La bulla de la media tarde hacía remolinos en el patio trasero del liceo Descartes. Las chicas presumían sus obras de arte realizadas con lápiz labial y los muchachos inflaban sus músculos o arrugaban el ceño con pensamientos profundos sobre la inmortalidad del cangrejo. Algunos alumnos que permanecieron en las aulas parecían intimidados por el bullicio del patio y preferían mantenerse al tanto de las novedades mediante los chismes intercambiados en un espacio a salvo del caos exterior. En el socialito no encajaban aquellas cabezas que tenían la nariz metida en los cuadernos hasta las orejas. Se encorvaban sobre sus notas como si tuvieran miedo de que alguien se las fuera a robar. Pero no había tal peligro ni necesidad de clavar los cuadernos al escritorio con la nariz. Nadie robaba apuntes por el dolor de cabeza que provocaban a quienes se atrevían a leerlos. Sin embargo, aquellos entusiastas del intelectualismo los consideraban su boleto para un viaje exitoso al futuro, como se lo habían asegurado sus padres, más ingenuos que los propios hijos.
Con las camisas desabotonadas a medias, un par de muchachos solían hacer rondas por el salón, observando a las muchachas guapas que tenían los picos clavados en las notas, mientras se abanicaban con las pestañas en el calor de mayo. Ellas fingían no notar las expresiones desdeñosas de los muchachos y no respondían a sus comentarios soltados con desenvoltura, tenían cosas más importantes que hacer que perder el tiempo con unos buenos para nada. Los muchachos jugaban póquer tapado, de allí surgía la sonrisa colmada de sabiduría. Ellos conocían las cartas, mientras las muchachas estaban embobadas con sus notas buenas para nada. Algunos galanes se decían para sí mismos: “Todo lo que esta princesa necesita hacer es guardar los apuntes para sus hijos y agarrarse de mi brazo para que la lleve al mundo donde las ensoñaciones se vuelven realidad”. Unos suspiraban de desesperación por la ingenuidad femenina, y ellas, de impaciencia por la ausencia del caballero del caballo blanco. Sin embargo, en ocasiones, la coincidencia de aquellos fundamentos basados en lo “bueno para nada” llevaba a encuentros prometedores y no menos comprometedores. En general, los pescadores que mejor dominaban su impaciencia solían verse recompensados con la captura.
Retumbó el timbre por los pasillos y levantó un tornado que barrió el jolgorio juvenil en el patio. Los salones se llenaron de rumores y los maestros empezaron a hacer sus entradas, cerrando las puertas con firmeza detrás de ellos. ¡Tac, tac, tac! La mayoría de las puertas quedaron cerradas. Luego llegaron unos maestros a paso ajetreado, resollando bajo el calor de África y refunfuñando como si el clima de este país fuera el culpable de sus atrasos. Quedó una puerta abierta, rodeada de cabezas curiosas que echaban miradas por el pasillo anticipando la llegada del portador del conocimiento matemático.
En el aula, algunas voces tocaron los tambores de sedición y amenazaron con retirarse porque el maestro ya había adquirido la mala costumbre de desperdiciar el tiempo ajeno. Además, si los alumnos quedaban tachados por llegar tarde y sus carnés de disciplina manchados por la tinta iracunda de los vigilantes, ¿por qué no habría de ser amonestado su maestro? Esta sería una manifestación de la democracia en acción que promovía la institución. También se hicieron escuchar algunas voces que recomendaban la paciencia y la templanza. “Uno llega a la verdad por el camino de la paz y la concordancia”, aseguraban unos, mientras otros sacudían la cabeza para ventilar su indignación por la tardanza ya habitual del maestro: “No es posible...”.
La conjura de los rebeldes fue interrumpida por las voces de los centinelas del pasillo que anunciaron la llegada del esperado. Al doblar la esquina, un maestro rechoncho perdió el equilibrio momentáneamente por el exceso de peso y velocidad, pero levantó el brazo derecho con su portafolios y contrarrestó el tambaleo. Escupió un par de palabras que los alumnos no alcanzaron a interpretar y se dirigió hacia la puerta que había quedado abierta de par en par para señalar su tardanza. Los labios en trompita y las mejillas resplandecientes de rubor lanzaron un desafío mudo al vigilante del liceo que lo observaba desde el fondo del pasillo.
Al entrar en el salón, el maestro cerró la puerta de trancazo y refunfuñó unas palabras de desdén contra el vigilante, a quien dejó fuera de su espacio intelectual. De reojo, revisó las filas de cabezas que iban y venían de un lado al otro del salón; unas eran serias, otras sonrientes y algunas empinaban el pulgar imitando un trago de borrachín. Estos últimos se aseguraron de interrumpir sus payasadas antes de que los chamuscara la mirada del señor maestro de matemáticas.
Al dejar caer el portafolios sobre el escritorio, el maestro inició su exposición enfatizando la importancia de las ecuaciones que representan, a la vez, la base del pensamiento matemático y de las ciencias de la civilización occidental. Se detuvo, su mirada quedó colgada de una lámpara del techo, hizo un movimiento con la mano derecha como si sopesara una bolsa repleta de oro y añadió: “Y la civilización occidental no es poca cosa. Nunca lo entenderán ustedes”.
Durante un buen rato, el maestro repasaba lo que los alumnos habían visto el semestre anterior, casi palabra por palabra. El palabreo que salpicaba la emoción matemática se interrumpió cuando un muchacho delgado, de cabello oscuro, levantó la mano y la sacudió como una banderilla. El maestro le concedió un momento con los ojos llenos de sorpresa. A menos que se tratara de un terremoto, nadie se atrevía a interrumpir a un maestro de este liceo, y mucho menos a uno de matemáticas. En el aire, se sintió la tensión alimentada por dos fuentes de curiosidad: una provenía del señor maestro y la otra, de los alumnos. Éstos levantaron sus miradas para apuntar a quemarropa al arrojado. No podían darse el lujo de dejar escapar el menor detalle del nuevo escándalo que estaba a punto de estallar.
El muchacho que había interrumpido la exposición se mostró inmune a la tensión que congeló las lenguas y las miradas de sus compañeros. Tras unos instantes de silencio, soltó su voz sin apartar los ojos del maestro. Sus comentarios hicieron eco en todos los oídos y el exceso de su volumen terminó en el pasillo, donde siempre algunos ojos y oídos estaban al acecho de alguna inconformidad.
—Señor maestro —empezó con lentitud e hizo una pausa—. Por favor, permítame informarle que el semestre pasado tomamos la clase de Álgebra 3 con usted, y este semestre nos toca la de Geometría —su voz calló, pero el eco siguió girando en las curvas geométricas de los oídos.
En el salón se hizo un silencio próximo a lo infinito matemático que pellizcó los pómulos del retador del orden y los ruborizó. Tras una pausa de desorientación, los labios del maestro retomaron su forma de trompita y trompetearon la incoherencia de los comentarios que acababan de pronunciarse. Con un gesto de enojo, tachó la intervención de absurda y su mirada de águila redonda atravesó al muchacho como un flechazo.
Primero tropezó y luego se le atoró la lengua al maestro mientras establecía la interconectividad científica entre el álgebra y la geometría. Abanicó con el reverso de la mano para marcar el cierre de la discusión con aquel alumno de poca monta y se acomodó en su silla. Ordenó a los alumnos que abrieran los libros e hicieran los ejercicios 7, 8 y 9 sin especificar de qué capítulo se trataba, pero a nadie se le ocurrió averiguar. Sentado, el maestro hizo ademanes con los antebrazos como si limpiara el escritorio de migas y acompañó el gesto con gruñidos para dejar el asunto reluciente de limpio.
Poco a poco, cansado de sus propios berrinches y complacido con el silencio de las cabezas agachadas, el maestro se dio un descanso bien merecido. Sobre el escritorio, formó un cuadrado con los brazos y su cabeza se fue a descansar en él. Los alumnos no esperaron mucho para escuchar una respiración sonora al servicio de una digestión pesada. Al parecer, se trataba de una actividad de mayor esfuerzo que requería de toda la energía del maestro. Desde las profundidades, sus entrañas convocaron a las fuerzas disponibles para ponerlas a la obra.
Un muchacho bajito y delgado apareció al frente del salón. Se acercó al maestro y, ladeando la cabeza, ya de un lado, ya del otro, trató de ver si éste tenía los párpados bien cerrados. El silencio de los alumnos, que rozaba el infinito negativo, le sirvió de cobijo para evaluar la profundidad del sueño del maestro. Los cálculos del examen biométrico le devolvieron el aliento al explorador y dotaron a sus movimientos de la desenvoltura y del desprecio que había atestiguado tantas veces en el comportamiento del maestro durmiente.
Se puso al frente del pizarrón exhibiendo una cara de confianza, movió los hombros en círculos para aliviar la tensión del cuello, hizo trompita con los labios, imaginó un pedazo de gis en la mano y se puso a imitar al maestro trazando círculos y triángulos en el aire. Sus compañeros apretaron los labios para no estallar en carcajadas, mientras las muchachas hacían muecas de desprecio ante su comportamiento infantil. Fingiendo desinterés por el entretenimiento que disfrutaban de reojo, también ellas se vieron en la obligación de apretar los labios para ocultar la risa, pero sus hoyuelos sonreían desde las profundidades de las mejillas.
Mudo pero expresivo, el sustituto del maestro se tomó la libertad de interrumpir su escritura en el pizarrón de aire, apuntó con su gis imaginario hacia un muchacho y, moviendo los labios sin una pizca de sonido, le hizo una pregunta. Para aclarar la interrogación, apuntaba con la otra mano hacia un triángulo en el aire y hacía gestos de desesperación porque la respuesta de su compañero era incorrecta. Estallaron risas y el maestro levantó la cabeza.
Los alumnos se agacharon y el silencio de cementerio se restableció. Los párpados del maestro temblaron sobre los ojos nublados. Uno estaba más abierto que el otro y el más perezoso conminó a su gemelo a que se cerrara de nuevo para retomar el camino del sueño justo y necesario para la transformación de la comida, atascada con ánimo y regada de vino tinto.
Tras un suspiro de alivio, el sustituto del maestro retomó su tarea de recortar en el aire figuras geométricas y de interrogar a sus compañeros. Sin piedad ni duda, a todos les puso calificaciones reprobatorias y mezcló el desprecio por sus limitaciones con regaños silenciosos. Forzados al máximo para moldear regaños en silencio, sus labios indicaron a un pelirrojo que era un “cero a la izquierda”; a otro, que era “nulo”, y a una pobre muchacha, con la cara oculta entre las manos, que se fuera de inmediato, apuntando a la puerta.
En pleno regaño de la muchacha, se removió la panza del maestro, que se ocultaba bajo el escritorio. Unos chasquidos en serie surgieron del subterráneo digestivo y espantaron al maestro suplente. Éste quedó congelado en medio de su mímica, mientras una avalancha de risas y gestos de desprecio le caía encima. Sin embargo, el maestro dormido no despertó; su carga interna era demasiado pesada para permitirle emerger del sueño.
A los ojos de sus compañeros, el congelamiento del nuevo maestro de matemáticas le restó prestigio. Intentó recuperar terreno retomando el ritmo de sus regañadas: apuntaba a los compañeros con ceño fruncido y dibujaba ceros en el aire. El índice le iba y venía por el salón, cuando un nuevo congelamiento interrumpió su frenesí de reprobación.
Se volteó a un lado y luego al otro, como si buscara algún objeto en el piso. Luego exhaló con un alivio igual al de un investigador que acababa de dar con un nuevo método para sacarle la raíz cuadrada a una ecuación indócil. Se tapó las aletas de la nariz con una mano y, con la otra, apuntó al bulto de carne humana doblado sobre el escritorio.
Las risas quedas se ocultaron tras las manos que tapaban narices y bocas. Parecían más deseosas de encubrir la vergüenza del maestro que de tapar su propio sistema de oxigenación. El sustituto se puso a abanicar al hombre rendido al sueño con ambas manos, indicando a los compañeros que abrieran de emergencia las ventanas, so pena de morir intoxicados. Pero las ventanas no se dejaron vencer, estaban selladas para prevenir cualquier escape al patio principal. Nunca se previó la necesidad de proveer primeros auxilios a los intoxicados.
Una vez comprobado el fracaso de la ventilación, el sustituto del maestro encabezó una fila de voluntarios que emprendió la evacuación hacia el aire libre del patio. Unas muchachas se negaron a abandonar sus lugares sin la autorización del maestro ni el repique del timbre. Sin embargo, una vez que el olor del subterráneo se filtró en sus pulmones y empezó a contaminar el aroma dulce de sus perfumes franceses, se vieron obligadas a seguir los pasos de los más sabios.
Al maestro de matemáticas y su sustituto
De la colección Cuentos del subterráneo
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