Puedo afirmarlo con total seguridad, pero no crea que se trata de una certeza íntima. Es una realidad objetiva. Lo sé porque lo vi. Varias veces lo vi.
Me sigue un fantasma. Más que seguirme me rodea. Y vea que con mi tamaño rodearme no es tan fácil. Algunas veces se me adelanta, otras camina al costado. Me mira. Siempre me mira.
Entiendo que usted podría pensar que, si lo percibí a través de mis sentidos, no es un fantasma sino un señor. O una señora. O algún miembro del colectivo LGTB.
El tema es que yo camino por la calle, busco el auto o vuelvo del bar, y de repente siento una presencia cerca de mí. Me detengo, giro la cabeza y por una nanomicronésima de segundo veo una figura. Cuando fijo la vista desaparece. La imagen visual desaparece; la sensación de compañía, en cambio, permanece largo rato.
No siempre que vuelvo del bar camino erguido y con paso seguro. A veces, tengo la lengua más trabada que cerradura oxidada. Como además no creo en fantasmas ni tampoco en brujas, las primeras veces que percibí la presencia no le di mayor importancia.
Tampoco me preocupo si tengo un chucho de frío y esta sensación de la que le hablo no es igual a un chucho pero tampoco es totalmente diferente. Cuesta definirlo. Lo más parecido sería eso que obliga a mirar a nuestra espalda y ahí descubrimos a alguien que tiene su vista clavada en nosotros.
¿Nunca le pasó?
Como le decía, las primeras veces no me inquieté. Después de la décima, creo, empecé a preguntarme quién o qué podría ser esa presencia. Después de la vigésima, la pregunta era ¿qué quería?
El primer nombre que se me cruzó, no me pregunte por qué, fue Rodríguez, mi compañero de secundaria en el Roca.
Me acuerdo del primer día de clase. Qué momento difícil. Nadie se conoce, todos están asustados, pero disimulan. En ese entonces comenzábamos el día con una formación en el patio. No sé bien cómo, en el momento en que entramos en el aula quedé sentado al lado de Rodríguez. De a poco empezamos a conversar, en parte porque los dos estábamos rodeados de desconocidos. En realidad, el que más hablaba era yo. Si le soy sincero, me gustaba charlar con él. Tenía esa cualidad que poca gente tiene, sabía escuchar, le daba lugar al otro para que desarrollara sus ideas. No era de los que esperan ansiosos un pequeño silencio para arrancar con sus propios asuntos.
También pasábamos juntos los recreos. El tercero era el más largo, el que aprovechábamos todos para correr al kiosco o sacar del portafolios lo que habíamos traído de casa. Al principio yo me contenía, comía un sándwich y tomaba un café con leche. No quería revivir los apodos que me habían puesto en la primaria por esa ansiedad que siempre me obligó a comer mucho y rápido, y por las consecuencias que esa costumbre tuvo en mi físico y mi vida social. Después tomé confianza, y además del sándwich me zampaba uno o dos alfajores. Nunca pareció molestarse porque le hablara con la boca llena o convirtiera nuestros bancos en un reservorio de migas pegajosas.
Yo me olvidaba de mi gordura porque él no la notaba.
La cosa cambió cuando pasamos a segundo. Fue Toni Beluaga, un repetidor que entró ese año, el que comenzó a burlarse de Rodríguez. De sus modales educados, los útiles prolijos, las respuestas a los profesores siempre acertadas. Con excepción del profe de gimnasia, Rodríguez era flaco y torpe, todos los otros lo adoraban. Siempre fue el primer promedio.
Se lo cuento ahora y me parece estar viéndolo a Beluaga. Sonreía de costado, con malicia, y con cualquier excusa sacudía la cabeza y el flequillo lacio y negro volaba. Los ojos le brillaban cuando se le ocurría un nuevo comentario, irónico, humillante. Era bueno jugando al fútbol, pero a pesar de su destreza no podía dejar de ser agresivo y buscaba siempre la manera de que el contrario saliera lastimado. Un tipo rudo con la lengua afilada con quien nadie quería pelearse.
Ponérselo en contra era quedarse solo. Por eso a Rodríguez no lo defendí nunca, y menos cuando se lo etiquetó como maricón. Usted sabe, de ese lugar, en un grupo de adolescentes varones, no se vuelve jamás. Además, los gordos, vaya a saber por qué, somos los candidatos más firmes para ocupar ese lugar.
Beluaga empezó, sí, pero todos los demás lo seguimos y le hicimos a Rodríguez la vida imposible. Yo me cambié de banco y literalmente lo dejé solo. La mañana en que entré al aula y apoyé las cosas en una mesa alejada de la suya, no dijo nada.
Me miró como me miraba siempre, respetuoso, atento, relajado. Como si entendiera mejor que yo los motivos de mi huida.
Nunca se defendió de las barbaridades que le decían, así que más o menos a mitad de cuarto año burlarse ya había perdido la gracia. Ultich, recién entrado en la división, ocupó su lugar. Por lenteja, narigón y tartamudo.
De todas maneras, el mal estaba hecho. Rodríguez siguió solo hasta el último día. Compartió banco con Ultich, pero eran muy diferentes como para hacerse amigos.
Yo me lo crucé unos veinte años después de que terminamos el colegio. No me acuerdo por qué esa tarde tuve que viajar al centro. Él, creo, había estado en una marcha. Nos reconocimos al mismo tiempo. Estaba con una mujer, alta, ojos claros, bien empilchada y un pibe de unos cinco años. Fue una encerrona del destino, de esas situaciones que no tienen escapatoria. Nos dimos las típicas palmadas en la espalda y yo acaricié torpe la cabeza rubia del pibe. Cuando le tendí la mano a la mujer, mientras él le hablaba en un idioma que no entendí, ella me miró y yo inmediatamente me sentí como si fuera un mapa al que habían doblado en el sentido contrario a sus pliegues.
Hice un esfuerzo muy grande para no salir corriendo. Quedé aturdido, me llegaron como de lejos algunas frases, Ingeniero químico, Conicet, visita al país para ver a sus padres. Vivía en Suecia.
Cuando preguntó por mi vida, contesté que bien, muy bien gracias a Dios.
Finalmente murmuré no sé qué excusa y pude escaparme.
El encuentro me dejó con una sensación fea. Le confieso que me cuesta entender que haya personas tan rencorosas, incapaces de superar pavadas adolescentes. Claro que suecos y latinos somos muy diferentes. Es otra cultura y se nota. Allá son fríos, por algo se suicidan a cada rato.
Como le decía, el fantasma no es siempre el mismo. A veces me parece que esa presencia que me rodea es una mujer.
Tuve una historia con Laura cuando apenas había cumplido los veinticinco años. Ella estaba más cerca de los treinta.
La conocí en el club. Yo me había hecho socio para practicar taekwondo. Tenía la fantasía de que saber defenderme, y en algunos casos atacar, me iba a dar un aire más varonil. Sintetizando, quería mejorar mi vida afectiva. Que las minas me dieran bola, bah.
En las primeras clases noté que la realidad no era como en las películas, más que nada nos enseñaban a caer y yo no veía cómo eso podía acrecentar mi masculinidad, pero como era bastante poco hábil para cualquier otro deporte, seguí entrenando. La verdad que tampoco para éste tenía condiciones. Dos veces caí mal y en una de esas caídas me rompí la clavícula.
Una tarde, como tantas otras, estaba con dos compañeros tomando algo en el buffet después de la clase. Miraba distraído por la ventana a los pibes que a esa hora patinaban cuando noté que, en la mesa de al lado, un grupo de chicas charlaban. Como hacen las mujeres, ¿vio?, a los gritos y todas a la vez. Fue uno de mis amigos el que me avivó de que una del grupo me relojeaba sin disimulo. Para mi sorpresa, comprobé que era cierto. La mina en cuestión era más bien fulera. Casi le diría que era la más fea del grupo, pero no dejaba de mirarme y eso me hinchó como un pavo. Pasé por alto su cutis marcado por el acné, los ojos demasiado juntos y las costillas que era lo que más sobresalían de su delantera. Me acordé de una frase del Toni Beluaga. La usaba para burlarse cuando, con suerte, nos levantábamos alguna piba en una fiesta: Una novia sin tetas, más que novia es un amigo.
El tema es que no me costó nada engancharla. Laura era la típica mina que se sabe fea y que vive con el pánico de quedarse sola de por vida. Agradecida de que le diera bola, aceptaba gauchita mis demandas eróticas. Todo lo que había visto durante años en las películas XXX lo puse en práctica con ella. Nunca la escuché quejarse. Tampoco la escuché disfrutar, ahora que lo pienso.
De a poco armamos una rutina, yo terminaba taekwondo, me duchaba, iba al gimnasio donde ella estaba por terminar el entrenamiento, esperaba que se cambiara y salíamos juntos.
Ahí fue donde me fijé en una de sus compañeras, Mara. Me fijé es una manera de decir. Era imposible no verla, brillaba entre todas, era como un anillo de oro y diamantes mezclado con chucherías. Tenía los ojos verdes y el pelo oscuro siempre sujetado con una vincha de toalla. Entrenaba con una remera ajustada, pegada al pecho que era bien generoso. Usaba unos shorcitos que le marcaban la cola, parada, y terminaban arriba de unas piernas larguísimas.
Yo entendí de primera que Mara jugaba en otra liga. La de los capitanes de equipo. Tipos altos, flacos, de buen lomo. Simpáticos y desinhibidos. Cancheros. Definitivamente no era mi categoría.
Enloquecí por ella. Adelgacé, me compré pilchas que lucía los pocos minutos en que llegaba al gimnasio y ella se iba a bañar junto a Laura y las otras compañeras. Cambié el peluquero de barrio por uno más caro, no sé qué no hice por conseguir que esa mina me mirara. Menos acercarme y hablarle, lo hice todo.
Por esa fecha se casaba una prima de Laura. Hacía semanas que no hablaba de otra cosa, el salón, la iglesia, la ropa que se pondría, el peinado, el maquillaje, lo que tenía que ponerme yo. Adiviné que era el primer compromiso familiar al que iba a ir acompañada. Yo era la prueba de que ella bien podría ser la próxima.
Llegó el sábado de la fiesta. Habíamos arreglado que, terminados los entrenamientos, nos bañaríamos en el club y después iríamos para su casa, donde la esperaba la peluquera, que también iba a maquillarla, y nos cambiaríamos para ir a la iglesia.
Esas casualidades que a veces tiene la vida. Yo estaba en el bar esperando a Laura, tomando un café, cuando se acerca Mara. Sonríe, se sienta en mi mesa, y empieza a hablarme sobre unas entradas para un recital y un amigo que a último momento canceló. Yo la escuchaba, pero era incapaz de contestarle. Tardé en darme cuenta de que se trataba de una invitación. Como hipnotizado la seguí y salimos. Fuimos al recital, después la acompañé a la casa, en la puerta se despidió amablemente y me quedé solo en la calle mientras despuntaba un día nuevo.
No volví al club nunca más.
No fue una gran pérdida, el taekwondo nunca me había interesado realmente.
Una noche, el fantasma se me presentó como alguien joven y robusto. Sostenía unos libros. Me acordé de Killa.
Él apareció en mi vida años más tarde. La soledad empezaba a pesarme. En parte por razones prácticas, viajar se me hacía difícil y muy caro. No compartir habitación casi duplicaba el gasto. Una mañana, mientras entraba en la oficina en la que trabajaba desde hacía treinta años, vi un flyer enganchado al corcho donde se ponían las novedades. Publicitaba un viaje a través de la Obra Social de los bancarios. Circuito raro, Chaco y Formosa. Barato. Me anoté sin dudarlo.
Recorrimos el Parque Nacional Río Pilcomayo y el Bañado La Estrella, y nos llevaron de noche a recorrer el paseo de la Costanera.
En el Chaco, hicimos un recorrido que incluía la visita a una reserva de indios de la región del Impenetrable. Nos mostraron cómo vivían y las técnicas de pesca y caza, y hablaron un montón sobre las dificultades que tenían para integrarse y, sobre todo, para lograr que los chicos, una vez terminado el colegio que tenían en la misma reserva, pudieran seguir estudiando. Al final nos convidaron con un pescado a la parrilla que por supuesto ni probé.
Yo no sé si el discurso me tocó alguna fibra íntima o si quise impresionar a una colega que también viajaba sola, la cuestión es que volví del viaje con el título de padrino. Killa era mi ahijado. Por ese entonces, un morochito lampiño de once años.
Ejercer mi nuevo título fue bastante fácil. Las esposas de mis amigos y sobre todo mi hermana, ya solterona en esa época, se engancharon con el tema y organizaron campañas para conseguir útiles, libros y ropa. Cada envío era acompañado por una carta a Killa, escrita por mi hermana y firmada por mí. Siempre recibía una respuesta, afectuosa y agradecida. Incluía también una foto del boletín y la verdad que el chico parecía bastante bocho.
Pasados tres o cuatro años, recibí una nota escrita por el maestro. Describía a Killa como un pibe con una inteligencia fuera de lo común, con una gran curiosidad por los temas sociales y sumamente estudioso. Le auguraba un futuro brillante. Siempre y cuando pudiera seguir estudiando en alguna universidad, en una ciudad importante.
Una sinfonía de alarmas empezó a sonar en mi cabeza. ¿Quién se suponía que iba a encargarse de que el pibe viajara, se alojara en una ciudad importante y empezara los estudios? Me imaginaba la situación, el timbre sonaba en mi casa, yo abría la puerta y ahí estaba el indio, con sus bártulos y una sonrisa agradecida.
Esa misma tarde, sin decirle nada a mi hermana, escribí la última carta. La dirigí a los dos, Killa y su maestro. Les dije que me iba del país por tiempo indeterminado, que había disfrutado mucho todo lo compartido y que le deseaba la mayor de las suertes.
Como le decía antes, yo en fantasmas no creo. Tampoco piense que esta situación me inquieta, pero me parece que ya es hora de que se termine.
Saqué turno con un oculista, lo veo el próximo martes. También estoy evaluando la posibilidad de dejar el trago.
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