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Juan Liscano: preso por la angustia, libre por la literatura

viernes 7 de julio de 2017
Juan Liscano
Hacia los últimos años de su vida, Liscano no dejaba de revelar su admiración —y su fuerte crítica— hacia la humanidad como un todo y su papel por jugar en el mosaico del mundo natural.

Esbozar una cronología de la vida de Juan Liscano Velutini conlleva admirar una producción literaria que no podría contener ningún libro, enciclopedia o antología, mucho menos un artículo periodístico, debido a la magia proveniente de la pluma de ese gran poeta y ensayista nacido en Caracas el 7 de julio de 1915. Hasta podría pensarse que una tarea como esta implica experimentar un fragmento minúsculo de la ansiedad metafísica que guio al padre de Zona Franca durante toda su existencia.

Para emprender una faena de semejante magnitud, uno podría consultar —incluso conformarse con copiar— la brillante biografía elaborada por el poeta y ensayista Rafael Arráiz Lucca, un exhaustivo análisis editado por El Nacional para rendirle un justo homenaje a uno de los mayores estudiosos de la cultura popular venezolana, junto con Miguel Acosta Saignes, Efraín Subero y Rafael Pineda. Empero, las palabras que el mismo Arráiz Lucca brinda hoy resultan esenciales para revalorar al autor de Nuevo Mundo Orinoco.

Se percibe a lo largo de su obra el deseo doloroso que caracterizó esa aspiración de Liscano por abrir los ojos —las ventanas del alma— del lector venezolano.

 “Fue de los pocos escritores venezolanos verdaderamente interesados en el tema del espíritu, la religión y la psiquis. También respecto a la vinculación entre el erotismo y la espiritualidad. Fue uno de los primeros en acercarse a la obra de (Carl Gustav) Jung”, dice el profesor universitario al hablar sobre el epicentro de los aportes de Liscano; en pocas palabras, la conciliación entre la literatura y la espiritualidad.

Textos como “Pareja sin historia”, del poemario Cármenes, permiten comprender las facetas complementarias de Liscano: la de un agudísimo observador que se encarnaba certero en su prosa, y la del amante de la vida, de la energía que los cuerpos pueden generar al chocar y mezclarse uno con el otro, manifestación máxima del contacto entre dos esencias.

Se acarician. Se bastan.
Están colmados por ellos mismos
colmados por la sed sensual del otro. (…)
Se miran a sí mismos en el otro.
Ella aparece abierta impúdica ojerosa tremulante
él: enhiesto obsceno avizor posesivo
ella: contráctil húmeda gimiente umbría
él: herido llameante solar fulminado.
¡Cuánto abandono momentáneo! ¡Cuánto triunfo!

Por otro lado, se percibe a lo largo de su obra el deseo doloroso que caracterizó esa aspiración de Liscano por abrir los ojos —las ventanas del alma— del lector venezolano con sus agudísimos ensayos y con poemas como “Hablo de mi país”, donde describió desgarradoramente a su nación: “Tierra de vientre herido, tierra sola, pobre de sus riquezas, de sus oros, pobrísimo país de la fortuna, patria que está naciendo y ya se vence”. Resalta en sus versos su pretensión de dar vida a su entorno en contraposición a la deshumanización que, desde su punto de vista, infligía la sociedad moderna contra su prójimo.

Amante de las fuerzas ocultas, Liscano llegó a asumir el rol de nigromante en Mundo Nuevo Orinoco al invocar con un lamento la imagen etérea del Libertador para, una vez más, reprochar el rumbo escogido por su pueblo:

¡Bolívar, ay Bolívar! ¿Quién te cumple?
¡Cuánta historia rebotando de eco en sombra!
¡Cuánto nombre arrojado a los cerdos!
¡Cuánto Bolívar invocado en vano!

Hacia los últimos años de su vida, Liscano no dejaba de revelar su admiración —y su fuerte crítica— hacia la humanidad como un todo y su papel por jugar en el mosaico del mundo natural, como en este fragmento de La tentación del caos (1993, p. 10-11):

El linaje humano es, en gran parte, un producto de la naturaleza, pero se niega a convivir con ella y en ella, de manera filial y sumisa, con las demás especies. Piensa. Tiene capacidad de pensar inclusive en la destrucción del pensamiento. El hombre, animal perfeccionado más allá del simple instinto, puede desarrollar a éste monstruosamente o relegarlo a un impulso domeñable. Puede trascender su animalidad hasta la mística o por el contrario cultivarla para la destrucción sádica y gratuita.

Finalmente, vale hacer la siguiente interrogante: ¿cuál es la primera palabra que las nuevas generaciones de escritores, editores y lectores deberían asociar a Liscano? “Libertad”, responde Arráiz Lucca de inmediato. “Era un hombre libre. No rendía tributo. Era un hombre que respondía a su conciencia. Eso no es fácil serlo y tuvo miles de problemas por ello”, señala al referirse al hijo único de Juan Liscano padre (abogado, escritor y funcionario público) y Clementina Velutini, a quien su retoño amará con devoción.

 

Rafael Arráiz Lucca
Arráiz Lucca: “Liscano era un hombre libre. No rendía tributo”.

—¿Cuáles eran los rasgos más sobresalientes de Liscano como autor y como editor?

—Depende del género. Donde él probablemente expresaba mejor su espíritu era el ensayo, aunque puede ser un sacrilegio esto que digo. Él era un hombre de inteligencia penetrante, aguda, y esa inteligencia pudo desarrollarse a sus anchas en el ensayo. Era un hombre nervioso, impaciente, inquieto. Esa búsqueda que movía su personalidad se materializaba en grandes ensayos.

Por otra parte, él era un editor muy democrático, lo primero que debe ser un buen editor. Él convocaba a escribir a gente que pensaba distinto a él. No era un sectario, un estalinista. Zona Franca estaba abierta a todas las corrientes de su tiempo. Él poseía una virtud muy grande: estaba pendiente de los jóvenes, por lo cual fue el primero en abrirles las puertas a varias generaciones de escritores que reconocen en Liscano a un hombre generoso, entregado al otro. Claro, eso no quita que fuera un polemista tremendo; no hablo de un carmelita descalzo.

—Sobre la obra de Gallegos, a quien llegó a admirar, Liscano escribió en una carta enviada a Alberto Jiménez Ure en 1979: “Venezuela es un país sin tradición creativa literaria. Gallegos, después de su gran trilogía Doña Bárbara, Cantaclaro y Canaima, se asustó de sus fantasmas interiores y suplantó la creación literaria por la acción política. Fuera de esos tres libros, lo demás es malo, malo”. ¿Qué puede decirse de los lazos de Liscano con Gallegos?

—Fueron muy amigos, pero fue la amistad entre un maestro y un hombre joven. Liscano escribió el primer gran trabajo sobre Gallegos. Además, dejó un ensayo luminoso sobre Canaima. De modo que Liscano trabajó a fondo la novelística del maestro Gallegos. Hubo una relación de amistad caracterizada por el respeto. Durante el exilio de Liscano en París, Liscano recibió a Gallegos —exiliado él también en México— y ambos participaron de un viaje hasta España. Liscano reflexionaba mucho sobre el carácter de Gallegos. Aquí surge otro aporte de Liscano: en el análisis de las obras literarias, no dejaba de lado la psicología del autor.

—¿Qué se extrae del contraste que hace Liscano entre los notables estilos de Pocaterra, Gallegos y De la Parra?

—Valoró mucho la obra de De la Parra por lo que significaba que una mujer escribiera de manera intimista. Con Pocaterra había una admiración sobre todo con el autor de Memorias de un venezolano de la decadencia. En general, admiraba a esos tres autores determinantes en la cultura de su época.

—¿Qué fue Liscano: americanista, venezolanista o el primer y último liscanista, un crítico acérrimo de los tiempos que corren, ni romanticista ni modernista, siempre atento a difundir el remedio que mitigue los vicios que destruyen nuestra esencia tanto individual como colectivamente?

Fue un estudioso del poder político y de la incidencia del poder en la psique del hombre.

—No olvidemos que sus primeros trabajos fueron sobre la etnomusicología, a partir de las grabaciones que Liscano efectuó a lo largo del territorio. Hay un hito, el Festival de Nuevo Circo. El fervor, la pasión por Venezuela que manifestaba Liscano no era sólo literaria, abarcaba otras manifestaciones artísticas y se vinculaba al tema religioso. Liscano fue un gran venezolanista.

—¿De qué manera libró Liscano la batalla con las tendencias literarias que abogaban por la lucha revolucionaria armada durante la década de 1960, a las que se las acusaba de carecer de un verdadero sentido ideológico y de hacerle daño al país con sus posiciones extremistas?

—Las enfrentó con todas sus fuerzas: con artículos, con conferencias, con Zona Franca. A él le parecía inaceptable intentar llegar al poder por las armas. Aunque estuvo solo en ese momento por su postura, se trató de un episodio de gran belleza por la dignidad que demostró.

—¿Qué deberían hacer los artistas y los literatos con la ambición de poder, esa fuerza interior que siempre estuvo bajo la lupa de Liscano?

—Estudiarla como la estudió él. Fue un estudioso del poder político y de la incidencia del poder en la psique del hombre. Hay que recordar que tuvo una importante vida política como defensor de la democracia.

—¿Qué decir sobre su crisis personal y de conciencia antes de la década de 1970? ¿Cómo se dio su conflicto con las ideas propugnadas por el capitalismo, como el libre comercio, o por el comunismo, como el control del Estado sobre todo aspecto social?

—Influyó mucho su lectura de (Jiddu) Krishnamurti, un autor que le movió el piso, lo sacudió. Fue adentrándose más en autores de la cultura oriental. Además, conocía a fondo la cultura de los cátaros. Ya su interés en ese tema se había despertado cuando empezó a estudiar la cosmología de las etnias venezolanas.

Una de sus crisis personales coincidió con las consultas psicoanalíticas. La experiencia psicoanalítica fue central para él.

—Si Liscano también encaró el textualismo o “la reducción del ser al signo semiotizando la realidad”, ¿qué implicó ese choque para los textos redactados o editados por él?

—Encontraba en los textualismos una escritura lúdica, pero de poca carne, poco espíritu, hecha con cierta frialdad. Sin embargo, era capaz de valorar la obra de los textualistas gracias a su capacidad para desdoblarse entre sus gustos y el valor de lo que leía.

—Lo americano, lo erótico-cósmico, lo trascendente y lo apocalíptico-ecológico son los descriptores utilizados alguna vez por usted al referirse a las líneas de trabajo recurrente de la obra poética de Liscano. ¿Qué le cambiaría a esa lista en la actualidad?

—No han pasado suficientes años. Por ahora, no le cambiaría nada, puesto que no he hallado un rasgo nuevo en su obra.

—Es tentador imaginar la opinión de Liscano sobre la situación venezolana actual. ¿Qué recepción tendría hoy una postura tan crítica como la de Liscano respecto a la crisis política venezolana de los años noventa, que caracterizó sus escritos y comentarios hacia el final de su vida?

—Estaría muy angustiado. No sé cómo reaccionaría, pero pienso que trataría de hacer todo lo que estuviera a su alcance ante hechos sociales que se escaparían de sus manos.

 

Un atisbo de Juan Liscano como autor, editor y activista

A lo largo del tiempo, varias figuras sobresaldrían en la vida del caraqueño, cuyo padre murió cuando éste tenía apenas tres años de edad. Teresa de la Parra, conocida de la familia Liscano Velutini, embelesó al joven Juan con su belleza y a través de las líneas de Memorias de Mamá Blanca, gracias a la habilidad con la que Ana Teresa Parra Sojo desarrollaba su narrativa y su escritura, tendiente a la renovación de la mujer en sí misma y de la sociedad en su conjunto. “Valoró mucho la obra de De la Parra por lo que significaba que una mujer escribiera de manera intimista”, asegura Arráiz Lucca.

Los primeros estudios de Liscano, un autodidacta consagrado, se desarrollaron en el colegio La Salle de su ciudad natal. Luego, se asentó en Europa durante su juventud, por lo cual su formación académica continuó en Bélgica, en Suiza y finalmente en Francia. De ese periplo brotó su ardor literario y, además, su gusto por el fútbol.

Al regresar a la Venezuela gomecista de 1934, sobrevino la muerte de su padrastro, Luis Gregorio Chacín Itriago, sobre quien Liscano aseveró que fue la figura que lo “hizo hombre”.

El continente natal de Liscano es recreado por él como la esperanza de una nueva era tras los tiempos trágicos de la colonización y ante la amenaza que fuerzas foráneas significaban para los pueblos americanos.

Liscano estudió un año de Derecho en la Universidad Central de Venezuela. Allí tuvo la oportunidad de redactar sus primeros artículos periodísticos, los cuales serían publicados en Acción Estudiantil y la revista FEV, de la Federación de Estudiantes de Venezuela, donde escribieron otros personajes emblemáticos de la cultura y la política, como César Rengifo y Rómulo Betancourt.

A Liscano llegó a ubicárselo equivocadamente en el grupo Viernes, activo entre 1936 y 1941. Es posible que el origen de ese error sea que tanto esa agrupación como Liscano compartían el empeño por la búsqueda de una nueva Venezuela en el plano literario a la muerte del general Juan Vicente Gómez. No obstante, “él reacciona contra el grupo Viernes”, aclara Arráiz Lucca. “Cuando él avanza, las vanguardias van quedando atrás”, afirma.

Vinculado por ese entonces a factores contrarios al régimen militar, Liscano fundó la revista Cubagua en 1938 junto con Guillermo Meneses, publicación que durará pocos meses. Al año siguiente, se confinó voluntariamente en la Colonia Tovar. “Quería irse a un sitio apartado para estar en contacto con su soledad y la naturaleza. Supongo que el clima lo atrajo”, señala Arráiz Lucca. Sería precisamente durante ese retiro cuando se acercó a las manifestaciones populares de Barlovento y a la cultura campesina.

Su primer poemario, 8 poemas, surgió en 1939, en los albores de la Segunda Guerra. El continente natal de Liscano es recreado por él como la esperanza de una nueva era tras los tiempos trágicos de la colonización y ante la amenaza que fuerzas foráneas significaban para los pueblos americanos.

Ya se percibía entonces la zozobra de Liscano por su país, una inquietud que lo llevó al pesimismo. “Venezuela es un país desesperante. A él le tocaron momentos difíciles en un país que siempre ha presentado obstáculos”, agrega el autor de los poemas de El abandono y la vigilia. Puede deducirse el acercamiento lógico de Liscano al nuevomundismo, un pensamiento que pretendía mover el espíritu humano desde una perspectiva tanto ecológica (renovación de la vida gracias al poder inherente de la naturaleza) como social (la justicia que clamaría victoria finalmente sobre la injusticia), la cual cuajó en las obras de Alejo Carpentier y Pablo Neruda, por nombrar tan sólo a dos autores latinoamericanos cercanos a esa tendencia desde la década de 1940.

De la poesía “cartelaria” según Vicente Gerbasi —el más joven de los integrantes de Viernes— a las tendencias líricas de los años cuarenta, Liscano atraviesa una crisis de identidad debido a sus orígenes y a su crianza. Su metamorfosis se percibiría con la publicación de Contienda en 1942, donde Liscano trató de crear todo un nuevo mundo poético que invitaba a los lectores a ahondar en crípticos versos confeccionados con notable esmero. Ese título le valdría el Premio Municipal de Poesía del entonces Distrito Federal ese mismo año.

El compromiso de Liscano en los medios impresos continuó, esta vez como el responsable de la sección bibliográfica del diario Ahora hasta 1943. Entonces, llegó la propuesta del poeta Antonio Arráiz para ofrecerle la dirección de Papel Literario, un suplemento por estrenar de parte del diario El Nacional ese mismo año y que él conducirá en una primera oportunidad entre el 22 de agosto de 1943 y el 23 de julio de 1950. Sin embargo, su vena poética siguió intranquila y lanzó Del alba al alba.

Paralelamente a su actividad en El Nacional, creó la revista Suma en 1944 junto con Aquiles Nazoa, Juan Beroes, José Salazar Meneses, Francisco Monroy Pitaluga y otros escritores; de ella surgiría una editorial y una librería del mismo nombre.

Como acérrimo bienhechor de la difusión y salvaguarda de la cultura popular, la Junta Revolucionaria de Gobierno le encargó la presidencia del Servicio de Investigaciones Folclóricas Nacionales desde el 30 de octubre de 1946 hasta su renuncia en noviembre de 1948. De esa experiencia nacería la Revista Venezolana del Folklore.

Su contribución al estudio del folclor y a la etnomusicología nacional resultaron invaluables. De esa forma, Liscano tuvo la oportunidad de organizar la primera Fiesta de la Tradición, Cantos y Danzas de Venezuela, en el Nuevo Circo de Caracas, como parte de las celebraciones por el inicio del gobierno de Rómulo Gallegos del 17 al 21 de febrero de 1948.

Antes de abandonar su cargo en Papel Literario, trabajó en el poemario Rito de sombra, el cual elaboró entre 1947 y 1948 y no sería publicado sino hasta 1961. La obra que sí sería publicada en 1948 sería Del mar, por la Casa de la Cultura Ecuatoriana.

Antes de terminar la década, los nexos de Liscano con Acción Democrática y el Partido Comunista se estrecharon más con el derrocamiento de Gallegos.

En 1949, la editorial Nova, de Buenos Aires, publicó su poemario Humano destino, por el cual ganó el Premio Nacional de Literatura en 1951.

Dos años después del lauro, publicó el libro de crítica literaria Caminos de la prosa y se vio en la desafortunada situación de salir al exilio tras ser acusado de colaborar con los comunistas. Al mencionar esa etapa de su vida, Arráiz Lucca comenta: “Psicológicamente fue muy duro, terrible. A él lo invita a salir de Venezuela Pedro Estrada, el jefe de la Seguridad Nacional de ese entonces. Vive unos seis años en París trabajando en su vida literaria. El exilio siempre es difícil”.

Durante ese período, la Librería Española de Ediciones lanza en París su poemario Tierra muerta de sed en 1954. También apareció su libro de ensayos Ciclo y constantes galleguianos gracias a Ediciones Humanismo, de México.

Cuando puso pie nuevamente en su patria, se involucró en la defensa de la democracia durante el régimen de Rómulo Betancourt y volvió a dirigir Papel Literario, esta vez entre junio de 1958 y finales de 1959.

Cada vez más maduro y habiendo atravesado las más diversas vicisitudes, su poemario Nuevo Mundo Orinoco (1959) romperá todos los esquemas literarios —justo antes de comenzar la década de 1960— y terminará siendo comparado con Alturas de Machu Picchu, de Pablo Neruda, y Piedra de sol, de Octavio Paz.

Su capacidad de análisis y crítica brilló en Rómulo Gallegos y su tiempo, publicado por la Universidad Central de Venezuela en 1961. En 1962, Liscano participó en el Encuentro de Escritores Alemanes y Latinoamericanos celebrado en Berlín. En 1963, viajó por la República Federativa de Yugoslavia, invitado por el Gobierno y la Sociedad de Escritores de ese país, donde tradujeron al serbocroata una selección de su poesía.

Enfatiza en los problemas de los que adolecía la literatura nacional, como la falta de editoriales nacionales en los años treinta del siglo XX y la actitud de los autores que, movidos por un beneficio económico, rendían tributo a las tendencias vanguardistas.

1964 fue un año movido para Liscano: de vuelta una vez más en su terruño, fundó junto con Guillermo Sucre y Luis García Morales la revista Zona Franca —la cual duró de 1964 a 1984—, fue invitado a colaborar en el número de Cuadernos de L’Herne dedicado a Jorge Luis Borges y publicó el libro de ensayos Tiempo desandado.

Una editorial argentina, Losada, decidió publicar Cármenes en 1966, otra obra de quien ya era una figura asentada de las letras y la intelectualidad venezolana.

Fue en 1968 cuando Monte Ávila emprende la tarea de traer a la luz una antología poética de Liscano, Nombrar contra el tiempo.

Liscano publicó, a través de Zona Franca, su poemario Edad obscura en 1969. Lanzó otro más por medios propios, Los nuevos días, en 1971.

En 1973 se difundiría su obra Panorama de la literatura venezolana actual, donde no sólo hace un análisis concienzudo de la realidad cultural desde los pinitos de la república, sino también enfatiza en los problemas de los que adolecía la literatura nacional, como la falta de editoriales nacionales en los años treinta del siglo XX y la actitud de los autores que, movidos por un beneficio económico, rendían tributo a las tendencias vanguardistas, lejos de aquella “poesía de ruptura violenta o parcial con el lenguaje estereotipado imperante, fruto exhausto de las diversas vicisitudes del romanticismo” que llegó a registrarse a principios de la década de 1920, como el mismo Liscano lo planteó en la Enciclopedia de Venezuela.

El 6 de abril de ese año, Liscano se encargó de un homenaje dedicado a Vicente Gerbasi junto con más de treinta intelectuales, artistas y escritores.

Liscano ejerció luego la presidencia de la comisión organizadora y preparatoria del futuro Consejo Nacional de la Cultura (Conac) entre marzo de 1974 y octubre de 1975.

En 1976, los lectores de América y de Europa disfrutaron con el poemario Animalancia y el libro de crítica literaria Espiritualidad y literatura: una relación tormentosa.

De 1979 a 1984, Liscano dirigió y presidió Monte Ávila Editores. Entre las obras editadas durante ese período, se cuentan:

  • El teatro y su crisis actual (1ª ed., 1979), de Theodor W. Adorno, Eugène Ionesco, Roland Barthes y otros.
  • Industria cultural y sociedad de masas (1ª ed., 1979), de Daniel Bell, T. W. Adorno y otros.
  • Memorias de un venezolano de la decadencia, tomos I y II (1ª ed., 1979), de José Rafael Pocaterra.
  • El camino de los indios muertos. Mitos y símbolos guajiros (1ª ed., 1980), de Michel Perrin.
  • La escritura profana (1ª ed., 1980), de Northrop Frye.
  • Oraciones para despertar (1ª ed., 1981), de Arturo Úslar Pietri.
  • Teorías del símbolo (1ª ed., 1981), de Tzvetan Todorov.
  • Todo un pueblo (1ª ed., 1981), de Miguel Eduardo Pardo.
  • Teatro I (1ª ed., 1981), de Isaac Chocrón.
  • La hoja que no había caído en su otoño (1ª ed., 1982), de Julio Garmendia.
  • Los hombres de la yuca y el maíz (1ª ed., 1982), de Mario Sanoja.
  • La Tuna de Oro (1ª ed., 1982), de Julio Garmendia.
  • Nuestra historia en el folklore (1ª ed., 1982), de Luis Felipe Ramón y Rivera.
  • Aproximación a la feminidad (1ª ed., 1983), de Fernando Rísquez.
  • Una nación llamada Venezuela (1ª ed., 1984), de Germán Carrera Damas.
  • Teatro II (1ª ed., 1984), de Isaac Chocrón.

En 1978 fueron publicados los poemarios El viaje y Rayo que al alcanzarme, 1974-1976. Dos años después vería la luz el libro de ensayos El horror por la historia.

En la década de 1980, Liscano estuvo dedicado a los poemarios Fundaciones (1981), Myẽsis (1982), Sucesos (1982), Descripciones (1983), Domicilios (1986) y Vencimiento (1986). Relacionado con el género, lanzó el libro de crítica literaria Lecturas de poetas y poesía (1985), además del libro de ensayos Reflexiones para jóvenes capaces de leer el mismo año.

Liscano fundó la editorial Mandorla a principios de 1985, con fondos propios. No mucho después, en una carta dirigida al escritor Alberto Jiménez Ure el 23 de junio de 1985, Liscano se refiere a Venezuela como una “noria” y cómo “en un país sin lectores selectivos como este, los proyectos narrativos renovadores se quedan fríos”.

En otra correspondencia con Jiménez Ure el 5 de abril de 1987, Liscano expresó su deseo de finalizar el proyecto Mandorla debido a la situación económica y la dificultad para acceder a los recursos que necesitaba.

El libro de ensayos Los mitos de la sexualidad en Oriente y Occidente será publicado en 1988, así como otros donde Liscano exploró asuntos relacionados con sus preocupaciones trascendentalistas. Mientras tanto, su participación en foros y actividades culturales le permitirían a Liscano debatir sobre las peculiaridades de la sociedad y cultura de masas actuales.

Liscano dedicó la década de 1990 a sus artículos de prensa y libros sobre temas políticos, aunque aparecieron sus dos últimos poemarios: Paternidad (1990) y El origen sigue siendo (1992). De igual forma, fueron publicadas la antología poética Fundaciones, vencimientos y contiendas (1991) y la recopilación titulada Antología poética (1993). El libro de ensayos La tentación del caos aparece en 1993.

Como miembro de la intelectualidad venezolana, Liscano fue partícipe del Frente Patriótico, fundado por el político y ex guerrillero Douglas Bravo. Se trató de una agrupación política opositora que le sirvió de fachada al Partido de la Revolución Venezolana durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez y que se disolvería con la salida de éste de la presidencia el 21 de mayo de 1993.

El libro de ensayos Anticristo, Apocalipsis y Parusía será publicado en 1997 y el poemario Sola evidencia en 2000, las dos últimas obras de su autoría editadas. El 19 de febrero de 2001, Juan Liscano falleció en la ciudad de Caracas.

 

Fuentes