuerpo maltrecho del español: luego le dio una pócima en pequeñas dosis porque su estado era grave. Lo dejaron aguantar el sol por media hora para posteriormente conducirlo hasta el interior de la Cueva del Indio. Respiraba con mucha dificultad; la mayoría de los guerreros gayones pensaban que no sobreviviría, que su única posibilidad era la promesa de Huaca de haberlo escogido como el guía de su raza.

El 26 de marzo de 1642 llega a Duaca el padre capuchino fray Balsamiro y Ponte. Vino con una comitiva de treinta hombres que lo escoltaron hasta una pequeña capilla que llevaba por nombre Iglesia de San Juan Bautista. Aquel era un lugar casi abandonado, con paredes de bahareque y techos de palma; una precaria construcción de madera que apenas se sostenía era la morada terrena del Señor en estos lares selváticos. Un valle precioso, rodeado de bosques y de quebradas de aguas cristalinas, servía de mosaico natural para la pequeña comunidad. Fray Balsamiro fue acercándose a cada rincón de la capilla, encontrándose aquí y allá con un banco roto y una cruz de madera que albergaba un gran panal de abejas pequeñas que producían una miel dulcísima a la que los pocos feligreses le atribuían milagrosas curaciones. Subió hasta un pequeño repecho de piedras pulidas y desde ahí dirigió unas palabras: “El evangelio viene a salvaros, someted a toda criatura con el yelmo de la fe; buscad a los infieles y traedlos ante el trono de Dios”.

Después, apartando el aspecto ecuménico, les manifestó: “En este valle de fieros autóctonos existe una región que lleva por nombre Quebrada del Oro; posiblemente este lugar es un meandro por donde un río de aguas poco profundas trae consigo el oro que necesita la corona para subsistir en medio de sus disputas con Francia e Inglaterra. En vuestro territorio debe estar el gran tesoro amarillo que descubrirá por fin el cielo dorado de los ángeles benditos. Buscad y lograd cuantiosos beneficios para la corona de la fe”.

El religioso fue conducido hasta la casa pastoral, en donde lo esperaban para almorzar. Su comitiva lo hizo en un mesón que habilitaron debajo de un yagrumo donde un venado de buen tamaño les fue servido acompañado de un buen vino riojano; entre aquellos hombres sólo había un tema de conversación, conseguir el oro de los indios, al que le atribuían una cantidad similar al tamaño de las montañas de la comarca. El religioso, por su parte, comió un guisado de carnes con verduras tiernas; mantenía un aspecto adusto mientras se llevaba el bocado a la boca. También probó unos cambures manzanos y jugo de parchita. Se quedó dormido en el sillón, pero nadie se atrevió a llamarlo para que hiciera su siesta cotidiana en un lugar más cómodo. Mientras, sus acompañantes brindaban de lo lindo y se permitían algunos cuentos obscenos que pusieron en guardia a don Segundo Navarrete, encargado de suministrarle alimentos a todo el grupo de visitantes. Navarrete era un hombre de unos cincuenta años dedicado exclusivamente a labores religiosas. Las muertes de su esposa e hijo producto del cólera hicieron que se refugiara en los valores de la Iglesia. Era quien se encargaba de rezar en los funerales y ayudar a los más necesitados; siempre con una sonrisa en los labios a pesar de su desgracia familiar. Por ello la actitud de aquellos hombres le llamó poderosamente la atención. ¿Cómo un ministro de Dios puede estar rodeado de impíos, de seres vulgares e inescrupulosos que utilizan la lengua para ensalzar la grosería y no los valores del espíritu? Más aún cuando vio que aquellos hombres ya emborrachados agarraron a fray Balsamiro y Ponte, llevándolo casi a empujones hasta su habitación. Esos detalles hicieron que don Segundo comenzara a desconfiar del pastor de almas.

Dentro de la habitación el hombre se quitó con desprecio los hábitos, sentía repulsión por todo aquello. Lanzó sobre la cama los papeles pastorales y buscó con afán un mapa del territorio que había visto por primera vez cuando asaltaron al verdadero fray Balsamiro y Ponte en las cercanías de Guadalupe. Ellos acampaban por allí esperando el paso de sus víctimas y al ver aproximarse al religioso fingieron tener un moribundo en la tienda de paja. Cuando el fraile se bajó de su mula y fue a suministrar los santos óleos, sintió un golpe seco sobre la cabeza que lo mató de manera instantánea. Tomaron el cadáver y lo tiraron al río desnudo y amarrado con bejucos; agarraron sus pertenencias, entre ellas un mapa en donde se destacaba un pueblo llamado Duaca y en su parte alta la Quebrada del Oro; esto alimentó la ambición de Eliécer Muslera y las de sus colaboradores. Duraron una semana y media preparándose para venir a Duaca a sustituir al religioso, y desde esa posición ir tras los tesoros que imaginaban eran inmensos; Domitilo Umbría, un sanguinario asaltante de caminos y mano derecha de Eliécer Muslera en sus fechorías, comentaba: “Una quebrada en donde viene el oro colándose entre la espuma que deja el agua cuando choca con las rocas, ¡ojalá que también haya tesoros! Lo primero es convencer a ese pueblo de que somos enviados de Dios y después ir a quedarnos con todo. Para algo deben servir estos trapos marrones del curita”. “¡Ja, ja, ja!”, rieron todos, mientras guardaban algunas monedas que traía consigo el fraile.

Durmieron en las cercanías y en la mañana se reunieron para escoger a quien haría de sacerdote. Después de conversarlo durante unas dos horas, eligieron a Tiburcio Bravo, un ex capataz de una hacienda en La Victoria quien tenía elocuencia y conocimientos básicos de la fe ya que había sido monaguillo en su natal Coro; además, su aspecto de hombre regordete con una gran barba rojiza lo adecuaban para hacer la suplantación sin ningún tipo de problemas. Revisaron el mapa y trazaron la estrategia. “Primero tendremos los ojos bien abiertos”, insistía Muslera; “nos reuniremos en una capilla que mencionan en la carta pastoral, se hablará de amor, fe y bondad, y después conseguiremos a alguien que nos lleve a los tesoros”.

Zafic conduce al infortunado hombre por un sinfín de laberintos hasta que lo ubican en una covacha de madera y palmas secas. Su rostro tiene una palidez impresionante, en medio de la perplejidad de la población gayona al ver tantas consideraciones para un enemigo. “Otros han muerto por menos y a este que trajo caballos y gente lo consideran como a uno de los nuestros”, dice Nahua, el primer guerrero de la tribu y eterno enamorado de Zafic, quien no lo acepta debido a que la luna menguante le habría revelado en sueños que ella sería el tallo fino que uniría a dos vertientes: dos mundos que se sellarían entre el beso de una gayona y el amor eterno del conquistador. Los celos hierven en su sangre al sentir que ella lo aleja para aproximarse al extraño moribundo en medio de la covacha.

Nahua manifiesta que prefiere degollarla en el río que dejar que se cumpla la profecía de Huaca: “La prefiero durmiendo con la luna roja que en brazos de otro”.

Los hombres ya preparan la trampa en la casa pastoral. Han estudiado el plan milimétricamente para asaltar la Quebrada del Oro y llevarse toda su fortuna. El señor Muslera invita a no precipitarse: “Tenemos que transformar nuestras apariencias, dejar de beber y hablar vulgaridades para que todos crean que somos cristianos de verdad. Tiburcio, organiza una eucaristía el domingo en la mañana y háblales de las virtudes del tal san Juan Bautista que creo debe ser su patroncito”. “Así se hará”, responde Tiburcio, “les daré una sorpresa”.

Pasan algunas semanas y la reacción del capitán Aurelio Robles de la Serna es mínima; relata historias ininteligibles en tierras lejanas con olor a otras batallas. Su debilidad corporal no impide que su mente evoque los momentos cumbres de su vida. Había quedado huérfano a temprana edad. Sus padres pertenecían a la corte de Logroño; una revuelta popular penetró el palacio Almuercera en las afueras de la ciudad y ellos lo ocultaron en un esfuerzo supremo por salvarle la vida; un tendal de cueros de oveja sirvió de escondite para el pequeño. Sus padres lo besaron reiteradamente, como presagiando que aquello significaba la despedida. Su respiración se entrecortó al ver cómo los acuchillaban. Aquel momento lo hizo un niño ausente y retraído, con un dolor tan hondo que sólo deseaba vengar a sus padres en la vida de todos. Al ser un antiguo descendiente del Conde de Toledo, cuenta con las consideraciones del caso. Su tío Vicente Alcázar y Terán, un prestigioso militar que dirige el regimiento de Puebla de Alamordiel, lo asume, llevándoselo a vivir a Cuenca. Con severidad va moldeando el carácter huraño del muchacho hasta transformarlo en un joven con inclinaciones militares. Ve en él un digno sucesor de una casa de hombres de uniforme. Lo viste de azul y blanco con banderas cruzadas de oro; una elegante espada con empuñadura de diamantes que trae inscrito el escudo real de la familia. Un cobijo cuartelado. En primero y cuarto en campo de gules una flor de lis de plata. Segundo y tercero de azur, un ala de oro. Vicente Alcázar y Terán lo toma por el brazo y lo lleva hasta un inmenso óleo sobre una chimenea de ladrillos carmesí: “Ese hombre, Aramic Almanzor, construyó el castillo de Ceguer, alrededor del cual se formó la ciudad de Alcázar, entre Ceuta y Tánger. La ciudad fue conquistada por Alfonso de Portugal en 1468. Es vuestro origen de fuego por consanguíneos árabes”. Con gran solemnidad abrazó al muchacho como transmitiéndole la responsabilidad de darle continuidad a un origen monárquico.

Un grupo de lugareños se esmeró en arreglar la iglesia para la eucaristía de domingo. Aquella modesta capilla de palma fue limpiada a fondo, se pusieron flores y hasta el panal de abejas lo destruyeron; los forajidos habían dejado correr la especie de que el patrono san Juan tenía un mensaje que había dado en sueños al falso fray Balsamiro y Ponte. Que la voz del profeta que clamó en el desierto tenía una orientación que dar al pueblo; que ninguna persona debía dejar de ir a conocer la misión que les encomendaba el patrono.

La pequeña iglesia estaba abarrotada. Había gran expectación por saber el mensaje de san Juan. El supuesto varón de Dios caminó por el medio de la gente, saludándolos a todos con afecto y compasión cristiana. Se levantó y les dijo: “Queridos hermanos, los caminos del Señor son misteriosos; anoche, mientras dormía, escuché como trompetas que me alertaban de algo, unas hermosas ovejas me van guiando por un desierto en donde sólo caminaba yo; sentí un poco de temor y un ángel se me acercó al oído para decirme: ‘No tengas miedo y prosigue, que san Juan tiene un mensaje para los duaqueños’”. La gente en la iglesia deliraba asombrada y expectante, menos Segundo Navarrete, quien sospechaba que aquello era una celada urdida con la habilidad de delincuentes avezados. Muchos feligreses lloraban de rodillas, otros suplicaban un milagro para sus vidas. El hombre, sabiendo que los tenía entre sus manos, les dio una magistral estocada a los sentidos. Levantó su voz y, poniendo rostro ceremonial, continuó: “El mensaje es tan grande que para verse materializado requiere de corazones desprendidos que sigan al misterio declarado sin dudar, y menos, haciéndole caso a hombres que por su frustración personal tratan de desalentar al rebaño”; el farsante le dio una mirada de soslayo a Segundo Navarrete, como indicándole que lo mejor que podía hacer era mantenerse callado para evitar represalias. “¿Estáis dispuestos a obedecer el deseo del Santo Patrono?”. “¡Sí!”, gritaron al unísono casi la totalidad de los presentes. “Este es el misterio revelado: quiero bendecir a Duaca con milagros y toda la felicidad posible, los campos producirán fruto y toda lágrima será borrada de los corazones compungidos. Nadie tendrá motivos para sentirse triste. Al contrario, veréis crecer el gozo como espigas en primavera. Yo, que fui quien predicó en el desierto el acercamiento del reino, tengo potestad para interceder por vosotros ante el Supremo Hacedor. Toda la felicidad es posible si hacemos tres cosas”. “¿Cuáles son?”, preguntó Candelario Rivas, un campesino de Arire que tenía paralizados los brazos por una fiebre tifoidea. “En primer lugar, debéis ser unas personas de fe; sin eso no podríais llegar a obtener mis delicias; el segundo paso es cumplir como Abraham, vuestro padre, lo hizo ante el sacerdote Melquisedec. Traed vuestros tesoros a los pies de la cruz; no ocultéis nada, porque yo descubro la telaraña en vuestros corazones, así que vuestras pertenencias quiero verlas aquí. Y la otra, conducid a estos límpidos hombres de Dios, varones bondadosos y de alma castísima, a encontrar la ruta en donde los gayones guardan su oro. Es una expresa solicitud de Dios. Al hacer los tres pasos sin dudar, habréis logrado la felicidad y un lugar para ir de la mano del Señor al paraíso cuando os toque volar al encuentro con el Creador. Claro, eso será después de disfrutar por muchos años de beneplácito aquí en la tierra, una vida agradable, sin enfermedades y complicaciones”.

Todos se abrazaban con felicidad, la iglesia se había transformado en un jolgorio de bienaventuranzas y gozo; los bribones lograron manipular a la gente y eran vistos como enviados del cielo. Gumersinda Oñate exclamaba: “Dios conoce sus cosas, la primera impresión no fue buena, bebían y comían como bestias; sin embargo, tal vez fue la forma de hacerse presentes. Así ocurrió con el apóstol Pablo, que de perseguidor de la Iglesia pasó a ser un misionero excelso. Estos varones son benditos y nos han traído una tranquilidad que no se acabará jamás”.

Después de calmarse, muchos salieron a buscar sus pertenencias para ponerlas a los pies de la cruz. Las abejas habían vuelto y ya trabajaban afanosamente en el nuevo panal.

El falso ministro llamó nuevamente su atención: “Queridos hermanos, ¿veis el nuevo panal?”. “Sí”, gritaron todos. “Ayer nada más fueron barridas por vosotros, hoy reaparecen para daros un mensaje”. “¿Cuál mensaje, padre, cuál mensaje?”. El hombre cerró los ojos y les dijo: “Tocad el panal con suavidad, sentid la frescura del barro tierno construyendo lo que será un mundo nuevo para ellas; así está Dios haciendo en estos momentos con vosotros, lavó vuestros pecados y ahora amasa la tierra fina para haceros criaturas de bien; el barro del panal es simplemente vuestro corazón que se hace santo, casto y digno en las manos del Señor”. La gente se volcó a tocar el panal, mientras los forajidos se miraban de reojo, como diciéndose: “dimos en el clavo”.

Aquella treta encendió la ira de Segundo Navarrete, quien salió de la iglesia asqueado ante tanta ignominia. No buscó conversar con nadie, ya que todos estaban como poseídos por la vil acción de aquellos hombres. Levantó la tranca de la puerta y entró en su casa, que estaba en las inmediaciones del bosque de Barro Negro. Llegó hasta el zaguán y se recostó en su hamaca multicolor. De repente sintió un frío cuchillo en la garganta. Domitilo Umbría deja ver sus prominentes dientes mientras le dice: “Sabemos que no sois pendejo, es mejor para vos mantener la lengua quieta, de lo contrario os la cortaremos y la meteremos en vinagre. Así que ¡calladito, calladito! Es mejor para todos”. Mientras, le mostraba un afilado cuchillo. “¿Sabéis? Este bicho tiene conmigo quince años. Tiene tantas historias que si hablara de seguro yo estaría en la quinta paila del infierno. Sólo que mi san Juan bendito no lo permitiría, ja, ja, ja, ja, ja; soy tan buen devoto que él me tiene como a su ovejita más querida”; y se reía una y otra vez. Segundo Navarrete apenas gesticulaba. “¡Estáis advertidos, viejo llorón, de otra manera, seréis comida de zamuros! ¡Y por aquí hay muchos!”. Domitilo Umbría se levantó del botalón y caminó con seguridad en dirección a la puerta.

El capitán Aurelio Robles de la Serna abrió sus ojos. Al ver a Zafic pensó que estaba en el paraíso, que semejante mujer tenía que ser una flor danzante de Dios. Sus ojos eran de un azul fulgurante como el cielo, unas cascadas de rulos dorados caían hasta abajo de su generosa cintura de hembra fulgurante; una verdadera deidad enchapada en piedras preciosas. Al escucharla hablándole al oído, comprendió que aquella mujer no era el fruto de su fantasía ante la debilidad por enfermedad. Ella, con sumo cuidado, le hizo beber un brebaje de sabor extraño y le explicó que la combinación de hierbas y el favor de Huaca lo habían sacado del camino de la muerte: que tendría una nueva oportunidad para subsanar los errores pasados y ser el baluarte de un propósito en donde estarían unidos por la fuerza de un tallo que sellaría dos mundos.

Fue mejorando del brazo de aquella mujer. Observaba el amor que sentían los gayones por su unidad como tribu; compartían todo y cualquier dificultad de alguien era la de todos. Las labores más duras las enfrentaban con ahínco y tesón. Sentía que, más allá de las riquezas del oro y las piedras preciosas, se construía una forma de sentir la vida que no tenía parangón con las revueltas a caballo que siempre terminaban en la brutal represión contra los débiles.

En las noches de plenilunio fue sintiendo que su ayuno de besos, que la orfandad manifiesta de su alma traslúcida merecía remar hasta las caudalosas aguas de los ojos de Zafic; que su océano meridional de cuerpo perfecto y los rulos dorados significaban los embates del mar embravecido cuando perseguía su horizonte de vida. Una noche en que el río subterráneo lucía con mayor esplendor, sintió cómo sus labios sedientos eran besados tímidamente por Zafic.

De repente, una flecha se incrustó entre los dos seres, como describiendo un designio. Nahua ya preparaba la otra flecha envenenada como para dar el golpe definitivo cuando fue detenido por el sumo sacerdote. “¿Qué ocurre, Nahua? ¡Eres el corazón de nuestras batallas, el príncipe que construyó estas fortalezas! ¡No dejes que Baruac te llene el alma de veneno!”. “Sumo sacerdote”, respondió Nahua, “no puedo soportar que la mujer que amo desde niño prefiera al hombre enemigo; todas mis batallas contra hombres o serpientes las hice por ella, regresé muchas veces de la muerte para vivir soñando con sus ojos. Ahora la veo entregándole su corazón al hombre que se salvó de las estacas”.

El sumo sacerdote le reiteró con mayor firmeza: “¿No te has puesto a pensar por qué Huaca lo salvó de morir en el foso?; ¿que existe un propósito en él para que sea la estaca que pueda asesinar a la serpiente?”. “No lo sé, sumo sacerdote, ¿cómo puede un hombre que viene de ser la serpiente venenosa matar a la serpiente venenosa?”. “Mira, Nahua, los misterios de la vida los conoce Huaca, nosotros sólo obedecemos y veo en las estrellas que en el mundo de Zafic no entras tú; podrás matarlos ahora, pero jamás lograrás separarlos y menos aún encontrar consuelo para tu alma”.

Con lágrimas en los ojos partió Nahua con una idea que lo quemaba por dentro; el sumo sacerdote encendió ramas en la pira para ensalzar a Huaca. En el fondo, sentía tristeza por Nahua, quien era como su otro hijo; sin embargo, entendía que su alma había escalado un peldaño en la maldad y que su retorno al corazón gayón era materialmente imposible.

Tres aborígenes ayudaron a cargar todas las cosas que entregaron los fieles a los pies de la cruz. Desde piezas de oro hasta humildes jarrones de barro cocido fueron a parar a manos de los avispados bribones, quienes se encerraron en la casa pastoral y se burlaban de todos después de haberse bebido toda una barrica de vino consagrado. “Vale la pena ser cura”, gritaba Eliécer Muslera, “sólo nos faltan unas indias buenas para disfrutar todo esto”. Domitilo Umbría sonreía con unos collares en la nuca: “¡Soy un nuevo rey en Duaca!”, gritaba, mientras contaba cómo había logrado atemorizar a Segundo Navarrete. “Le puse este bicho así y el hombre casi me llena de excremento, ese hombre estaba chorriao; mi cuchillito tenía ganas de comer carne, pero le di la oportunidad de meterse la lengua entre las piernas”. “Bien hecho, Domitilo, no necesitamos escándalos porque tenemos problemas”. “¿Cuál problema?”, le pregunta Tiburcio Bravo. “Aquí no existe ningún tipo de información que nos conduzca a los tesoros, estamos como al principio, efectivamente tenemos un mapa general, pero no conocemos por dónde es más fácil entrar y salir con el cargamento de oro y sin mayores dificultades. Son muchos los que se han ido y no regresaron con vida. Los últimos fueron de la escuadra del capitán Aurelio Robles de la Serna, un valeroso hombre de armas de la casa de Toledo, héroe en el Alto Perú, triunfador contra los muiscas en las planicies de Santa Fe de Bogotá, a los que sometió hasta convertirlos en polvo; sin embargo, en este hermoso valle de Duaca se lo tragó la selva, por eso debemos ser sumamente precavidos”.

“Sigamos presionando a los fieles”, dice Tiburcio Bravo, “hablémosles de un nuevo mensaje de san Juan”. “Cálmate”, le indica Eliecer Muslera, “paciencia y tranquilidad; no agañotemos la gallina mora todavía. Ganémonos la confianza de la gente, estoy seguro de que más temprano que tarde algo va a ocurrir”.

Sigilosamente, Nahua se cuela por la pequeña iglesia. Conocía muy bien el pueblo, ya que muchas veces vino disfrazado de peón de hacienda o mucamo de servidumbre, para averiguar los planes del enemigo. Su corazón libraba una batalla cruel. Entre espadas y cascabeles, un rencor hirviendo en la sangre y la traición aproximándose para vulnerar su propia raíz, envenenada por la mano que nació de ella. Quiso huir, pero se imaginó a Zafic en brazos del hombre extraño y eso dio pie para que escogiera el peor de los caminos.

Los ojos del sumo sacerdote observan el mensaje en el humo que nace de la quemazón de hierbas en la pira bendita; la traición bañará de sangre al valle. “Has cruzado el umbral de la muerte, querido hijo Nahua, escogiste la oscuridad de la perdición en donde emerge el fuego. Tu alma se quemará como las hojas del mastuerzo, sufrirás como cadillos en la piel de niño recién parido; la serpiente roja clavó sus dientes y te llenó de la maldad de Baruac”.

Una india que sirve en la casa pastoral les lleva bebidas al grupo de malhechores y pide hablar con el supuesto fraile, quien amablemente le dice: “¿Qué deseas, hija mía?”. “Padre, en la iglesia está un indio gayón que le tiene que decir algo referente a un tesoro”. “Tráelo hasta acá, con mucha discreción”. Nahua llegó hasta la casa pastoral y fue directo al grano. “Supe que ustedes quieren invadirnos para obtener todos nuestros tesoros”. “No es para nosotros”, le dijo el falso sacerdote, “es para San Juan”. El aborigen, que era sagaz e inteligente, les contestó: “Los dioses no necesitan de oro, esos tesoros son para ustedes, cosa que no me importa en lo más mínimo”. Domitilo Umbría, con las agallas de la ambición abiertas del todo, le preguntó: “¿Y son muchos los tesoros?”. “Incalculables, sólo que ustedes no comprenden cuál es el verdadero tesoro que limpia el listón para poseerlo todo”. “Dinos, ¿cuál es ese listón que lo limpia todo?”. “La hermosa princesa Zafic es la hija del sumo sacerdote. Si la raptamos y amenazamos con matarla, la tribu entregará todas sus joyas para preservarla viva. Es la única forma de lograr que abran las arcas que están en la roca. Ustedes jamás podrían llegar ni siquiera a tocarle un cabello, antes morirían dejando las tripas pegadas en las estacas. Sólo yo conozco el camino para poder evadir las trampas; sin mí no recorren ni media legua”. “¿Qué quieres a cambio de llevarnos hasta Zafic y los tesoros?”. “Anhelo quedarme con ella y poder asesinar con mis manos al hombre blanco que se salvó del foso; queda en ustedes aceptar o rechazar”. “Trato hecho”, le responde Eliécer Muslera. “¿Por qué traicionas a tu raza?”. “Es un asunto que sólo conocemos Huaca y yo. Ustedes seguirán mi caballo hasta el sitio en donde raptaremos a Zafic. Si no lo hacen, caerán en algún hueco con trampas o mueren por las estacas o los matan las serpientes y escorpiones que están escondidos en los matorrales para matar a los blancos”.

Con la complicidad de la madrugada, toman rumbo hacia la Cueva del Indio. Van entrando por una estrecha ladera que conduce directamente a un bosque pequeño en donde en las mañanas la princesa Zafic busca las hierbas para la preparación de brebajes. Nahua marca la ruta mientras los malhechores lo siguen a distancia prudencial. Comienzan a bajar por un empinado y zigzagueante camino que llega al lecho de un riachuelo de aguas azules. Nahua esconde el caballo y les hace señas a los hombres para que permanezcan ocultos entre las macollas de crucetos.

Aguardaron durante tres horas, cuando de repente una hermosísima mujer blanca de cuerpo radiante y fulgurantes ojos azules hizo su aparición con unos canastos de paja y un grupo de mujeres y jóvenes que frisaban los veinte. Caminaba con gentileza, arrancando hierbas y probando frutos silvestres. Los hombres quedaron boquiabiertos al mirarla de cerca, algunos de ellos se imaginaron disfrutándola después de obtener los tesoros y matar al indio. Nahua, que también tenía su plan, se acercó hasta la joven actuando con naturalidad. “Querido Nahua, ¿en dónde estabas?”. “Me marché a recorrer el Valle de Aroa para arrancarme un dolor que me consume”. “¿Cuál dolor?”. “Uno tan profundo que tiene la marca de tu desprecio”. Zafic, alarmada, le responde: “Tú eres como mi hermano, crecimos en toda esta serranía, recorriéndola de punta a punta, conociendo las cuevas de las venadas pardas, salvando los nidos de la ferocidad de las serpientes; aprendimos a curar y a cazar juntos. ¿Cómo vas a creer que te desprecio, si eres parte viva de mi corazón?”.

Nahua, un poco aturdido y malhumorado, la tomó por el brazo y le increpó con fuerza: “Desde niño estoy deseando tus besos, quiero compartir contigo los amaneceres y las noches de luna con estrellas; sentir tu respiración cercana a la mía en el nicho de paja. Atiborrar tus cabellos de flores y peinar mis flechas con tu aroma, escuchar cuando habla el río mientras tú guardas silencio para llenarme de amor. Te quiero con una pasión que desborda todo el universo. Jamás alguien te podrá querer así y menos un hombre extraño con las armas prestas para matar tu origen”.

Zafic logra librarse y le dice: “Desde siempre conoces la respuesta. Entre tú y yo jamás surja otro tipo de amor, así lo escribió Huaca. Desde que nací fui apartada para ser un tallo que se unirá a otro para formar una nueva vida, tú no puedes ser ese tallo ya que formas parte de mi raíz”.

Nahua, lleno de ira, la toma por los cabellos y le grita: “¿Por qué aceptas al hombre que se salvó de la estaca?”.

Ella, sorprendida, le explica: “Es una historia que Huaca escribió en las estrellas”. “Entonces, vendrás conmigo”, dice Nahua. Ella se rehúsa a acompañarlo e inmediatamente se percata de que están rodeados por unos cincuenta hombres a caballo. “¿Quiénes son esos hombres?”. “Unos aliados que vienen a llevarte por las buenas o por las malas”.

Los niños y las mujeres trataron de defenderla, pero aquellos verdugos sacaron filosos cuchillos y los asesinaron a todos. El valle se llenó de sangre, cantaron las pavitas muerteras sobre la roca de la pira; lágrimas de sangre corrieron por las mejillas del sumo sacerdote: el cuchillo de la traición se ha hundido en el corazón de su pueblo, sobre él caerá la maldición oscura.

La atan con fuerza y parten con mucho sigilo. Zafic está destrozada, la muerte de sus amigos y la traición de Nahua es demasiada crueldad para ser verdad; los hombres se acercan como pensando en violarla, pero el indio, que sospecha la maldad de sus corazones, no se aleja ni un momento de ella. Suben por una gran planicie hasta llegar al Palmar de La Agüita, donde había una cueva que usaban los gayones para guardar armas. Tomaron a Zafic y la ataron a los troncones. Nahua les advirtió que si le hacían algo a la mujer, los mataría a todos.

En la Cueva del Indio todo es confusión y tristeza. Agatón, quien siguió a los hombres, le dice a la tribu que a Zafic la tienen escondida en el Palmar de La Agüita; un desfile de gayones canta mientras incineran los cuerpos de las víctimas. El sumo sacerdote eleva las piedras hasta el cielo de Huaca, toma una raíz uniforme con un tallo resplandeciente de las tonalidades del arcoíris y lo va posando sobre cada cabeza en una suerte de bendición. El capitán Aurelio Robles de la Serna se acerca a la ceremonia como movido por extrañas fuerzas. Sus huesos se han recuperado y siente que su alma ya le pertenece a esta raza que lo salvó de morir. El sumo sacerdote saca un penacho de colores y se lo pone al capitán, al que llama hijo. “Huaca te trajo hasta aquí, él quiso salvar tu alma y lograr que nuestro pueblo prosiga en el tuyo; este tallo simboliza la materialización de dos mundos que se unirán en un solo corazón. Rescata a Zafic y entenderás tu destino; será la lucha entre la estaca y la serpiente. ¿Sabes por qué no moriste en el foso?”. “No lo sé”, responde Aurelio Robles de la Serna. “Estaba escrito que desde la maldad surgiría el bien para mi pueblo. No podías morir porque tú eres ella misma arrastrando a los enemigos hacia la estacada”.

Se quitó su uniforme de soldado español y se vistió de gayón para llamarse Huaino; con gran orgullo se terció el plumaje y amarrándose en el costado el tallo resplandeciente marchó hacia el Palmar de La Agüita.

Por el camino fue impartiendo las órdenes. Con mucha cautela recorrieron hondonadas por donde caían cascadas gigantescas. Agatón conocía un trecho por donde llegarían fácilmente al sitio sin levantar sospechas. En el desfiladero de las rocas verdes pasaron a hurtadillas y entraron a la cueva del Palmar de La Agüita utilizando la suave corriente del río subterráneo. Llegaron hasta una estalactita gruesa por el moho grisáceo de los excrementos de los murciélagos; ellos se espantan y Zafic entiende que su pueblo vino al rescate. Nahua, que sabe que la batalla se aproxima, afila su espada y espera cerca de Zafic. El clérigo Muslera y sus hombres sienten gran temor al escuchar un pequeño ruido que vuelve a alborotar a los murciélagos; se reúnen en círculos bordeando la entrada de la cueva cuando once gayones les caen desde las alturas con gran precisión. Disparos secos de flechas envenenadas se incrustan en aquellos hombres. Domitilo Umbría quiere correr, pero es destrozado por una piedra gigante; uno a uno van cayendo hasta quedar el falso religioso, quien es decapitado y colgado en un árbol. Eliécer Muslera pide clemencia, pero la ferocidad de los gayones ofendidos por sus muertos lo muele a palos. Los gritos desgarradores se oyen en toda la serranía.

Nahua se levanta con firmeza para escribir su destino. Huaino, con su penacho de colores, se enfrenta con sus misterios. Zafic observa el desafío entre dos hombres que la aman más allá de sus propias vidas. Quisiera que su amor triunfara, pero que su gran hermano viviese. Ambos son parte de su corazón arrebatado. La caída de alguno de ellos significaría un hondo dolor para ella. La pelea es brutal, Nahua corta un costado de Huaino, quien sangra de manera profusa; nadie puede socorrer en la lucha entre guerreros y menos aún en la guerra de dos mundos. Se levanta con dificultad para proseguir en la contienda, sólo que al hacerlo recibe una nueva herida en el pecho por donde parece que se le va la vida. Zafic clama de desesperación. Implora a Nahua por la vida de Huaino; esto enciende la ira de su oponente, quien se abalanza para rematarlo en el suelo. Se encima sobre el hombre que yace agonizante. Huaino, en la postrera hora de sus menguadas fuerzas, toma el tallo que se transforma en estaca y penetra a Nahua hasta lo íntimo de su corazón. Cuando la daga de madera terminaba de hundirse en su pecho, miró a Zafic por última vez como expresándole todo el amor del universo. Desde el mismo veneno había nacido la cura para los males.

Alexander Cambero
Últimas entradas de Alexander Cambero (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio