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Freddy Castillo Castellanos y el azar concurrente

martes 12 de enero de 2021
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Freddy Castillo Castellanos
El interés de Freddy Castillo Castellanos trascendía la divulgación de los autores clásicos; su fino olfato literario, su enciclopédica cultura y erudición le permitían mantenerse al día con las novedades literarias. Fotografía: El Impulso
…vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.
Jorge Luis Borges (“El Aleph”)

La vida, la memoria y la muerte

Siempre ha sido difícil enfrentar la blancura de la hoja; de algún modo, el blanco constituye una metáfora del silencio, las palabras huyen, se escurren y ocultan: es la batalla constante de la vida contra la muerte expresada en el texto. La vida, la vida, “Hoy me gusta la vida mucho menos, / pero siempre me gusta vivir: ya lo decía”, son algunos de los versos de César Vallejo, de su libro Poemas humanos. Hay otro, tal vez más dramático: “La vida, esta vida / me placía, su instrumento, esas palomas”, que recoge la magia instrumental de la existencia, el don más preciado que tenemos. La noción instrumental resulta curiosa, tal vez objetual; es una cosa, pero una cosa preciosa, un diamante que pulimos durante años y que se resiste a nuestra labor de joyeros. Pero todavía queda otro poema vallejiano —hay más, muchos más en el infinito universo del poeta peruano—, del mismo libro: “En suma, no poseo para expresar mi vida sino mi muerte”, aquí se dice algo sustancial, la vida sólo es posible expresarla a través de su finitud: la muerte. Vida y muerte son lo cóncavo y convexo de un mismo lenguaje, de una realidad única y complementaria. Este último poema de Vallejo dice más adelante: “Y, al descender del acto venerable y del otro gemido, / me reposo pensando en la marcha impertérrita del tiempo”; esta vez dos palabras llaman poderosamente mi atención: “impertérrito”; es decir, impávido, como quien mira pasar un tren halado por una locomotora y le es imposible embarcarse; sin embargo, de algún modo nos arrolla lanzando sobre nosotros su vórtice de humo, polvo y ruido. La otra es “tiempo”, más que una palabra es una dimensión sobre la cual flotamos. De acuerdo con la metafísica kantiana, es un concepto apriorístico que configura junto al espacio nuestras percepciones sensitivas internas y externas; es decir, la conciencia condicional de la realidad posible. La muerte, esa intrusa, también es parte de la vida, ella llega de mil maneras, muchas veces de forma imprevista, sin anunciarse, artera, sigilosa. Sabemos que está allí; omitirla es una vana estrategia ontológica; negarla, un empeño absurdo. En la visión de Heidegger, la muerte acompaña al ser del “ser existente”; paradójicamente ella es más que el final de una etapa, es un límite que lo atraviesa constantemente. Así, el “ser existente” es un “ser para la muerte”: morimos porque hemos nacido, es una verdad grosera, infame, pero innegable, quizá la única certeza; de allí que, lanzados al mundo, nos estrellamos ante la existencia, nos angustiamos. Pero siempre queda la esperanza; por consiguiente, lejos de algún optimismo elemental y básico, repito con Armando Rojas Guardia, quien a su vez toma la idea de san Francisco de Asís, que: “Todo está soportado por la risa, / la paciencia del humor”. Entonces, hay una salida al final irremediable: la memoria. La memoria se construye sobre la base del amor, del deseo y de la risa, aunque aparentemente no estemos sonriendo, es la paciencia del humor/amor que teje los secretos hilos del recuerdo.

Un 12 de diciembre, día de la Guadalupe, el menos pensado, el más aciago, se nos marchó Freddy Castillo Castellanos, al filo de la madrugada, sin estridencias, sin previo aviso, como suelen hacerlo las almas nobles que callan hasta el final el corrosivo dolor que les hiere, sólo con la intención de no mortificar a los seres queridos, a los amigos, sino hasta el momento último cuando pasa el tren y se detiene para tomar un pasajero.

 

Una de las experiencias que generaban mayor placer era escuchar la voz potente, poderosa y embriagadora de Freddy Castillo Castellanos.

Un taller

Conocí a Freddy durante el año 1993, tal vez 1994; para ese entonces mi interés, como el de mucha gente de la cultura y de las letras, se enfocaba en un espacio para el intercambio y el diálogo llamado Casa de las Letras Antonio Arráiz. Era una fundación bajo el auspicio del Consejo Nacional de la Cultura. Las tertulias se producían cada quince días, en principio en la sede de la Casa de la Cultura Julio Garmendia y posteriormente en una casa ubicada en la calle 8 de Barquisimeto, muy cerca de la Casa del Ajedrez, contiguas ambas a la confluencia con la avenida Morán, que conduce al Círculo Militar. Las conversaciones se iniciaban cerca de las siete de la noche, se discutían diversos temas, casi siempre la voz cantante la llevaba Freddy; venía con un fajo de libros que ponía sobre la mesa y comenzaba su disertación. Por esa época comenzamos a leer algunos poetas del Siglo de Oro español, recuerdo claramente a los hermanos Argensola: Bartolomé y Lupercio, ambos llamados Leonardo; pero también a Cervantes, Quevedo, Góngora, Garcilaso. Hacíamos ejercicios de composición literaria, escribíamos formas poéticas clásicas ajustadas a la preceptiva; por ejemplo, ovillejos (uno de los míos versaba sobre el enigmático habitante de la casa Garmendia, era húngaro o polaco; asistía silencioso a las charlas y todos reíamos respetuosamente de su fantasmagórica presencia), sonetos, incluso en una oportunidad nos dimos a la tarea de construir sextinas, así yo escribí mi “Sextina de la vida”; todo ello bajo la orientación de Freddy.

Detrás de aquellas prácticas había algo lúdico, extraordinario. Además de esos ejercicios de sombra, de aquellos amagos de escritores en ciernes, nos recreábamos con el aprender haciendo, de manera que íbamos conociendo la vida y obra de escritores fundamentales de la lengua; sin embargo, sumado al gusto y regusto por la lectura y escritura, una de las experiencias que generaban mayor placer era escuchar la voz potente, poderosa y embriagadora de Freddy Castillo Castellanos, engalanada con un verbo culto, sabio, que se paseaba con donaire por los más mínimos detalles, con una erudición sorprendente y una demostración memoriosa incomparable, capaz de recitar varias páginas del inicio de Don Quijote de la Mancha, del cuento “El Aleph”, o como aquella vez cuando lo abordé a la salida del Museo de Barquisimeto y le comenté que estaba leyendo a los poetas italianos en una traducción de Horacio Armani; le expresé entonces mi admiración por la obra de Umberto Saba y su poema La Capra (La cabra), inmediatamente mi amigo comenzó a recitar en perfecto italiano: “Ho parlato a una capra. / Era sola sul prato, era legata. / Sazia d’erba, bagnatta / da la pioggia, belava”. Esta agradable experiencia se repitió recientemente, a inicios del 2020, cuando tuvimos la oportunidad de compartir en casa del común amigo, el poeta Reinaldo Chaviel, ocasión cuando Freddy disertó, en dos o tres sesiones, acerca de los poetas italianos: Montale, Quasimodo, Ungaretti, Pavese, Pasolini, entre otros.

Pero el interés de Freddy Castillo Castellanos trascendía la divulgación de los autores clásicos; su fino olfato literario, su enciclopédica cultura y erudición le permitían mantenerse al día con las novedades literarias. Una vez, en 1999, nos sorprendió al sacar de su bolso un grueso volumen que comenzó a leer con voz grave, rotunda y fresca: “2 de noviembre. He sido cordialmente invitado a formar parte del realismo visceral. Por supuesto, he aceptado. No hubo ceremonia de iniciación. Mejor así”; de manera que nos mantuvo, por casi dos horas, silenciosos y concentrados escuchando la fascinante historia de Ulises Lima y Arturo Belano, empeñados en ir tras las huellas de Cesárea Tinajero; se trataba de la novela Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño, quien acababa de obtener el premio Rómulo Gallegos, luego de haber alcanzado el premio Herralde un año antes. Tiempo después, en 2011, supimos que Freddy había formado parte del jurado que en aquella oportunidad otorgó el galardón a la novela Blanco nocturno, del escritor argentino Ricardo Piglia.

¿Quiénes asistían a aquellos encuentros? Prácticamente casi todos los artistas locales y regionales, y en ocasiones nos visitaban otros de cualquier parte del país. Realizar una lista sin omisiones sería imposible, pero es necesario hacer un intento donde indudablemente habrá omisiones: Reinaldo Chaviel, Morelia Muñoz, María Auxiliadora Chirinos, Vicente Guerrero, José Luis Najul, José Luis Ochoa, Roberto Valecillos, César Méndez, Pablo Arapé, Eduardo Anzola, Antonio Urdaneta, Ibar Varas, Eduardo Montesinos, Ángel Alvarado Delgado, Milagros Rosell, Juan Carlos Méndez Guédez, Gonzalo Ramírez, Rafael Arráiz Lucca y Manuel Torres, joven celador de la casa quien se iniciaba en la escritura, entre otros.

 

Apoteósica fue también la visita de Umberto Eco a Barquisimeto en 1994. La presentación del afamado escritor, novelista y semiólogo corrió por cuenta de Freddy.

Libros, conferencias, otro taller

Los propósitos de la Fundación Casa de las Letras Antonio Arráiz superaban las sabrosas tertulias; también se ocupaba de otros proyectos importantes como la publicación de libros; por ejemplo, Adiós al rey (1995), de Arnaldo Acosta Bello, en coedición con Monte Ávila Editores Latinoamericana, ejemplar que aún conservo en mi biblioteca (en su interior me sorprende un recorte del obituario del poeta, cuya lista está encabezada por Freddy. Barquisimeto, 8 de abril de 1996). Acosta Bello fundó el grupo Tabla Redonda, al cual estuvieron ligados Darío Lancini, Héctor Mujica, Rafael Cadenas y Manuel Caballero; estos dos últimos muy amigos de Castillo Castellanos.

Asimismo, apareció el libro Cine de papel (1995), de Julio Miranda, coauspiciado por la Casa de las Letras, el Consejo Nacional de la Cultura, Fundaimagen y la Universidad de los Andes. A propósito de dicho texto, el autor se trasladó hacia Barquisimeto en 1996 y dictó un taller sobre cine y literatura, sabrosa experiencia donde pudimos conocer importantes aspectos que relacionan las dos manifestaciones artísticas: el guion, los trucos del cine, los vasos comunicantes existentes entre dichos géneros, el lenguaje fílmico, el lenguaje literario. La actividad se desarrolló por tres o cuatro días en los espacios del Museo de Barquisimeto. Allí, en otra oportunidad, Freddy presentó el libro Batallas (1995), de Rafael Arráiz Lucca, editado por Fundarte, importante obra poética que engrosa el dilatado catálogo de este autor con quien nuestro recordado trabó una prolongada amistad.

Como puede apreciarse, en aquellos tiempos la figura de Freddy Castillo Castellanos descollaba en el ambiente cultural de la ciudad, siempre detrás de algún proyecto de publicación, difusión y enseñanza del arte. Fue de esta manera como tuvimos la oportunidad de disfrutar una ponencia de María Fernanda Palacios, en la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado, acerca de Federico García Lorca y la vinculación entre su poesía y el cante jondo, oportunidad propicia para que la bella poeta y ensayista nos deleitara con la audición de grandes figuras de esa manifestación folclórica como José Monje Cruz (Camarón de la Isla), Manolo Caracol y Pepe Pinto.

Apoteósica fue también la visita de Umberto Eco a Barquisimeto en 1994 —quien dictó una conferencia traducida en simultáneo—, gracias a la mediación de Rocco Mangieri y de Tulio Hernández, a la sazón presidente de Fundarte, realizada en el hotel Barquisimeto Hilton, actualmente hotel Jirajara. La presentación del afamado escritor, novelista y semiólogo corrió por cuenta de Freddy, quien conocía profundamente la obra y trayectoria de unos de los más notables y afamados intelectuales de finales del siglo XX, en Italia y toda Europa.

 

El centenario de Borges. Pablo Neruda. José Lezama Lima

Gracias a Freddy Castillo Castellanos profundicé en la lectura y pasión por la obra de Jorge Luis Borges, autor que había leído pero aún no era objeto de mi culto. Puedo asegurar, sin temor a equivocarme y pecar de exagerado, que tal vez pocos lectores en Venezuela e Hispanoamérica conocen la obra del ingenioso argentino con la profundidad, sabiduría y precisión de Freddy; él era capaz de recitar poemas, cuentos e incluso ensayos de este importantísimo autor; incluso, conocía los más ínfimos detalles de su vida y obra, como también muchas de las cosas que otros autores habían escrito sobre él. Por esta razón, era indudable que el centenario (1999) no podía pasar desapercibido; en consecuencia, desde la Casa de las Letras organizamos la celebración del evento con una conferencia que realizamos a cuatro voces: Freddy Castillo Castellanos (vida y obra), José Luis Ochoa (poesía), José Luis Najul (ensayo) y quien esto escribe (narrativa), en la sede de la biblioteca Pío Tamayo de la ciudad de Barquisimeto. Estoy seguro de que Freddy, lector incansable, compartía a plenitud las palabras de Borges cuando aseguraba: “Que otros se enorgullezcan por lo que han escrito, yo me enorgullezco por lo que he leído”.

Algo similar ocurrió con Pablo Neruda, autor de mi culto desde la adolescencia. Esta vez, nuestra propuesta de celebración por los noventa años del natalicio del poeta (1994) fue más audaz, y bajo la dirección artística de Roberto Valecillos montamos un performance donde teatralizábamos la vida y obra del chileno; entonces inventamos una ceremonia con candelabros, copas, poemas y canciones para recordar al bardo. El acontecimiento ocurrió en los espacios de la Clínica Razetti, cuya actividad cultural conducía el doctor Vicente Guerrero. En esa ocasión actuamos (tuve el privilegio de representar al fenomenal bardo): Freddy Castillo Castellanos, María Auxiliadora Chirinos, Michelangelo Blanco Rossitto (aún adolescente, le correspondió recitar desde el público un acróstico de su autoría, que por la B decía: “Baúl donde quedaron tus recuerdos, la tinta verde y la harina”) y la actriz Carmen Meléndez, hermana del afamado actor, poeta y artista plástico Asdrúbal Meléndez. Por esos mismos días, en un lugar cuyo nombre no puedo recordar ahora, fue proyectado un documental sobre una de las casas de Neruda, la de Isla Negra; allí aparecían los mascarones de proa, su colección de botellas, de caracoles (malacológica) y de insectos.

Ahora, en la dimensión donde se encuentra, posiblemente haya llegado al paraíso que imaginó Borges, una infinita biblioteca.

Con José Lezama Lima no tuvimos la misma suerte con nuestros propósitos de divulgación y disfrute. El deseo de realizar una actividad que integrara actuación, música y literatura quedó en un proyecto que iniciamos también bajo la dirección artística de Roberto Valecillos y la dirección musical de Eduardo Montesinos. Se trataba de una cantata o algo parecido; incluso llegamos a ensayar un coro de voces graves que al unísono recitaban el poema “Ah que tú escapes en el instante / en el que ya habías alcanzado tu definición mejor”; sin embargo, estudiamos la obra del cubano, su genio literario, la deslumbrante y rutilante red secreta de sus metáforas barrocas como aquella de “novia china, buena suerte”, que Freddy se esmeraba en explicar con admiración. Años después, las frases “sólo lo difícil es estimulante” y “el azar concurrente” llenaron los rincones de la Universidad Nacional Experimental del Yaracuy (Uney), institución cofundada por él, como eslogan que los estudiantes portaban como sendos estandartes, y que primero estimularon nuestra creación personal y disfrute por la lectura.

 

Un silencio que habla

Pocos meses antes de que la pandemia del Covid-19 nos confinara en nuestros hogares, antes de que se transformaran radicalmente los hábitos con que solíamos manifestar el espíritu gregario que caracteriza la condición humana, y nos refugiáramos en el Internet y en las redes sociales para poder comunicarnos con los otros, tuvimos la suerte de compartir personalmente con Freddy Castillo Castellanos en la casa (ubicada en la avenida Morán, vecina con la célebre Panadería y Pastelería Alianza) de Reinaldo Chaviel, poeta y escritor, animador perenne de espacios para la disertación, la conversa, el disfrute y las manifestaciones artísticas como aquel desaparecido Patio de las Letras que convocaba a un público numeroso, cada quince días, en el Ateneo de Cabudare, gracias al apoyo de Benjamín Terán, su director. Allí, como lo comenté anteriormente, hablamos acerca de los poetas italianos; sobre Casta J. Riera, mecenas y promotora de la cultura barquisimetana, visionaria, adelantada y pionera en la lucha por los derechos y la igualdad de las mujeres; también conversamos sobre Miguel Hernández Gilabert, el gran poeta levantino.

En los últimos años, a pesar de la notoria presencia de Freddy en eventos culturales; de su destacada labor en el Consejo Consultivo de la Ciudad de Barquisimeto; sus conferencias en el Espacio Museo, galería y centro cultural creado por Beatriz Blavia, en Santa Rosa; su designación como miembro correspondiente por el estado Lara de la Academia Venezolana de la Lengua; mantenía un silencio inquietante en el plano político; sin duda alguna evitaba sumar su voz al coro de la interminable diatriba que incansable arropa al país. Como muchos otros, en principio confió en un proyecto que hipnotizó a las grandes mayorías con sus propuestas de redención, justicia y equidad; sin embargo, la utopía se había desmoronado y nuestro apreciado amigo, en un dolido y cuestionador gesto quevediano, miraba los muros derruidos de la patria esbozando un silencio de mil palabras.

Ahora, en la dimensión donde se encuentra, posiblemente haya llegado al paraíso que imaginó Borges, una infinita biblioteca; allí estará leyendo al argentino, a Lezama, Cortázar, Neruda, Muñoz Molina, Bolaño y tantos otros. Habrá conseguido el Aleph, su Aleph personal debajo de la escalera. Desde allí asomará su mirada al universo infinito, desde allí vislumbrará la imaginería azarosa que se dilata en toda coincidencia, en las casualidades vitales que se materializan a través de la metáfora; esa caja sonora donde lo extraordinario se configura mediante el diálogo entre aparentes imposibles: desde allí quizá nos mira.

Julio César Blanco Rossitto
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