
Tres décadas separan los dos libros que Yahaira Salazar reúne en Agua clara, pero ambos están atravesados por preocupaciones que reaparecen bajo formas distintas: el desplazamiento, la memoria, la violencia, la pérdida y la búsqueda de un lugar desde el cual reconocerse. El lago de los peces que se besan, escrito en 1992-1994, se mueve por una geografía íntima y cambiante, poblada de ciudades, viajes, recuerdos familiares, imágenes oníricas y cuerpos en tránsito. Algarrobo, escrito de 2019 a 2023, desplaza esas inquietudes hacia una dimensión más colectiva, marcada por las guerras, las migraciones y la experiencia contemporánea del exilio.
Poeta, dramaturga, actriz y directora teatral, Salazar nació en El Tigre, estado Anzoátegui, y ha desarrollado su trayectoria en Venezuela, Estados Unidos, Cuba, México y Francia, país donde reside. Su experiencia teatral deja huellas visibles en una poesía que con frecuencia procede por escenas, repeticiones, cambios de voz y recursos de marcada oralidad. A ello se suma una imaginería persistente en la que animales, árboles, mares, ciudades, trenes, aeropuertos y referencias religiosas dejan de ser simples elementos del paisaje para participar de una reflexión sobre la fragilidad humana y el desarraigo.
Agua clara, el 49º título de la alianza editorial Letralia-FBLibros, permite observar en paralelo dos momentos distantes de una misma escritura y reconocer tanto sus transformaciones como algunas de sus continuidades. En esta entrevista, su autora habla de las circunstancias en que nacieron ambos poemarios, de la decisión de reunirlos ahora en un solo volumen, de la relación de su poesía con el teatro, la memoria y el exilio, y de los símbolos y procedimientos formales que han acompañado su trabajo durante más de treinta años.

Agua clara, treinta años de poesía
La publicación de Agua clara reúne dos poemarios escritos con casi tres décadas de distancia: El lago de los peces que se besan, fechado en 1992-1994, y Algarrobo, escrito de 2019 a 2023. ¿Qué continuidad reconoces, desde el presente, en la poeta que escribió uno y otro libro?
En estos dos libros la continuidad está en las atmósferas creadas, los personajes, las situaciones, en los objetos; la continuidad está en los universos creados, los espacios, las emociones. El ejercicio de escribir para mí, como decía en 1980 uno de mis compañeros, colega de la Escuela de Artes Escénicas fundada por los actores Ivonne Attas y Carlos Márquez, seguía su propio cauce, no forzaba nada. Yo llegaba a la escuela con mis veinte años y les regalaba mis “garabatos” de poesía a mis compañeros de clase, como un simple gesto de amistad.
Escribir siempre fue un ejercicio que tenía su propia fuente, que sigue alimentándose y que sigue su propia corriente. La continuidad de estos dos libros es una evidencia; por eso, esta antología tiene similitudes y características comunes.
Y de la poesía nació el teatro. Después de un largo período de muchos estudios, 1990 me llevo a escribir instantáneamente el esbozo de mi primera obra de teatro, Hormigas caminando sobre una axila, usando otro género literario. Así, de la poesía pasé a la dramaturgia; ya era una actriz diplomada, mi primer montaje teatral lo protagonicé a los veintiún años con la obra Caracas urgente, de la mano de mi maestro el dramaturgo y director Levy Rossell Daal.
Ese montaje profesional, riguroso, con espíritu de grupo, una disciplina implacable y muchas semanas de ensayo, como eran los montajes de Levy Rossell Daal, me mostró las costuras por dentro y por fuera de lo que era un montaje teatral. Su estricta manera de trabajar, tanto en la actuación como en la puesta en escena, reforzó la enseñanza que recibíamos de los docentes de la escuela y reforzó el camino que teníamos que seguir.
Agua clara es el título de uno de los poemas de El lago de los peces que se besan. En ese texto aparecen el bosque, las hojas, el destino y un Dios al que “se le están escapando sus animales de las manos”, imágenes que de algún modo anticipan preocupaciones que reaparecerán décadas después. ¿Por qué Agua clara también como título de este volumen antológico? ¿Qué significa ese título para ti hoy?
El título de esta antología es el nombre de un poema de El lago de los peces que se besan y refleja lo que expresa todo la antología en sus páginas. El título está cargado de ironía; es evidente que vivimos en un mundo en crisis, turbulento. El tiempo ha pasado, la evolución del hombre se ha detenido.
Estamos regidos por una horda de incapaces, de profetas del desastre, de monstruos avaros, de idiotas destruidos por la ambición de poder y que ven a los demás individuos como juguetes.
Ese es el tablero del nuevo orden. Falsos problemas para buscar falsas soluciones. Esos son los escenarios de ese gran teatro de falsos benefactores. Las criaturas que pueblan este momento de la historia están perdidas y sin rumbo fijo en medio de esta gran mentira, viven como zombies, arrastrándose, escapando en una carrera alocada hacia ninguna parte.
La palabra apocalipsis se ha vuelto moneda corriente. Provocamos crisis políticas, guerras y catástrofes llenando al mundo de mendigos. Países del tercer mundo, del fin del mundo, del primer mundo, cualquier continente es bueno. Una excusa perfecta para seguir jugando el juego de la depredación.
Vivimos con el uniforme del miedo encima, en una tierra exangüe que vive amedrentada con el cuento de un “apocalipsis sin fin”.
En ambos libros aparecen la errancia, la violencia, la pérdida y la sensación de no disponer de un lugar estable donde permanecer. ¿Hasta qué punto esas preocupaciones han acompañado siempre tu escritura?
El conjunto de mi obra literaria habla de muchos otros temas. Los escritores componemos sobre cuestiones que despiertan nuestra curiosidad. Que nos interrogan. Que no nos dejan dormir. He trabajado en cuestiones muy sensibles, como el VIH en mi obra Titania, o muy arriesgados como la espiritualidad en la obra Angelus, o estremecedores como el fratricidio en la obra Hormigas caminando sobre una axila, que se transformó también en el escenario del multipremiado cortometraje Ants Walking Over an Armpit.
También trato el tema de la errancia del hombre contemporáneo en El lago de los peces que se besan, y específicamente el tema de la emigración en el poemario Algarrobo, que es donde más hablo de esas preocupaciones.
Acabo de terminar un guion en el que hablo de la vejez. Este nuevo proyecto se lo he dedicado al director y colega español-venezolano Carlos Reyes Lima, director de la película Viajero nocturno.
¿Y tu trabajo como gestora cultural? ¿Han cambiado sus significados para ti con el paso de los años?
Definitivamente. La gestión cultural es un tema complejo. Es un asunto en el que estás obligado a estudiar, planificar, organizar y dirigir un proyecto. Tienes que ser creativo encontrando financiamiento, comunicando y administrando. Tienes que hacer estudios y realizar la pasantía en el campo laboral, dependiendo del proyecto o de la misión que tengas que realizar.
De hecho hice mi formación de Gestión Cultural en París, lo que, entre otras cosas, me ha permitido defender mi trabajo como artista de una manera más eficaz. Esos conocimientos me permitieron crear el Festheveparis, un estrado internacional que le dio visibilidad a los dramaturgos venezolanos en Francia y de alguna forma me ayudo también a participar en los Juegos Olímpicos de París 2024, como voluntaria.
La dedicatoria de Algarrobo está dirigida a tu madre, mientras El lago de los peces que se besan se abre con una dedicatoria a tu padre y a tu perro Agamenón. ¿Qué lugar tienen los vínculos familiares y sus ausencias en el origen de estos libros? ¿De qué manera la memoria personal termina transformándose en materia poética?
Un autor siempre utiliza sus experiencias como materia de inspiración en su obra. El vínculo con la familia es el vínculo con mi tierra de origen. Mi padre es una ausencia, su vida tomó otra forma. Mi perro Agamenón también fue el vínculo emocional en el proceso del montaje de Hormigas caminando sobre una axila. El grupo de teatro de ese montaje se convirtió en una familia y teníamos nuestra propia mascota, un cocker spaniel negro.
En esta experiencia de grupo de familias teatrales escogidas, sentimos la importancia de los vínculos laborales, como equipo, en experiencias como el montaje bilingüe (franco-español) El elogio de la soledad, o con la obra Angelus, de 2007, estrenada en San Tomé en Venezuela. Esta manera de trabajar con un grupo teatral en cohesión ayuda mucho al montaje y a la producción en los grupos teatrales.
Estas dos cooperaciones internacionales entre Venezuela y Francia con la Unesco, tomaron tiempo considerable en realizarse y surgió de esa manera de trabajar con equipos de individuos, donde los lazos creados fueron fundamentales.
Yahaira Salazar y la búsqueda de una poesía que despierte al lector
Los dos poemarios muestran diferencias formales muy claras. El lago de los peces que se besan se despliega mediante asociaciones inesperadas, escenas cercanas al sueño, cambios bruscos de espacio y una imaginería muy libre; Algarrobo adopta con frecuencia una voz más frontal, declarativa y próxima a la denuncia. ¿Cómo explicarías la evolución que conduce de aquella escritura de los años noventa a la de tus poemas más recientes?
Toda escritura va cambiando de matices a medida que transcurre el tiempo. La escritura crece, se desarrolla, da sus propios pasos, se va transformando con la experiencia; las palabras cambian de color, de carácter. Lo mismo ocurrió con esos poemarios, las épocas no son las mismas, los textos tampoco. Esa es la causa por la cual esos libros son totalmente diferentes a pesar de su similitud.
La repetición de palabras, frases y estructuras aparece de forma insistente en estos poemas, llegando al paroxismo en ese “Exilio en la tierra”, por ejemplo. ¿Qué buscas producir mediante esas reiteraciones? ¿Qué importancia tiene para ti la dimensión oral o sonora del poema?
¿Qué busca un lector en un libro de poesía?
Un poema cada uno lo interpreta a su manera. La poesía es un espacio de libertad. Esa frase repetida del “exilio en la tierra”, es un golpe de tambor que retumba y pretende sanarnos. Cada verso tiene su propia música. El sonido de esos versos de “exilio en la tierra” hablan de truenos, de tormentas. Pero seguramente otra persona verá otra cosa.
Hay además, principalmente en Algarrobo, todo un lenguaje experimental a través de mayúsculas, onomatopeyas, prolongaciones gráficas de las palabras, puntos suspensivos y alteraciones de la disposición convencional del discurso. ¿Qué esperas despertar en el lector con esta propuesta?
Espero despertarlo. Sobre todo despertarlo. Revelarle la realidad. Crear una música con él, que pueda tararearla. Provocarlo. Despertarlo a cualquier hora del día, para que siga buscando.
De toda la experiencia adquirida de los 80 a los 90 nació una poesía con música, un teatro poético, teatro-cine, un teatro-teatro, un cine poético.
Dios, ángeles, plegarias, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, el Sagrado Corazón, iglesias, vírgenes y fórmulas litúrgicas, entre otras referencias religiosas, conviven con dudas, reproches e incluso con la imagen de una divinidad que parece incapaz de contener el mundo. ¿Qué función cumple ese repertorio religioso en tu poesía?
La religión católica forma parte de mí. La presencia de la religión católica en nuestra cultura es algo omnipresente. Era totalmente previsible que sus símbolos aparecieran en mis textos. Todos ellos estaban allí, todos los domingos: Dios, los ángeles, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, el Sagrado Corazón, las vírgenes, la Virgen de Fátima, la Virgen del Valle. Cuando era niña, todos esos símbolos me arrullaban cuando iba a misa en la mañana o en la tarde. Yo comulgaba en medio de esas imágenes con esos cánticos de las misas en latín, del padre Bruno y sus monaguillos. La Virgen del Valle y el Cristo Redentor eran como parte de mi familia y mi alegría más grande era cuando, después de terminada la misa, nos íbamos a la heladería de los italianos a comernos una barquilla de fresa. Mi poesía está pintada de esas vivencias.
“Todas las artes son fuente de inspiración para mí”
Tienes varios años viviendo fuera de Venezuela. Y quizás por eso destacan los vocablos de la nostalgia que aparecen en tu libro: Caracas, Sabana Grande, el Ávila, Guri, El Tirano, los tepuyes... Hay una mirada muy influida por el desarraigo y la migración. ¿Cómo ha cambiado la Venezuela que dibujas en tus poemas?
Si en el lugar donde estás sientes nostalgia tienes que irte, porque ese no es tu lugar. Soy de temperamento flemático. Fue ese carácter el que le dio ese color a esos poemas. Sufrí de esa melancolía desde muy temprano. La llamaba “la enfermedad de la tristeza”. Mis versos escritos en esa época no los escribí desde el recuerdo, sino en tiempo presente.
En los años 80, Caracas era una ciudad con habitantes de un desarraigo tranquilo, un vagabundeo voluntario, escogido, provocado. Era una sociedad en trance que desemboco en el país que todos desconocemos.
Descubría esos lugares y los escribía, los retrataba o los dibujaba con el placer inmenso de vivir el instante presente, como en las clases de dibujo de mi profesora Rosa de Montaner.
Tu trayectoria como dramaturga, actriz y directora teatral precede y acompaña buena parte de tu trabajo poético. ¿Qué recursos procedentes del teatro reconoces dentro de tu poesía y cuáles pertenecen exclusivamente a tu escritura poética?
Del teatro recupero para la poesía los silencios, la música, la voz; cuando escribo poesía leo mis poemas en voz alta. Mi poesía es música, mi poesía baila y puede convertirse en imagen. Toda mi vida la he entregado a la creación. Antes de tener esa trayectoria ya andaba escribiendo, mi poesía se nutre de mis experiencias. Mis maestros también fueron mis directores de escena: Romeo Costea (director del Grupo Compás), Luis Márquez Páez (director del Teatro Universitario), José Simón Escalona (director del Grupo Theja), Antonio Leiva (director del Teatro Empire, Buenos Aires), Yves Lorelle (gran reportero, profesor de la universidad París VIII, Francia), Mustapha Aouar (director de la Gare au Théâtre, Francia) o Raúl Ruiz (cineasta y profesor chileno, Francia), entre otros.
Hormigas caminando sobre una axila, en 1991, fue un montaje multimedia; la cohesión que había alrededor de ese proyecto fue la base para lograr un equipo exitoso. Gracias a ese trabajo, la obra fue ganadora del Premio de Honor Marco Antonio Ettedgui de la Fundación Rajatabla. El éxito de uno se convirtió en el éxito de todos.
Todas las artes son fuente de inspiración para mí, incluso la danza: gracias a los pedagogos del Taller de Danza Contemporánea de Caracas, tuve el honor de participar en las clases del maestro de maestros José Rafael Ledezma. Incluso llevo en mi currículum varios rodajes y conocimientos cinematográficos, gracias a mis estudios de cine en 1986, con mis profesores del Instituto Cinematográfico, con las profesoras Liliane Blaser y Lucía Lamanna, entre otros.
Como decía Antonio Machado, los artistas somos un campo fértil, el poeta debe sembrar.
Nadie es una isla, escribió John Donne, y tú menos que nadie lo eres. A la par de la escritura poética y dramática tienes presencia frecuente en eventos de cine y teatro y, además, llevas adelante una febril actividad como gestora cultural. Me gustaría que hablaras de cómo conjugas todos estos frentes.
Curiosamente cuando llegué a París en 1994, llegué a una isla, la mítica isla de Saint Louis. En el mismo edificio donde vivió Robespierre en 1793, también allí vivió la musa del poeta Baudelaire, la actriz Jeanne Duval. En ese edificio escribí, durante ese invierno, mi obra de teatro Titania. En ese havre de paix, mi obra Titania vino al mundo. La obra fue estrenada en Los Ángeles en 1995 y fue presentada en el teatro de la isla de Saint Louis en 1996. Fue mi primera obra de teatro escrita en Francia, y no fue fácil pasar de un idioma a otro.
John Donne y yo tenemos algo en común, entendemos la vida de la misma manera, somos parte de un todo, también compartimos nuestro amor por la danza y un autógrafo que Maurice Bellart me regaló una noche en el Teatro de Chaillot en París.
Por otra parte, está mi trabajo de gestión en el Centro ITI Venezuela. Es relevante resaltar que esta colaboración con el Instituto Internacional de Teatro, el más importante socio de la Unesco para las artes del espectáculo, comenzó en 2011. Esta petición surgió luego de nuestra colaboración en París con el festival de teatro Festheve.
Asimismo, desde 2013 he trabajado en diferentes misiones. Hace un mes, durante la primera semana de agosto de 2026, participamos en el Congreso Regional para las Américas, un encuentro de cuatro días organizado por el ITI México (del 6 al 9 de agosto) y realizado en el Teatro del Pueblo, de esta ciudad. En esta ocasión invitamos a participar a este encuentro al escritor y director venezolano Jorge Cogollo, con la obra de teatro Tonada para el fin del mundo.
Ninguno de los centros ITI es subvencionado por el Instituto Internacional de Teatro. Mis compañeros de equipo del Centro ITI Venezolano en Venezuela me confirman que financiar el teatro en el país es algo muy arduo y que requiere mucho esfuerzo. Sobre todo en las circunstancias actuales.
De manera que, a través de estas experiencias en el Centro Venezolano del ITI, desde 2013, como gestora cultural, he aprendido a manejar los problemas de presupuesto, así como los problemas sociales y estructurales de los centros. La burocracia no puede remplazar la escena y todas las corrientes teatrales deben estar presentes en el escenario del mundo en esos congresos: el teatro épico, el teatro político, el teatro contemporáneo, el teatro social, el teatro naturalista, el teatro militante, el teatro clásico, etc. Ningún país puede perder su autonomía cultural; debe preservarse la diversidad de su teatro.
Además, no hay que olvidar que, desde sus orígenes en Grecia, el teatro y la democracia nacieron y crecieron juntos; el teatro ha sido una tribuna para las ideas, un lugar de reflexión.
De hecho, el teatro debe por todos los medios hacer de la diversidad una herramienta, una fuerza para que pueda sobrevivir a la unificación y globalización de las culturas.
Agua clara permite observar más de treinta años de escritura y, al mismo tiempo, deja abierta la pregunta sobre lo que vendrá después. Tras reunir estos dos momentos de tu poesía y contemplarlos ahora como parte de una misma trayectoria, ¿en qué proyectos literarios trabajas actualmente?
El acto de escribir poesía o teatro será siempre un misterio. Recuerdo siempre una frase de mi amigo Guillaume de Lamaziere quien, después de ver mi obra Titania en París en 1995, me preguntó: “¿Dónde aprendiste a escribir teatro?”.
La palabra es mi cincel, la palabra hablada, la palabra en drama, la palabra poética, soy una artesana. ¿Es mi poesía un texto teatral? ¿O es mi teatro un teatro poético?
Tengo muchas ideas, en consecuencia tengo muchos proyectos. Todos mis proyectos futuros son duales: las sectas y la religión, la poesía y la música, la literatura y la pintura, la literatura en forma de guion o de cuento. El teatro, la poesía y la edición. El arte es otro salvavidas.
Luis Alberto Lamata, mi director en la película Jericó, me decía: “Siempre debes tener un proyecto listo bajo el brazo”. Es muy cierto. De alguna manera ese próximo proyecto te asegura la continuidad de tu inspiración y no permite que tu camino se interrumpa.
Los autores no somos los temas de los que hablamos, somos los mundos que creamos.
- Su poemario Agua clara tiene las marcas de su evolución literaria
Yahaira Salazar:
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