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Vargas Vila, García Márquez y el bolero

domingo 20 de octubre de 2019
José María Vargas Vila y Gabriel García Márquez
Existe una intrincada conexión entre el escritor bogotano José María Vargas Vila, el fabulista caribeño Gabriel García Márquez y la tonada cubana.


El amor por la literatura fue el puente para llegar a José María Vargas Vila, el irreverente escritor bogotano a quien la imaginería popular atribuye la siguiente frase, en su lecho de muerte en Barcelona, año 1933: “Muero como Cristo, entre dos ladrones”. A un lado de su cama estaba un abogado; al otro, un sacerdote. Ese mismo puente permitió la aproximación a García Márquez, el otro caballero andante que edificó un nuevo mundo: Macondo, tierra de todos y de nadie, bola de fuego y de agua donde ocurren los hechos más inverosímiles. Luego, fue el bolero, ese pensamiento a veces melancólico que, como el tango, también se baila. Los tres elementos permanecieron distantes durante varios lustros hasta que, por uno de aquellos azares del destino que menciona Borges, devino en una intrincada conexión entre el escritor bogotano, el fabulista caribeño y la tonada cubana, cuyo nacimiento se asocia a la aparición del modernismo en la literatura hispanoamericana, a finales del siglo diecinueve. El investigador musical, periodista y coleccionista Hernán Restrepo Duque dejó el siguiente testimonio acerca del origen del bolero:

El maestro Pepe Sánchez fue el “inventor” del bolero, pero los suyos eran tan precarios y elementales que han pasado sin que se acuerden de ellos. Al lado de él estuvieron Manuel Corona, Alberto Villalón, Rosendo Ruiz y Sindo Garay, quienes hicieron los primeros boleros que alcanzaron su mayor plenitud con un hombre que, sin ser de la trova, tuvo conciencia de su valía y es el primer gran bolerista de todos los tiempos: Eusebio Delfino, quien alcanzó a grabar en disco los grandes boleros.

Se sabe que Pepe Sánchez, un sastre oriundo de Santiago de Cuba, compuso el bolero Tristezas en 1883: “Tristezas me dan tus quejas, mujer; profundo dolor que dudes de mí; no hay prueba de amor que deje entrever cuánto sufro y padezco por ti. La suerte es adversa conmigo, no deja ensanchar mi pasión; un beso me diste un día y lo guardo en el corazón”. Con ello, se inauguraría el género en América Latina, alimentado por el modernismo literario, una brisa fuerte que sopló en nuestro subcontinente y cuya identidad se resume en la belleza de los textos y en la búsqueda de una libertad expresiva con el acompañamiento, claro está, de contenidos en los que sobresalían el pesimismo, la sensibilidad herida, el amor y la mujer esquiva.

 

Nuestro modernismo literario, sellado con la publicación del poemario Azul, de Rubén Darío, se desarrolló paralelo al bolero.

Los tiempos de “el Divino” Vargas Vila

La música, particularmente el bolero, ha estado ligada al oficio de los escritores de nuestro continente. Aquellos que vivieron el esplendor del género musical en referencia vincularon a su producción literaria, o cultivaron, esa pasión por la melodía acompasada de la que nacieron innumerables historias de amor y desamor. Así, Alejo Carpentier, Guillermo Cabrera Infante, Luis Rafael Sánchez, Mario Vargas Llosa, Alfredo Bryce Echenique, Ernesto Sábato y Jorge Luis Borges, entre otros.

Nuestro modernismo literario, sellado con la publicación del poemario Azul, de Rubén Darío, se desarrolló paralelo al bolero, género que cobró inusitada fuerza a principios del siglo veinte hasta prolongarse más allá de las primeras cinco décadas del anterior milenio. Pero, en un comienzo, los autores del nuevo ritmo se fueron apropiando de la producción literaria del modernismo, la cual se sacudía de su inmediato antecesor, el romanticismo, y emprendía una ruta inatajable hacia novísimas experimentaciones nacionales y autóctonas, apenas con unas dependencias, cada vez más lejanas, del oleaje poético francés encarnado en Verlaine, Rimbaud y Baudelaire, entre otros.

Sindo Garay, por ejemplo, mencionado ya por Restrepo Duque, musicaliza en una misma canción versos existentes del vate mexicano Amado Nervo y de la poeta y revolucionaria puertorriqueña Lola Rodríguez de Tió:

La luz que en tus ojos arde / si los abres amanece, / cuando los cierras parece / que va muriendo la tarde (Nervo).

Las penas que a mí me matan / son tantas que se atropellan / y como de acabarme tratan, / se agolpan unas a otras / y por eso no me matan (Rodríguez).

Ochenta y cinco años después de su muerte, Vargas Vila sigue atrayendo como un abismo. “El Divino”, injustamente vilipendiado y olvidado, escribió una bella biografía sobre su amigo Rubén Darío e hizo referencias a José Martí, el otro modernista a quien acompañó en esa revolución del lenguaje que habría de sacudir también los cimientos del bolero, el aire musical que luchaba en ese entonces, mediante el mensaje de su poesía popular, por alcanzar identidad propia.

A su vez, un texto biográfico e investigativo sobre Vargas Vila lo escribió la escritora Consuelo Triviño, quien no sólo rescató el Diario íntimo del panfletario, sino que contribuyó con su aporte a una nueva visibilidad del escritor, cuya obra se reedita actualmente y se exhibe en las principales librerías colombianas. Triviño realizó un exhaustivo trabajo, destacando ese lenguaje modernista que habría de influir, directa e indirectamente, en las letras amorosas del bolero. Así lo explica la escritora bogotana a Casa América, de Madrid:

Vargas Vila era un escritor incómodo por su anacronismo y sus posturas políticas, pero es parte de la historia de Colombia. Fue el escritor más polémico, prohibido, anatematizado y leído en lengua española. A través de un cuento recreado en París, año 1899, cuando empezaba en París la Exposición Universal, logré evocarlo. Gracias a Vargas Vila pude sumergirme en la Belle Époque. El cuento terminó siendo una novela, que está escrita en primera persona e inspirada en el diario que yo rescaté; sobre todo, está fundamentada a partir de la estética modernista.

Veo ahora la carátula de Ibis, novela llamada “la biblia del suicidio”, y desfilan en fuga una sucesión de personajes retorcidos por el amor, clamando a la muerte, sufriendo una pena muy honda a las puertas del infierno, esclavos del sentimiento que brota de la mujer-demonio, esas exquisitas encarnaciones con las que se ensañó Vargas Vila en medio de una prosa atrabiliaria que, sin embargo, permitió a Daniel Santos, “el Jefe”, desplegar al viento un bolero de su autoría titulado Vargas Vila (álbum ¿Y Linda?, Daniel Santos con guitarra, sello Tropical, año 1965).

 

García Márquez frecuentaba L’ Escale, un bar de segunda mano ubicado a poca distancia de La Sorbona y del famoso teatro Odeón.

Gabo y el bolero

Por su parte, cinco años después de su muerte, García Márquez sigue siendo recordado por ser el creador de un mundo paralelo, Macondo, y por haber obtenido el Premio Nobel de Literatura en 1982. Aquellas historias del “deicida”, tal como lo llama Mario Vargas Llosa, fueron escritas no sólo con el favor de sus sueños e ilusiones, de sus recuerdos familiares más recónditos, de su fino bagaje literario, y de su magia narrativa, sino también con la ayuda de un viento fresco: la música. Y en ella, el bolero.

Bailamos la serie del “Mambo Nº 5”, de Dámaso Pérez Prado. Con el aliento que me sobró me apoderé de las maracas en la tarima del conjunto tropical y canté al hilo más de una hora de boleros de Daniel Santos, Agustín Lara y Bienvenido Granda. A medida que cantaba, me sentía redimido por una brisa de liberación (García Márquez, Vivir para contarla, Editorial Norma, 2002).

Lejanos los tiempos de París, cuyas noches las habitaba Gabo para cantar boleros luego de fatigar la máquina de escribir al fondo de la buhardilla del Hotel de Flandre, donde se cocinaba a fuego lento El coronel no tiene quien le escriba.

Era mediados y finales de la década del cincuenta del siglo pasado. En medio de sus conocidos padecimientos en la capital francesa, García Márquez frecuentaba L’ Escale, un bar de segunda mano ubicado a poca distancia de La Sorbona y del famoso teatro Odeón.

En L’Escale nos reuníamos no para consumir, sino para cantar y ganar algo. Cantábamos canciones mexicanas y boleros cubanos, junto al pintor venezolano de apellido Soto. Todavía existe un cassette con el mexicano Carlos Fuentes donde cantábamos un long play de canciones mexicanas. Yo ganaba por noches unos francos con lo que iba agarrando algo. Pero no imaginas cuánto placer sentía cuando en la oscuridad las parejas se amaban al idilio de un bolero. Estas cosas ya las conté en la revista Opina de La Habana (García Márquez, citado por el cronista musical cubano Rafael Lam Marimón en revista Cubasí, 20 de septiembre de 2012).

Con el recuerdo de París y de Venezuela, García Márquez arribó en tren a México el 26 de junio de 1961. Allí tendría la proximidad de los boleros y las rancheras, cuyas letras había aprendido de memoria en sus tiempos de periodista en Barranquilla. Pero ahora se abría una ciudad extraña que poco tenía que ver con sus demonios históricos o familiares.

En el andén estaba esperándolos Álvaro Mutis, que les daba la bienvenida a México con aquella misma sonrisa rapaz con la que había recibido a Gabo en Bogotá en 1954. Mutis llevó a la exhausta familia a los apartamentos Bonampak, en la calle Mérida. Estaba justo en el linde con la Zona Rosa, recientemente tan en boga, y apenas a unas calles del corazón mismo de la ciudad, en el lugar donde sus dos grandes arterias palpitantes, el Paseo de la Reforma y la avenida Insurgentes, quedaban seccionadas ante la mirada del guerrero azteca Cuauhtémoc (Gerald Martin. Gabriel García Márquez. Una vida. Random House Mondadori, 2009, página 311).

Bertha Maldonado, la secretaria de Álvaro Mutis, evoca la relación Gabo-boleros en un viaje realizado a Veracruz dos años después de la llegada del escritor a la tierra donde vivía y cantaba el cubano Bienvenido Granda.

Si Gabo no hubiera recibido el divino don de la palabra, si no hubiera sido periodista y escritor, hubiera tenido mucho éxito como cantante de boleros. Por ahí en 1963-64 llegó Gabo a la oficina de publicidad de Álvaro (Mutis) con una maletita. Les pregunté a dónde iban y me dijeron que a Veracruz, pues Gabo quería conocer el mar. Pedí que me llevaran y nos montamos en un “renaultcito”. Desde el momento en que nos subimos al coche, Gabo, sin parar, cantó uno tras otro, tras otro bolero, sin repetir. Uno lo llevaba al otro…

De tal manera que México se constituyó en el escenario ideal para que el escritor en ciernes afianzara su devoción por aquel aire musical cruzado por las ensoñaciones y las tristezas. Recordó, entonces, sus tiempos en Barranquilla, donde fraguó gran parte de la arquitectura que edificaría a mediados de la década del sesenta. Porque en esta ciudad caribeña tuvo mucho contacto con la bolerística cubana que aprendió al pie de la letra gracias a su elefantiásica memoria. Esto dijo, años después:

Yo llegué a admirar tanto a Bienvenido Granda, que siempre he creído que yo me dejé el bigote para toda la vida por Bienvenido Granda, que lo llamaban El Bigote que canta, y en México, en los momentos de su gran apogeo, yo usaba el bigote muchísimo más grande, y más poblado que ahora, y me llamaban los compañeros de trabajo El Bigote que escribe. Conocí a Bienvenido en el Teatro Blanquita y donde quiera que se presentara lo seguía. Ya era un hombre mayor y continuaba teniendo ese chorro de voz, tan extraordinario. Eran épocas de mis malos tiempos en México, cuando escribía Cien años de soledad. La referencia para mí siempre fue la de Bienvenido (García Márquez, revista citada).

En México, Gabo consolidó su gusto musical por el bolero. Del género protagonista de esta nota y su relación con el escritor quedó el testimonio de la cantante peruana Tania Libertad, invitada especial a las celebraciones que organizaba el Nobel en Ciudad de México.

Me preguntaron una vez cuál era la canción favorita de Gabo y yo dije: Nube viajera. Se trata de un hermoso bolero que siempre le canté en sus fiestas, en su cumpleaños, en su casa.

Pero la pasión de Gabo por el bolero no se reduce a Nube viajera, del mexicano Jorge Macías, autor de la letra que tanto cautivó al prestidigitador. El siguiente testimonio es del poeta y periodista cubano Raúl Rivero Castañeda, quien escribió para el diario El Mundo, de España, lo siguiente:

Yo lo escuché entonar el bolero Usted en un cabaret de Santo Domingo, en el verano de 1979. Lo acompañó un conjunto local, un ventú, que lo seguía leal y desacompasado. El locutor lo había presentado como el cantante colombiano Gabriel García. Al final, lo aplaudieron hasta la locura el poeta Pedro Mir, el ensayista Manuel Maldonado Denis y otros intelectuales que estaban en su mesa. El público, que nunca identificó al bolerista con el escritor, lo despidió con una armoniosa mezcla de indiferencia y abucheos.

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