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Ricardo Valderrama, el antropólogo que se convirtió en alcalde de Cusco y murió por covid-19

sábado 5 de septiembre de 2020
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Ricardo Valderrama
Valderrama resistió más de un mes la enfermedad, hasta que ya no pudo evadir el encargo de sus antepasados.

El presidente de una importante organización mundial llegó a Cusco en misión oficial, y como parte de su agenda protocolar tenía programada una visita al alcalde de la ciudad, a quien, además, condecoraría. Durante el acto, el líder internacional dijo que venía a hacer una especial reverencia al inca. No estaba exagerando: ser alcalde de la ciudad más antigua de América, heredera de la milenaria cultura andina, capital del Tawuantinsuyo y el imperio Inka, la ciudad sagrada, no es poca cosa; es, precisamente, personificar al Inca, la mayor autoridad del Cusco. En el sillón central de la mesa de honor estaba el antropólogo Ricardo Valderrama Fernández, de 75 años, recibiendo la condecoración internacional con una reverencia de humildad que reflejaba su porte y autoridad.

Estudió antropología en la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco y pronto le puso atención al estudio de la cultura andina.

Valderrama había asumido semanas antes la alcaldía de la ciudad del Cusco, la región donde se levanta la imponente ciudadela de Machu Picchu, como parte de sus responsabilidades por ser primer regidor, o concejal, ante la suspensión del alcalde titular. Había llegado a este importante cargo público coronando una impecable carrera académica de cincuenta años. Sabía que la política, en todas sus formas, era un riesgo; pero ahí estaba, asumiendo un encargo legal que no había buscado, pero estaba en su camino. Sabía, también, que no tenía una tarea fácil. No sólo se trataba de administrar la ciudad más importante del Perú, después de Lima, sino de enfrentar a una opinión pública que suele ser lapidaria, exigente e indolente.

A sólo unos días de asumir la alcaldía, luego de que un equipo de prensa lo visitara en su casa para elaborar el perfil profesional y humano de quien se disponía a dirigir los destinos de la ciudad y al que atendió rodeado de sus principales asesores, se dio tiempo para escuchar a un hombre sencillo que llegaba de una lejana comunidad. Ese hombre era autoridad en su pequeño pueblo andino; traía una bolsa de papas y maíz, como ofrenda, y esperó a que Valderrama se quedara solo para hablarle. Venía a darle consejos ancestrales para gobernar la ciudad. El nuevo alcalde de Cusco daba muestras de tener oídos, manos y puertas abiertas para todos.

Y es que este hombre de hablar pausado, que hablaba el quechua y el castellano con la misma soltura, que había rastreado las raíces de su familia hasta toparse con sus antepasados incas, que había recorrido el mundo dando conferencias sobre la cultura andina, no sabía que estaba entrando a la boca del lobo. Todos aplaudían su trayectoria académica, pero ahora le iban a exigir que asfaltara las calles de la ciudad; todos valoraban los libros que había escrito, pero ahora le exigirían que ordenara el tránsito y recogiera la basura de las esquinas, que cerrara los prostíbulos clandestinos. No le iban a perdonar deslices u omisiones. Y así fue.

Ricardo Valderrama nació en Cusco el 3 de abril de 1945, en una familia que se había asentado desde muchos años antes en el distrito tradicional de San Jerónimo, conocido por ser uno de los lugares de la periferia del Cusco incaico donde se ubicaron las panacas del inca, que eran grupos familiares privilegiados de donde podía salir el sucesor del gobernante. Estudió antropología en la Universidad Nacional de San Antonio Abad del Cusco y pronto le puso atención al estudio de la cultura andina, especialmente a los sistemas de gobierno, a la recopilación de mitos y leyendas y al análisis de las prácticas ancestrales que aún se desarrollan hoy en el ámbito urbano y rural.

El mundo de la academia daba aplausos en auditorios. La administración de la ciudad exigía de otras mañas, que Valderrama supo asumir con entereza.

Hacia fines de la década de los setenta del siglo pasado, cuando la ciudad del Cusco registraba un importante crecimiento poblacional producto de las migraciones internas y crecía económicamente gracias al turismo —con el tiempo Cusco se convertiría en el principal destino turístico del país y uno de los más importantes del mundo—, Valderrama y su esposa Carmen Escalante, también antropóloga, publicarían una interesante etnografía que titularon Gregorio Condori Mamani, autobiografía. Con los años, este libro sería uno de los más traducidos de la literatura peruana y un documento de lectura obligatoria en las principales ciudades de Europa. Entre sus últimas ediciones se cuentan una traducción al hebreo y otra al japonés.

El libro, publicado originalmente en quechua y castellano, cuenta la historia de un cargador de bultos que sobrevive en la ciudad del Cusco, lejos de su pueblo natal y sin más compañía que su esposa, otra mujer quechuahablante, con quien se ubican en el punto más bajo del rango social y económico de la sociedad. Sin embargo, ese personaje invisible, marginal y marginado, iba a develar un mundo mágico y rico, vivo y latente, que conocemos como cultura andina. De su hablar sencillo y directo salían mitos y explicaciones de cómo estaba organizado el mundo, razones por las que se debía respetar a los semejantes y cómo devolverle a la tierra lo que nos había dando para nuestra sobrevivencia. Hasta entonces, no se había publicado en el Perú un trabajo similar, que lograra indagar tan profundamente en un individuo la esencia de toda una cultura, que muchos creían cosa del pasado y de un academicismo nostálgico.

Estudiosos de diferentes partes del mundo reconocieron y valoraron el trabajo de Valderrama y Escalante, y desde entonces han sido invitados por las principales universidades del mundo que le ponen atención a los estudios antropológicos y las ciencias sociales, y estudiantes de esas universidades llegaban hasta Cusco a entrevistarlo o para indagar información para sus tesis de maestría y doctorado. Así, la casa de los Valderrama, como se ha denominado a su residencia en San Jerónimo, era constantemente visitada por personalidades del mundo académico y de las letras, por políticos y periodistas, por jóvenes y estudiantes en busca del amparo del maestro y su experiencia. Su aporte académico y la defensa de la cultura andina se manifestaron, además de sus varios libros publicados, en actos reivindicativos como la sustentación que hizo Carmen Escalante de su doctorado en Antropología en la Universidad Pablo de Olavide (Sevilla, España), en quechua.

Los apus y deidades andinas, en los que Valderrama creía y respetaba tanto como a Dios, le han hecho el llamado ancestral.

Pero el mundo de la academia daba aplausos en auditorios. La administración de la ciudad exigía de otras mañas, que Valderrama supo asumir con entereza. A poco más de dos meses de gobierno municipal, la pandemia provocada por el nuevo coronavirus, covid-19, traería otro tipo de sorpresas. Cusco se convirtió en una de las ciudades más afectadas por la enfermedad y Valderrama, como autoridad que era, estaba en mercados y plazas, hospitales y albergues, operativos de tránsito y comercio ambulatorio, ante el reclamo ciudadano de que debería hacer algo más para detener la enfermedad o evitar los contagios, lo que sólo estaba en las manos y responsabilidad de cada ciudadano.

Pero ahí estaba él, con sus años y su paciencia, su mano firme y sus frustraciones, enfrentando la presión social y las descabelladas exigencias de un grupo de irresponsables. Y estaba con sus libros y sus amigos, “como las piedras que pisamos en Cusco —decía—, unidas e indestructibles”, pero la enfermedad no se iba a detener a pedir credenciales. Se había sometido a varias pruebas para descartar el covid-19, hasta que una de ellas dio positivo. Valderrama resistió más de un mes la enfermedad, hasta que ya no pudo evadir el encargo de sus antepasados.

Cuando el Concejo Municipal dio la licencia por enfermedad correspondiente a Ricardo Valderrama, encargó la alcaldía a una regidora joven de veinticinco años, como si de una ley de la vida se tratara y no de un trámite legal: el hombre mayor daba paso a la juventud a asumir su responsabilidad en la comunidad. Así, el concepto circular de la cosmovisión andina se estaba cumpliendo. Los apus y deidades andinas, en los que Valderrama creía y respetaba tanto como a Dios, le han hecho el llamado ancestral. Al promediar el mediodía del domingo 30 de agosto, el maestro y amigo de las últimas generaciones moría, enlutando a la ciudad ancestral que ha levantado su bandera tawuantinsuyana del color del arco iris para despedirlo de pie. Si la peste no estuviera entre nosotros, Valderrama sería despedido con el retumbante sonido de los pututos, el lamento de los bombos y el ancestral viento de los sikuris, como era dictado para los qosqorunas, los gobernantes andinos y los hombres de bien.

Alfredo Herrera Flores
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