Lecturas de poesa en apoyo a afectados por el volcn en La Palma

Saltar al contenido

Un par de zapatos viejos sobre el techo de la escuela, de Carlos de la Hoz Albor
(extractos)

jueves 8 de julio de 2021
¡Compártelo en tus redes!
“Un par de zapatos viejos sobre el techo de la escuela”, de Carlos de la Hoz Albor
Un par de zapatos viejos sobre el techo de la escuela, de Carlos de la Hoz Albor (Exilio, 2021).

Un par de zapatos viejos sobre el techo de la escuela
Carlos de la Hoz Albor
Cuentos
Ediciones Exilio
Bogotá, 2021
ISBN: 978-958-53021-9-8
147 páginas

Jornada escolar

Estoy en la sala de profesores. Es una apacible mañana de otra jornada escolar. De repente, un súbito como tableteo de ametralladora me arranca de la tranquilidad con que hojeo un libro de texto. Me levanto, presintiendo lo peor, y dirijo mis pasos al salón de donde creo proviene el ruido.

Al asomarme a la puerta encuentro un cuadro conmovedoramente triste: más de una veintena de pequeños inermes en sus sillas, el rostro lívido, temblando y sin atreverse a pronunciar palabra.

Y frente a ellos la maestra, iracunda y vociferante, golpeando con fuerza el borrador en el tablero.

 

El tamaño de la esperanza de un maestro

Quien quiera saber cuál es el tamaño de la esperanza que mueve siempre a los maestros de letras que leen con detenimiento los trabajos de sus estudiantes, sólo tiene que recordar este memorable pasaje autobiográfico que se encuentra en Apologías y rechazos:

—¿Por qué pierde tiempo en estas cosas? —preguntó un entonces joven Ernesto Sábato a Pedro Henríquez Ureña al verlo debatiéndose en la lectura, relectura y calificación de trabajos y más trabajos de sus pupilos.

—Porque entre ellos puede haber un futuro escritor —replicó el maestro.

 

Libro de texto

Asomado por la ventana de su piso alto de Madrid, Ramón Gómez de la Serna ve a dos niñas uniformadas que, ante la súbita aparición de la lluvia, se echan a correr y protegen la cabeza con sus libros de texto.

La imagen pasa inadvertida para los transeúntes, pero, en cambio, le permite al ojo fisgón del poeta descubrir acaso la  única utilidad de estos libros a los que, como si fueran omnipotentes deidades, se encomienda con acendrada devoción la escuela.

 

Rostro de maestro

Érase una vez un rostro de maestro sonriente que saludaba con alborozo a los otros rostros de maestros que encontraba en su camino e intercambiaba con ellos palabras ligeras y de vez en cuando hasta se le daba por silbar alguna melodía, pero al llegar al salón de clases se volvía adusto, fruncía con desencanto el ceño y levantaba la  voz para dar órdenes, y al salir de ese lugar (en el que se le notaba que no quería estar) volvía a ser un rostro sonriente, que si por casualidad se encontraba a su paso con el rostro severo del director, se volvía entonces apacible y bajaba la mirada y de su boca no salía ninguna palabra, ni ligera ni grave, pues estaba muy ocupado en escuchar las palabras de éste, y el que, ya para terminar esta historia cierta, cada vez que llegaba a su casa corría a verse en el espejo y a preguntarse por qué nadie en la escuela le creía.

 

El descubrimiento de las palabras

Cosa es de admirar: levanta la mano, interroga, sugiere, se atreve, pone en duda, inventa, da por sentado, trastoca, busca y halla, desarma y vuelve a armar la vida. Ha descubierto las palabras y se ha percatado, con alegría que no mengua un solo momento, de que son ellas y ningún otro de sus juguetes las aliadas perfectas e incondicionales en esa aventura que es conocer el mundo y sus entresijos.

¿Por qué, en lugar de arrugar la cara, no lo celebra el maestro?

 

Días de vacaciones

Llegan los días de vacaciones y por reflejo los estudiantes se despojan del uniforme. Saludo a unos que juegan fútbol en la calle contigua al colegio y a otros que se hallan apostados en una esquina. Sonríen, baten palmas, gritan, cantan: sin el pesado fardo de los deberes y las reglas con que a veces los agobiamos vuelven a ser ellos mismos, recuperan su Tierra Prometida. Vistos así, yo mismo, que los conozco, no me atrevería a decir que pasan buena parte del año entre libros y cuadernos, oyendo resonar a diario nombres ilustres en sus oídos o siendo testigos de excepción de sucesos trascendentales de la historia de las ideas.

¿Qué es un estudiante sin uniforme?, podríamos preguntarnos con cierta irreverencia que disguste las convenciones. Tal vez apenas alguien al que desde temprana edad obligamos a tomarse muy en serio la vida.

Tan sólo eso.

 

Voluntad de conocimiento

La voluntad de conocimiento, que debería ser el ademán predominante en la escuela, encuentra su “justificación más seria” en esta respuesta que recoge Cioran en uno de sus aforismos: “Mientras le preparaban la cicuta, Sócrates intentaba aprender un aire de flauta. ‘¿Para qué quieres aprenderlo?’, le preguntaron. ‘Para saberlo antes de morir’”.

 

Sueños

—Leer da sueño —dijo el estudiante y echó a reír, como buscando la aprobación de sus compañeros para la ocurrencia.

—Pues también da sueños —respondió con énfasis el maestro.

Y aprovechando el silencio que siguió a sus palabras, comenzó a leerles en voz alta.

 

El profesor Villarreal

—El mundo es ancho y ajeno —escribió el profesor de literatura en el tablero.

Los ojos de aquel muchacho, cuya rebeldía e irreverencia eran conocidas en la escuela, se iluminaron ante la oportunidad que le ofrecían estas palabras. Entonces levantó la voz y sin rodeos soltó una verdad que traía atragantada:

—Pero este salón es estrecho y nuestro…

Villarreal —así, a secas, con sólo el apellido, llamaban todos al profesor— se ajustó las gafas, volteó a mirarlo y sonrió.

Carlos de la Hoz Albor
Últimas entradas de Carlos de la Hoz Albor (ver todo)