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In absentia
Escritores ausentes para siempre

viernes 9 de junio de 2017
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Antoine de Saint-Exupéry
Saint-Exupéry se perdió el 31 de julio de 1944 durante una misión de reconocimiento sobre el mar Mediterráneo.

El recuento de las vidas de aquellos autores que se han desvanecido de la faz de la tierra parecen contener un participio que esboza su abrupto final: empujados por el reto hacia los más desafiantes mares, llevados desde su entorno familiar a defenestrarse del mundo, conducidos a lo más profundo de una selva amenazante o a los más remotos parajes en busca de una verdad digna del más ambicioso reportaje; incluso, vestidos para un inofensivo paseo matutino.

Es el caso del poeta y educador Khachatur Abovian (Armenia, 15 de octubre de 1809), creador de Verk Hayastani (Heridas de Armenia), quien dominó las lenguas rusa, alemana, francesa y latina para que las puertas del conocimiento estuvieran abiertas ante él de par en par. Considerado como el padre de la literatura moderna de su patria gracias a su producción en prosa y en verso, una mañana salió de su hogar para una caminata primaveral en abril de 1848 y nunca más volvió a vérselo.

El nombre célebre será recordado por sus pares dada la tragedia de la partida y las hazañas de su verbo, aunque primero será garabateado por un funcionario en la enésima copia de los certificados de defunción.

Algunas veces, informes contradictorios y cuentos de camino surgen por doquier sobre el destinatario de la última supuesta carta del escritor, qué ciudad habría tenido el privilegio de recibirlo en sus calles por última vez y cuál fue el presunto paredón ante el cual habría sido fusilado.

Ejemplo de ello fue Ambrose Bierce (Estados Unidos, 24 de junio de 1842), periodista y soldado durante la guerra civil americana. Poseía un extenso catálogo de escritos de los más diversos géneros, desde la poesía hasta la ciencia ficción, pasando por los relatos de guerra y la crítica literaria. El cementerio de Sierra Mojada, en el estado de Coahuila, habría sido el lugar de ejecución de Bierce luego de haber acompañado a los hombres de Pancho Villa hasta la ciudad de Chihuahua en los días finales de 1913 para ser testigo presencial de la revolución mexicana.

Por supuesto, el nombre célebre será recordado por sus pares dada la tragedia de la partida y las hazañas de su verbo, aunque primero será garabateado por un funcionario en la enésima copia de los certificados de defunción de su país de origen. Eso es lo que ocurre a falta de un cuerpo sobre el cual efectuar los imprescindibles ritos de despedida: trastornar a los vivos con la incertidumbre de saber si el mar o la tierra devolverán alguna vez los vestigios de un literato.

Joshua Slocum (Nueva Escocia, 20 de febrero de 1844) fue un marino y aventurero que tuvo la distinción de ser el primero —del que se tenga registro— en completar una circunnavegación en velero, proeza que le tomó desde abril de 1895 hasta junio de 1898. Sailing Alone Around the World (De viaje en velero y en solitario alrededor del mundo), de 1899, fue el fruto de su periplo, un escrito que fue creciendo a partir de las cartas que enviaba a su editor desde distintos puntos del globo y para el cual contaba con una biblioteca en su nave. Irónicamente, sería en un viaje hacia las Indias Occidentales en 1909, uno en que no aspiraba a establecer marca alguna y que realizaba habitualmente al llegar el invierno, en que se esfumaría. No sería sino en 1924 cuando fue declarado muerto oficialmente.

A partir del fatídico desvanecimiento de esta realidad, la certeza de su supervivencia se vuelve inversamente proporcional a la expectativa de encontrar algún documento a medio terminar en la gaveta de algún escritorio cerrado con llave o en el baúl de alguna habitación olvidada, donde sea que pueda quedar un texto perdido, como una bitácora dejada atrás, que tenga la fortuna de hallar terreno fértil en las páginas de un libro por editar póstumamente, que trascienda el entierro de un ataúd vacío.

La pionera de la aviación Amelia Earhart (Estados Unidos, 24 de julio de 1897), también autora de libros, ensayos y artículos, llegó a publicar “en vida” dos obras sobre sus experiencias como pasajera y como piloto en el campo de la aeronáutica, donde se encargó de dar voz a las mujeres que se adentraban allí. Quizá el de Earhart ha sido el incidente sobre el que más se ha especulado respecto a la ruta, las circunstancias y el final de un trayecto que debía llevarla alrededor del planeta y acabó escabrosamente sobre el océano Pacífico.

Cuando se pierde toda esperanza de hallar algo —porque una placa identificadora no basta, sí el cuerpo del cual pendía—, sólo queda contar las horas hasta que una autoridad declare una fecha de muerte, cualquier fecha, siempre y cuando sea pronta para concluir todos los trámites que implica una desaparición semejante y disponer los recursos necesarios a fin de levantar las estatuas dedicadas al nuevo héroe nacional.

Antoine de Saint-Exupéry (Francia, 29 de junio de 1900), escritor y reportero, ganó fama nacional e internacional con su creación más reconocida, Le Petit Prince (El principito), aunque ese no haya sido ni por lejos el único texto de aquel combatiente contra las fuerzas nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Ensayos y relatos inspirados en su carrera de aviador componen el canon literario de Saint-Exupéry, cuyo rastro se perdió el 31 de julio de 1944 durante una misión de reconocimiento sobre el mar Mediterráneo. Aunque poco después se reportó un accidente aéreo sobre el agua y el hallazgo de un cuerpo que portaba un uniforme militar francés, nunca se estableció la relación entre uno y otro suceso.

Ya sea por la precocidad de su trabajo literario o por el potencial de sus escritos, los escritores desaparecidos serán lisonjeados a diestra y siniestra, y como máximo honor, el riguroso examen de su vida —actividades favoritas, rutinas, problemas familiares…— por parte de los correspondientes investigadores forenses y los más empedernidos seguidores para deducir cuáles fueron sus pasos, por ejemplo, luego de salir de casa después de una airada discusión.

¿Qué redactar sobre las lápidas de aquellos grandes de las letras que no dejan nada que enterrar más que la esperanza de leer quién sabe cuántas más nuevas obras dignas de la posteridad?

Barbara Newhall Follett (Estados Unidos, 4 de marzo de 1914) fue una niña prodigio del género narrativo en su nativo Nuevo Hampshire, ya que con sólo doce años publicó la que sería una de sus dos únicas novelas, The House Without Windows (La casa sin ventanas). Hija del escritor Wilson Follett, Barbara experimentaría de primera mano la Gran Depresión y dejaría incompletos varios manuscritos en su hogar de Massachusetts. Una pelea con su esposo habría sido el detonante de lo que sería su ida definitiva.

Para finalizar, otra causa tristemente frecuente del exilio eterno de los literatos proviene directamente de la especie humana: los regímenes dictatoriales, nichos de injusticia caracterizados por la imposición de la fuerza sobre la razón, que son justificados por el “bien mayor” para el pueblo a través de gobiernos carentes de todo escrúpulo, los cuales conllevan escenarios convulsionados por los deseos de cambio de la ciudadanía y de restablecimiento de la moral, los valores, la dimensión deontológica, qué es bueno y qué es malo.

Haroldo Conti (Argentina, 25 de mayo de 1925), autor de Sudeste, Todos los veranos, Alrededor de la jaula y Mascaró el cazador americano, debió saber lo que el destino le aguardaba al regresar del cine a su vivienda en la calle Fitz Roy 1205 de Buenos Aires y ver a los miembros de Inteligencia del Ejército. Cómo no imaginarlo luego de apostarse en lo que llamaba su “lugar de combate”, su escritorio, contra la dictadura de Jorge Rafael Videla. Dado por muerto en 1980, la localización de sus restos es un misterio y su estatus de desaparecido sigue vigente.

Resta así una interrogante lúgubre por demás: ¿qué redactar sobre las lápidas de aquellos grandes de las letras que no dejan nada que enterrar más que la esperanza de leer quién sabe cuántas más nuevas obras dignas de la posteridad? Mejor nos quedamos con el concepto que el propio Bierce le asignó a epitafio en su satírico Diccionario del Diablo (1911): “Inscripción que, en una tumba, demuestra que las virtudes adquiridas por la muerte tienen un efecto retroactivo”. Propongo entonces que mantengamos vivos a los literatos perdidos honrándolos en el sitial que les corresponde, lejos de las garras de la muerte, bien alto en las alturas del mito.

Gabriel Mármol

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