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En su libro Operación Resolución Absoluta documenta la incursión de Estados Unidos en Venezuela
Edgard Marcano-Millán contra los ministerios de propaganda

martes 6 de octubre de 2026
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Edgard Marcano-Millán
Edgard Marcano-Millán: “Como venezolano, me he ganado el pesimismo a pulso”.

En medio de la confusión que se aposentó como consecuencia de la entrada de fuerzas estadounidenses a Venezuela el 3 de enero de 2026, se originó una disputa sobre el significado de lo ocurrido, y una disputa que evoluciona cada día. La espectacularidad militar de la operación cuyo objetivo era extraer a quien ejercía el poder en el país, su discutida legalidad, las consecuencias para la soberanía venezolana y la continuidad del statu quo sin su principal figura convirtieron aquellas horas en un problema histórico que todavía se está escribiendo.

Y si bien es cierto que hoy día en las calles de Venezuela cada quien tiene su versión y su opinión de lo sucedido, pocas son las voces que se esfuerzan en analizar la coyuntura con serenidad y, en especial, con rigor documental. Una de esas voces es la de Edgard Marcano-Millán: en Operación Resolución Absoluta, su ensayo de “historia inmediata”, reconstruye no sólo la incursión, sino también el largo proceso que la precedió. Deterioro institucional, negociaciones fallidas, intereses geopolíticos, doctrina militar y decisiones tomadas en Washington forman parte de una investigación que busca ordenar un acontecimiento todavía rodeado de información clasificada y de consecuencias imprevisibles.

Médico de formación y escritor, este venezolano radicado en España tiene un libro anterior en el que abordó la experiencia del exilio desde un registro confesional. Ahora, con Operación Resolución Absoluta, adopta deliberadamente otra distancia: sustituye la memoria personal por el cotejo documental y se pregunta hasta qué punto una victoria militar puede convertirse en una victoria política. Hoy conversamos con él sobre esa transformación como autor, los límites de escribir historia mientras ocurre y las preguntas que el 3 de enero deja abiertas para el venezolano de hoy y del futuro.

 

“Operación Resolución Absoluta”, de Edgard Marcano-Millán
Operación Resolución Absoluta, de Edgard Marcano-Millán (Caligrama, 2026). Disponible en Amazon

Operación Resolución Absoluta: olvídense de la distancia histórica

—Hay toda una cadena de acontecimientos que condujeron a la difícil realidad política que enfrenta Venezuela después del 3 de enero de 2026. La opacidad alrededor del resultado electoral de 2024 quizás aceleró el curso de la historia, pero la verdad es que estamos ante un escenario complejo que viene gestándose de mucho tiempo antes. ¿Cuándo supiste que debías escribir este libro?

—No fue una decisión; fue un reflejo profesional. En la UCI uno aprende que el momento en que el paciente se descompensa no es el momento en que enferma. El 3 de enero no me reveló nada: confirmó un diagnóstico que cualquiera con estómago para mirar llevaba años pudiendo hacer. Supe que debía escribirlo cuando entendí que la alternativa era dejar que lo contaran quienes tenían interés en que se contara mal, de un lado y del otro.


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—La incursión de Estados Unidos en territorio venezolano es un hecho de una importancia histórica innegable. Sin embargo, cuando no ha pasado ni un año desde el 3 de enero, podría considerarse apresurado publicar un libro analizándolo. ¿Qué te hizo asumir ese riesgo en vez de esperar a que existiera mayor distancia histórica y documental?

—La distancia histórica es una coartada elegante. Beevor y Hastings esperaron cincuenta años porque su guerra ya tenía dueños en los archivos; la mía todavía la redactan, en tiempo real, vencedores y vencidos, y ninguno con vocación de precisión. Asumí el riesgo porque el peligro no era equivocarme en un detalle —para eso están las segundas ediciones—, sino permitir que el primer relato, el que fija la memoria, fuese el de los ministerios de propaganda. Prefiero un testimonio provisional y honesto a una versión definitiva y falsa. La historia inmediata planta una bandera en el registro antes de que lleguen los mitólogos.

—Aunque en el libro explicas cómo se redujeron progresivamente los márgenes de maniobra de Washington y Caracas hasta convertir la acción militar en una salida posible, me gustaría que hablaras sobre por qué esa tensión desembocó en el 3 de enero, y cómo analizas la importancia estratégica de Venezuela para Estados Unidos.

—El 3 de enero no fue inevitabilidad, fue agotamiento: los dos gobiernos se quedaron sin opciones más baratas. Washington estrechó su margen a fuerza de amenazas que debía cumplir o desmentir; Caracas estrechó el suyo apostando a que el farol nunca se pagaría. Cuando ambos corredores se angostan lo suficiente, la acción militar deja de ser lo impensable para volverse lo único que queda. Sobre lo estratégico: Venezuela le importó a Estados Unidos menos por lo que era que por quienes se estaban mudando al vecindario —Teherán, Moscú, Pekín.

 

Edgard Marcano-Millán: reconstrucción, no especulación

—Trabajaste, como cuentas en el libro, con más de cuatrocientas referencias, y le atribuyes un peso considerable a la inteligencia de fuentes abiertas, un concepto que quizás no es de uso común. ¿Puedes hablarnos de esto? ¿Qué criterios utilizaste para jerarquizar las fuentes y decidir la relevancia de un dato?

—La inteligencia de fuentes abiertas es reconstruir con lo que está a la vista de todos: imágenes satelitales, registros de vuelo, geolocalización de vídeos, datos portuarios. Mi criterio para jerarquizar era casi cínico: la fiabilidad de una fuente es inversamente proporcional a su interés en el desenlace. Por eso el rastreador de vuelos me merecía más crédito que el comunicado, y la foto satelital más que la rueda de prensa. Distinguí siempre lo primario de lo secundario y de lo no verificado, y cuando los relatos chocaban, los dejé chocar a la vista del lector.

—El capítulo que describe el curso de la operación contiene inevitablemente zonas para las que todavía no existe documentación oficial accesible, por lo que tuviste que reconstruir algunos tramos. ¿Qué se va a encontrar el lector aquí? ¿Cómo estableciste la frontera entre reconstrucción razonable y especulación?

—El lector encontrará señalizado, sin trampas, cada tramo que tuve que reconstruir. La frontera fue una regla simple: rellené los vacíos con razonamiento, nunca con dramaturgia. La especulación es lo que uno hace cuando quiere que le crean; la reconstrucción, lo que hace cuando quiere que lo corrijan. Escribí esos pasajes de modo que el archivo del futuro pueda desmentirme en los detalles sin que se derrumbe el argumento: esa es la prueba de una reconstrucción honesta. Nunca dejé que una frase verosímil se hiciera pasar por una frase documentada. Cuando no supe algo, lo dije; es la cortesía mínima que se debe al lector.

—La distinción clausewitziana entre el fin militar, Ziel, y el propósito político, Zweck, termina siendo decisiva: la captura puede constituir un triunfo táctico impecable mientras la restauración democrática permanece fuera de alcance. ¿Fue Clausewitz una herramienta que empleaste para ordenar materiales que ya habías reunido o su lectura modificó la manera en que entendías el significado de la operación?

—Me modificó, y lo confieso sin pudor. Empecé creyendo que la historia era la captura; Clausewitz me enseñó que la captura era lo fácil y lo menos importante. La distinción entre el Ziel militar y el Zweck político reorganizó el libro entero: se puede ejecutar una táctica impecable sobre un fracaso estratégico, y eso fue precisamente lo que ocurrió. Clausewitz le recuerda a uno que ganar y conseguir tu propósito son verbos distintos, y que los ejércitos —y los libertadores— los confunden con regularidad. En Venezuela los siguen confundiendo.

 

“Hay que enterrar el resentimiento antes de poder abrir el cadáver con el bisturí”

—Vienes de la medicina y afirmas que observas al país que dejaste con una atención “casi clínica”. También has descrito este libro como el tránsito desde la catarsis de tu primera obra hacia una escritura más metódica y menos condicionada por el rencor. ¿Qué ha trasladado el médico a tu manera de trabajar como historiador?

—El médico me dejó tres herramientas, y ninguna es sentimental. La primera es el diagnóstico diferencial: en la UCI nunca te quedas con la primera explicación que encaja, porque la primera que encaja suele ser la que te mata al paciente. Escribiendo obligué a cada hecho a competir contra su hipótesis rival antes de darlo por bueno; el historiador que se enamora de su primera causa es tan peligroso como el clínico que se enamora de su primer diagnóstico. La segunda es la disciplina de decidir con datos incompletos. El intensivista no tiene el privilegio de esperar a que llegue toda la analítica: actúa con lo que hay, anota la hora y se reserva el derecho a corregirse. Eso es, casi al pie de la letra, la historia inmediata. Quien exige “distancia documental” antes de escribir es como quien pide una autopsia completa para atender una urgencia. La tercera, y la más útil, es aprender a no tratar el monitor sino al paciente. La propaganda —de todos los bandos— es el artefacto en la pantalla; el país es lo que se está muriendo debajo. Buena parte de los actores de esta historia se dedicó, con enorme solemnidad, a discutir con el monitor.

—Tu libro anterior, Ni traidor el que se fue, ni pendejo el que se quedó, según explicas, se originó en la herida del exilio y en primera persona. ¿Era ese primer libro una etapa necesaria para poder escribir este? ¿Qué evolución experimentaste entre uno y otro?

—Fue imprescindible. Uno no puede dictaminar con distancia crítica mientras todavía le debe dinero a la rabia. Ni traidor el que se fue, ni pendejo el que se quedó, lo escribí para sobrevivir al exilio; este lo escribí para entenderlo, y entender sale bastante más caro. El primero fue la catarsis en primera persona; este, la convalecencia en tercera. Hay que enterrar el resentimiento antes de poder abrir el cadáver con el bisturí, porque si no, uno no diseca: apuñala. La evolución fue esa, de la herida al método, y sospecho que no habría podido saltármela. Los libros de rabia son el peaje que se paga para ganarse el derecho a los libros de análisis.

—El libro no termina realmente en la incursión del 3 de enero: sigue la continuidad del chavismo bajo Delcy Rodríguez, el proceso judicial en Estados Unidos y las dificultades para convertir un éxito militar en una transformación política. A más de ocho meses de los hechos, el escenario actual sigue siendo confuso. ¿Tiene Edgard Marcano-Millán alguna proyección sobre el desenlace de esta historia?

—Desconfío de las profecías; como venezolano, me he ganado el pesimismo a pulso. Mi proyección es que el régimen puede perder la cabeza y conservar el cuerpo. El chavismo sin Chávez, y ahora sin Maduro, ya demostró que es un sistema, no un hombre; Delcy Rodríguez no es un desenlace, es una prórroga. El riesgo verdadero no es el regreso de la tiranía, sino la sustitución de un agotamiento por otro, con mejores modales. Lo único que me niego a venderle al lector es un capítulo final que la realidad todavía no ha escrito. Es historia en construcción.

Jorge Gómez Jiménez

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