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Crónica deportiva

martes 26 de febrero de 2019
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Combate entre “Feroz” Vargas y “Tito” Trinidad el 2 de diciembre de 2000
Combate entre “Feroz” Vargas y “Tito” Trinidad el 2 de diciembre de 2000.
“El segundo es el primer perdedor”
Ayrton Senna
“Ganar no es lo más importante, es lo único importante”
Vince Lombardi

Me gusta el deporte. Más bien me fascina. No porque me guste ver a los hombres musculosos y sudados. No. Pero sí, en esos mismos términos, para ver a las chicas jugando al voleibol con sus camisetas pegadas a sus senos, y sus pantalones cortos de tela lycra pegados, provocando la introducción del mismo por entre medio de la cavidad que separa a los glúteos, debido a los movimientos aplicados al deporte. El voleibol de playa femenino me encanta por lo mismo y más. Algo curioso es que existen fotógrafos que se dedican exclusivamente a captar los momentos en que las atletas asumen posturas, típicas del deporte, en las cuales quedan expuestas sus partes íntimas. Algunos me comentan que pudiera llegar a considerarse una especie de soft porno. Yo no lo creo así. Me parece una imprudencia tal comentario plagado de ingenuidad, y muy probablemente ese comentario se deba a una grave enfermedad mental. La realidad, me gusta el deporte por la habilidad extraordinaria que se tiene que tener para ser parte de una organización profesional. Y no tan sólo ser parte de una organización profesional, sino también para sobresalir, para llegar a la élite del juego practicado. No todos llegan a ser profesionales, es más, no todos llegan a jugar ni en las ligas inferiores. Ese es mi caso.

Antes de escribir del hipismo quiero que sepan que el silencio en el tenis me ensordece y molesta hasta el quicio. Es un silencio ridículo, innecesario y aburrido. Cómo me hubiera gustado, en medio de ese silencio estúpido, gritarle a John McEnroe lo siguiente: “Cabrón, hijo de la gran puta, recórtate esa maraña de pelo. Afeminao. Úsala para mapear la casa de tu madre, pendejo. Pareces una puta con ese pantaloncito, maricón. Súbetelo más, putita, para que se te vea el culo”. Lo siento. Ese no es mi estilo. Lo siento. Mi estilo es más sofisticado, simplemente me dejé llevar por las malas influencias. Déjenme respirar. Ok. Ahora. Mi estilo real es el siguiente: “Óigame, bocón de poca monta, usted es un soberano incompetente. Al parecer aprendió a jugar tenis con Pedro Roselló y Emanuel Paredes Araud en canchas de brea”. Si me contesta: “Cállese, burgués de tercera, y juegue como un caballero”. Y como una soez ofensa, le gritaría más fuerte: “Morón. Capitalista de mierda”.

El hipismo no me gusta, y me parece tonto llamarlo deporte. Charles Bukowski, Fernando Savater y no sé quién más, en el caso de Bukowski lo amaba, en el caso de Savater lo ama. No entiendo ese amor. Yo no puedo decir, ven, compañero o compañera, vamos a correr caballos al hipódromo. Póngase la chaquetilla, las botas, el casco, y coja el látigo. No hay tantos hipódromos como canchas de baloncesto, volibol, parques de béisbol, de fútbol, mesas de ping pong, de billar, gimnasios de boxeo y demás. Sólo hay uno en Puerto Rico. Además, poseer un equino para tales fines requiere de mucho poder adquisitivo. Es un deporte elitista, donde sólo un grupo reducido de la sociedad lo puede practicar, o participar de eventos relacionados. No entiendo cómo alguien puede interesarse por un “deporte” donde la estadística no recoge ni un ápice de lo que puede suceder. A mí el hipismo me toca muy de cerca. El maldito hipódromo está situado en Canóvanas, el pueblo donde nací. Saben, nunca lo he pisado y muy probablemente no lo pise nunca. No puedo negar que he apostado a los caballos en cuadros colectivos que hacían mis compañeros de trabajo a escondidas cuando el jefe se largaba. Si me preguntan si la emoción que sentí era real, pues sí, era real. Y más cuando gané una vez doce dólares luego de una inversión de casi cien en varias instancias. El porciento de ganancias ya lo ven, es irracional. Pero las apuestan suelen poseer esa potestad de genialidad que se traspasa al que apuesta. Y cuando gusta en demasía, se puede contraer un problema serio. La adicción a ellas.

¡Oh! ¿El ajedrez? Lo único interesante del ajedrez es Samuel Reshevsky, y lo que le dijo a sus ocho años a un gobernador alemán de Varsovia, luego de ganarle una partida: “¡Usted puede matarnos, pero yo le gano!”. Y por supuesto, un poema de Jorge Luis Borges llamado “Ajedrez”, valga la redundancia.

El boxeo para mí no es un deporte, y no por un mero capricho incauto. Es por una razón de peso pesado, y es la siguiente: el objetivo único es lastimar al oponente malamente para lograr el triunfo. Ese objetivo tiene consecuencias que pueden ser fatales, y en el mejor de los casos, si cabe, quedar en estado vegetativo o en silla de ruedas para siempre. En el siglo pasado murieron alrededor de seiscientos pugilistas debido a complicaciones cerebrales por los golpes recibidos en el combate, y en el presente siglo van quince. ¡Eso es bárbaro! Sí, suena horrible, inhumano, anacrónico y violento, pero es así. Aunque se catalogue como deporte, y yo no lo crea de ese modo, me encanta. En mí despierta rabia, euforia, odio, malhumor y otros sentimientos que no tienen palabras definidas. Y no tan sólo en mí, sino en millones de personas a través del globo. Pocos espectáculos logran paralizar ciudades alrededor del mundo. El boxeo lo logra. Mi país se paralizaba cuando peleaba Félix (Tito) Trinidad. ¿Por qué? ¡Porque somos violentos! Nos gusta ver la sangre derramada, hematomas, ojos hinchados, el coraje de los contrincantes. Nos gusta ver caer devastado y noqueado al que no le apostamos o al que no le vamos. Decimos, o más bien gritamos: “¡Jódelo, puñeta! ¡Dale, dale, cabrón..!”. Nos gusta saber cuántos golpes puede aguantar un ser humano en cuarenta y ocho minutos aproximadamente. No somos diferentes a las civilizaciones de los siglos de la época premoderna. Somos iguales. No veo ninguna diferencia aparente.

Ya para el año 2000, Félix (Tito) Trinidad tenía el poder de convocatoria para paralizar a la isla, como mencioné anteriormente. Su récord invicto, sus fajas de campeón welter y light middleweight welter, con posesión de una de las más letales pegadas en la historia del boxeo, y con un carisma inalterable, propiciaban que el evento fuera apoteósico. Los supermercados, bares, restaurantes, hoteles, entre otros negocios, registraban un incremento sustancial en los ingresos cuando él peleaba. Y la verdad es una barbaridad que eso ocurriera, y siga ocurriendo con Miguel Ángel Cotto. El hecho de que dos seres humanos se quieran lastimar para ganar un pleito, y por consiguiente hacerse más ricos, desate la euforia colectiva a tal magnitud, es para evaluarse psicológicamente. Para otras cosas ni Puerto Rico ni el mundo se paraliza. Para cosas que tienen un peso social, que tienen una garantía de un mejor porvenir para todos; pero no, para eso no. Que se encarguen los revoltosos y los locos que siempre están protestando por todo. Así dicen muchos. Resulta increíble tal fenómeno. Las propagandas funcionan.

Hay un hecho que es inexorable, puntualísimo. En diferentes partes del mundo, el deporte tiene una preponderancia incalculable, no importa cuál sea. No hay nada, hasta hoy, que al ser humano lo identifique más. Ojalá mañana cambie un poco.

Normalmente en el boxeo el primer asalto es uno de estudio, de experimentación, de observar qué propone el rival para luego poner en marcha la estrategia previamente practicada. Este encuentro fue una de esas excepciones al igual que el de Juan Manuel Márquez y Manny Pacquiao, que es una de mis peleas favoritas también. El Feroz Vargas, campeón invicto en las ciento cincuenta y cuatro libras (light middleweight), cayó a la lona luego de un gancho de izquierda al rostro, propinado por Tito Trinidad en el primer asalto, con tan sólo veintidós segundos de haber comenzado. La caída de Vargas aparentaba ser el principio del final para un combate que se vislumbraba como uno altamente competitivo. Volvió a caer a los pocos segundos de levantarse, con otro gancho de izquierda potente del puertorriqueño. Pero no fue el principio del final, sino sólo el principio únicamente. El mexicano Feroz se levantó, se recuperó y dio la batalla que todos esperaban. Me imagino que Tito de cierta forma se desconcertó al ver la cría, como se dice en el argot boxístico, que tenía su oponente. Continuó el combate con Fernando emparejando las cosas poco a poco, con inteligencia y valentía. Llegó el cuarto asalto, y se viró la tortilla. Ahora era Trinidad quien estaba en problemas, y graves. Cayó a la lona con un poderoso gancho de izquierda al rostro. Vargas ajustó las cuentas aplicándole la misma medicina. A Trinidad no se le veía aturdido ni tambaleante, sino molesto por su descuido. Debido a su condición física, que siempre era inmejorable, y a un golpe bajo que le colocó a Fernando en medio de un intercambio férreo, el cual le costó un punto en un asalto ya abajo por dos, Tito logró apaciguar el asedio feroz en ese episodio, y se recuperó ya totalmente para el séptimo asalto. Me acuerdo que su entrenador y padre, antes de salir a pelear en el octavo asalto, le dijo lo siguiente: “No lo dejes respirar, Tito”. En ese momento yo pensé: “Se jodió Fernando Vargas. El cabrón va a sufrir”. Tito siguió las instrucciones al dedillo, arrollando de forma brutal a su aguerrido contrincante hasta noquearlo en un último asalto no tan esperado, porque la gente quería más y más barbarie.

A mí el deporte me ha dado alegrías, tristezas, malhumores, peleas, discusiones acaloradas, enemistades y muchas veces la razón. Algunos dirán, qué arrogante es este pelotudo y boludo de mierda, como dicen los argentinos. Pero no, no es así. No soy un arrogante, ni un gilipollas y un capullo, como dicen los españoles; ni un hijo de la chingada y un pinche culero, como dicen los mexicanos. Es que soy especial, deben entenderlo, y ya. Pero con el tiempo le he restado importancia al deporte. Ya no soy ese fanático aferrado y desvivido por un equipo en particular. Ahora soy un fanático del juego. ¿Por qué? Porque me he curado gracias a los libros de Benny Hinn. Además, ningún equipo por ser fanático de ellos me paga por ver sus juegos, no me dan descuentos en sus efectos deportivos como gorras, camisetas, chaquetas, llaveros…; tampoco me dan descuentos en los boletos, en las cervezas, en los sándwiches, en los popcorns con caramelo cuando voy al estadio. No me dan un carajo. Pues al carajo también ellos. Eso no quiere decir que ya no me importe el deporte. Lo que pasa es que he dejado de ser un pendejo sin consolación por algo que no tiene ningún valor determinante en mi vida, porque simplemente es diversión y nada más.

Por cierto, Ayrton Senna y Vince Lombardi son dos idiotas.

Javier Febo Santiago
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