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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La caja de música de mi tío

jueves 9 de abril de 2020
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La caja de música de mi tío, por Carlos de la Hoz Albor
La de esta historia es una rudimentaria caja de cartón, rectangular, de color rojo, en la que alguna vez vinieron unos zapatos deportivos y que mi tío Célico Márquez Castro utilizaba para guardar los discos compactos de su música preferida.
A la Ñaña López

El título de esta historia tal vez pueda hacer pensar al lector que se va a hablar de una de esas cajas que contienen en su interior un mecanismo accionado por una cuerda de reloj, que hace sonar una melodía cuando se le abre la tapa y de cuyo interior emerge una bailarina que empieza a dar vueltas y vueltas. Pero no. La de esta historia es una rudimentaria caja de cartón, rectangular, de color rojo, en la que alguna vez vinieron unos zapatos deportivos y que mi tío Célico Márquez Castro utilizaba para guardar los discos compactos de su música preferida.

Podría describirla en detalle, tanto su forma como su contenido, ya que la tengo ahora mismo frente a mí y puedo tocarla, revisarla, hurgar en lo que tiene adentro. Me la regaló mi prima Cecilia una vez que fui a visitarla, y cuando ya habían pasado tres años de la muerte de mi tío.

Pienso que la vida y la muerte tienen sus maneras sutiles de hacer las cosas y uno, tan limitado para entenderlas, sólo atina a pronunciar la palabra casualidad. Ocurre que fue justo al lado de ese tío mío, consuetudinario lector de periódicos, juniorista insobornable, dueño de una muy particular manera de hablar, taxista de profesión y melómano de tiempo completo, que aprendí a conocer la música que más amo: la del Caribe. Así que cuando recibí la caja pensé que era sólo una casualidad del destino para que me pusiera a escribir acerca de mi tío, pero, sobre todo, acerca de él, la música y yo.

 

En 1969 conoció a mi tía en Gráficas Mora, donde trabajaba, y, después de dos años de noviazgo, se casaron el 18 de diciembre de 1971.

Pon atención, borincano, lo que te voy a contar

Mientras cursaba la primaria y el bachillerato vivía en la casa de mis abuelos paternos en el barrio san José, de Barranquilla. Allí también vivieron por un tiempo mi tía Adriana y mi tío Célico, su esposo, y nacieron sus hijos Cecilia, Darwin y Adriana. Mi tío había nacido el 23 de octubre de 1942 y era hijo de Manuel Márquez y Cecilia Castro. Se levantó junto con sus hermanos Sara, Mercedes, Luis Alfonso y Humberto en el barrio El Valle, conocido en Barranquilla por ser mayoritariamente habitado por población de raza negra, que es por naturaleza trabajadora, diestra en el baile y de una alegría a flor de piel. En 1969 conoció a mi tía en Gráficas Mora, donde trabajaba, y, después de dos años de noviazgo, se casaron el 18 de diciembre de 1971 en la iglesia de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, donde trece años antes se había casado con su novia de toda la vida otro melómano empedernido que decía que de no haber sido escritor le hubiera gustado ser taxista, como mi tío, y que llamaba “campeones del sentido común” a quienes ejercían ese oficio: Gabriel García Márquez.

Cuenta mi tía Adriana que en los años setenta mi tío Célico acompañaba a su amigo Rafael Barrios, locutor de Radio Piloto, una emisora muy popular de la época, a programar la música de su preferencia. De ahí, de su infancia y adolescencia en las bulliciosas calles del barrio El Valle, del hecho de que los carros que manejara fueran una especie de parlante ambulante emitiendo música todo el tiempo (con el dial fijo en estaciones como Emisora Atlántico, Radio Reloj o Radio Tropical), de que donde estuviera siempre hubiera un radio encendido y sobre todo del hecho de ser un barranquillero raizal, inveterado parrandero y un gocetas incorregible, tal vez le venía su conocimiento musical, que le servía para identificar una canción con apenas escuchar la primera nota o saber cuál era la orquesta o el intérprete y hasta qué músico ejecutaba tal o cual instrumento en determinada melodía.

Así que, desde pequeño, gracias a su magisterio musical, supe que no toda la música que llegaba por estos lares era la misma y de tanto escucharlos se me volvieron familiares términos como chachachá, bolero, guaracha, son, montuno, danzón, merengue, tumbao, plena, murga, bomba, guaguancó y, por supuesto, salsa.

A su lado también aprendí desde temprano a distinguir a los artistas de esta música nuestra cuyos nombres se repiten (o se parecen): Nelson Ned, Nelson Feliciano, Nelson González, Nelson Henríquez y Nelson Pinedo, que era barranquillero y rebolero para más señas; Tito Puente, Tito Gómez, Tito Rojas y Tito Nieves, al que, ay, qué pena, se le fueron los Rodríguez; Pete Rodríguez y Pete El Conde Rodríguez, el uno pianista y el otro sonero; Celia Cruz, Celio González y Celina González, que baila bueno; Joe Quijano, Joe Cuba, Joe Bataan y nuestro Joe Arroyo, el que contó y cantó un pedacito de la historia negra; Johnny Ventura, Johnny Pacheco y, cómo no, Johnny López con sus Luces de Nueva York y Johnny López, el Bravo, viniendo de muy lejos con La barola.

Otra de las lecciones suyas fueron los apelativos de los músicos y vocalistas del Caribe: no había que mencionar su nombre para saber de quién se trataba. Recuerdo que solíamos hacer breves torneos de la memoria con ellos. Él empezaba:

—¿La guarachera de Cuba?

Y yo, muy aplicado, respondía:

—Celia Cruz.

—¿El inquieto anacobero?

—Daniel Santos.

—¿El bigote que canta?

—Bienvenido Granda.

Y así seguíamos con El trabuco panameño, El niño de Trastalleres, El coquí de Puerto Rico, El león de la salsa, El niño mimado de Puerto Rico, El niño bonito de la Fania, El pequeño gigante de la canción, El enterrador de las blancas y las negras, La universidad de la salsa, El decano de los conjuntos cubanos y un largo, rítmico y gozoso etcétera que suena y resuena en mí desde entonces.

 

Ni médico ni abogado, tampoco ingeniero

A veces entre trago y trago o a veces a palo seco, pues en cualquier circunstancia era un buen conversador, mi tío iba impartiendo esas lecciones de historiografía musical a sus interlocutores de turno, entre los cuales casi siempre me encontraba. Eso me sirvió para que, después, cuando ya fui más grandecito, fuera ascendido a una categoría con la que todo melómano sueña: ser el que pone la música en las fiestas. Entonces las lecciones pasaron a ser directamente para mí, que debía complacer sus peticiones musicales o, por iniciativa propia, satisfacer su gusto haciendo sonar un tema que le gustara.

Cuando eso ocurría, como buen Caribe levantaba el pulgar de la mano derecha y soltaba una exclamación cuya entonación teatralizada nunca voy a olvidar:

—¡Oh!

Fue así como conocí su particular santoral melódico y supe, por ejemplo, de su devoción por la Sonora Matancera, cuyas canciones se sabía al dedillo y cuyos intérpretes podía reconocer entre mil. Fueron muchos los diciembres con la carátula azul del LP Navidades con la Sonora Matancera en la mano como para olvidarlo. “¡Las navidades llegaron ya!”. Y con ella llegaba su felicidad, pues era la época del año de su predilección, aquella propicia para escuchar la música que se regaba a raudales en esa Barranquilla que amaba.

Como la mayoría de los nacidos en esta parte del mundo, mi tío amaba la música tropical.

Y fue asimismo por esa feliz circunstancia de ser su discípulo en cuestiones musicales que lo vi bailar y tararear muchas veces uno de sus himnos personales, El swing, del Gran Combo de Puerto Rico, una descarga imperecedera en la que, con desenfado, un gozón del Caribe hace su propia semblanza y defiende su filosofía de vida por encima de las credenciales académicas: “Yo no soy médico ni abogado ni tampoco ingeniero, pero tengo un swing que muchos quisieran tener”. Acaso mi tío Célico se sentía dibujado en esa letra, deliraba al escucharlo y se sentía siempre obligado a bailarlo.

Como la mayoría de los nacidos en esta parte del mundo, mi tío amaba la música tropical. Entre sus muchos intérpretes, además de los de la costa norte de Colombia como Pacho Galán, Lucho Bermúdez, Juan Piña, Joe Arroyo, Adolfo Echeverría, Gabriel Romero, Rufo Garrido, Esthercita Forero y Juan Carlos Coronel, entre otros, se encantaba con las orquestas de Venezuela, país con el que estaba ligado sentimentalmente, pues muchos de sus familiares, entre ellos su mamá, la señora Cecilia, vivían allá. Las canciones de la Billo’s Caracas Boys, Los Melódicos, Nelson Henríquez, Los Blanco, la Orquesta La Playa, Pastor López y su Combo, El Supercombo Los Tropicales, Emir Boscán y Los Tomasinos con su sonido robusto y sus vientos nostálgicos eran para él, en cualquier época del año, artículos sonoros de primera necesidad.

Pero lo suyo, sin duda, era la salsa, la salsa brava para el bailador, del tipo El negro y Ray o la mayoría de las canciones de Richie Ray y Bobby Cruz, otros de sus referentes. Bailaba con destreza Sonido bestial o Bomba camará y al finalizar levantaba los brazos como esperando el aplauso o simulaba que se acercaba a un bafle imaginario y apoyaba un pie en él y hacía que posaba para una foto imaginaria. Si el lector pasa ahora mismo por un estadero y ve a un tipo con un pasito tun tun, moviendo los hombros, levantando un brazo o llevándose la mano derecha a los testículos, es como si estuviera viendo a mi tío.

 

La caja de música de mi tío, por Carlos de la Hoz Albor

Traigo de todo, caramba, yo traigo de todo

Abro con respetuosa solemnidad y sin afán la caja de música de mi tío y a medida que descubro sus tesoros voy recordando hechos, detalles, circunstancias de su vida que conocí. Nunca fue un coleccionista como tal (de hecho, muchos de los LP o casetes que escuchábamos en San José pertenecían a los hermanos Olmos, que vivían allí también), así que la discografía que hallo, compuesta por exiguos 53 discos compactos, es la de un melómano que se supo apenas proveer de obras musicales que le gustaban para, supongo, escucharlas cuando se le antojaran. Nada de joyas originales, nada de incunables, ningún disco exótico: sólo una mínima parte de la banda sonora de una vida que se hizo acompañar de la música como otros lo hacen de los libros y la de un hombre que, en esencia, fue un sentimental incurable.

Descubro entre ellos tres que me resultan conocidos, pues yo mismo se los obsequié: una selección de canciones de diversos géneros dedicadas a Barranquilla: Esthercita Forero, Nelson Henríquez, la Dimensión Latina, la Orquesta Sarabanda, el Grupo Niche, la Orquesta Caramba, Joe Quijano, Joe Arroyo, Juan Piña, Diomedes Díaz y hasta el himno que Amira de la Rosa compuso para esta tierra. Recuerdo que las grabé para él desde mi computador un 25 de diciembre en que, con ocasión del cumpleaños de Ninfa, mi esposa, fue a visitarme con toda su familia y departimos largamente; un disco de boleros, género de sus amores, que le llevé de regalo a su casa del barrio Centenario, de Soledad, y otro con los mejores mambos de Dámaso Pérez Prado al que le puse mi firma como dedicatoria.

Hay varios discos variados en los que identifico algunas de las canciones que más le gustaban: Besito de coco, de la Sonora Matancera; La lapa, de Joe Cuba y Cheo Feliciano; Las mujeres están de moda, del Grupo Niche; Rumbón melón, de Joe Pastrana; Más sabroso, de Adalberto Santiago (que nunca faltaba en su cumpleaños), y Shalom malecum, de Pete El Conde Rodríguez. Recuerdo que los bailaba, los cantaba, los repetía y los volvía a cantar y a bailar. Del último tema relacionado contaba, pues era memorioso, que era el que había bailado con mi tía inmediatamente después del vals, el día de su matrimonio.

Pongo a sonar una de las canciones y de inmediato veo con nitidez a mi tío cantando Taboga, la parte de Vladimir Lozano.

Hay también discos de su muy amada Sonora Matancera (Aquel 19 era uno de sus favoritos), de la colección de boleros Serenata tropical, de la colección Vallenatos de platino, de Héctor Lavoe, de Willie Colón, de Frankie Ruiz, de Adalberto Santiago (una de las devociones de mi tío), de Ángel Canales, de los hermanos Lebrón (di Lebron broders, diría), de Celina y Reutilio, rancheras de Antonio Aguilar para la madrugada y el amanecer, boleros de Rolando Laserie y discos de dos instituciones musicales que, si no estuvieran, las hubiera extrañado, pues mi tío las adoraba: la Fania All-Stars y el Gran Combo de Puerto Rico.

El resto no es precisamente silencio: es música de Carnaval. Guarachas de Aníbal Velásquez, porros de Pedro Laza y sus pelayeros, cumbias de la Cumbia Soledeña y de Pedro Ramayá Beltrán, canciones de los Corraleros de Majagual, de los Gaiteros de San Jacinto (“¡La vaina ya se formó!”, solía gritar), de Dolcey Gutiérrez, Irene Martínez, la Niña Emilia y todo lo que suena y truena en esa época del año en Barranquilla y que, en algún tiempo, debido al sonido de la guacharaca de metal, la gente englobó con la despectiva denominación de rasca-rasca.

Rebusco aquí y allá y encuentro un disco de Óscar de León. Pongo a sonar una de las canciones y de inmediato veo con nitidez a mi tío cantando Taboga, la parte de Vladimir Lozano, en una madrugada de fiesta en casa de mis abuelos:

En esta noche callada
que mi tormento ahoga
quiero cantarte, Taboga,
viendo tu luna plateada

Sigo con La comprita, Mi bajo y yo, María, Param pam pam… No, mi entrañable Emily Dickinson: para viajar lejos no hay mejor nave que… ¡una canción! Sobre todo, pienso yo, si solíamos escucharla en la infancia.

 

Amigo alegre y sincero, querido por todos

Fiel a una herencia musical y rumbera heredada de mis mayores, la mañana del 24 de diciembre de 2014, cuando mi hermana Magaly me llamó por teléfono para avisarme que mi tío Célico había muerto de un paro respiratorio fulminante, me encontraba limpiando mi pequeño equipo de sonido y organizando la música para la fiesta de esa noche y del día siguiente.

Pero ninguna de las canciones que había escogido —y en las que con seguridad estaba su impronta— sonó y, por el contrario, fueron dos de los días más tristes y silenciosos de mi vida. Lloré mucho, y lloro todavía, cada tanto, al recordar las muchas vivencias que compartí con él. No olvido su inmenso amor por la familia que formó con mi tía Adriana (Ñaña López la llamó siempre), su generosidad para conmigo, el cariño fraternal que les profesaba a mis padres (compadres suyos), la manera franca y cordial con que trataba a todo el que se le acercaba. Nunca, en los casi cincuenta años que le frecuenté, le vi un gesto de prepotencia o de altivez con alguien. Era la cordialidad y la humildad hechas persona, la mano siempre dispuesta a ayudar, la alegría que iluminaba el encuentro con los suyos.

Aunque me duele su ausencia, me consuela saber que mi tío perteneció a ese raro tipo de personas que no necesitan realizar grandes hazañas para dejar una huella perdurable en los demás. Tal vez por eso sentimos que sigue estando presente en nuestras tenidas familiares. Nos parece verlo sentado en una silla, en una mecedora, de pie, en posesión de la palabra o haciendo lo que más le gustaba hacer: bailar. Su nombre se menciona sin prevención y a veces hasta alguien dice lo que él hubiera dicho en determinada situación. Siguen allí, intactos como si apenas hubiera salido a hacer una diligencia, sus juegos de palabras, sus ademanes y, sobre todo, la música, su música, esa compañera suya que escuchó, tarareó y bailó y con la que hizo “una grieta en la coraza de orgullo de la muerte”, para decirlo con las hermosas palabras con que Wole Soyinka se refiere a la memoria.

A veces creo que los versos que Emir Boscán le dedicó a Víctor Piñeros fueron en realidad escritos para él:

Y estamos seguros que nunca
te irás de los corazones
que te quisieron de veras,
que recuerdan tus canciones.

Carlos de la Hoz Albor
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