
Una de las acepciones, según la RAE, de la palabra ensalada, es: “Mezcla confusa de cosas sin conexión (sinónimo de revoltijo, mezcolanza, batiburrillo o popurrí)”. Escribiré algo parecido a una ensalada.
Cuando comencé a interesarme la pintura un dibujo llamó mi intención: el rinoceronte de Alberto Durero. No es un dibujo, sino un grabado xilográfico, que consiste en tallar con un buril una plancha de madera. Dicha plancha, denominada matriz (o taco), se entinta y se presiona contra un soporte de papel.
Estoy seguro de que no es un rinoceronte. Es más bien una metáfora visual del animal. Durero jamás vio un rinoceronte y realizó la imagen empleando la descripción escrita que pergeñó un artista desconocido y quien a su vez basó su relato en la descripción sobre un rinoceronte que fue un obsequio de un ejemplar vivo que le hizo Manuel I, rey de Portugal, a finales del año 1515, al papa León X, pero el dichoso animal murió al naufragar el barco que le transportaba bastante cerca de la costa de Italia en el año 1516. El escritor Lawrence Norfolk novela en El rinoceronte del Papa esta peculiar travesía a la búsqueda de un animal que fue un epicentro de intrigas palaciegas entre reyes, cardenales, consejeros y mercenarios navegantes; un animal exótico y de maravillas para complacer los delirantes requerimientos del poder.
A Franz Kafka, a quien le gustaba dibujar, le impresionó por su parte una pintura del jurista Jean Huber, quien se hizo popular por retratar (e incluso caricaturizar) a su amigo Voltaire. Reiner Stach escribe: “Kafka se quedó plantado frente a un viejo grabado que mostraba un episodio de la vida de Voltaire; no podía apartarse de aquella escena, y más tarde volvió a hablar de ella a menudo: se ve a Voltaire, que acaba de salir de la cama y todavía va tocado con el gorro de dormir, extender una mano para dar una orden mientras con la otra sujeta los pantalones que se está poniendo, y con los ojos brillantes dicta algo a su sirviente, sentado en una mesita situada a un lado”. Stach alega que la fascinación de esa viñeta sobre la vida de Voltaire por parte de Kafka residía (quizá) en esa vitalidad que mostraba a un hombre excepcional, apurado ante la atropellada ebullición de las ideas, que le asaltaban en el entresueño del despertar.

Trabajé en muchos oficios. Fui vendedor de gallinas en el mercado periférico, listero en una constructora de puentes elevados, dependiente de una tienda de electrodomésticos cuyo dueño era un árabe. De todos esos trabajos, el más raro fue escribir las galletas de la suerte de un restaurante chino (El Palacio de Oro), en una de las calles aledañas en la avenida Bolívar Norte. De mis días en la tienda del turco conocí a una amiga mexicana que trabajaba con los chinos y como sabía que me gustaba escribir me obsequió un libro (Sumario de la natural historia de las Indias, de Gonzalo Fernández de Oviedo y Valdés). Mis textos para las galletas eran un poco así: “Un hombre sabio brilla incluso a la luz del día”, “Soñar es tan útil como estar despierto”, “Si sigues el camino de tu corazón, jamás te perderás”, “Las nubes parecen de algodón. Es bueno distinguir los bodes de la apariencia”. Me pagaban cinco bolívares por frase.
El libro de Oviedo y Valdés me sirvió para interesarme por la crónica como género. Y la crónica desde mi perspectiva no era otra cosa que una imagen escrita de un hecho determinado, y recordé el rinoceronte de Durero. Andando como transeúnte distraído por la Web encontré una crónica escrita por Sergio Dahbar, “Fausto Masó: Al maestro con cariño”, en la que hace un boceto fluido de un escritor que por muchos años parecía dibujado en algún café de Sabana Grande. Como ex militante de la Causa R de Alfredo Maneiro enseguida me enganché con la crónica: “Conocí a Fausto Masó a finales de los años setenta, en unos bancos que se encontraban al frente de la Escuela de Comunicación Social, en la Universidad Central de Venezuela. Allí esperaba que apareciera su amigo Alfredo Maneiro, profesor de ‘Problemas filosóficos contemporáneos’ en las aulas de Periodismo (yo era uno de sus alumnos)”.
En la crónica Dahbar va desgranando fragmentos de algunas etapas de Fausto Masó. Avivó mi curiosidad el encuentro de Masó con Guillermo Cabrera Infante: “Era una mañana luminosa, absolutamente caribeña. El autor de Tres tristes tigres vestía un pantalón gris, una chaqueta cruzada azul de paño ligero, corbata y zapatos oscuros. Y estaba parado como quien espera el paso de un transporte público. Desde la esquina de la calle Real de Sabana Grande, en diagonal al café Piccolo, comenzó a bajar Fausto Masó a pie, mientras aplaudía con fuerza. Festejaba a su amigo. Se reencontraban finalmente lejos de la noche habanera”. Al parecer hubo un almuerzo de dicho reencuentro y la crónica la escribió Rodolfo H. Terragno, “La literatura latinoamericana es una ensalada de frutas’’. Anota Dahbar que la crónica era irónica y a ninguno de los contertulios, presentes y nombrados, le dejaban hueso sano. Fausto Masó respondió a la crónica. Y todo esto me llevo a leer las dos crónicas.
Las conseguí en un libro editado por Dahbar, con curaduría de Pedro Llorens y prólogo de Francisco Suniaga: 70 años de crónicas en Venezuela. La crónica de Terragno era una observación puntillosa por un almuerzo con pabellón y mucho cotilleo mundano de escritores. Una crónica que eleva el chisme a divertimento periodístico. La respuesta de Fausto Masó, “La ensalada de Rodolfo Terragno”, es toda una cátedra de la crónica como arma filosa, como exquisita literatura que a la hora de las estocadas no se anda con la superficialidad del chisme de sobremesa: “Si Caracas fuera Weimar, Rodolfo Terragno —nuevo Goethe— haría bien en indignarse ante la banalidad de una conversación, y enojarse porque Cabrera Infante no sea la conciencia de su época e ignore la batalla de Valmy. Pero si Caracas es Caracas, hay que preferir ese estilo banal a la indignación periodística de Rodolfo Terragno”.
En ocasiones imagino libros inexistentes. Un libro cuyas páginas sean sobres para cartas. Dentro de cada sobre un cuento o el capítulo completo de una novela. Una novela escrita al revés y que pueda leerse sólo si el lector se ubica frente a un espejo. La novela comienza por el final y termina por el principio. Un libro de cuentos con páginas en blanco para que el lector escriba las partes faltantes. Una novela en la cual los distintos personajes cuentan las intimidades del autor al tiempo que la novela va desarrollándose. Una novela con páginas repetidas con mínimas correcciones. Una novela que es dos novelas en una. En la primera los personajes se dejan llevar por un narrador omnisciente, en la segunda los personajes narran la misma novela de otra manera.
Hay una anécdota de George Bernard Shaw. El autor de Pigmalión salió de viaje a otra ciudad por sus compromisos literarios, pero durante su viaje el tren se accidentó y se percató tarde de que había olvidado la maleta en la que llevaba sus libros para leer. Tuvo que esperar en un pueblo intermedio, y en el hotel donde se hospedó pidió la guía de teléfonos. Cuando el dependiente del hotel le preguntó si le había sido útil la guía, el escritor contestó de muy buen tono: “Oh, claro que sí, la leí tres veces; lo único lamentable es que el pueblo tenga tan pocos habitantes”. Shaw hubiese sido (sin duda) un gran lector de libros inexistentes.
Mi mamá, cuando las nubes se iban amontonando con malas intenciones y el firme propósito de lluvia para estropear un cumpleaños en el patio, o impedir una salida planificada con antelación, me llamaba y me daba instrucciones: “Tráeme dos cuchillos de la cocina”. Se los entregaba y ella, muy ritualista, murmuraba algo y ponía en cruz los cuchillos en mitad del patio. Por algún extraño sortilegio el cielo se despejaba y el sol volvía a brillar con toda la luminosidad requerida. Cada familia guarda de sus abuelas y madres algún exorcismo práctico y cotidiano para conjurar esas extrañas fuerzas que nos dominan sin que seamos capaces de percibirlo.
Trabajé en un periódico encargado de la página cultural y, cuando la astróloga encargada de redactar el horóscopo renunció, recordé lo de los cuchillos y me ofrecí para escribirlo. Ante el apuro y la duda, el director aceptó. Investigando en varios libros de astrología hice la tarea. Al director le comentaban sobre lo atinado del horóscopo e incluso algunos lectores se acercaron para felicitar al director. Después me encargaron de hacer un garabato donde escondía los números ganadores de la lotería. La venta del periódico se disparó.
La película de Federico Fellini La nave va narra la despedida final de una diva de la ópera, llamada Edmea Tetua, que ha muerto. En el trasatlántico van sus amigos y amigas del bel canto y otros melómanos no menos extravagantes. El propósito de la travesía es arrojar las cenizas al mar en una isla donde nació la diva. En la superficie todo es brillante como los egos de los distintas cantantes que acompaña a la diva. En las entrañas viaja la pestilencia que toma cuerpo de rinoceronte. La película es también un dejar al descubierto todo ese aparataje del cine, dejar al desnudo tan insólita y engañosa escenografía como esa escena final del rinoceronte en el bote salvavidas luego que el trasatlántico se ha ido a pique.
La lectura es en ocasiones un puente hacia la escritura. Algunos lo cruzan con talento o genio y otros hacen lo que pueden. Yo hago lo que quiero. Para mí el ensayo es un género que ha sufrido su desgaste respectivo y por eso hay que dejarlo que otros géneros lo permeen y viceversa. Que el ensayo cabalgue en el cuento, en lo poético, en la crónica; que se quite el antifaz académico y se sitúe en ese borde donde la literatura se convierta en un pulpo de muchas posibilidades como tentáculos y que aferre en sus ventosas el arte de escribir donde el riesgo se encuentre a la orden del día.
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