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Antonio Bermejo

• Jueves 29 de marzo de 2018
Antonio Bermejo
Antonio Bermejo acabó convirtiéndose en un personaje de sus propios relatos.

“Le he dado muchas vueltas a este concepto y, de tanto buscarlo, he llegado a la conclusión de que ser hombre es la cosa más extraña y difícil que se puede ser en este mundo”.
Antonio Bermejo, 20 de mayo de 1956

Epojé, reducción fenomenológica, yo-reducido, expurgación, ser en sí, son estos algunos de los conceptos que se han ido poniendo en juego para desentrañar el desarrollo artístico y humano de todos los escritores y personajes fetasianos y sus intramuros.

Hace más de quince años que la figura de este narrador de posguerra fue restablecida en el panorama de la literatura insular, gracias a la ayuda de sus coetáneos, y de escritores y críticos. La obra de Antonio Bermejo como todo el mundo conoce queda reducida a sus relatos recogidos en Historia de café pobre, edición de quien esto firma, un guion cinematográfico que me hizo llegar el malogrado cineasta Fernando H. Guzmán, que personalmente entregué a la Filmoteca Canaria, y la novela perdida La lluvia no dice nada.

Sí se dice, al fin, que Antonio Bermejo acabó convirtiéndose en un personaje de sus propios relatos, que el alcoholismo y la opresión de aquella época le hicieron emprender una huida sin retorno como ocurrió con la mayoría de los escritores de los 50. Pero este “lujo” de nuestra narrativa, este contar con un verdadero escritor maldito, cuyo destino recuerda al de un Edgar Allan Poe, o un Cesare Pavese, no ha sido justamente analizado, ni vertebrado, ni matizado, ni expuesto en una razón de ser. Hemos de alabar por ello a algunos colegas del Departamento de Ética de la Universidad de La Laguna, como J. C. Encinas o V. Pedrero, que en su día vieron en este narrador a un prototipo que encajaba perfectamente en los arquetipos foucaultianos.

Los narradores fetasianos fueron capaces de configurar un paradigma filosófico que, si se analiza en toda su rotundidad, se comprueba perfectamente su anticipación y su comunión completa con las tesis ironistas de un mundialmente reconocido Richard Rorty.

El texto de Isaac de Vega “Antonio Bermejo, un caso en la literatura nuestra”, trata de ahondar en el abandono literario de nuestro autor, consignando que las verdaderas causas parecen estar fuera, entre otras, de unas desavenencias familiares ante una conducta antisocial. Y se pregunta:

¿Qué es lo que sucede, qué motivos se entrecruzan, qué nuevo ingrediente ha invadido su campo para que repentinamente Antonio Bermejo se transforme en un ser negado, incapaz? Este hecho es el que yo llamo el caso anómalo en nuestra literatura.

Nos empuja con ello hacia una arqueología y una genealogía de la “normalidad” de aquellos años franquistas y aporta una sintomatología, recuerdos, instantes decisivos en la vida y aventuras de nuestro escritor. Así comenta que “transcurrieron años de serenidad antes de que llegara la rotura. Después de su triunfo (premio Pérez Armas 1956) continuó igual, irónico, fantasioso, lleno de inventadas aventuras, a veces frívolo, a veces cascarrabias”.

Más tarde, suponemos que cerca ya de los 60, deja de acudir a la tertulia fetasiana de la calle de Porlier, cerca del restaurante Pino Gumira, en casa del escritor y gran amigo Rafael Arozarena y de su compañera Edelma.

Isaac de Vega no ignora y cita por ello las estancias de Antonio Bermejo en el psiquiátrico, y su ingestión de tranquilizantes… Obtendríamos más datos sobre nuestro autor en los archivos de dicha institución, qué sufrió, de qué fue tratado… y a través de su narrativa, que mediante conceptos filosóficos superpuestos. En este fragmento de La huida encontramos una premonición:

Es que la ansiedad de la marcha se le vino de pronto, mientras estaba echado en la cama, indagando con los ojos insomnes la plenitud estrellada de un cielo que se enmarcaba en el ventanuco. Claro es que todo se había ido amalgamando en su realidad hasta llegar a “aquello”. ¿Aquello era realmente él o una inspiración? ¿Se iría a transformar en un hombre en marcha o en una ansiedad caminando? Era preciso huir… apartarse, con la mansedumbre del elegido, de entre unos hombres que chillan como simios, y que no creen ni en ellos mismos. Huir del contagio poderoso que apaga o anula el pensamiento y la voluntad.

Evidentemente que este mecanismo de huida fue activado y puesto en marcha por los escritores de posguerra. Huir ¿hacia dónde? Muchos hacia el alcoholismo y la autodestrucción. José Antonio Padrón huyó a Latinoamérica, como en una operación de fuga de cerebros. Isaac de Vega quizá huyó hacia Ijuana, un territorio inverosímil, y otros no se sabe bien adónde. De Antonio Bermejo dicen que pasó del cielo al infierno para acabar en un purgatorio, que bien mirado fue su cuna de nacimiento, su barrio santacrucero que vivió desde diferentes ópticas. En el prestigio de su afamada academia de matemáticas y también en el carro de tiro que usaba de dormitorio en la Bodega de Batista, con el que colaboraba en las tareas del bodegón…

Parece ser este el precio que tienen que pagar, como él mismo dice, “los hombres que nacen con la maldición de sentirse artistas con instrumentos… o les fueron dadas las palabras para lanzar su agonía”.

Se quiere significar con ello que, al margen de personajes insignificantes, en la calle nunca se dudó de la calidad humana de Bermejo, de sus cualidades como matemático, de su maestría narrativa. De hecho, cuando su literatura fue redescrita, hubo una especie de convulsión. Las “viejas carcasas” estaban atónitas, de aquellos primeros planos, de alguien a quien creían enterrado y sepultado para siempre por sus propios “pecados”. Alguien que generaba en “ellos” imágenes sólo fruto de su propia y pútrida “normalización”.

Bermejo estaba como un jubilado cualquiera, charlaba, tomaba su copa, y tenía un techo donde pasar la noche. Podría haber generado unas cuantas novelas más, pero tenía miedo. Un terror profundo hacia la escritura, como él mismo confesaba. Se decía que no era realmente fetasiano, pero su trayectoria indica que quizá fue el más ironista de todos. Nos dejó perplejos siempre. Su vida fue pura narrativa, su conversación era un decálogo de intuiciones y aciertos.

Como bien cita José Antonio Padrón, cuando se intenta explicar un fenómeno cultural deben tenerse en cuenta tanto las líneas de ruptura como de continuidad con el pasado y el presente, pero nunca debe olvidarse lo esencial: “La nueva forma de entender la existencia, no opuesta, sino estrictamente distinta a la concepción imperante”.

O como cita Rorty: “Los ironistas que escriben novelas no están interesados en la inconmensurabilidad. Se satisfacen con la mera diferencia. La relación con una esencia real no se establece nunca, sólo se puede establecer una relación con el pasado”.

O cuando Padrón agrega: “Los contenidos de la caprichosa voluntad de los fetasianos son en todo caso el resultado, y no las premisas, de un largo proceso de reflexión y de vivencias a través de una búsqueda singular (…), así en esta búsqueda irá emergiendo el hombre fetasiano, ese animal insecurum, sin metas, ese homo viator impulsado y perseguido por una realidad ensombrecida y deslumbrante, que descubre por breves momentos la cara oculta de lo infinito”.

Para el llamado teórico de los fetasianos, José Antonio Padrón, está muy claro que estos individuos entraron en contacto por diversos azares y que, aglutinados por unos similares presentimientos de otra realidad que rebasa lo humano, pusieron a un lado todo lo social, desenfocaron el yo existencial y otras nociones como los fundamentos de las ciencias. Excluyeron lo histórico y pusieron de vuelta y media las categorías filosóficas y religiosas para tratar de alcanzar la otra orilla, la de una nueva sensibilidad humana, desnudez originaria fruto de un proceso al que podemos llamar reducción fetasiana. Y que se inicia viviendo imaginativamente la propia muerte.

No todo es política. Las dimensiones más esenciales del hombre son ajenas a la política. Así los otros quedaron consagrados a fines superiores y benéficos, mientras que los fetasianos optaron por entretener sus existencias en tareas más humildes y azarosas.

Y es de esas contingencias que repetidamente hemos estado hablando, de las que trata Rorty en su nueva visión ironista, azarosa, solidaria de la condición y la historia humanas. Ese tratar a todo como producto del tiempo y del azar, se enuncia en palabras de Freud en “tratar al azar como digno, de determinar nuestro destino”.

Quizá la teoría del sincronismo fenomenológico que estudiaba José Antonio Padrón merezca otro tipo de investigación. En ese sentido emprendí la investigación novelística sobre este trasunto en Los lunares del césped. Ese dejar entrar al azar sin lógica determinación, sino en un vaticinio de inverosimilitud verosímil, hace concebir la esperanza de poder indagar ese interregno entre nuestros esquemas y la realidad.

En este campo se movía Bermejo, cuyos personajes, de proyectos que no llegaría a plasmar, prefiguraban la marginalidad y la locura: de los sin techo, los locos y los llamados deficientes. Alguien que trata de contribuir al progreso moral con múltiples descripciones en sus relatos de variedades del dolor y la humillación. Un escritor que maneja como Antonio Bermejo los conceptos y categorías del entendimiento, las tesis de Nietzsche, las estructuras formales y que convive con personajes oscuros, cuya asunción del universo normativo de aquel entonces resultará compleja. Es la canalla y el mal gusto, el hedor de nuestra propia ciudad y ciudadanía, pero también es el propio carro de nuestra infancia de urbe adoquinada y aire todavía marino, con su barranco y sus cuevas usadas en el pasado por paisanos como humilde hogar.

Hospederías y viejas pensiones, ciudadelas todavía en pie. Donde ese dolor se hizo carne y donde Bermejo luchó por no ser cosificado ni congelado por las otras miradas.

Vivir cada gota literaria en una existencia resultó el compromiso, o quizá las propias miserias conciudadanas no dieron para más y por ello no movió su pluma. Lo que sí hizo fue reflejar nítidamente la verdadera atmósfera de una época, consiguiendo poner en marcha otras máquinas narrativas.

Un grupo de amigos que seguíamos de cerca a Bermejo por azarosas circunstancias, y que pusimos en sus manos nuevamente una vieja Underwood, hicimos realidad, en los ambientes que habitó hasta su ulterior muerte, el respeto más sublime y la venganza más preciada al ser restituida su imagen y ubicado con toda justicia en una positiva redescripción que realmente lo hizo feliz.

Su literatura, ateniéndonos a un canon de narradores contemporáneos, abre una serie de posibilidades de opción para los posteriores escritores. Y su escritura muestra algunos de los elementos básicos de nuestra casa.

A veces nos imaginamos a Antonio Bermejo como a Newton conviviendo con escolásticos, otras parece que atacase ese reducto “metafísico” que sus compañeros quieren mantener. Otras parece el ironista que duda si aquellos pretenden dejar algo establecido.

Su afán desconstructivo, las olas de surrealismo que le bañaron siempre como un mar de originales pupilas de Agustín Espinosa, y la filosofía, parecen haber sido algunos de sus más nobles empeños.

Pero como hace tiempo dijimos… resulta un poco tarde para hablar de esta vida proscrita de bodegas. Contrabando, revólveres, sombreros, bastones o relojes y los no siempre bien contados escalones a posadas donde no es fácil llegar. Corredor hacia interiores por cuya barandilla roída cayó alguno de sus personajes.

Cómo saber dónde quedaron las calles de Lisboa en las pupilas del “portugués”, la mesa donde bailó con Ignacio Aldecoa, su figura, ignorado por el I Congreso de Narradores en Canarias, su ojo fotográfico, su punto y aparte. Quedaba eso, su recoleta pedicura encubriendo un perfil, quién sabe si de un Carlos Argentino.

 

La tentación incolora

Para homenajear a nuestro escritor hemos seleccionado una serie de diálogos y otras expresiones que semejan epitafios y que remarcan la vinculación ironista de su obra narrativa.

En el relato “María del Mar”, cuya trama transcurre en torno a la enfermedad incurable de una enamorada compañera de clase del personaje Joaquín, se cita que en el momento de la despedida de aquel amor no correspondido: “Su marcha fue como su aparición, silenciosa, ni su pisar sonaba (…). Llegamos a una plaza en cuyo centro verdea un estanque. Joaquín me preguntó: ‘¿Está tísica?’. Sí, y los médicos no dan esperanzas de salvación. Entonces tomó el regalo de ella y con un gesto de repugnancia lo dejó caer en el seno de aquellas aguas verdosas”.

En el relato “En la música de una voz”, Bermejo resalta con uno de sus personajes que, “humanamente hablando, el hacer nuevo un dolor, aunque la sensibilidad se descomponga en el recuerdo, siempre tiene un algo de agradable”. Entonces encontró a aquella figura informe que poseía sin embargo la más dulce y armónica de las voces, “el sonido ideal, áurico que nos envía el tintineo de las estrellas en las noches plácidas (…), y hacia allí me dirigí porque comprendí que en aquel lugar se encontraba el dilema. Encontré un ser extraño que hacía calceta. Era tan pequeñita que los pies no llegaban al césped; gibosa y con unos brazos tan desproporcionados que parecían tentáculos de un monstruo marino”.

En “Jeromillo” es nuevamente la ironía que rodea a la existencia quien se impone, y es el bobo del pueblo quien resulta el más exultante sabio: “Un amanecer, cuando el cura se disponía a abrir las puertas, notó la presencia de un bulto en el altar de San Juanito… Jeromillo estaba encogido, la cabeza entre los pies y las manos abandonadas. Cuando el cura, creyendo que estaba dormido, le tocó la cabeza, el cuerpo se inclinó y cayó sobre el pavimento. Jeromillo estaba muerto y en su boca se dibujaba una ligera sonrisa que daba expresión angelical a sus facciones rugosas. Jeromillo vivió y murió sonriendo y haciendo sonreír”.

En el relato “A la sombra del secreto”, se ocupa nuestro autor de las bizantinas discusiones del “mundillo intelectual”. Y dice: “¿Se ha preguntado alguna vez cuál es el fundamento del canto del gallo? Contestó algo sobre la biología, pero él no lo comprendió porque el barullo había entrado en su fase máxima. Se habla del sentimiento cósmico, de la angustia cósmica. Uno de ellos ponía sus ojos en blanco al descubrir su sensación de vacío, su compenetración con la naturaleza silente, en un paisaje solitario. Montañas y cielo; estrellas y cantos de grillos, que marcaban el ritmo de su transformación. Todos le dejaron decir, porque aquel hombre sabía imponerse con sus ademanes contundentes de actor impresionista. (…) resultó que todos poseen sentimientos cósmicos; todos habían sentido deleites extraños, y no se entendía por qué lo calificaban de ‘angustia cósmica’ ya que en su exposición parecía lo contrario (…) y otro se había sentido hombre-piedra, y otro hombre-árbol… cuando uno preguntó al joven si él había padecido algo semejante, todos le miraron con lástima, porque el muchacho dijo que no. ‘¡Claro’, dijo el hombre-piedra. ‘Para llegar a estos instantes, es necesario vivir años de ansiedad lírica. Pero… ¿es una sensación física?’, preguntó. ‘No, ni psíquica… Es…’, y no supo decir lo que era; ni tampoco los demás, porque en su explicación se formó un batiburrillo de vaguedades. ‘¡Qué tontería!’, dijo. Y dio una nueva chupada, pero el puro no respondió porque se había apagado (…). He aquí, se dijo, un hombre gordo que sabe comportarse como tal (…). Nada de exuberancias, ni de expansiones ruidosas; todo es reposado en sus movimientos y en sus pensamientos. La obra literaria de los hombres gruesos es muy diferente de la de los hombres enjutos”.

En “La bruma del recuerdo”, es otro nivel ironista el que se impone. Se trata de una decisión femenina ante un matrimonio. Dice:

—Me quiero casar con Jaime Castro.

El padre la miró largo rato, con esa mirada diluida que pone la enfermedad mortal en los ojos humanos, miradas que sirven para dirigirse al cielo pero que ya nada entienden de las cosas de la tierra; suspiró y en aquel suspiro iba su consentimiento. El personaje le sugería a su flamante esposa: “¡Marchemos, Jimena!”. Sería la reina del gran mundo y él dominaría, porque tenía prestancia y facultades para lograrlo… Ella presentía lo que era el gran mundo; mujeres irresponsables que atraían como imanes. Lo quería para ella sola; no podía repartirlo con otras y este sería el precio exigido a cambio de aquel reinado.

Pero un día desapareció. Se llevó consigo las joyas familiares y el dinero (…) en una carta escueta pedía, cínico, perdón por sus maldades… En un amanecer invernal dio vida a un niño, a quien puso por nombre Joaquín.

Roberto Cabrera

Roberto Cabrera

Escritor y músico español (Santa Cruz de Tenerife, 1954). Licenciado en filosofía y ciencias de la educación por la Universidad de La Laguna (ULL). Textos suyos han aparecido en la Revista Semanal de las Artes del vespertino tinerfeño La Tarde; y en las publicaciones Nuevos Caminos, Poesía, Liminar, Lúnula, Nexo, El Taller, Fetasa y Cuadernos del Ateneo, entre otras. Ha fundado las revistas literarias Menstrua Alba, Teresa en el Balneario, El Buey de las Estrellas, El Viejo Noray y El Vigía. Actualmente dirige la revista Acorde y la editora El Vigía. Figura en varias antologías insulares e internacionales en poesía y narrativa. Ha participado en destacados eventos como músico de jazz y compositor (más de 100 conciertos y 12 ediciones fonográficas: Gato Gótico, jazz & world music; La Comercial, blues, o, como cantautor, Puñetazo al silencio, blues & rumba), o como ensayista (Algunos casos de brujería isleña en Cuba y Puerto Rico; I Encuentro de Escritores Canarios; Batea policromada de México, en Mapa Poético de México 2011; La poesía canaria ante el fin de siglo, Valencia, Venezuela; “Argot y graffittis en Santa Cruz de Tenerife”, en El habla del escritor marginal, El Vigía Editora). Ha publicado las novelas Ídolos de bruma (1979), La nube especular (1989), La yerba negra (1995) y Los lunares del césped (1999/2010); los libros de relatos Suicidio en Desolación Road (1980), Amor Mora Roma (1986), Viaje a Hero (1988) y XXV Relatos (2007); los poemarios Desangre libelular (1981) y Pie de rumbas (2006); y los ensayos Reflejos (2008) y Drumbass canario: ritmos canarios de música contemporánea (El Vigía, 2011).

Sus textos publicados antes de 2015
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Roberto Cabrera

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