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Memoria, justicia, perdón y olvido
El proceso de la reconciliación desde un enfoque literario

martes 6 de junio de 2017
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Gabriel García Márquez
Un golpe de Vargas Llosa a la cara de García Márquez en 1976 fue suficiente para sentar las bases de lo que sería la polémica más comentada entre autores pertenecientes al boom latinoamericano. Fotografía: Rodrigo Moya

En un discurso pronunciado al ser galardonada con el Premio de la Paz del Comercio Librero Alemán 2003, la novelista estadounidense Susan Sontag mencionó la “habilidad curativa” que representa el olvido en el sendero de la reconciliación, una facultad asombrosa basada en la idea de que, como seres humanos, no podemos hacer nada sin el legado del ayer y tampoco sin los anhelos del hoy. Seríamos infelices, pues, si recordáramos cada instante de nuestras vidas.

En los albores del tiempo, el primer par de humanos cometió un desliz de tanta magnitud que se lo sigue adjetivando como “original”.

Esbozar la reconciliación implica entender cómo se restauran las relaciones que sucesos conflictivos han deteriorado hasta la animadversión; o sea, restablecer un mínimo sentido de concordia acudiendo al olvido (no confundir con la desmemoria, una acción censurable). Invito al lector en esta oportunidad a acercarse a esa restitución de la convivencia entre pares a partir de la perspectiva que brinda la dimensión multiforme de la literatura, más las experiencias de algunos de sus más grandes exponentes, a fin de despejar el camino hacia una verdad que se manifieste bellamente gracias a la palabra.

Para comenzar, hay que dejar claro que el concepto de la reconciliación está ligado a otros dos de manera estrecha: la memoria y el perdón. A consecuencia de la primera, siempre podrá traerse a colación el hecho que provocó la separación —o dejar de hacerlo expresamente—; por el segundo, se es capaz de remitir el castigo al causante de la ruptura, mitigar el escarmiento con todas nuestras fuerzas.

Del lado de los textos religiosos, la reconciliación surge como oasis en medio de un mundo necesitado de referentes morales. La Biblia plantea tanto a creyentes como a no creyentes el que sería uno de los más difundidos actos de comunión entre el padre máximo y sus hijos imperfectos. En los albores del tiempo, el primer par de humanos cometió un desliz de tanta magnitud que se lo sigue adjetivando como “original”. A la postre, mediante el sacrificio de una entidad divina (el Hijo del mismísimo Dios, nada más y nada menos), los descendientes de los primeros pecadores se reencuentran con la deidad castigadora que les vedó el Edén. Se decreta un pacto de paz suprema desde la peor afrenta imaginable: los creados habían ejecutado sin compasión al representante plenipotenciario de su creador… y éste terminó por perdonarlos.

Fuera de la esfera religiosa y en épocas menos remotas, la reconciliación entre civilizaciones opuestas se ha encarnado en personajes de fina prosa. El Inca Garcilaso de la Vega significó para muchos, como nativo del Nuevo Mundo, el deseo de reconciliar a través de las letras dos grupos culturales en pugna por sobrevivir: el de los pueblos aborígenes, que quedaría imbricado de forma inevitable en la sociedad mestiza que nacería en tierras americanas, y el europeo, que trataría de florecer por sí mismo en los suelos fértiles conquistados, ávido de la misma autodeterminación que en el Viejo Continente llevaría a los imperios a desintegrarse en Estados nacionales. Donde las fronteras eran demarcadas a sangre y fuego, el Inca pretendió a su vez aliviar las lesiones de una traumática colonización con su labor traductora.

Ahora bien, el vínculo entre memoria y perdón es sin duda la misericordia, que en el terreno filosófico de mediados del siglo XVII “es muchas veces coronada, es merced enternecida, es un amor materno; la más amartelada diligencia para el perdón, la medicina más eficaz y suave para nuestras dolencias, de quien nuestra voluntad usa sin consentimiento a veces de la justicia”, según Francisco de Quevedo en su obra Las cuatro pestes del mundo y las cuatro fantasmas de la vida (1651), en la sección dedicada a la envidia. “Esta [en referencia a la justicia] queremos todos para los otros, y pocos para sí. Aquella [la misericordia] queremos todos para nosotros mismos, y no para los demás”, aseveró el eminente madrileño como un sabio aviso.

En ocasiones, las reconciliaciones entre los mismos hombres (incluso los de letras) resultan imposibles. Valga destacar la fractura entre Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez. Un golpe del peruano a la cara del colombiano el 12 de febrero de 1976 fue suficiente para sentar las bases de lo que sería la polémica más comentada entre autores pertenecientes al boom latinoamericano, quienes llegarían a Estocolmo a recibir el Nobel de Literatura, el primero veintiocho años luego del segundo. Un aparente problema personal desembocó en la rencilla que condujo a Vargas Llosa y a García Márquez a trincheras aún más lejanas de las que la ideología política se había encargado de excavar entre ellos, aunque la admiración del uno por el otro nunca se esfumó. Su ideal reencuentro quedó para los relatos de ficción.

Otras veces, la reconciliación se materializa en historias conmovedoras por su crudo realismo, como parte de un esfuerzo catártico. Con El olvido que seremos (2007), el colombiano Héctor Abad Faciolince busca reencontrarse con su país natal, ese que sirvió de terrible escenario para la violenta muerte de su padre, Héctor Abad Gómez, médico y activista por los derechos humanos, víctima entre tantas otras más de crueles encomiendas. Por su parte, el mexicano Héctor Aguilar Camín narra su historia personal en Adiós a los padres (2017), la crónica en que revela cómo se reencontró con su progenitor, aquel que abandonó el hogar treinta y seis años antes, y revivió su pasado, signado por los efectos de una dolorosa ausencia en el seno familiar.

La reconciliación verdadera brota de la gruta de la justicia, excavada con las herramientas de la paz social, la aplicación de sanciones oportunas, la intransigencia frente a actos repudiables…

Los motivos detrás de la reconciliación son evidentes: dejar las armas a un lado, curar las heridas y purificarse. Sin embargo, semejante recuperación no es factible sin el rol que juega la justicia, el equivalente de los anticuerpos que un ser vivo libera en su organismo para acabar de una vez por todas con las partículas extrañas que ponen en riesgo su existencia. Al respecto, ¿quién mejor que un escritor experto del derecho para aproximarnos a ese punto?

El venezolano Mario Briceño Iragorry presenta en Mensaje sin destino y otros ensayos (1952) un texto de tipo epistolar llamado “Las virtudes del olvido”, una alabanza a las bondades de dejar desvanecer ciertos fragmentos de la memoria.

“El olvido es la piedad del tiempo. Sin él la existencia se haría insoportable”, asegura allí el autor de El regente Heredia o la Piedad heroica. Empero, el trujillano traza una línea bien definida entre el “olvido prudente” —una forma de “mutuo perdón”— y el “olvidarse de sí propios”, el hecho de perdonar aquello que sea imperdonable. “Sin memoria no hay justicia”, sentencia el abogado.

Así emerge esa verdad que buscamos al inicio, la cual se cristaliza en un esquema a todas luces utópico como resultado de estas reflexiones. La reconciliación verdadera brota de la gruta de la justicia, excavada con las herramientas de la paz social, la aplicación de sanciones oportunas, la intransigencia frente a actos repudiables… Ya lo advierte Briceño Iragorry: “Es algo en extremo peligroso confundir la racional tolerancia que promueve la convivencia, con la impunidad del delito que ocasionó un desajuste social”. Por ello, la memoria debe conducir a la justicia; la justicia, promover el perdón; el perdón, llevar al olvido, y el olvido, sosegar el alma.

Gabriel Mármol

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