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Una noche inolvidable

sábado 31 de mayo de 2025
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Esteban de Jesús
Esteban de Jesús (1950-1989) durante el combate contra Mano de Piedra Durán, escenificado el 17 de noviembre de 1972 en el Madison Square Garden de Nueva York.

Sentado en un banco, sudado, con los guantes puestos y los codos en las rodillas, miraba la puerta gris por donde iba a salir. No veía la hora de recorrer el camino hacia el ring. Estaba preparado. Sentía las piernas firmes, el abdomen de cemento y la mandíbula de acero. Era la pelea 34, su mente estaba curada de espanto y los nervios ya no se le ponían de punta. Luego de la derrota la noche del 27 de febrero de 1971 versus el campeón mundial Antonio Gómez en Caracas, Venezuela, se juró no volver a escuchar el nombre de su oponente al final del combate. Estaba determinado a no volver a estar avergonzado y regresar a su casa victorioso junto a su familia.

Yo lo miraba desde lejos. No quería distraerlo. Esteban de Jesús sólo pensaba en una cosa, ganar. Sabía que era una oportunidad única, que no podía desperdiciarla pensando en la categoría de campeón del otro y en sus manos de piedra. La mentalidad de Esteban luego de la derrota era otra. No sentía inferioridad ante nadie. Cuando subía al ring visualizaba al oponente adolorido y derrotado, aunque la corpulencia y el récord del otro reflejaran peligro. Nadie lo intimidaba. Aprendió a la fuerza que en el ring nadie es invencible. También, que el entrenamiento y la disciplina lo hacía menos vulnerable.

En su centralidad mental se imaginaba a Roberto Durán temblando en el camerino y deseando estar en otro lugar para no enfrentarse a él. Caminaba de un lado a otro inseguro preguntando a cada rato la hora exacta. En cambio, De Jesús ante sí irradiaba confianza, madurez y ansia de conquista.

Todos los que estaban con él en el camerino parecían haber hecho un voto de silencio. Nadie hablaba, casi ni respiraban. Se comunicaban con señales con las manos, la cabeza y los labios. La atmósfera era de tranquilidad. Fuera del camerino, a lo lejos, se escuchaba una radio sintonizada en una estación de música salsa, los pasos de la gente, conversaciones, risas y uno que otro grito.

A las 11:15 un hombre alto, de voz grave, con traje color negro, abrió la puerta gris, la cerró y entró al camerino anunciándole a Esteban y a su entrenador que se prepararan, que ya era hora. Esteban miró a su entrenador, se levantó, extendió los brazos, el entrenador le puso la bata y lo jamaqueó por los hombros. El hombre alto volvió hacia la puerta gris y la abrió para que Esteban y el entrenador pasaran. Todos los demás salimos detrás de ellos. Se sentía en el aire la adrenalina. Nueva York estaba lista para escenificar una de las grandes batallas boxísticas de todos los tiempos.

El Madison Square Garden estaba por estallar ese 17 de noviembre de 1972. Más de diez mil personas esperaban ansiosas para ver a dos boxeadores con carreras ascendentes enfrentarse. Mano de Piedra Durán, con récord de 31 peleas, veinticinco de ellas por nocaut e invicto, intentaba consolidarse como campeón. “Vita” de Jesús, con 32 peleas, diecinueve de ellas por nocaut y una derrota, esperaba abrirle los ojos al mundo del boxeo y plantarse firme en la competencia por un campeonato. Sin duda, era un choque de titanes. Dos noqueadores que buscaban escalar lo más alto del boxeo y ser reconocidos como el mejor libra por libra.

En el Madison Square Garden no peleaba ni pelea cualquiera. Es un escenario de campeones, no de amateurs ni de estrellas incipientes. Cuando dos gladiadores se suben al cuadrilátero del Madison sus carreras son admiradas por los expertos en pugilismo. Deben poseer cualidades extraordinarias y atractivas para que la capital del mundo te reciba y pague por verte. La ciudad de Nueva York es exigente, no se conforma con espectáculos de segunda categoría. Por lo tanto, cuando los neoyorquinos y las celebridades deciden salir de sus casas la diversión debe estar garantizada.

En noviembre de 1972 en Puerto Rico el poder político cambió de bando. El Partido Popular Democrático ganó las elecciones generales. El gobernador electo fue Rafael Hernández Colón. En la radio sonaba El juicio, de Willie Colón y Héctor Lavoe; Julia, del Gran Combo de Puerto Rico en voz de Andy Montañez; Pa’ bravo yo, de Justo Betancourt, y Gracia divina, en la voz de Celia Cruz en colaboración con la orquesta de Larry Harlow para el disco Hommy: A Latin Opera, entre otras. En el Baloncesto Superior Nacional los campeones fueron los Vaqueros de Bayamón y en el béisbol profesional los Leones de Ponce. Pero una historia diferente se gestaba con epicentro en Carolina. Uno de sus hijos se preparaba para la guerra y las puertas de las iglesias abrieron de par en par. Las plegarias no paraban de llegar al cielo. Unos rezaban de pie, otros de rodillas, con los ojos cerrados, abiertos, a viva voz, en silencio, con velo, con rosario, en fin, la fe en su pupilo sobreabundaba. Se escuchaba: “Esteban pelea hoy”. “Voy al mío y pago doble”. “Vamos boricua. Hoy es que es”. “Vamos a darle duro, Vita”. “Dios mío, que gane Esteban, por favor te lo pido”. Y los niños a coro: “Vita, Vita, Vita...”. Todos estaban unidos en un mismo pensamiento, que triunfara.

Yo observaba desde una distancia prudente. Veía a Esteban acercándose al ring con pasos firmes en medio de la algarabía. Algunos fanáticos lo animaban levantando los puños y sonriéndole, otros lo saludaban y algunos lo insultaban en inglés, ruso, francés, italiano... y, por supuesto, en español. Es la naturaleza de los eventos boxísticos, se contagian con la vibra de los contrincantes y no miden el alcance de sus improperios ni tampoco cuánto beben para mantener un nivel de alcohol en la sangre que no los haga delirar. Sienten que están ahí para disfrutar y descargar toda la furia que guardan. El espectáculo del boxeo funciona como catarsis en el fanático. Su presencia no es por casualidad, es por causalidad. Esteban caminaba sin dejar de mirar las luces que iluminaban el ring. Sabía que allí su historia comenzaría a brillar. Respiraba y exhalaba profundo y despacio, los oídos no escuchaban otra cosa que los latidos de su corazón, y sus puños bien vendados y enguantados ansiaban establecer contacto con la anatomía rival. Yo, que siempre estuve en su esquina dándole ánimo y fuerzas, no podía perderme la fiesta que se aproximaba.

Esteban subió al ring y se hizo quitar la bata inmediatamente sintió la lona en sus pies. Portaba una trusa satinada con líneas blancas y azules verticales y botines blancos con una línea azul trasera y vertical igual a la trusa. Sabía lo que se venía. Iba a tener de frente a un campeón mundial con reputación de noqueador. Era lo que quería, demostrar sus quilates ante los mejores, ante los campeones. Vita esperaba a Roberto Durán con impaciencia.

Sonó la música y vimos a Mano de Piedra caminar por el pasillo hacia el ring con su séquito detrás. Miles de personas vitoreaban su nombre a puro pulmón y lo aplaudían con fuerza. Durán pisó la lona portando una trusa verde estilo gamuza, con una línea blanca vertical a los lados y botines blancos.

Los dos protagonistas, entrenadores, promotores, representantes de los organismos mundiales del boxeo, el árbitro, el médico, el anunciador, la seguridad... todos sobre el cuadrilátero y listos para que se cantara La Borinqueña y el Himno Nacional de la República de Panamá. Luego de los himnos la presentación oficial se aproximaba. Esteban como Roberto no dejaban de moverse. La ansiedad se incrementaba en sus cuerpos. Era la hora de que los nombres, los apellidos, las procedencias y los respectivos récords se escucharan en cada rincón del auditorio. Y así fue. Acto seguido, el árbitro los reunió en medio del ring para repasar las reglas y obligarlos a chocar los guantes a modo de saludo y respeto. El ring se despejó y sólo quedaron tres almas.

Sonó la campana.

Ambos púgiles empezaron a “bailar” en el ring intentando confundir la defensa contraria. Doblaban la cintura, giraban hacia los lados, amagaban con la mano izquierda, con la derecha, se pegaban, se separaban y lanzaban golpes cuyo destino se les negaba, hasta que un gancho de izquierda llegó con precisión a una mandíbula descubierta. A tan sólo 46 segundos de combate Esteban de Jesús fue quien propinó el izquierdazo que envió a Durán a la lona sin aviso. Cayó de bruces, sin poner las manos para amortiguar el descenso. Un golpe brutal. Roberto esperaba la derecha, pero la izquierda lo visitó de sorpresa. El público se levantó de sus asientos y el griterío era ensordecedor. El campeón, el noqueador, se levantaba de la caída en el primer asalto. Se veía aturdido. El árbitro le hizo el conteo reglamentario. Durán le indicó que podía continuar, que estaba bien. De Jesús en la esquina neutral se veía satisfecho, pero no complacido. Sabía que faltaba mucho para derrotar al campeón mundial. Continuó el combate con Esteban atacando sin misericordia y Roberto apenas a la defensiva. Sonó la campana. Se acabó el primer asalto.

Empezó el segundo asalto con Mano de Piedra intentando reponerse. El entrenador fue enérgico cuando llegó a la esquina. Le exigía no descuidarse en la defensa porque Esteban pegaba fuerte y era muy técnico. Roberto salió en el segundo asalto agresivo, tirando muchos golpes que De Jesús esquivaba con destreza y estilo. Durán no podía capitalizar su ataque. Cuando lograba colocar un golpe, Esteban le respondía con tres. Vita estaba en control defendiéndose y contraatacando con efectividad la estrategia del rival. Cambiaba de guardia, se le iba por la izquierda cuando Roberto lo buscaba por la derecha y viceversa. Cuando Durán esperaba un gancho de derecha en el rostro, Vita se lo propinaba en el costado. La rapidez del puertorriqueño lo desconcertaba. Sabía colocarse en el área débil del campeón para sacar el mejor provecho de sus habilidades. A pesar de la adversidad, Roberto no tenía frenos, iba hacia el frente, aunque estuviera recibiendo una cantidad interminable de golpes. Estaba acostumbrado. No tan sólo tenía manos de piedra, también quijada. Terminó el segundo asalto favoreciendo a Esteban.

En el tercer asalto la izquierda de Esteban seguía llegando a la humanidad de Roberto. No podía esquivarla, no podía sacarse de encima la furia y precisión que le estaba costando su invicto. Durán intentaba zafarse del embate contraatacando, pero de frente tenía a un oponente que lo había estudiado hasta la saciedad. Esteban anticipaba todas sus movidas y se le escabullía por donde quiera que lo acorralaba.

Cuarto asalto. Los oponentes decidieron restablecer sus estrategias. En el caso de Vita, no quería ser descifrado. En el caso de Roberto, quería mostrar otra puesta de escena para confundir y ponerse en posición de ganar el combate. Ambos se mostraron cautelosos en el ataque; por lo tanto, el asalto pasó sin pena ni gloria.

El quinto asalto empezó en el medio del ring. Se atacaron sin piedad. Mano de Piedra mostró por qué era campeón y logró obtener un asalto convincente colocando buenos golpes en los planos bajos como en el rostro de su rival. La pelea tomó otro matiz. El campeón estaba demostrando que podía darle la vuelta al combate.

Sexto asalto. Esteban salió con todo. Decidió cortar en seco el avance de su oponente. Acribilló al campeón con su gancho de izquierda. El gancho que no dejaba en paz a Roberto seguía haciendo mella en su humanidad. Lo hacía alejarse, ir atrás para recargar y continuar. El retador con inteligencia amagaba por un lado con la derecha para hacerle espacio a la izquierda y colocársela con efectividad en el rostro o en el cuerpo del campeón. A Durán se le estaba yendo la pelea de las manos. Vita regresaba a la estrategia que le había funcionado. La retomó con más ímpetu. Volvía a sentirse en dominio pleno del combate.

En el séptimo asalto el campeón panameño se mostró sin rumbo ante las nuevas combinaciones de golpes del retador boricua. No encontraba la manera de hacerle daño a un rival aguerrido, atrevido, fuerte y muy inteligente. Vimos a Esteban utilizar todos los recursos habidos y por haber para ubicar la pelea a su favor de forma definitiva. Lo logró con tal maestría que el narrador norteamericano elogiaba su desempeño a cada segundo del asalto.

Octavo asalto. Los recursos más letales de Vita fueron el upper cut y el gancho de derecha. Se los colocó en varias ocasiones provocando en Roberto dolor y retroceso. El ataque del puertorriqueño no le daba tregua al panameño. Roberto poseía una estamina incomparable que lograba en el rival cansancio y desesperación. Era un arma importante en el arsenal, pero no estaba funcionando con el boricua. Se veía al campeón sin una reacción coherente en el ring. Estaba sobreviviendo.

Luego de sonar el campanazo final del octavo asalto, Esteban dominado por la euforia del combate le propinó un golpe de izquierda al cuerpo a Roberto, el cual respondió airado con un derechazo que si lograba conectarlo posiblemente el boricua se hubiera encontrado en problemas. El árbitro intervino inmediatamente y condujo al panameño a su esquina.

El noveno asalto fue parejo. El campeón no se rendía. Mano de Piedra fue de menos a más logrando sacar al público de sus asientos. Cada vez que uno de los rivales colocaba un buen golpe se les escuchaba reaccionar. Así fue en toda la pelea, pero en este asalto se agudizó la reacción. La mayoría creía que Roberto podía dar la sorpresa de noquear a un retador que no se dejó intimidar y que estuvo a la altura de las circunstancias.

En el décimo y último asalto, Vita se mostró cauteloso, no fue agresivo y mantuvo la distancia. El contragolpe resultó ser ideal para aguantar el último empuje de un campeón que mostraba cansancio al dejarlo todo en el noveno asalto. Durán sabía que no existía ninguna forma de ganarle a De Jesús. Lo comprendió internamente porque al sonar el campanazo final no abrazó a su rival, y mientras le quitaban los guantes y el vendaje rechazaba la alegría de la esquina puertorriqueña.

Cuando acabó la pelea, Esteban primero levantó la mano derecha mirando a la esquina, luego las dos y empezó a brincar. Al parecer el entrenador le dijo: “Mijo, le ganaste a Durán. Al campeón que todo el mundo le tiene miedo. Alza las dos y empieza a brincar, carajo”.

En el medio del ring se encontraba listo el anunciador vestido de traje blanco y corbata negra para dar a conocer oficialmente al ganador del combate, y dijo: “By unanimous decision. The winner is... Esteban de Jesús”. Brincaba y brincaba y todo parecía indicar que no iba a dejar de hacerlo. Logró lo que tanto quería, ser respetado y ser considerado uno de los mejores boxeadores del mundo.

El combate se programó para diez asaltos. No estaba sobre la mesa el campeonato. Si han escuchado o leído que Esteban de Jesús fue el campeón sin corona, se refieren a este dato.

Después de distanciarnos por un largo tiempo, me llamó y acudí a él. El 12 de mayo de 1989 lo cargué en mis brazos y nos fuimos a otro barrio.

Javier Febo Santiago
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