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Sobre fijar instantes

jueves 21 de julio de 2016
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Sobre fijar instantes, por Israel A. Bonilla

La falibilidad de la memoria tiene su encanto. Rememorar implica invariablemente modificar. Los años se encargan de apilar alteraciones, de tal manera que todo recuerdo es, en esencia, nuevo. El presente dicta la naturaleza de lo evocado. Canetti ve en este fenómeno una marca de honestidad:

Si conozco bien a las personas, me gusta escucharlas contar las mismas historias una y otra vez, especialmente cuando están relacionadas con eventos centrales dentro de sus vidas. Sólo tolero estar frente a esas personas cuyas historias son de alguna manera distintas cada vez. El resto son actores que han aprendido bien sus partes; no creo en nada de lo que dicen.

En esta imprecisión se encuentra el testimonio de una generalizada confianza en lo imperfecto.

Con todo, hay casos en los que la memoria parece no bastar. Para ellos existe la tiránica fidelidad de la tecnología. Cámaras, móviles y demás aparatos están ahí para no dejar lugar a dudas. El grado de certidumbre, sin embargo, varía dependiendo de lo usado. Los recortes temporales de la fotografía son para ocasiones casuales; sirven más bien como guías para rememorar. Grabar vídeo, en cambio, se reserva para lo solemne, quizá con la superstición de que no sólo se captura el momento, sino la sensación de estar en él.

Independientemente del apoyo que brinda, la facilidad con que se puede recurrir a la tecnología ha propiciado su abuso. Todo parece exigir un número indefinido de copias fidedignas: la comida, la mascota, el libro, los amigos, el cielo, el charco, la familia. Más aún, copias fidedignas con una marca de agua poco sutil: el rostro. Sólo queda libre para la memoria lo que genera pudor.

Este abuso ha desembocado en una dictadura documental que constriñe el recuento de acontecimientos. La nostalgia que acompaña repasar un viejo álbum familiar y la grandeza de sus figuras antiquísimas se debe en gran medida a la escasez de fotografías. Ahí aún queda espacio para las reconstrucciones apócrifas de la memoria; ahí las fotografías se limitan a su papel de lazarillos. Una vida que deja tras de sí un modelo a escala de cada pasaje no da cabida a una de las manifestaciones más básicas y necesarias de la invención.

Israel A. Bonilla
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