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Estelas de gracias

jueves 5 de noviembre de 2026
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Su mirada perdida está fija en la despensa: cuatro huevos y una harina de maíz; de pronto, el llamado de su hija menor lo saca de sus cavilaciones. Se dirige a la sala con su teatral sonrisa; no puede demostrarles a sus pequeños las angustias que lo oprimen. El mayor está inmerso en el televisor. Se sienta en medio de sus dos niños. Sólo son los tres, hace dos años y medio la madre de sus hijos los abandonó y él ha tenido que convertirse en madre y perfeccionar el rol de padre. Los atrae hacia sí y se convierten en un solo cuerpo. El mueble comienza a balancearse, primero levemente, luego con violencia. La niña grita y el niño queda paralizado de terror. Los levanta a los dos y corre hacia la puerta, pone al varón un momento en el piso, abre rápido y vuelve a cargarlo. Corre escalera abajo: son dos pisos gelatinosos que debe bajar con los niños a cuestas. Lo logra, y se resguardan con los vecinos.

Es un terremoto. Los vecinos gritan. La tierra está nuevamente en calma, pero los cuerpos no. Los celulares comienzan a recibir mensajes.

Se habla de distintos grados de magnitud. Lo cierto es que fue fuerte y largo. Está aterrado, sabe que los sismos tienen duración aproximada de entre diez y treinta segundos, pero está seguro de que este superó el minuto.

Dos horas después, se pone el raído uniforme, deja a sus hijos con su tía y se va a la sede del cuerpo de bomberos.

La zona más afectada es la del litoral, deben ir hasta allá.

Bajan quince compañeros en un jeep chasis largo que los ahúma a medida que avanzan. Llegando al destino, ven cómo las casas y ranchos en los cerros se mantienen erguidos. “Siempre dijeron que los cerros se caerían con un terremoto... y ahí están”, dice uno. “Ahí están los mejores constructores del país”. Es la respuesta de otro. Él no dice nada; quizá sigue pensando en lo que a él y a sus hijos les ocurrió hace dos años y medio.

El jeep se detiene, el motor ronca y el tubo de escape expulsa humo negro. Se bajan los uniformados. No pasan treinta segundos cuando una camioneta de alta cilindrada y del año se detiene. “Panas, qué pasó”, les dijo con la confianza propia del gentilicio. “Nada, que este cacharro no puede más”, le responde el chofer. Saca un cincho y los arrastra hasta el sitio a donde quieren llegar. Al llegar, el escenario hace que salte más de una lágrima. No hay tiempo de dar las gracias: la camioneta no está.

Destrucción, llanto, rabia y mucho polvo los recibe. “Qué coño pasó aquí”, dice el de mayor rango, y la respuesta del más jocoso de todos los frena en seco: “Esto es el infierno”. Y rompe a llorar.

Él sigue ido, pero el llanto de su compañero lo hace reaccionar y entender que lo que él vive no es nada comparado con esto. Siente vergüenza por su actitud de los últimos dos años. Toma la iniciativa: “Vamos a salvar a la gente”, grita con la determinación que los últimos años le había sido esquiva. Con uñas y manos comienzan a remover escombros. Vidas, vidas salvadas. Pero más vidas, más vidas perdidas. Al ver uno de los cuerpos, se paralizan: es el de la camioneta. Les sonríe y dice con voz amortiguada: “Qué bueno que tenía el cincho, ¿verdad, panas?”. Y sus ojos pierden el brillo.

Estelas luminosas se elevan al cielo. El muchacho de la camioneta de alta cilindrada le da las gracias en nombre de todos... luego se va difuminando hasta convertirse en estela.

Leonardo Regnault
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