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La obra de Rafael Cadenas, una poética del cuestionamiento

lunes 26 de febrero de 2024
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Rafael Cadenas
La obra de Rafael Cadenas es el testimonio vigoroso de un hombre que ha insistido en la poesía como instrumento cuestionador. Venezolanizando

Una experiencia inquietante

La aproximación al hecho poético es una experiencia muy personal, independientemente de que la poesía, como manifestación artística, transmigra hacia lo colectivo; por ello, la lectura de un poema supone, amén de lo dicho por su autor, la reelaboración del texto, puesto que descubre condiciones particulares del lector, vinculadas con su yo y con el contexto que le rodea. Sin embargo, dentro de la singularidad de este proceso de “reescritura”, paradójicamente es posible también señalar la coincidencia con las experiencias de otros lectores, lo cual consiente la pluralidad del arte. De allí que Alejandro Rossi (2009) asegure que “un libro, un poema, un texto cualquiera, admite infinitas lecturas, que dependen de épocas, preferencias, convenciones o supersticiones” (p. 25).

En consecuencia, mi conocimiento de la obra de Rafael Cadenas, premio Cervantes 2022, presume una maduración propia de lector, inspirado en la palabra de quien con maestría ha forjado un trabajo persistente, revelador, auténtico y valiente que concita impresiones de asombro, duda, rechazo, admiración y hasta cuestionamiento: allí la riqueza y el entusiasmo que hoy genera su obra. Cadenas es un autor incómodo que en ocasiones se sabe solo, jamás ha buscado reconocimiento fácil y menos aún las canonjías, además ha sido un adelantado de la palabra poética. Su poesía resulta perturbadora, no sólo para sí, sino también para quien la lee: al fin y al cabo, su voz es la de un hombre que cuestiona y se cuestiona constantemente, como bien apunta en el poema “Imago”, de Falsas maniobras: “El apego, el apego es el enemigo. Con sus gomas alocadas da que hacer. Produce anexiones, pueriles violencias, enrarecimientos del aire” (Cadenas, 2011, p. 115); por ello, se hace necesario idear un método extraño que admita la constante incertidumbre, que ponga en duda hasta la imagen del rostro en la búsqueda auténtica del ser, en el reconocimiento de que sólo quedan los “firmes objetos”, luego de que la imaginación ha cesado.

De allí quizá los reclamos que jóvenes iconoclastas como los del Grupo Tráfico hicieran, en la década de los 80, a los “poetas mayores” (Gerbasi, sin duda; Cadenas, tal vez), sobre quienes se enrostraba el esencialismo, la nocturnidad, el chamanismo, el silencio o el textualismo, propios del poeta que se erigía como un demiurgo. A su vez, se pedía que la poesía y el poeta retomaran el compromiso con la calle, con el hombre común que dobla su sombra en una esquina y se pisa los dedos en una puerta (para usar el tono de César Vallejo), con los preteridos y olvidados; en pocas palabras, una poesía militante que oxigenara y brindara higiene solar; a la vez que asumiera un compromiso histórico (Santaella, 1992).

La obra literaria de Cadenas ha significado un compromiso constante consigo mismo, con un pensamiento que no se solaza en la comodidad.

Es justo reconocer que la molestia de aquellos imberbes estaba justificada, dado el deterioro que vislumbraba desde ese entonces la sociedad venezolana sumergida en el festín de los petrodólares, pero conviene afirmar que también la acompañaba cierta estridencia parricida, de la cual después abjuraron los miembros del grupo, al reconocer que el primer compromiso y autenticidad del poeta va con su obra.

La obra literaria de Cadenas ha significado un compromiso constante consigo mismo, con un pensamiento que no se solaza en la comodidad y que, por el contrario, manifiesta constantemente la extrañeza. Saberse extraño es un hecho literario paradigmático: revelar la verdad muestra la inocente valentía como un hecho natural, sin pretensiones moralizantes ni deseos heroicos; se dice la verdad sencillamente porque ella se impone como facticidad.

Un ejemplo sería la publicación del poema “Derrota” en un momento “inoportuno” (aparece en Clarín en 1963, en plena efervescencia guerrillera), cuando algunos políticos se empeñaban en sostener la lucha armada; entonces, en dicho poema, el ritornelo constante de un “que” interrogador, al mejor estilo del nevermore del poema “El cuervo”, de Edgar Allan Poe, se atreve en un tono confesional a señalar con el dedo las carencias de una generación que había tomado el camino equivocado; de allí que el poeta denuncia mientras desnuda sus carencias ante sus semejantes, quienes narcotizados no han podido ver la realidad; así el canto de Cadenas clama solitario en el desierto:

…que he percibido por relámpagos mi falsedad y no he podido derribarme, barrer todo y crear de mi indolencia, mi flotación, mi extravío una frescura nueva, y obstinadamente me suicido al alcance de la mano

Me levantaré del suelo más ridículo todavía para seguir burlándome de los otros y de mí hasta el día del Juicio Final.

Cadenas, ob. cit., p. 134.

Pero vayamos a otra deriva del insigne poeta; trata de la importancia del lenguaje y su vinculación con el hecho cultural; por ello en su libro En torno al lenguaje (1989) comenta que una de las carencias más notorias de la sociedad venezolana, quizá la responsable de muchas otras, sea la atinente al lenguaje, siendo un lugar común enumerar otras de naturaleza social, política, económica; sin embargo, extrañamente se subestima lo que es sustancial: el carácter ontológico del lenguaje como medio hacedor de mundos.

En este texto, asegura: “Podría afirmarse que, en gran medida, el hombre es hechura del lenguaje” (Cadenas, ob. cit., p. 518), verdad rotunda que despliega una fundamentación ontológica: el hombre es lo que la palabra nombra y convoca; a su vez, la palabra construye —o destruye— lo que el hombre es; es decir, la realidad que rodea al ser humano está precedida por el hecho lingüístico, de manera que la pobreza léxica se traduce en pobreza real, aunque se posean bienes de fortuna. El menoscabo del lenguaje cercena los lazos que se tienen con el pasado, mellando el piso histórico sobre el cual se apoya toda la cultura.

En su ensayo, el poeta venezolano se apoya en Karl Kraus al recordar que “toda depravación de la palabra permite reconocer la depravación del mundo” (Kraus, referido por Cadenas, ob. cit., p. 524); en consecuencia, destaca que, a contrapelo de lo que usualmente se dice, es en las palabras y no en los hechos donde se observa el espíritu de una época. Es así como una sociedad decadente proviene de la oquedad y el escamoteo del sentido, que se regodea en una “prestidigitación verbal [que] inficiona la atmósfera lingüística de nuestra época” (Cadenas, ob. cit., p. 525); de allí el discurso de algunos líderes plagado de mentiras y medias verdades, donde las palabras significan todo lo contrario de lo que orwellianamente enuncian: libertad es opresión, democracia es dictadura, amor es odio, y un largo etcétera, o simplemente no significan nada.

 

Rafael Cadenas
En sus inicios, la poesía de Rafael Cadenas va a transitar por caminos donde el esplendor, la exuberancia y la sensualidad son las cualidades más destacadas

La exuberancia y esplendor de los primeros libros

En sus inicios, la poesía de Rafael Cadenas va a transitar por caminos donde el esplendor, la exuberancia y la sensualidad son las cualidades más destacadas; me refiero a sus poemarios Una isla (1958) y Los cuadernos del destierro (1960). De Cantos iniciales, al parecer hoy desaparecido, no hay testimonio: este libro circuló años antes en la ciudad de Barquisimeto en una modesta edición al cuidado de Casta J. Riera, mecenas y mentora de muchos jóvenes que comenzaban en el mundo de las letras.

En cuanto a Una isla, es oportuno señalar que algunos de los poemas que lo integran circularon en una versión mecanografiada y multigrafiada que merodeó por los pasillos de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela (UCV) en 1977, tal cual se registra en la primera publicación que tuvieron dichos poemas al ser recogidos en la Antología editada por Monte Ávila Editores en 1991, cuyo prólogo y selección estuvieron a cargo de Luis Miguel Isava. Para ese entonces, aparecieron veintiún textos de un total de 38 que conforman el libro.

Curiosamente, el poema que comienza: “Una urbe áspera sella mi boca” (Cadenas, ob. cit., p. 52) es uno de los que han sufrido una transformación desde aquella primera versión recogida en la mencionada antología; en aquel tiempo el verso decía: “Una urbe de hielo sella mi corazón” (Cadenas, 1991, p. 32). Me parece importante destacar dicho cambio, no sólo por el interés editorial que produce, sino para subrayar la cuidadosa y exigente actitud de un autor que batallará de continuo en la elaboración de sus textos. Evidentemente, en el verso definitivo se aprecia la mesura de una expresión que derrumba toda pretensión onírica y romántica del poeta: este aparente cambio hablará del proceso depurador que asumirá a lo largo de su vida.

Pero volvamos al esplendor y la sensualidad explicitada en Una isla, y dejemos la concisión para cuando corresponda hablar de ella en profundidad. El libro fue escrito entre Port of Spain (Trinidad) y Caracas. Luego del primer texto, donde una poética que rige el oficio postula que “Si el poema no nace, pero es real tu vida, / eres su encarnación” (p. 33);1 Cadenas anuncia que viene “de un reino extraño” (p. 35), pero ahora se encuentra en una “Ciudad de corazón de árbol, [de] humedades temblorosas, [y] juncos que danzan” (p. 43), donde su “frente se hunde en la cesta del mediodía” (p. 43). De seguro es innecesario seguir citando versos para hacer notar el predominio de los sentidos como fuente procreadora de imágenes fulgurantes; en pocas palabras, como si mágicamente emergieran de una cornucopia, aparecen las huellas del paisaje circundante o las formas sinuosas del cuerpo femenino: “…la bailarina danza en la noche sucia. / Carbón vegetal. / El hálito verde de su cuerpo que gira en un pozo azul salpica / las mesas” (p. 45).

A pesar del regusto verbal comentado, más adelante brotan expresiones aforísticas tan propias del poeta; verbigracia: “Armada, la memoria salta de súbito para morder” (p. 50), o textos que compilan breves fragmentos, inaugurando de esta manera una práctica que será uso común en futuros libros. Paradójicamente, en uno de ellos, precisamente con ese mismo nombre, “Fragmentos”, se dice: “Voluptuosos márgenes persiguen una sombra febril” (p. 58).

Son varios los vasos comunicantes que conectan el ebrio onirismo que circula por los poemas de Rafael Cadenas y José Antonio Ramos Sucre.

La vertiente esplendorosa y exuberante irá in crescendo en el poemario Falsas maniobras (1958), en cuyas turbulencias visionarias se nota la impronta del poeta José Antonio Ramos Sucre. Son varios los vasos comunicantes que conectan el ebrio onirismo que circula por los poemas de ambos bardos; sin embargo, existen dos aspectos relevantes: el primero de ellos es la presencia de un yo recurrente, poderoso, que parla acerca de sus experiencias deslumbrantes, hiperestésicas, donde gobiernan los estímulos, donde los sentidos se encuentran abiertos a cualquier manifestación de una realidad absoluta que, además de incluir el entorno inmediato, también da cabida a un mundo fantástico, tal vez fantasmagórico. El segundo aspecto, tiene que ver con la forma: en ella prevalece el poema en prosa, necesario para que el yo rompa a hablar en un monólogo agobiante.

De esta manera, Cadenas dice: “Yo pertenecía a un pueblo de grandes comedores de serpientes, sensuales, vehementes, silenciosos y aptos para enloquecer de amor” (p. 75); entonces, cómo no recordar a Ramos Sucre cuando en su poema “El tesoro de la fuente cegada” canta: “Yo vivía en un país intransitable, desolado por la venganza divina. El suelo, obra de cataclismos olvidados, se dividía en precipicios y montañas, eslabones diseminados al azar. Habían perecido los antiguos moradores, nación desalmada y cruda” (p. 85). Es innegable que ambos poetas muestran su destreza de demiurgos; de modo que para ellos, y en particular para Cadenas, es necesario recrear lugares mágicos y tenebrosos, “donde las brujas entierran a los niños abortados” (p. 78) y los brujos amedrentan “con ineluctables desdoblamientos futuros” (p. 76).

Curiosamente, se puede destacar un hecho: muy a pesar de la potencialidad expresa del yo lancinante que emerge en muchos de los poemas, también ese mismo yo revela, en el poema que empieza: “Pero el tiempo me había empobrecido” (p. 85), que nunca estuvo seguro de su cuerpo, que jamás pudo precisar si tenía una historia, que ignora todo lo concerniente a su pasado, que no cree en sus ojos, orejas y boca; en pocas palabras; es un yo ahistórico, que se disuelve, autosilencia y anula en un afán por desaparecer, por mitigarse. Es posible que esta sea la razón por la cual varios de los poemas del libro empiezan con la fórmula He resuelto / He entrado / He huido / He recorrido / He desembarcado; donde el pronombre yo se omite antes del verbo haber.

Lo expresado en el párrafo anterior anticipa el camino que tomará Rafael Cadenas cuando oriente su búsqueda poética por los derroteros del deshacimiento del yo, hacia la procura de la metáfora del silencio, como acertadamente señala Guillermo Sucre (1985):

En dos poetas venezolanos, Sánchez Peláez y Rafael Cadenas, la metáfora del silencio admite otras connotaciones, no del todo semejantes a las que hemos analizado hasta ahora. Hay un hecho muy peculiar en ambos: tienden inicialmente a la exuberancia y aun al desencadenamiento verbal; luego, no sólo se despojan de cualquier exceso, sino que ese desdoblamiento supone una confrontación con el lenguaje como tal (p. 301).

Quizá por ello sea oportuno citar a Sánchez Peláez (1993) cuando, en su poemario Helena y los elementos, publicado siete años antes que Los cuadernos…, también enuncia un yo diletante: “Yo atravesaba las negras colinas de un desconocido país” (p. 19); además, conviene destacar la presencia de textos poéticos en prosa; como por ejemplo: “Experiencias menos objetivas” y “Leyenda”. Estas aparentes casualidades no pueden pasar desapercibidas cuando se estudia la trayectoria de dos poetas trascendentales de nuestra lengua donde la dilución del yo será una determinante cosmovisión ontológica.

 

“Intemperie” (1977), de Rafael Cadenas
Intemperie (1977), de Rafael Cadenas.

Camino a la intemperie

En Falsas maniobras (1966), Cadenas da un giro copernicano a su producción poética en el sentido de que el lenguaje se despoja de todo artificio verbal y se torna sobrio, directo, casi estéril; es así cuando afirma: “Despedí la poesía que se cuelga de los brazos. / Incendié los testimonios falaces. / Adopté la forma directa” (p. 124). Igualmente, es posible apreciar la existencia de un cuerpo huidizo, difícil de aprehender, un cuerpo que se evapora y se hace inclasificable, como en el caso del poema “Aprendiz de cónyuge”, donde el esposo de atribuladas mujeres “vive perturbado por sus propias desapariciones, en constante estado de alarma, atisbando” (p. 116).

De algún modo, ante el acecho súbito de la realidad que se presenta con su fatum arisco, inquietante y áspero, es necesario iniciar un combate consigo mismo en el cual emergen progresivamente los fantasmas del yo; de ello, un buen ejemplo es el poema “Combate” (p. 112), donde a pesar de todos los intentos por agredir a un adversario, éste —como si se tratara de un cruel sortilegio—, huye dejando su traje y el rastro de su sangre: ¿acaso será la propia imagen del poeta quien se hiere a sí mismo?; y el poema “Mi pequeño gimnasio” (p. 113), texto de notables prácticas autoflagelantes con resonancias kafkianas (emparentado tal vez con el relato “Un artista del hambre”, ayunador profesional que muere ante un público indiferente), donde Cadenas concibe una serie de artilugios que le permiten drenar, mediante ejercicios risibles, muchas de las frustraciones que le acontecen en el transcurso de la vida diaria; incluso, existe allí un artefacto en forma de o en el que se dobla para evitar los reclamos de la conciencia.

En pocas palabras, el poeta se estrella contra su propia cotidianidad, por lo cual asume la actitud de un ser insatisfecho que se resiste a ser cosificado, un hombre inconcluso, el casi hombre; a su vez, es un poeta cuyo arte es desestimado como una “falla biológica”, un impostor, motivo de las burlas, a quien “resulta difícil reconocerlo a simple vista. / [porque] Es conmovedoramente común” (p. 111). Esta mirada redunda un poco en el paradigma filosófico existencialista; por consiguiente, su actitud no es derrotista, siendo que el hombre se concibe como proyecto en construcción, responsable de sus actos y carente del bastón teológico. Entonces, como un conjuro, emerge el poema “Fracaso” (pp. 128-129), donde se agradecen con humildad las enseñanzas y las experiencias obtenidas de los errores y desaciertos de la vida.

Estar en la intemperie significa concebirse, reconocerse y aceptarse al arbitrio del clima, sometido a los vaivenes meteorológicos que imponen diversas condiciones atmosféricas bajo las cuales se establecen la lluvia, el sol, la humedad, la sequía, el calor o el frío; es también un desvalimiento que acompaña al ser humano en su trayectoria individual, desde que nace, pero también como hecho colectivo al cual está vinculado desde sus orígenes tribales (nomadismo, sedentarismo, gregarismo). Además, la condición de intemperie remite a la ambigüedad del tiempo como sustrato objetivo y subjetivo sobre el cual nos movemos, bien desde la exterioridad que obliga a refugiarse y protegerse de la adversidad climática, como desde la interioridad impuesta por esa curvatura inasible e ilusoria donde navegamos desde el remoto pasado hacia un incierto futuro, y del cual en realidad sólo poseemos un presente absoluto y tangible, que casi siempre desperdiciamos con candorosa inocencia.

En líneas generales, la descripción precedente podría ser una argumentación acerca del espíritu que rodea al poeta Cadenas en la escritura de su libro Intemperie (1977). La lectura de este texto conduce hacia múltiples experiencias emotivas, lo cual sin duda no le es exclusivo puesto que es natural en la experiencia poética; sin embargo, existe en ella un tono impersonal que multiplica precisamente la sensación de desvalimiento y orfandad. En principio hay un juez que… “vive de nuestra sangre, / a expensas de nuestras entrañas, / comiéndose la fruta que nos llevamos a la boca” (p. 136). La soledad del yo se vive en toda su aspereza, allí… “Las palabras / no dicen en este confín” (p. 137), incluso se concibe un hombre opacado y apocado que sólo se tiene a sí mismo, como vestigio en sus propias manos: “Hombre / que se acusa. / En el fondo / llaga / del Cristo traicionado” (p. 137).

El alma del poeta transmigra un mundo de incertezas donde la realidad objetiva se impone ante una subjetividad enfermiza.

En definitiva, el alma del poeta transmigra un mundo de incertezas donde la realidad objetiva se impone ante una subjetividad enfermiza, solitaria: “Es recio haber sido, / sin saberlo, un jugador…” (p. 138), donde las flaquezas están a la orden del día como testimonio de una existencia inacabada. Nuevamente el verso se hace breve o remite a la prosa como manera de hablar, pero la voz se percibe exhausta y tiende al aforismo como única posibilidad de salvación; al fin y al cabo, “el azufre del monólogo hacía imposible respirar” (p. 139).

La atmósfera que se percibe en el libro es atosigante, el abismo se presenta como una posibilidad muy cercana, nada remota, de escapar ante un perseguidor implacable del cual es imposible huir puesto que perseguido y perseguidor se confunden en uno solo. Al final, el desconcierto se impone en su forma definitiva de sombra porque… “Estamos hasta los huesos de tinieblas” (p.140) y el “Círculo significa no estar presente” (p. 140): verso que cierra el poema 21, donde se alude al minotauro, monstruo que se llena de espanto, no por el horror que representa, sino por el horror que le infunde nuestro rostro. Entonces, ha de ser la realidad que gobierne, y para anunciarla está el poeta: “Que cada palabra lleve lo que dice. / Que sea como el temblor que la sostiene. / Que se mantenga como un latido” (p. 144).

El mismo año 97 aparece el poemario Memorial, el cual reúne tres conjuntos de textos denominados “Zonas”, “Notaciones” y “Nupcias”; allí, Cadenas continúa su despojamiento; son recuerdos huidizos, posesiones que pertenecen más al aire que a su dueño. El arrasamiento se impone como realidad absoluta: “Realidad, una migaja de tu mesa es suficiente” (p. 161), musita en el poema “Inmediaciones”, donde también declara mediante otro aforismo que estructura el canto absoluto de la devastación: “He querido derribarme; ser omisión para renacer” (p. 161). Hay una dialéctica de la complementariedad; ontológicamente se trata de ser lo que falta, un alimento fresco servido a la mesa de la esperanza donde ser memoria es más que suficiente. ¿Significan estas cosas un desprendimiento de la materialidad, la renuncia a lo superfluo en procura de la esencia del ser humano? Creo que una de las virtudes del poeta consiste en abrir más interrogantes que respuestas, más dudas que certezas.

La recurrencia lúdica no pasa desapercibida; por ejemplo, en el poema “Angst” (¿Angosto, Angustia?) se declara un problema de respiración, de angostura y estrechez atosigante, “¿Acaso no sabías / que la puerta es estrecha?” (p. 165), revelando la incomodidad que produce un espacio irrespirable; de igual manera, en “As If” (p. 166), breve texto que titula en inglés una condicionalidad que es universal, se hace un reclamo acerca de las apariencias donde los actores (¿quiénes?: ¿tú, yo, el poeta, todos?) proceden como si amaran, sintieran o vivieran sumergidos en la fatiga de lo cotidiano, donde se ruega un error que derrumbe el velo de las seguridades y nos lleve a la verdad de las incertezas.

Aquí, bajo el influjo de las citas anteriores, es oportuno hacer un alto y subrayar la profunda crítica que subyace en el discurso poético de Cadenas; se trata tal vez de una aproximación al pensamiento de Emmanuel Lévinas (1961), en el entendido de que la modernidad, con sus relatos totalizantes, homogeniza el saber creando la falsa esperanza de un progreso seguro, basado en la razón unívoca que universaliza categorías teóricas. En palabras de Aguirre y Jaramillo (2006), se escucha: “La modernidad nos ha velado la realidad al ponernos en frente celofanes de colores que nos hacen ver al ser humano distorsionado, sin un tiempo y un lugar; es decir, ahistórico y geoculturalmente uniforme, vedado para reconocerle en sus especificidades” (p. 5); con esto se denuncia el afán de que nos atribuyamos lo que otros —desde el discurso dominante— piensan de nosotros, para identificarnos y reconocernos dentro de la totalidad alienante. Por ello, Cadenas invita a aguzar la mirada que nos permita decir: “Un día, de tanto verte, te vi” (p. 171) y deshacer un poco la ceguera que nos obliga a preguntar: “¿Dónde estabas tú a mi lado?” (p. 171).

 

“Amante” (1983), de Rafael Cadenas
Amante (1983), de Rafael Cadenas.

Amante

Si ha de mencionarse un libro de Cadenas que rompe con la tradición de la poesía hispanoamericana, sin duda alguna ese es Amante (1983). Por supuesto que una afirmación de esta naturaleza implica en sí misma, por su carácter totalizante y absolutista, un riesgo que poca justicia le hace al autor que estudiamos; a pesar de ello es inevitable resistir a la tentación de destacar una consideración supremamente verdadera. Así pues, es oportuno precisar las cosas y aceptar que Amante es la creación de un autor que se inscribe también dentro de aquella tradición de poetas que, de acuerdo con Guillermo Sucre (ob. cit.), construyen su obra a partir de la metáfora del silencio; en todo caso, creo que el modo verbal —prefiero llamarlo así, y no estilo— de este libro se aproxima más a las prácticas de Sánchez Peláez, Pérez-So, Cintio Vitier y Alejandra Pizarnik, y se distancia un poco de autores como Gonzalo Rojas, Alberto Girri y Eugenio Montejo.

Asegurar la ruptura de una tradición son palabras mayores, puesto que ello supone ir a contracorriente de los usos, prácticas, rutinas, hábitos, costumbres y ritos de un género, el de la poesía amorosa, que en la cultura occidental nace en Grecia, durante la Edad Media va en hombros de trovadores y juglares como François Villon y Ausiàs March y, luego de recibir la consagración de maestros del Renacimiento como Dante Alighieri y Francesco Petrarca, llega hasta nuestros días en voces como las de Pablo Neruda, Octavio Paz y César Vallejo.

Cuando el poema se construye con silencios, supone una brevedad que otorga gran importancia a la economía de palabras y que pone a un lado el textualismo y el verbalismo; a su vez, se valora la esencia como aspiración ontológica en el sentido de que poco puede precisarse de lo contextual como asidero de la anécdota; es decir, y sobre todo es un hecho verificable en la poesía de Cadenas, no hay señales que ayuden a identificar una realidad tangible e inmediata en el poema; en consecuencia, la ausencia de lugares concretos o circunstancias “delatoras” específicas es notoria; de allí que “Donde las manos ya no persiguen, / apareces” (p. 309): se produce la epifanía como un acontecimiento que invoca otras exactitudes de la realidad donde el poeta no se falsifique.

Es posible reconocer una llama que se aparta para no importunar al transeúnte, pero que en su humilde postura simboliza todo rechazo al lugar común.

En Amante se insinúa la relación dialéctica entre tres voces complementarias: el Amante, un ser hecho del menoscabo, de la poquedad, que “…se abandona / Sabe que ya nada, nada, / le pertenece, / salvo su dependencia, / y acata / el extraño señorío” (321)…; Ella, quien encarna lo eterno femenino, el poder simbolizado: “En tu reino / [donde] todos los días se vuelven suficientes” (p. 331)…; y un tercero, la voz del poeta quien procura capturar el momento cuando se manifiesta el misterio que “…balbucea a diario / las palabras que otro realza / en honor de ella / y del amante” (p. 359); eso sí, este poeta “sólo quiere / una voz / sin tretas” (p. 359), una voz auténtica que dé cuenta del hecho amatorio más allá de la mera carnalidad.

Como de costumbre, el mismo Rafael Cadenas, de manera aforística, ofrece una justificación, tal vez innecesaria, por demás, tanto para su libro como para uno de los personajes que lo interpreta: “Misión / del Amante: / arder / fuera de camino” (p. 340), de modo que es posible reconocer una llama que se aparta para no importunar al transeúnte, pero que en su humilde postura simboliza todo rechazo al lugar común, al canto laudatorio, cursi en ocasiones, que marchita alguna poesía amorosa hispanoamericana.

 

“Dichos” (2010), de Rafael Cadenas
Dichos (2010), de Rafael Cadenas.

Dichos

Antes de ocuparme de Dichos (2010), es pertinente reflexionar un poco acerca del aforismo, esa breve sentencia cuyos orígenes son remotos y que interesó a cultores relevantes como Confucio, Heráclito, Santo Tomás, Erasmo, Bacon, Pascal y Nietzsche. De acuerdo con Hui (2021), conviene abordar el aforismo desde la tríada metodológica de lo filosófico, lo filológico y lo hermenéutico, además ellos “…se dan antes, en contra y después de la filosofía” (p. 14), en el entendido de que procuran cuestionar los llamados sistemas filosóficos, ambición perenne de los pensadores occidentales; a su vez, constituyen una piedra en el zapato de la pretendida verdad.

A diferencia del filósofo puro que procura estructurar un conjunto de proposiciones sistemáticas, el autor de aforismos se conduce por rutas intuitivas y dispersas, es así como su naturaleza lo emparenta con el poeta: ambos evitan dictar cátedra, fungir de doctos. Bajo estas premisas, el aforista actúa como un niño travieso que sin querer —y queriendo— rompe una ventana con una pelota. En el caso particular de Rafael Cadenas, es notoria su predilección por el aforismo como forma sincrética de la filosofía que abraza su condición de rapsoda, aunque sus reflexiones filosóficas están a flor de piel como incógnitas que se abren y no como respuestas que se cierran.

En el plano filológico, Cadenas comparte con Briceño Guerrero (2013) la idea de que la estructura del conocimiento, la conciencia, el raciocinio y el mundo, es absolutamente lingüística, de modo que “el lenguaje es el lugar de lo humano, en él vivimos, nos movemos y somos” (p. 2), de allí la importancia que ambos le confieren a la conciencia lingüística, más que notoria en toda la obra del barquisimetano, quien permanente y constantemente reflexiona sobre el lenguaje, su poderío, limitaciones, espejismos, contrastes y aciertos.

En la poesía y en los aforismos de Cadenas, la perspectiva hermenéutica indudablemente deriva de la polisemia y quizá de la ausencia de contexto, o más bien de la presencia de un contexto vaporoso y opaco. En ningún momento se quiere transmitir la idea de que se trata de una obra huidiza que se solaza en la confusión; por el contrario, es muy precisa en la medida en que “el misterio tiembla en todas partes, también en nosotros, pero no nos percatamos” (p. 537); por ello, “Vivir en el misterio” es una frase redundante.

Una escudriñadora mirada sobre Dichos permite apreciar la variedad de temas que interesan a su autor, entre ellos: el ser, la vida, la realidad/la mirada, el lenguaje, Dios, la poesía, la política/ideología/utopía… Tal vez hay más de los mencionados aquí; sin embargo, son temas suficientes para ordenar la azarosa conciencia que los motivaron. En todos hay un denominador común: el cuestionamiento que opera como acicate controversial para abrir la duda. El libro, que comenzó a escribirse en la década del setenta y se extiende hasta la segunda del siglo XXI, en la edición ampliada publicada por la Universidad de los Andes en el año 2010 constaba de tres partes: “Dichos”, “Nuevos dichos” y “Otros dichos”, aunque en Obra entera: poesía y prosa estas secciones fueron omitidas, así como también algunos aforismos que quizá el autor creyó innecesarios.

Los cuestionamientos que allí se hacen conducen a valorar la vida como protagónico fluido continente; la luminosidad del ser auténtico; el reconocimiento de un Dios no instaurado que afirma su obra y no la niega; la imposibilidad de abrazar el todo; el velo sobre la mirada que cubre y ciega; el clamor por el regreso a la naturaleza, y un sinnúmero de otros temas; en pocas palabras, y aquí la frase redonda que parece resumir todo: es la voluntad de alguien que desea “estar sin ídolos, con la vida, siendo” (p. 575). En el libro también se vislumbra un concreto rechazo a las ideologías, a la utopía marxista, y a renovadas formas de totalitarismo que pretenden ocultar viejas prácticas absolutistas de remozada neolengua; verbigracia dos ejemplos: “Comunismo democrático: animal de la zoología fantástica” (Cadenas, 2010, p. 57); “Socialismo bolivariano: estridente oxímoron” (Cadenas, 2010, p. 57).

 

Epílogo

La obra de Rafael Cadenas es el testimonio vigoroso de un hombre que ha insistido en la poesía como instrumento cuestionador. Su tránsito se inició en medio del esplendor y la exuberancia y ha derivado hacia los territorios del silencio como metáfora de la realidad concebida desde el poder ontológico del lenguaje. Mortificado por las dudas, consciente de las limitaciones del yo, agobiado por fantasmas que obnubilan el ser, pero a su vez tentado a renacer luego de los derrumbamientos, Cadenas resulta un modelo ideal del escritor verdaderamente combativo, comprometido, que no escamotea la realidad y conduce a sus lectores a encontrarse más allá de sí mismos en el plano de la conciencia, la historia y la estética (Cortázar, 2014). Su voz se adelgaza y gana sabiduría cuando asume el fracaso y el deshacimiento como manera de invocar los misterios de la epifanía.

 

Referencias

  • Aguirre García, Juan Carlos, y Luis Guillermo Jaramillo Echeverri (2006): “El Otro en Lévinas: una salida a la encrucijada sujeto-objeto y su pertinencia en las ciencias sociales”. En Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales, Niñez y Juventud. vol. 4, Nº 2.
  • Briceño Guerrero, José Manuel (2013). El origen del lenguaje. Universidad de los Andes.
  • Cadenas, Rafael (1991). Antología. Caracas (Venezuela): Monte Ávila Editores.
    (2010). Dichos. Mérida (Venezuela): Ediciones Actual. Universidad de los Andes.
    (2011). Obra entera: poesía y prosa. México: Fondo de Cultura Económica.
  • Cortázar, Julio (2014). Clases de literatura: Berkeley, 1980. Buenos Aires (Argentina): Alfaguara.
  • Hui, Andrew (2021). Teoría del aforismo: de Confucio a Twitter. Madrid (España): Ediciones Cátedra.
  • Ramos Sucre, José Antonio (1989). Obra completa. Caracas (Venezuela): Biblioteca Ayacucho.
  • Rossi, Alejandro (2009). Manual del distraído. México: Gandhi Ediciones.
  • Sánchez Peláez, Juan (1993). Poesía. Caracas, Venezuela: Monte Ávila Editores.
  • Santaella, Juan Carlos (1992). Manifiestos literarios venezolanos. Caracas, Venezuela: Monte Ávila Editores.
  • Sucre, Guillermo (1985). La máscara, la transparencia. México. Fondo de Cultura Económica.
Julio César Blanco Rossitto
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Notas

  1. Para facilitar en lo sucesivo la lectura del texto, a menos que se indique lo contrario todas las citas de Rafael Cadenas están referidas al libro: Cadenas, R. (2011): Obra entera: poesía y prosa. México: Fondo de Cultura Económica.
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