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Autores de altura
El sueño y la palabra en las obras de escritores trujillanos contemporáneos

viernes 14 de julio de 2017
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Trujillo, Venezuela
Un recorrido rasante por el legado de los autores trujillanos más destacados de las últimas décadas sirve para comprender su peso sobre la literatura en lengua española.

Escrutar el paisaje literario de Trujillo en el siglo XX es descubrir que la propia geografía de ese estado de Venezuela presagia una alteración drástica de la gran cordillera de los Andes que corre imponente desde el sur, de la misma forma en que los autores oriundos de esa entidad nos conducen a atestiguar la mutación fragosa de lo intangible en tangible mediante el tamiz de sus obras.

Las alturas vertiginosas en la tierra ancestral de los cuicas consiguen su cénit en la Teta de Niquitao. Luego, éstas desembocan abruptamente en dos regiones: una vasta y llana, otra dominada por el Motatán y el Boconó. La maciza montaña se convierte como por arte de magia en planicies y valles. Paralelamente, los componentes más básicos del universo nos alcanzan de arriba abajo, de dentro hacia fuera, por medio de esos autores trujillanos que enseñan una versión fantástica de la realidad tanto en verso como en prosa.

Al comenzar por los textos de Lilia Boscán de Lombardi (Valera, 1942), se exalta la capacidad creativa desde su surgimiento en las tinieblas como una expresión onírica. Esa fuerza interior, circunscrita primero a la mente individual, trasciende cualquier límite con la fuerza máxima que el cosmos es capaz de brindar. A partir de la psique, la vida avanza por todos los recodos como agua que es a la vez fuego; una conjunción sólo posible por los poetas.

Latidos de la noche
en los pasillos de luna,
una gota intermitente
derrumba las paredes,
crujen las ataduras,
la vida se desliza
como un río de llamas
que nace en la penumbra.

(Desde el signo que me nombra)

¿Quién se vale de ese elemento mágico para esculpir el mundo? El escritor oficiante mencionado en Ojo de pez, título de esa trujillana llamada Antonieta Madrid (Valera, 1939), para quien la palabra es fuego invocado desde el propio cuerpo gracias a una digna ofrenda: una vida por otra, una idea por otra, hasta la consagración de la existencia.

Sangre, lágrimas, esperma, alma. Hierogamia: sacrificio sangriento. Cielo/tierra. Creación/procreación. Se sufre hasta para construir una casa. Catarsis del espíritu. Purga del cuerpo.

(Ojo de pez).

Con Ana Enriqueta Terán (Valera, 1918), ese supremo poder creador se traslada a otro nivel: la criatura que surge del trazo es ahora un nombre. Más que un glifo, un dibujo detallado o un ideograma que se referencia a sí mismo, la palabra se vuelve la entidad referida y la entidad referida se vuelve el nombre. Ese ir y venir mantiene el orbe en movimiento desde un pasado en el que escribimos oraciones cada vez más difíciles de concebir hasta un futuro siempre codiciado por profetas, augures, videntes… Cuando se usa la palabra, se anhela saber hasta dónde podrá llegar con ella.

Como quien escribe una oración y pide en la oración mucha humildad
y un extenso aliento para resistir el brillo y cercanía de la PALABRA.
Es mi oficio y la frase resulta de arena negra con pespuntes de oro.

(“El Nombre”, Libro de los oficios)

Por su parte, un relato de Martha Durán (Valera, 1976) tiene como protagonista a un muchacho que, encerrado en sí mismo por sus obsesiones, descubre que la angustia y la tristeza del claustro material se desvanecen junto con su laberinto apenas construye palabras cada vez más complejas, incluido su propio nombre. De allí que vaya soltando las ataduras de lo tangible a través del trazo sobre un papel, el cual encuentra espacio más que suficiente para caer a una tierra ahora libre.

Su nombre escrito en un viejo cuaderno lo sacudió de repente (…). Se dio cuenta entonces de que podía también guardar palabras, de que esa tarea —vasta e inagotable— podía devolverle aquello que había perdido.

(“Árbol, acantilado, arena”, en Qué impertinente manera de volver)

Sin embargo, ¿qué sucede cuando no hay un soporte físico sobre el cual plasmar las palabras? Sencillamente, los humanos se afincan en sus raíces orales. Carolina Lozada (Valera, 1974) se vale de la viva voz como un salvavidas metafísico para los pueblos sometidos a las crisis más brutales. Cuando los ciudadanos hablan, aun para expresar su descontento, sus enunciados los alejan de la anomia; cuando éstos quedan silentes, en cambio, una inevitable metamorfosis kafkiana tiene lugar. Las palabras rompen las cadenas que conectan con el monstruo interno.

A la gran masa se le había borrado cualquier carácter personal. De repente, todos nos animalizábamos en la agotadora e inútil espera. Repentinamente, nos volvimos una agitada y amenazante montonera de silbidos glotones, de ciegos brotes de furia.

(“Las aves”, El cuarto del loco)

A su vez, Ramón Palomares (Escuque, 1935; Mérida, 2016) refiere la cualidad doble de esa palabra redentora, que equipara al sueño y al viento, ambos fenómenos reales que brotan de la naturaleza. La palabra puede asumir cualquier apariencia y sobrevenir de improviso, como impulsada por el planeta mismo. Una vez establecida la conversación, se impone un ciclo que permite el “desentrañamiento” literal y figurado. La vena poética de uno de los autores más importantes de las letras venezolanas del siglo XX deja ver la palabra como la partícula primaria que mueve lo que yace inerte.

Conversaciones que venían
Hoscas
Buscándonos
Gentes del sueño y Gentes del Viento
Árboles ventosos y golpes en el corazón
Y al cabo estábamos volando
Conversando

(“Más allá de nosotros”)

Ahora bien, cuando se va más allá de la palabra y se utiliza lo que haya a nuestro alcance para captar la extensa simbología de esta dimensión, ésta se descubre en lo que es: sentidos y asociaciones sobre un lugar más que fértil para desencadenar una creación sin ligazones. Así lo formula Sol Linares (Escuque, 1978) a través de la figura de un niño, es decir, el catalizador que hace distinguir los componentes esenciales de las leyes de la física y, aunque sea como un amasijo antiestético, les permite manifestarse en todo su esplendor.

Si concedemos a esta explicación una primera ventaja, es el niño el primero en dibujar las cosas cuando son intensamente lo que son…

(“Sobre el verbo pintar”, de La circuncisa)

Finalmente, Ednodio Quintero (Las Mesitas, 1947) se da a la tarea de acercar al lector al acto creador como posibilidad ilimitada, más allá de las palabras, más allá de la muerte incluso. Para ese autor, definido como una verdadera máquina de soñar, las significaciones pueden penetrar la realidad si el trazo se realiza con suficiente pericia.

[…] ante el asombro de su amada, puso en práctica sus habilidades: armado de agujas, tinta china y colorantes vegetales dibujó en el vientre de la mujer un hermoso, enigmático y afilado puñal.

(“Tatuaje”)

Una mujer tatuada se vuelve un portal para la voluntad indetenible de su difunto marido, dotado de técnicas sobrenaturales aprendidas en tierras lejanas (¿el mundo de los sueños acaso?). Entonces, su desaparición física no es ningún obstáculo; el símbolo, labrado a la perfección, se libra de toda operación lógica y se materialice inmisericorde.

La noche convenida ella lo aguardó desnuda en la penumbra del cuarto. Y en el fragor del combate, el amante, recio e impetuoso, se le quedó muerto encima, atravesado por el puñal.

Un recorrido rasante por el legado de los autores trujillanos más destacados de las últimas décadas sirve para comprender su peso sobre la literatura en lengua española a través de esas simientes que, surcando la página, cristalizan el ímpetu del artista, primero desde la mente del escritor, luego por los instrumentos que le sirven para crear, después por el constructo morfológico por el que se denominan las cosas y los hechos, pasando por la elaboración de enunciados enteros, el dominio de la palabra en su concepción oral, el intercambio de esos constructos entre unos seres y otros, la manifestación de las percepciones y el poder último del símbolo sobre quienes se estampa.

Gabriel Mármol

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