“Porque esa mirada no fue entre dos hombres; (...) fue como si llegara a través del cristal de un acuario, entre dos seres que habitan en mundos diferentes...”.
Primo Levi, Si esto es un hombre.
X escuchó con atención la llave girando en la cerradura. La puerta de la celda se abrió y en el umbral se destacó la figura de un hombre alto y fornido que se detuvo un momento para dejar pasar al carcelero trayendo una silla, la que depositó a un metro de donde X estaba sentado en el frío suelo de una esquina del cuarto. La luz apenas penetraba por las rendijas de la pequeña ventana enrejada. Le llevó unos instantes identificar el uniforme de oficial del ejército que el hombre vestía. Acostumbrado a la penumbra de la celda, a X le costaba distinguir los rasgos del rostro del oficial, pero al dirigir sus pasos hacia donde él se encontraba, los tenues rayos de luz revelaron a un hombre de unos treinta años, de piel y pelo oscuro, nariz aguileña, cuyos labios delgados enmarcaban una mueca severa.
Llevaba quince días incomunicado. Como muchos miembros de las fuerzas armadas, X había tomado partido en la política del país. Las nuevas autoridades dentro de la institución tenían identificados a aquellos que apoyaban el gobierno anterior mucho antes de derrocarlo. Al comienzo de su detención, junto con los golpes y formas sofisticadas de tortura, aplicaron la técnica de privación del sueño. Una vez que lo enviaron a la celda donde ahora se encontraba, lo dejaron tranquilo, quizás para que se recuperara físicamente y así comenzar de nuevo el ultraje al cuerpo. Lo acusaban de atentar contra la patria. Para X la idea de patria era una cuestión de definiciones y lealtades ambiguas abierta a muchas interpretaciones.
En esa celda solitaria se consolaba con la profunda convicción de que su pensamiento era de él y sólo de él y de que nadie lograría penetrarlo. Era su arma secreta. Reflexionaba sobre la existencia reconociendo que cada individuo ocupaba un lugar en el tiempo y en el espacio; por eso, desde el comienzo de la incomunicación tenía especial cuidado en preservar la noción del tiempo que transcurriría en esa celda, pues sabía que el objetivo de la incomunicación es la anulación de esa individualidad que funciona en dos sentidos: el de la conciencia de la existencia en un tiempo linear y el reconocimiento de la persona por aquellos que la rodean. Quebrar a una persona es anular su conciencia y su capacidad pensante. Por eso, después de consumir la primera sopa insípida que le trajeron en el plato de metal, utilizó los duros rebordes de éste para trazar una pequeña raya sobre el piso de concreto, indicando con ella su primer día de cautiverio.
Del carcelero sólo había atisbado la mano y el antebrazo cuando entreabría la puerta para depositar sobre el piso, a la entrada de la celda, el magro alimento, o retiraba el balde con los desperdicios del cuerpo. Sospechaba que pasaría muchos días en ese aislamiento. Sentía con fuerza la necesidad de comunicación para sobrevivir sin perder la cordura. La aparición de un pequeño ratón que había engullido parte del pan que X no había consumido por la fatiga del cuerpo en su primer día de encierro le había dado aliento. Al día siguiente guardó un trozo de su ración de pan y sembró un sendero de migas a partir del agujero por el que había salido el ratón. Luego se sentó a esperar su aparición. Pronto, por el tedio de la espera y el cansancio acumulado por los maltratos que había recibido, cayó en el sueño. Al despertar, las migas habían desaparecido. El segundo día repitió la operación y esta vez, inmóvil en un rincón de la celda para no espantarlo, sí vio al furtivo visitante consumir el alimento. Cada día de los cuatro subsiguientes compartió el pan y al quinto el pequeño roedor se había acostumbrado a su presencia. X estaba tentado de cogerlo entre sus dedos y acariciarlo, pero por temor a ahuyentarlo retuvo su impulso. Otra idea lo asaltó: “Tal vez cada día es un ratón diferente”, se dijo, pero luego desechó ese pensamiento porque de ser así el animalito no habría demostrado esa tranquilidad al engullir el pan. Eso lo animó a poner unas migas en la palma de su mano, la que apoyó contra el piso a unos centímetros del ratoncito, pero éste, concentrado en comer las del piso, no se percató. Fue entonces que estiró el brazo derecho y lo cogió, sintiendo en la mano las vibraciones de temor en el cuerpo tibio del roedor. Para calmarlo le acarició la cabeza, mientras le ofrecía unas migas con la palma de la mano izquierda. “Tranquilo, tranquilo”, le dijo, al tiempo que una sensación de felicidad lo envolvía. Se sorprendió de que ese sentimiento lo invadiera al realizar un gesto tan sencillo y comenzó a hablarle como quien conversa en susurros con una persona: “Parece que somos dos los desamparados, pero de ahora en adelante nos haremos compañía”. A partir de ese momento X esperaba con ansias y curiosidad a su compañero de celda, tratando de retenerlo el mayor tiempo posible. “Si alguien me viera conversando con un ratón pensaría que estoy loco. Más aún al ver la inquietud con que lo espero día a día”, pensaba en su soledad. Se dio cuenta entonces del poder que ejerce el vínculo de comunicación de un ser vivo con otro. “Si salgo libre de aquí, lo tendré siempre presente. Es una de las cosas que nunca debo olvidar”, se dijo. El resto del tiempo lo dedicaba a fortalecer su cuerpo con ejercicios físicos en el reducido espacio del cual disponía; también dejaba vagar su pensamiento y trataba de dormir para soñar que estaba libre: hacía un esfuerzo por rememorar los momentos felices de su niñez fijando en su mente el recuerdo de una escena familiar determinada. Concentrándose en ella, cerraba los ojos respirando profundo, hasta caer en un sueño pleno de imágenes sedantes. Éstas, cambiantes en espacio y tiempo, no variaban día a día en el detalle del paisaje, el ambiente sencillo, hogareño, las palabras, los rostros, pero estaban siempre seguidas por el doloroso despertar.
En otros momentos cavilaba acerca de su destino. ¿Cuánto tiempo más lo mantendrían allí? ¿Lo llevarían a una corte marcial o lo ejecutarían sin juicio? Estaban acuartelados cuando lo detuvieron. Su familia supondría que su silencio se debía a los deberes de su ocupación y ni siquiera sospecharían la situación en que ahora se encontraba. La posibilidad de libertad no se cruzaba por su mente. Las Fuerzas Armadas no perdonaban a los que se marcaba como traidores dentro de la institución. Por eso la presencia del oficial lo asaltó. Vendría a anunciarle su destino. Cuando se acercó, X se puso de pie y levantó la mano derecha hasta la sien cumpliendo con el rigor de la disciplina castrense de ejecutar el saludo militar ante un superior.
—Siéntate.
La orden llegó a sus oídos en forma tajante. En seguida obedeció. El otro se mantuvo de pie unos instantes, clavando su mirada en Por, que la sostuvo, buscando su primer contacto humano en esos quince días de aislamiento. Sólo encontró un negro vacío. El oficial se acercó a la silla y se sentó cruzando las piernas apoyando la mano derecha sobre la rodilla. X observaba cada uno de sus movimientos, preguntándose el motivo de la visita. Seguro que venía a comunicarle algo. ¿Lo expulsarían de la institución militar? ¿Lo trasladarían a la cárcel de presos comunes? ¿Lo desterrarían a un lugar apartado del país? La visita de un oficial a un suboficial denotaba que se le informaría algo muy importante; sólo esa certeza tenía.
El hombre fue enseguida al grano:
—Te extrañará mi presencia aquí. Vengo con el encargo de comunicarte algo.
X asintió con un movimiento de cabeza, enfrentando su mirada. Se hizo el silencio por unos segundos. El oficial, arremangándose la manga de su chaqueta para dejar a la vista su reloj pulsera y fijando su vista en la esfera para eludir la mirada de X, prosiguió con calma:
—Son las once de la mañana. Al mediodía deberás enfrentar un pelotón de fusilamiento. Es el precio de aquellos que traicionan a esta ilustre institución. Nada ni nadie podrá dar una contraorden. Es todo lo que tengo que decirte.
Parecía esperar una reacción en X, porque se quedó silencioso y quieto por unos instantes, pero X permaneció impávido. Su corazón latía con fuerza a la vez que su cuerpo quedaba inerme ante las palabras del oficial, pero su mente se resistía a desplegar cualquier gesto de desesperanza. En seguida el visitante se puso de pie agregando:
—Eso es todo —al tiempo que observaba con desprecio a X, esperando de él un movimiento, una palabra cualquiera, de rebeldía o de humildad, quizás de ruego para que le conmutaran la pena, pero X siguió sentado en el suelo de concreto con la vista clavada en la puerta de la celda. “En una hora la cruzaré. Extraño, será como pasar el umbral entre la vida y la muerte, sólo eso me espera más allá de él”, pensó.
Cuando la puerta de la celda se cerró detrás del oficial, X miró hacia el cielo raso y fijó la vista allí. Luego se agarró la cabeza entre las manos mirando el piso. Las patas de la silla vacía frente a él no fueron una invitación a sentarse donde antes el oficial había depositado su trasero. El único pensamiento que cruzó por su mente fue lo irrisorio de la situación. Morir en la primavera de su vida por el capricho de quien lo había decidido así le parecía jocoso y dramático a la vez, una tragicomedia levantada por quienes querían hacer de él un espectáculo ejemplar para el resto de sus compañeros de tropa. Porque ¿quién más se enteraría de las razones de su muerte sino ellos? Su familia seguramente recibiría las condolencias por parte de sus superiores atribuyendo su fallecimiento a un desafortunado accidente cuando cumplía órdenes de la institución. Una hora. En una hora su cuerpo y su mente cesarían de funcionar, quedando sin pensamientos, sin sueños ni esperanza. ¿Por qué? Por diferir con la ideología de la nueva autoridad en el país. Él no había cometido ningún crimen, no tenía las manos ensangrentadas, y sin embargo aquellos que daban la orden de su ejecución las tendrían manchadas con la sangre de un inocente y seguirían existiendo sin tener que pagar por ello. Se preguntaba si aquellos que tomarían parte en el pelotón de fusilamiento justificarían el acto por acatamiento a una orden, pero ¿quién daba esa orden? Si la orden venía de arriba, de la autoridad máxima de gobierno, alguien debía haberla firmado, había un nombre en esa ordenanza, porque se debía dejar constancia escrita para acabar con la vida de un hombre. Quien había sellado su destino era un individuo de carne y hueso, un ser pensante, racional, tal vez con un grado de sentimiento humano hacia sus semejantes. Aceptando esta última suposición, ¿cómo esa persona calmaría su conciencia? Seguramente lo haría recurriendo al sistema, a ese nuevo engranaje levantado con decretos y edictos que desconocían la legalidad establecida por el orden democrático anterior.
Esa tragicomedia la estaba experimentado él y sólo él. Lamentar su propia muerte, lo que dejaría de ser y hacer porque en una hora cesaría de existir, lo conducía a la desesperación. De allí pasaría al pánico y del pánico a resistirse a enfrentar el paredón, lo que los hombres de armas consideran es una cobardía. Tal espectáculo le pareció abominable. No opondría resistencia, saldría al encuentro de su muerte con dignidad y decoro. Comenzó entonces a imaginarse no ese segundo cuando cesaría de latir su corazón por el impacto de las balas, sino lo que habría sido su vida en libertad. Su muerte estaba prevista en una hora y en ese tiempo viviría intensamente lo que el futuro le negaba. Cerró los ojos y soñó con el encanto de este mundo. Su imaginación voló a aquellos lugares que siempre había soñado visitar, desde las pirámides egipcias y ruinas romanas hasta el legado arquitectónico de los incas, mayas y aztecas; llegó hasta los confines del norte y del sur de su país. Tan empeñado estaba en soñar en esa, su hora final.
Tan pronto el oficial abandonó la celda de X, dirigió sus pasos hasta la oficina del comandante del regimiento. Tocó a la puerta, escuchó la orden de entrar, giró la manilla y con cautela se presentó ante su superior. El hombre sentado detrás del escritorio examinaba un documento que tiró a un lado con aire de disgusto.
—¿Todo de acuerdo a lo dispuesto? —preguntó.
—Sí, mi comandante.
—Esto se acaba pronto entonces. El vehículo para transportarlo ¿ya está listo?
—Todo de acuerdo a sus instrucciones, mi comandante.
“Esta es la orden para sacarlo”, dijo, cogiendo nuevamente el papel que recién había tirado, pasándoselo al oficial. Luego dio un fuerte golpe de puño que desbarató el resto de los papeles sobre el escritorio. La ira se expresaba en su rostro contorsionado. Comenzó a pasearse de arriba abajo a grandes trancos en la amplia sala, plantándose de pronto frente a la ventana, con la espalda al cuarto.
El oficial mantuvo el silencio observándolo con aire tranquilo.
De pronto el comandante se dio media vuelta enfrentándolo. Frunciendo el ceño y apretando los puños le dijo:
—Nos vemos obligados a seguir el consejo de los señores economistas, que no se diferencian en nada de los que mi general llama señores políticos. Eso es lo que se logra teniendo mano blanda con estos traidores extremistas. Por ceder a la presión internacional, a los defensores de los malditos derechos humanos y así lograr inversiones en el país para levantar la economía —regañó. Luego con rabia agregó—. Libre, queda libre. Expulsado del país, para desprestigiar al nuevo gobierno en el extranjero.
—Así es, mi comandante, pero al menos le hemos dado una hora de espantoso tormento. Una pena no haber podido prolongar más ese tiempo porque la orden para liberarlo llegó muy tarde —dijo el oficial.
Luego hizo una pausa estudiando de soslayo pero con atención la reacción del comandante, que esbozó una sonrisa, lo que animó al subalterno a agregar su propia invención:
—No dijo nada, pero si sirve de consuelo, le aseguro que la expresión aterrorizada de su cara denotaba haberse tragado el embuste.
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