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Apuntes sobre el encierro en el sur del mundo

domingo 31 de mayo de 2020
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Apuntes sobre el encierro en el sur del mundo, por Irma Verolín
No divisé a nadie en la calle, inesperadamente había ingresado en una novela distópica. Buenos Aires
Papeles de la pandemia, antología digital por los 24 años de Letralia

Papeles de la pandemia. 24 años de Letralia
Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2020 en su 24º aniversario
Lee el libro completo aquí

Día 1:

Qué extraño. El gobierno me dice que debo quedarme encerrada en mi domicilio. No es ninguna novedad, es mi estilo natural de vivir. Soy esa mujer sola que da vueltas dentro de su casa los domingos, una casa suficientemente grande, con dos patios y una terraza que se desboca hacia el cielo, honda, amplia. Elegí esta casa para vivir porque me recuerda aquella en la que me crie, en otro barrio, no muy lejos de aquí. Giro sobre mí misma y la casa me contiene. Hacer literatura, escribir puede ser la excusa para recluirme, tal vez lo fue desde el principio, tal vez no. La soledad es un estado del alma propicio para ver eso que necesita ser visto, descubierto, revelado.

 

Día 2:

Vienen a mi mente los meses que pasé en el áshram en la India. Las norteamericanas y las europeas nos decían a nosotras, las que vivíamos en el sur del mundo, que éramos afortunadas. ¿Nosotras? Ellas, con sus privilegios, sus ropas caras, la sustentabilidad de sus sólidos gobiernos y nosotras, con los vaivenes cíclicos de la economía, viviendo a salto de mata día a día, sin protección, peleando con los magros sueldos y la incertidumbre, hemos permanecido siempre en universos diferentes. Ustedes tienen la posibilidad de evolucionar en lo espiritual más rápido precisamente por vivir en la precariedad, nos repetían. Éramos mujeres encerradas y separadas del grupo de hombres por propia voluntad. Allí fue cuando escuché hablar por primera vez de la Edad de Oro. Sobrevendrá después de una hecatombe mundial, nos decían, y el sur sufrirá menos que el hemisferio norte, por eso también son ustedes más afortunadas. Lo recordé hoy, en este encierro que no es voluntario. Días intensos aquellos los del áshram, hace treinta años cuando yo era joven y el mundo también era bastante joven. Habían transcurrido dos años desde la caída del muro de Berlín, y ya entonces este dichoso mundo venía mostrando sus visibles señales de envejecimiento.

 

Día 3:

Viernes 13: no te cases ni te embarques. Embarcarse en la actualidad es imposible, dadas las condiciones de pandemia planetaria, casarse ya sabemos que es un riesgo mayor. Cualquiera juraría que estamos viviendo una especie de regreso a la Edad Media: nos encerramos de este lado de la pared en vez de recluirnos en un castillo con puentes levadizos, temiéndole a las pestes, invocando los poderes divinos para salvaguardarnos. Confío en la fuerza de la vida y, sin dejar de tomar medidas precautorias, anhelo resguardarme del negocio de la noticia enquistado en el alarmismo y, por supuesto, de otros tantos negocios. Sólo quiero ser consumidora de mi apego a la vida.

 

Día 4:

Por más que nos separen, nos aíslen, los humanos no podemos escaparle a los ritos. Se encuentran en la raíz más profunda de nuestra cultura. A las nueve de la noche brotan de balcones y terrazas los calurosos aplausos. Son un homenaje, un reconocimiento a las trabajadoras y los trabajadores de la salud. Resonó muy fuerte de una punta a la otra del barrio el Himno Nacional. Los rituales, esas entrañables acciones, llevan a través del cuerpo una información a nuestra conciencia. Este ritual de los aplausos habla de unidad, de solidaridad. No estamos solos, nos comunicamos. Me gusta esta costumbre. Debe estar operando en un campo vibracional mental para que los argentinos nos unamos un poco y limemos nuestras tradicionales diferencias. Me emociona pensarlo. Cuando el Himno Nacional terminó de sonar los aplausos se redoblaron.

 

Día 5:

Domingo más domingo que todos los domingos. El silencio me abraza. Anoche, después de los aplausos desde balcones y terrazas, se escuchó en el barrio la grabación de la Marcha Peronista en la voz de Hugo del Carril. Durante el día hablé con algunos amigos por teléfono. Por fin pude retomar el trabajo de escritura. Hice un trote ágil con zapatillas sport dentro de mi casa. Desde el fondo hacia la entrada, atravieso la antecocina, la cocina, giro y voy hacia el living, avanzo en dirección al pasillito donde está la puerta del baño, luego el primer dormitorio, el segundo dormitorio y regreso. El trayecto de ida y vuelta suma veinticuatro metros, en total cuatro vueltas completas hacen una cuadra. La parte de abajo de mi casa es mejor que la terraza, logro transitar más metros.

 

Día 6:

Mis meditaciones de la mañana se intensificaron. A veces, en momentos importantes, brujita como soy, a través de imágenes o palabras, he sido el canal de una información necesaria para mí o para los demás. En las conversaciones telefónicas, abundantes en estos tiempos, en los mensajes de WhatsApp, en el Facebook, quienes estamos en el llamado camino espiritual nos inclinamos a creer que este es el comienzo de la Edad de Oro, el anunciado, el esperado. Se inicia con la desarticulación, el caos, equivale a una mudanza donde se tira lo viejo y se guarda lo que sirve. En mi meditación me ha surgido que el mundo va a cambiar, en tres años la geopolítica del planeta se modificará considerablemente. Algunos países serán absorbidos por otros y unos cuantos se dividirán, eso dependerá de la eficacia con que sus respectivos gobiernos manejen la lucha contra la pandemia. Y la conciencia humana sin duda evolucionará.

Me comenta mi amiga que estudia la Kabbalah que un índice numérico ya ha ascendido de manera notable. No le entendí demasiado, pero ya se ve, se percibe en el aire. Lo respiran mis células.

 

Día 7:

Siento la ausencia de mis gatos que murieron hace un año. Algunos días mis dos gatos dan vueltas junto a mí, son espectros en esta casa y hasta me parece percibir el olor de sus cuerpitos. Hubiera sido lindo tenerlos conmigo ahora, justo ahora que la calle, la ciudad, el mundo se alejan a pasos agigantados de mí, como si huyeran de mi persona, como si yo fuera la peste misma. Sin duda los humanos somos una especie depredadora, me convertí en vegetariana hace más de treinta años también por mi amor y defensa del mundo animal. Hoy recordé un documental que imagina un mundo sin humanos suponiendo que las personas desaparecemos del planeta y, entre las inmediatas consecuencias, la primera es el avance del reino animal sobre las abandonadas edificaciones. En este momento, con el aislamiento por el coronavirus, los animales ya empiezan a ocupar el espacio de los humanos. Una simple ley de energía básica. Pero esto me hace pensar que, también respondiendo a una ley energética, los animales a quienes masacramos y torturamos a lo largo de los siglos nos devuelven sin proponérselo aquello que le ofrecimos. Con el coronavirus tal vez la especie humana a la que pertenezco comprenda cuáles son sus verdaderas prioridades.

 

Día 8:

Reclusión: hay que activar el mundo desde este encierro obligado. Con frecuencia en la visita telefónica de una amiga se escucha la misma anécdota, la misma confidencia de anteayer. La información que recibo está sobrecargada, trato de ignorarla y entonces lo cercano alcanza realce y ordeno objetos, limpio, pulo superficies con cierta obsesión. Se ha levantado una barrera invisible entre el adentro y el afuera. Intento traspasarla con recursos virtuales. Y de pronto quisiera volar, como cuando era una niña, volar o tener un cuerpo invisible.

 

Día 9:

Me levanto y el silencio es un ser vivo que dice aquí estoy, aquí estoy. Voy encendiendo uno a uno mis aparatitos luminosos, mi mundo comienza a titilar. Mi pequeño mundo se ha encendido y el silencio sigue allí, menos elocuente que antes. O quizá más cargado de significado.

 

Día 10:

Frente a lo que estamos viviendo las asociaciones literarias resultan inevitables. De inmediato me surgió El Decameron de Boccaccio. En estos días recordé La peste de Camus. Yo tenía dieciocho años: mi primer trabajo. Secretaria en una empresa de refacciones. Cuando no había pedidos, la dueña me dijo que podía tomar alguno de esos libros que había allí. Y entre ellos, con tapas encuadernadas, estaba La peste. Trabajé nada más que dos meses en ese lugar, eran unos deshonestos, nunca me pagaron el sueldo. Pero ahí quedó la experiencia de lectura, una vez más la literatura me había salvado maravillosamente de los males de esta tierra.

 

Día 11:

Me quedé pensando por qué el plan que impulsa desde un lugar misterioso la evolución de la conciencia humana escogió este virus y no una crisis ecológica que fue lo que suponíamos sobrevendría. Mi meditación matutina me dio la respuesta: los humanos necesitamos dos cosas que la pandemia nos está proporcionando, la primera es conectarnos con nosotros mismos, ir al centro del ser, para eso se impuso el aislamiento. El mundo se ha transformado en un inmenso áshram. Y luego que seamos solidarios con el semejante. Cuidarnos, siguiendo las directivas del gobierno, para cuidar a los otros, evitando convertirnos en fuente de contagio. El semejante como una entidad en sí misma brota desde una relación compasiva. Tenía que ser así para que trabajemos y fortalezcamos nuestra disciplina, nuestra entrega, nuestro vapuleado sentido de integración en la totalidad. El ejercicio continuo de lavarse las manos posiblemente sea un símbolo que nos indica que la solución se encuentra literalmente en nuestras manos, individual y colectivamente.

 

Día 12:

Con el encierro intento que los días sean diferentes. El calendario con su perspectiva del tiempo da la impresión de haberse anulado. Lo diferente pueden ser las noticias y hasta por ahí nomás. Algún personaje que se rebela ante la cuarentena y da su nota de color en la televisión. El número de la gente infectada. O el llamado de un amigo o de una amiga, pero esto también se repite. La monotonía de los encarcelados gira sobre su noria y me marea. De cualquier forma tengo tanto que hacer que aunque me cueste creerlo el tiempo no me alcanza. El tiempo también es una noria, una noria tramposa que gira en direcciones inesperadas.

 

Día 13:

Qué extrañamiento cruzar la calle para ir a hacer las compras. Me recordó mi estancia en el áshram de la India, donde después de varios meses asomar la nariz afuera y comprobar que existe un mundo, que todo es más suntuoso, más colorido, más exultante, era una especie de hazaña. Formé la fila con la separación exigida, la cantidad de gente daba la vuelta a la manzana. Nos hacían entrar por persona y antes nos ponían alcohol en gel en las manos. Una actitud impecable. Parecíamos personajes de una película de guerra con su tarjeta de racionamiento. El patrullero policial daba voces con megáfono instando a la gente a permanecer en su casa. Ver pasar algún coche o al barrendero haciendo lo suyo tuvo un valor especial. Ya no saldré por una semana. Heladera abarrotada, como si eso también significara algo, algo raro relacionado con la supervivencia básica.

 

Día 14:

Por mi terraza anda dando vueltas un teyú, así llaman en idioma guaraní a las lagartijas en Misiones. Va y viene y lo hace con una rapidez admirable, no lo he podido fotografiar. Es pequeño, de color gris. Ayer quedó atrapado entre la malla metálica de la ventana y el vidrio. Me conmovió sentirlo preso y adherido, parecía una estampilla. No bien deslicé una hoja de la ventana ya no logré divisarlo. Es como el tiempo ese teyú, es el tiempo personificado. Recuerdo que con Oscar íbamos a visitar Teyú Cuaré, allá en Misiones, espacio natural lleno de estos animalitos y era maravilloso sentir el vértigo de un movimiento más vivo que la vida misma.

 

Día 15:

Este país emergente que recibió a personas del mundo entero con los brazos abiertos, que ocupa un triángulo sur que da la sensación de caerse del mapa, esta Argentina que quiero y de la que me siento orgullosa de pertenecer, que nos ha brindado uno de los papas más compasivos que han existido en la historia, tiene actualmente la posibilidad de realizar un verdadero trabajo de autodisciplina, de fortalecer su conciencia de unidad, de consideración hacia el semejante, ¿seremos capaces de controlar la curva de la pandemia? ¿Lograremos superar nuestra clásica indisciplina nacional? Hemos tenido la oportunidad de que la pandemia nos llegara después, lo que nos ha permitido aprender de quienes la padecieron anteriormente. Estamos juntos en este intento comunitario.

 

Día 16:

Todavía para la mayoría de la gente en nuestro país los muertos por coronavirus han sido abstracciones, números, cuerpos de los que sólo se informa edad y antecedentes clínicos. ¿Por qué no dicen sus nombres? ¿Por qué tanto énfasis en la edad? ¿Acaso una franja de la sociedad quiere convencerse de que están a resguardo y especialmente los adultos mayores corremos riesgo? ¿Nos redujeron a entidades biológicas? La pandemia era una noción irreal para mí a pesar de las recomendaciones estatales y las noticias, pero murió la primera persona que, aunque no era exactamente un amigo, tenía nombre, rostro, yo había leído sus libros, los había comentado, habíamos intercambiado mensajes: René Rodríguez Soriano, el director de la revista en la que colaboro y que vive en Houston, Texas, Estados Unidos. La sensación de irrealidad desapareció. Las referencias conocidas derribaron distancias. Lo fantasmal se aproxima. Un nombre y un rostro alcanzan para mostrarnos la verdadera imagen de la pandemia.

 

Día 17:

Tuve que ir a una institución financiera que ha abierto sus puertas únicamente durante tres días. Estrené mi barbijo de confección casera y tomé después de veinte o más días un ómnibus. Junto al aparato para abonar el pasaje me encontré con la primera botellita de alcohol en gel. Éramos solamente tres personas viajando en ese ómnibus. En la institución me tomaron la temperatura y me pusieron alcohol en gel en las manos. Luego fui a una cuadra, a un hospital, y antes de entrar me volvieron a tomar la temperatura y me pusieron de nuevo alcohol en gel. Fue una imagen apocalíptica lo que vi caminando desde Luis María Campos hasta la avenida Cabildo: no divisé a nadie en la calle, inesperadamente había ingresado en una novela distópica. Me alegró sentir que estamos haciendo las cosas bien, al menos en ese barrio. Mi respiración con el barbijo nubló los vidrios de mis lentes y la calle se veía borrosa, ¿me lo habré confeccionado mal o mi respiración ansiosa hizo el resto? La sensación fue muy rara, salí y el mundo no estaba, el mundo se había ido sin que yo me hubiese dado cuenta. Regresé a casa confundida y con dolor de cabeza. Dos días después al hablar por teléfono con un amigo lo comprendí. Volví a tener cinco años y de la mano de mi padre entré en la casa en la que había vivido: no había nadie. Mi madre había muerto, mis hermanos mayores no volverían. De los seis que habíamos integrado la familia quedábamos tres, mi hermano menor, mi padre y yo. Al año siguiente murió mi padre. La casa se fue vaciando igual que el mundo en este momento. Sólo aire, sin voces, sin cuerpos.

 

Día 18:

Mi sobrino me informa vía WhatsApp que está leyendo uno de mis libros publicados que acaba de encontrar en la biblioteca. Encerrado, con sus veintitrés años, duerme de día y lee de noche. Pretende ir contra la corriente. El libro que lee cuenta una historia que transcurre en la casa donde él nació y donde vivió su corta vida, la casa de mi infancia, la misma con sus puertas de dos hojas y sus banderolas, sus habitaciones desmesuradas, su patio lleno de luz. Esa casa en la que la gente moría con excesiva facilidad es testigo de un muchacho que lee durante la noche haciendo que la noche sea el único espacio digno de ser visitado en estos tiempos.

 

Día 19:

Con la pandemia del coronavirus los humanos nos replegamos, vaciamos las ciudades que se vuelven sitios fantasmáticos. Es como si las hubiésemos abandonado, como si los humanos nos hubiésemos esfumado de buenas a primeras del planeta. Ciertas fotos sin gente en las calles dan la impresión de haber desvestido el mundo mientras en casa, las personas nos desvestimos por dentro.

 

Día 20:

Este continuo llamado de atención a la emergencia, a lo inmediato, a lo urgente, se me impregna en las células y no me hace bien. Soy ansiosa por naturaleza. En los tres signos zodiacales —el maya, el chino y el occidental— estoy atravesada por la marca de la ansiedad. He sido y soy un ser que ha debido aprender a doblegarse a sí misma en varios aspectos. La ansiedad se gesta en la infancia y también se trae junto con el carácter básico, los seres ansiosos sentimos que hay que mejorar lo que está mal, reordenar lo desordenado, suturar lo herido, estamos convencidos de que el mundo está cargado sobre nuestras espaldas. Y hoy por hoy, cada persona de algún modo tiene el mundo sobre su espalda.

 

Día 21:

El mundo, aquel mundo de las salidas, las reuniones sociales, los paseos, se ha vuelto un espacio inalcanzable, ese mundo del pasado se parece cada vez más al que mi memoria fue construyendo para mi infancia a medida que crecía. Mi infancia está allí, siempre allí, puedo extender la mano y tocarla. El mundo actual, no. Se me hace más intangible, un espejismo. Un recuerdo que no encuentra su representación.

 

Día 22:

Sigo retocando la lista de las tareas pendientes para concretar cuando termine la cuarentena: retirar el resultado del papanicolao, teñirme el cabello, llamar a la cosmetóloga, comprar los repuestos para el purificador de agua... la escribí a mano detrás de un papel de publicidad. Su dorso está lleno de color, es llamativo, mi letra en el revés luce despatarrada, igual que de costumbre. Esa lista es una flor que se marchita día tras día, una flor sin futuro.

 

Día 23:

Aquellos viajes que yo hice por el mundo cuando existía el mundo: la India, México, Nueva York, Londres, Puerto Rico, Paraguay, Brasil, esa tierra cercana y querida del Uruguay, también mi patria por el norte y por el sur, las mujeres collas con sus sombreros paceños, los misioneros con su mezcla de lenguajes, la Patagonia habitada por sus magníficos animales en tierra y agua. Todo está lejos, es una dimensión que incluso se borronea en mis recuerdos. Estiro mi mano y mi mano tiembla, no puedo hacer renacer el mundo, no puedo sentir que el mundo vaya a renacer mañana.

 

Día 24:

El tiempo se ha convertido en el fuelle del bandoneón de Astor Piazzolla, va y viene, por momentos lo percibo demasiado laxo o comprimido en exceso. ¿Acaso tenemos todo el tiempo del mundo ahora y podemos vivir como si fuésemos eternos?

 

Día 25:

Hace más de cien años mi bisabuelo vino de Italia, el otro de España, luego los dos hicieron que viajaran sus mujeres. De allí vengo, de ese largo viaje por mar en la bodega de un barco, y si me remonto más hacia atrás rescato al tatarabuelo alemán que le dio los ojos celestes a mi hermano. Los viajes, las distancias innumerables que nos separan del centro del mundo, según las palabras de Jorge Luis Borges vinieron a fundarnos la patria. La patria sigue aquí, muy lejos, tan lejos como es posible imaginar el cielo o la próxima galaxia. Están sufriendo allá en Europa y eso me duele, sufren en esa profunda lejanía donde alguna vez los genes de mis ancestros soñaron con esta tierra antes de llegar hasta aquí.

 

Día 26:

La compasión. Siempre la compasión. El hombre de mi barrio que le inventó un arnés con el que puede sacar a pasear a su perro al que le falta una pata. La cantidad de gente que se ofrece para asistir a los adultos mayores durante esta pandemia. La señora que se ocupa de darles de comer a los gatos, flaquita y huesuda con sus ojos grandes. Los que están brindando su apoyo a los demás en este difícil momento, médicos, enfermeras o quienes van a repartir comida entre los más necesitados. Deberíamos aprender a mirar la luz, a no focalizar la sombra. Aquello que miramos se nutre de nuestra fuerza si le prestamos atención. Quisiera que los humanos no miráramos más la oscuridad, que busquemos la luz, únicamente así podremos potenciar su poder.

 

Día 27:

En estos días se me hace imposible leer o enfocarme en algún proyecto intelectual, apenas logro escribir unos textos breves, apenas poéticos, sólo quiero coser, tejer, restaurar objetos familiares que quedaron arrumbados en algún cajón, remendar un poco el espacio cercano, mejorarlo en lo posible, se me hace que pretendo volver a lo esencial, al origen, a lo más artesanal, a aquellas mínimas tareas que me conectan con mi abuela, con mi bisabuela ciega, gorda y de ojos celestes, alemanota, pechos grandes... necesito regresar a esa hebra de mujeres que me vinieron sosteniendo con sus cuerpos, con sus pensamientos a lo largo de un tiempo inmemorial.

 

Día 28:

Hoy no quiero hablar, quiero introducir mi cabeza en un cajón de manzanas, oler el aroma de las frutas, volver a aquel principio en el que Adán y Eva extraviaron el Paraíso para morder la cáscara de lo que quebró el orden primigenio.

 

Día 29:

De repente me percaté de que desde que comenzó la cuarentena ya no viene a mi zona el muchacho que se dedica al reciclado. Se acumulan cartones y plásticos en mi cajoncito. Qué será de él, vive sin duda en el conurbano bonaerense, del otro lado de la avenida General Paz, y no le está permitido trasladarse. Cada noche, cuando yo volcaba mi cajoncito en su gran bolsa blanca, me decía Gracias. Gracias a vos, le respondía yo, que hacés un trabajo que nadie hace y que preserva el planeta. O algo así. Soy floripondiosa para hablar. Se lo extraña como se extrañan tantas cosas de la cotidianeidad. Cuando tuve que ir al cajero automático y debí salir la semana pasada me fui con mi cajoncito de materiales reciclables para vaciarlo en la Boca Verde de la plaza. Pero la plaza estaba cerrada. Altas las rejas y los candados gruesos fueron lo primero que vi. El mundo se ha cerrado y no tenemos por dónde escapar. Sin embargo, de la misma manera que en los laberintos, hoy más que nunca la salida se halla partiendo desde el centro. Hay un centro y en ese centro está la luz que nos ilumina la puerta que nos permitirá salir de la repetición y el encierro. Nos habíamos acostumbrado a movernos en línea recta, hacia arriba, hacia los costados, pero la pandemia cambió la dirección. Quizá la luz que se encuentra allí nos está dando señales, nos parpadea para que la podamos encontrar.

 

Día 30:

Aquí estoy, aquí estoy, soy como el silencio, respiro entre paredes invisibles. Estoy viva y tengo hambre de mundo. En el instante menos pensado alguien podría descubrirme, venir a buscarme, hacer un rescate monumental de mi persona mientras todo lo que está quieto alrededor brilla como una joya.

Irma Verolín
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