—¿Cómo es que la gente de aquellas tierras ha amasado tanto dinero? —preguntó el campesino al profesor sin parar de dar vueltas al molinillo de café. La manija hundida en su ancha mano daba cuerda al molinillo como si fuera un reloj. Se trataba de tenerlo todo listo a la hora precisa del servicio de café, pero sin consultar el reloj. La saliva les indicaba cuánto tiempo faltaba para los sorbos.
De los dos hombres presentes, uno llevaba vestimenta citadina y el otro campesina. Moraban en una celda subterránea fingiendo normalidad. La bebida caliente les permitía rescatar los recuerdos de las tardes pasadas bajo la copa de un nogal con sus acostumbradas tazas de café.
Una escalera de palos atados a dos postes subía a la trampa cuyas tablas mojadas les resguardaban de los rigores del invierno. De un lado de la escalera, yacía un catre en el que estaba sentado el campesino de barba canosa. Del otro lado, tendido en su lecho y a medias oculto bajo su periódico, un señor releía por enésima vez las columnas de artículos casi memorizados.
—Oiga, profe, ¿hay probabilidades que las noticias cambien si usted las lee varias veces? —el campesino hizo un nuevo intento de romper la burbuja de silencio en la que se había encerrado su compañero.
—Ojalá las noticias pudieran cambiar, pero, bueno, hay que pasar el rato —el profesor siguió zambullido en su periódico y masculló como para él mismo—. Me dices que no puedo salir por la nieve.
—¡Así es! A menos que quiera dejar sus huellas a la vista de aquellos y terminar clavado a un pino.
El campesino lanzó la mirada hacia la trampa y continuó dando vueltas al molinillo cuyo calor indicaba que el café molido estaba más fino que las cenizas, pero la mano no le concedía tregua. Una giraba y el otro crujía, removiendo la anticipación del goce.
—Usted que es tan educado y ha visto el mundo —el campesino se apuró a cambiar de tema para no escuchar las quejas y los gruñidos de su amigo sobre el uso del exterior para necesidades primarias—, dígame usted, por qué allá no hacen la guerra entre ellos, sino con otros.
—Tal vez porque cuentan con suficiente cordura para saber que ningún lado se rendiría al cabo de un par de maniobras bélicas y, por tanto, no hay necesidad de someter el país a años de asolamiento para llegar a la conclusión de que el esfuerzo ha sido en vano —respondió el profesor con un tono de enojo ocasionado por la cada vez más impostergable necesidad de usar la letrina de la celda.
—Nosotros también lo sabemos, este lugar —y el campesino hizo rebotar su mirada contra los tablones que forraban la celda— lo usó mi abuelo que en paz descanse, y si mi hijo regresa le dará uso algún día.
—¿Sabes? Es una cuestión de perspectiva psicológica —comentó el profesor pausadamente.
—¿De qué?
—Perspectiva psicológica o acaso patológica. Eso quiere decir la manera de sentirse en la sociedad en que vivimos. En aquel país, el poder se concentró en unas pocas personas como solía suceder desde antaño, y estos señores de alcurnia le hicieron el favor a la muchedumbre de convencerlos de que el abanico de posibilidades está desplegado ante sus ojos y al alcance de sus manos —el profesor dobló el periódico con lentitud, lo puso sobre la cobija y concluyó—. Los poderosos establecieron un documento de bienestar nacional y proclamaron la nación libre y progresista.
—¿Y lo son?
—Sí, claro, unos más que otros. A todos se les da la oportunidad de enriquecerse, aunque la mayoría se acostumbrará a ver el refrigerador vacío en el transcurso de la última semana del mes. En cambio, de la posibilidad nace la esperanza que vigoriza su ímpetu y hace girar sus molinos a todo dar. Sienten que todos juntos representan algo glorioso que heredaron de sus antepasados. El espíritu de la fuerza colectiva, que manejan unos pocos, los enorgullece y mantiene siguiendo las directrices prescritas en su proclamación de bienestar nacional que, por cierto, nunca han leído. Y si la hubieran leído, no la hubieran entendido, pero, eso es lo de menos. Siguen sus mandatos principales que otros les hicieron el favor de interpretar: trabajar y soñar. A ellos no se les ocurre —el profesor enfatizó la negación con la severidad de su ceño— soñar con la aniquilación del prójimo. Además, ¿por qué lo harían si las masas pueden ser promotoras de sus ganancias y su bienestar por excelencia? La explotación es legítima y la aniquilación prohibida, salvo algunas excepciones que fueron aprobadas por la proclamación de bienestar o pasan por debajo del radar. La proclamación asegura el bienestar popular.
El campesino quedó pensativo acicalando su barba. De improviso, asió el tubo del molinillo con ambas manos y efectuó un par de movimientos giratorios en sentidos contrarios. Lo abrió con cautela, echó un vistazo en el depósito y destacó una expresión de satisfacción sin ver nada en su oscuridad.
—¿Por qué nosotros no pudimos escribir una proclamación de bienestar?
El profesor rio. La mirada del campesino lo abofeteó y el intelectual retomó la elaboración con su habitual tono de solemnidad.
—Mira, no es tan sencillo —la complejidad del asunto dio un aspecto agrio al rostro del profesor—. Hay que ser convincente para que las masas sigan partiéndose el lomo, día tras día, año tras año, generación tras generación para la clase dominante. Pueden quejarse a su gusto, siempre y cuando no amenacen con menguar la productividad, pero tienen que trabajar sin levantar la cabeza, sin vacaciones y sin posibilidad de perdón en caso de fallar. Arre y arre...
—¿Por qué no lo hacen nuestros holgazanes? Incluso se burlan de la gente de campo cuando pedimos que nos muestren algún producto de la tienda. Nos echan en cara que esas cosas no fueron hechas para nosotros.
—Porque no tienen miedo de la patada del jefe. En aquellas tierras, los vagabundos o los sin domicilio fijo, como se les llama de manera educada por allá, tienen una función clave en su sistema de alta productividad. Tirados en parques y banquetas, cubiertos con periódicos para no congelarse y con un ojo descubierto para vigilar el entorno, sirven de recordatorio matutino para los empleados que pasan de largo y los barren con sus miradas. Así, las masas se concientizan de que, si no conservan sus empleos, terminarán peleándose con estos pobres diablos por el aire caliente que surge por las rejas de las banquetas. Pero, ojo, todas las banquetas no cuentan con las salidas de estos conductos de bienestar que provienen de cocinas, calderas y qué sé yo. No, señor, hay que luchar con saña para ganar y luego conservar un lugar de estos. La lucha alrededor de los rascacielos es tan inmisericorde como en su interior, los dos mundos se complementan y nutren uno al otro. Se perpetúan en una simbiosis perfecta.
—¡Espere! Espere, profe. Despacio, por favor. Entonces, ¿esos vagabundos son buenos para tu país? —el campesino interrumpió la preparación del café para fijar su atención en el severo rostro del profesor.
—Claro que sí, del roce con estos vagabundos agarrotados por el frío y embarrados por la miseria —prosiguió el profesor— nace la motivación por el trabajo sin tregua y el sometimiento a las exigencias del jefe. Así, tirados en el suelo, a la vista de todos, sirven de recordatorio de que sólo existen dos castas. En las banquetas yacen los perdedores, mientras los ganadores con sus narices levantadas suben a sus oficinas en rascacielos. Los desperdicios sociales quedan desparramados por las banquetas y parques como cáscaras de papas que esperan que el camión de basura las recoja. Mientras tanto, los exitosos les echan de vez en cuando una moneda de conmiseración. En una ocasión, vi a una señora de altos tacones agacharse para dar un billete a un viejo tirado en el suelo. Éste batalló tanto con el brazo y los dedos que casi el viento se llevó el billete. Permaneció mudo, pero sus ojos brillaron de agradecimiento.
—Vaya, profesor —el campesino redirigió la mirada al molinillo—, nosotros les podemos exportar un montón de esos andrajosos. Por acá hay cada vez más de esos, pero no veo que sirvan para algo. Acaso te aligeran la billetera, si te descuidas —y el campesino dio una palmada a su bolsillo.
—No, sus políticos no necesitan a nuestros aligeradores de bolsillos —la mano del profesor abanicó como si quisiera deshacerse de algún pensamiento u olor desagradable—. Ellos mismos se encargaron del aligeramiento. Te lo he dicho, la esperanza y la motivación van de la mano. Nada consolida mejor el sistema que la esperanza de la mejora a través de las elecciones libres —y el profesor añadió en voz apenas audible— y tantito opacas. Es el mejor camino para el aligeramiento del despecho colectivo. Además, de esa manera todos comparten la culpa por las goteras de las arcas públicas. Buenos, todos y nadie, según el parecer.
—¿Y según su parecer, si votamos, como me lo contaba hasta el cansancio mi hijo, todos quedan felices y coleando? Pero lo que él no sabe y usted tampoco, a pesar de sus universidades, es que así, con manos a la obra de tantos políticos, aligeran demasiado las arcas y nos quedamos pelones como sus vagabundos de rascacielos.
El campesino aseguró el molinillo entre sus muslos y alzó las palmas al aire para rogar a Dios que se interponga entre él y una filosofía tan dañina.
El profesor rio a carcajadas. Justo en el momento en que la risa llegaba a la cúspide de su sabor, el campesino lo calló y apuntó a la trampa de la celda. El profesor apretó los labios, aguzó el oído y se volvió pálido por falta de aire. Discernieron algo parecido a unos ladridos barridos por el viento que se ensañaba contra las copas de los árboles. Poco a poco, el silencio habitual iba apaciguando el tamborileo de sus pechos y los hombres retomaron el hilo de la conversación.
—Con las elecciones realizadas mal que bien —retomó en voz baja el profesor—, la gente se dice, este va a durar tanto y al fin y al cabo lo sacaremos a patadas. Fíjate bien, parlotearán entre ellos en búsqueda del menos peor entre los peores —y el profesor sonrió disfrutando su reciente adopción del lenguaje popular—. Así, la gente se aligera el alma y la esperanza de la mejora oxigena su entusiasmo.
—Qué entusiasmo ni qué nada —replicó el campesino levantando la voz—. Hablas como mi hijo. ¿Qué entusiasmo? Si no hay comida, ¿cómo vamos a trabajar con los bolsillos aligerados y las panzas vacías?
El campesino se levantó para hervir el agua en una hornilla montada sobre un tanque de gas. Se dio cuenta de que no había agua en la olla, subió por la escalera, levantó la trampa y recogió la nieve con una jarra. Hablando a él mismo, el campesino prosiguió bajando la escalera:
—Mi hijo piensa que todos debemos entregar lo poco de dinero que tenemos al banco para recoger intereses y dizque ayudar a la economía del país —se volteó hacia el profesor—. ¿Usted también piensa lo mismo? —éste arrugó el ceño y negó con la cabeza—. Claro que no —lo secundó el campesino—. Mira lo que pasó ahora, antes del bombardeo, cerraron los bancos y pusieron en las puertas una nota de suspensión sin fecha de regreso. Aligeraron el país y se pelaron. Imagínate si yo hubiera entregado lo poco que tengo a esos aligeradores. Aquí hubiera quedado tieso y refrigerado, sin pan ni café.
El profesor se esforzó por retener la risa ante la incuestionable lógica de sobrevivencia y el esfuerzo despertó la necesidad de aligerar sus tripas. Al instante, su expresión mudó de lo cómico a lo alarmante.
—Pero, ¿sabes que hay países donde el gobierno entra en juego inmediatamente cuando se... aligeran los bancos? —inquirió el profesor tratando de distraer el aviso de sus tripas.
—¿Arrestan y castigan a los aligeradores?
—No —replicó el profesor con casualidad—. De ninguna manera, simplemente reponen el dinero faltante y el espectáculo continúa.
—¿Cómo? ¿No castigan a los aligeradores?
—No —esta vez, el profesor respondió con gravedad a las alarmantes preguntas—. Como te lo decía, el gobierno repone el dinero y lo llama un acto de compensación en aras del bienestar nacional.
Con ojos azorados ante tales novedades, el campesino se levantó del taburete para echar un vistazo a su compañero de madriguera y asegurarse de que éste hablara con la seriedad de un hombre con educación. Sintió el calor de la hornilla que caló su pantalón de lana y retomó el asiento.
—¿Pero, te das cuenta lo que eso significaría por acá? —preguntó el campesino soltando la lengua—. Todos buscarían ser banqueros para recibir su tajada del bienestar nacional. Antes de que lo repongan, lo repuesto desaparecería. Hasta los reponedores se transformarían en aligeradores.
—Bueno, eso pasa por donde quiera —y el profesor inhaló profundamente para darse tiempo de reflexionar—. Es el instinto natural del hombre, lo explicaron diversos filósofos y psicólogos, pero hay que ser moderado. Además, el gobierno salva sólo a algunos de los bancos más poderosos. No es tan sencillo gozar del bienestar nacional.
—¿Qué hace el gobierno con el más gordo aligerador? ¿Lo persigue, le retuerce el pescuezo para exprimirle...?
—No —replicó el profesor con fastidio—. Al principal aligerador, el presidente o el rey le otorga un puesto del mero mero en su sistema financiero para que maneje las arcas nacionales.
—Eso no puede ser. No me importa cómo llaman esa modernidad. Mejor no le hables a la gente de aquí sobre eso o estaremos peor de lo que ya padecemos.
En la penumbra de la celda, el campesino bajó la cabeza para averiguar sobre el estado del agua, que no soltaba burbujas. Hasta el agua quiere quedarse con todas sus burbujas, pensó el campesino, codicia universal, diría mi amigo el profe.
—Pero, ha de saber que allá —insistió el profesor—, nunca se dio algo parecido a esta guerra. Los dos meros, meros, se hubieran reunido, discutido, compartido la pesada tarea del aligeramiento y la protección de los intereses nacionales. Así, todos resultaríamos libres de esta pesadilla que está a punto de reventar mis tripas.
Tus tripas se pueden rellenar, pero las arcas no, pensó el campesino. La gente de la ciudad no aguanta nada. Para prevenir la desviación de la conversación hacia las tripas podridas del profe, el campesino asumió la tarea de encaminar su conversatorio hacia temas de importancia trascendental, como los llaman los periódicos.
—Bueno. ¿Y tu rey o el presidente no recibe su participación, por lo menos tantito, durante el rellenar de las arcas?
—¿Cómo no, compadre? No es posible mandar en un país sin haber adoptado los principios fundamentales de sus fundadores que se transmitieron de generación en generación. Hay que fundamentarse en la base cultural que constituye la identidad nacional. El pueblo tiene que identificarse con su representante supremo, es un mandamiento constitutivo, pero no impreso, de la nación. Se trata de un provecho que inspira y enorgullece a ambos lados. El orgullo de tener a un macho aligerador por excelencia sirve de paliativo al pueblo aligerado.
—Espere, espere, profe —se precipitó el campesino a detener el palabreo del profesor, que agarraba más vuelo a cada vuelta de palabra—. Me acuerdo de que en una ocasión usted me platicó que sus constituciones no permitían aligeramientos.
—Sí, pero al líder supremo le toca, por su derecho popular más que el jurídico, una rebanada del pastel. Si él queda hambriento y descobijado, el pueblo resultaría famélico y congelado. Es un tipo de acompañamiento a través de los campos elíseos, compadre. Si el presidente asciende a las alturas inalcanzables en la imaginación de un pobretón, éste alzará su mirada a lo alto y los fulgores del trono lo llenarán de satisfacción. Este pobretón y su gente se regocijarán en la gloria de sus mandatarios como si ellos mismos hubieran medrado.
—Profesor, yo creo que usted se está burlando de mí —y le lanzó una mirada torva.
—¡De ningún modo! —el profesor se apuró a rechazar la acusación para sortear cualquier malentendido con este representante del conservadurismo campesino.
—¿De veras? —la cabeza inclinada y los ojos ensangrentados suscitaron dudas sobre su estado mental y su disposición.
—Mira —el profesor inició su justificación con lentitud—. ¿Quién quiere a un perdedor en el puesto del presidente, semejante a esos vagabundos piojosos, tirados en las banquetas como envolturas de hamburguesas? Nadie. Además, hay que lucirse para prevenir que los enemigos arremetan contra uno y esos malditos zopilotes nunca faltan. Nada más te caen de picada y ya te valió. Un rey ha tenido que aplacar a sus hermanos y tíos con espada y artimaña para henchirse en su trono. Entretanto, el presidente no tuvo una noche tranquila en su vida, continuó luchando en sus pesadillas contra sus copartidarios ambiciosos y los adversarios ponzoñosos. Figúrate que desde su más temprana infancia —el profe extendió su mano hacia el campesino como si quisiera entregarle en la palma de la mano su sabiduría—, el príncipe heredero tuvo que empapar sus pijamas de sudor y cualquier otro humor mientras soñaba con su hermanito que le rebanaba las tripas con la espada del abuelo. Bueno, no fue tan inútil, tal vez las pesadillas le sirvieron de preámbulo para la escuela militar y lo conminaron a madrugarle al hermanito en la vida real.
El campesino colocó la jarra con café sobre una caja de madera que acomodó con el pie entre dos catres. El profesor se apuró a poner una taza enfrente de cada hombre y el campesino las llenó a tres cuartos. Con una expresión de solemnidad propia del anfitrión, el campesino abrió una caja de cartón y el profesor extrajo un cubito de azúcar con dos dedos y lo soltó en el café con un agradecimiento. Al hundirse en el café, el azúcar hizo ondas circulares que iban y venían bajo la mirada del profesor. Fue un momento de ausencia, todos los pensamientos que anidaban en la mente del profe se habían hundido en la oscuridad del café.
El aroma impregnó el aire, hizo agua la boca de los hombres, sacó brillo a sus ojos y purgó la celda de olores indeseables. Lo amargo y lo dulce confluyeron en la fragancia del café.
El profesor solía decir: “En este mundo no hay mejor café que este”, pero en esta ocasión se le fue la oportunidad de reconfirmar lo consabido. Y para no perder la buena costumbre, su compañero se lo recordó.
—¿Qué tal el café, profesor?
—No hay mejor café en el mundo.
Levantaron sus tazas con lentitud y los sorbos succionaron sus mejillas. El ojo izquierdo y el derecho se aproximaron uno al otro para vigilar el flujo del café mientras la lengua iba canalizándolo con codicia hacia el declive.
—¿Qué hora será? —preguntó el campesino.
El profesor deslizó el puño de su camisa, que mudó su blancura por un color incierto. Al descubrir su carátula brillante, sin querer, el profesor inclinó el reloj hacia el campesino, quien lo observaba de reojo. El cristal reflejó la luz del quinqué que hirió el ojo del campesino y casi lo sacó de su órbita. El destello endulzó el momento y se confundió con el aroma del café.
—¿Te gusta mi reloj, compadre? —preguntó el profesor.
—¿Cómo no? Nunca he visto algo tan... brilloso. Le pediré a mi hijo que me traiga uno cuando se termine esta catástrofe.
—Te lo regalo —el profesor desabrochó el brazalete y dejó el reloj colgando de sus dedos en la luz del quinqué. El campesino se levantó y quedó con las piernas dobladas a medias, la mirada fija en el reloj—. Tómalo, es tuyo.
La callosa mano del campesino envolvió el reloj con cuidado y lo acercó a su cara. El profesor pensó, se parece a un niño con su juguete de Navidad. Haciendo caso omiso de la postura del campesino que ponía en peligro la estabilidad de la mesa con sus rodillas, el profesor levantó su taza, tomó un sorbo y siguió con los ojos cerrados el deslizamiento del oro negro.
—¿Sabes cómo darle cuerda? —preguntó el profesor tras una pausa.
—No, no. La última vez que lo hice se le cayó esa cosita, el caracolito. Así, nomás.
Los sorbos del profesor iban espaciándose cada vez más para prolongar el goce. Además, disfrutaba la nueva sensación de su muñeca aligerada del reloj. Se sintió liberado del tiempo encerrado entre cuatro paredes forradas de tablas y se acordó de los tiempos cuando recorría esta parte del bosque, un poco más arriba, por donde pasa el sendero que lleva al manantial. Su perro corría entre los árboles y meneaba la cola. Ladraba a las ardillas que se inmovilizaban abrazando los troncos de pinos.
Las horas se escurrían más lentamente que el café. Uno que otro comentario llegaba al oído del profesor junto con los sonidos del pasado. Se acostó sobre su catre y esperó que el campesino apagara el quinqué.
—¿Puedo apagar, profesor, o va a ver si hay noticias en el periódico?
—Dejémoslo así por el día de hoy, mañana veremos qué hay de nuevo en la primera plana.
—Muy bien, y yo veré si le puedo regalar algo bonito y útil como un reloj.
A los moradores de no man’s land
De la colección Cuentos y mentiras
- Lau-Ri - martes 28 de abril de 2026
- En la madriguera - domingo 15 de marzo de 2026


