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Juan Gabriel Vásquez y el modelo colombiano

jueves 18 de marzo de 2021
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Juan Gabriel Vásquez
Vásquez es un aplicado aprendiz del legado de García Márquez, del que los jóvenes escritores colombianos están tratando de despercudirse. Fotografía: Rodrigo Fernández

Al iniciar el último capítulo de su novela La forma de las ruinas (Alfaguara, 2015), Juan Gabriel Vásquez define su país, Colombia, con duras frases. “Verdadero terreno de tinieblas”, dice, y añade: “lugar de sombras del cual saltaban criaturas horribles no bien nos descuidábamos”; más adelante se refiere al “pozo maloliente de la historia colombiana”, al describir el marco de fondo dentro del cual se tejen y enredan sus historias y donde sus personajes se desenvuelven.

Cualquier lector latinoamericano podría reconocer en esas mismas palabras a su propio país. Una de las virtudes narrativas de Vásquez es, precisamente, la capacidad de describir los escenarios de sus novelas de tal manera que, así como se reconoce a su país, puede reconocerse el inmenso territorio común que es América Latina. A raíz de lecturas como las que propone el autor colombiano, sigue latente, como si de una herida se tratara, la pregunta de qué es lo que une este extenso territorio que va desde México hasta los confines australes de Chile y Argentina. Las respuestas han sido siempre un lugar común: nos une el idioma, una historia atravesada por interrupciones, los proyectos inconclusos, la invasión europea y un largo período colonial, la variedad cultural, la riqueza de las lenguas nativas, culturas ancestrales, una biodiversidad de fábula, y un largo etcétera que ha ido configurando una identidad uniforme que permite reconocernos como iguales, y al mismo tiempo una identidad tan local que a veces impide un diálogo fluido entre dos personas de diferentes nacionalidades que podría derivar en un conflicto bélico.

Con todos sus matices, y en su afán de lograr la ansiada unidad, la historia de América Latina es también una inagotable fuente de inspiración. Los escritores latinoamericanos han sabido establecer una relación directa entre los sucesos de sus países y sus personajes de ficción, al punto de que, en muchos casos, son más ilustrativas las novelas que los estudios o análisis históricos si se quiere entender la realidad de nuestros países. La literatura, pues, nos muestra tal como somos. La narrativa de Juan Gabriel Vásquez nos recuerda que lo que América Latina tiene en común, es la violencia.

Las novelas de Juan Gabriel Vásquez van a introducirse en ese círculo vicioso de la historia colombiana, en la que se repiten magnicidios, asesinatos, conspiraciones.

La forma de las ruinas no es la única novela de Vásquez en la que aflora la historia reciente de América Latina; su anterior El ruido de las cosas al caer (Premio Alfaguara de Novela, 2011), es aún más explícita y no sólo califica a su país con adjetivos fuertes, sino que se interna en el sentir de su población, en la manera como los colombianos, en particular los bogotanos, enfrentan su propia historia, su singular experiencia con su realidad.

En ambas novelas hay historias de ficción que se filtran en el contexto histórico del país. En El ruido de las cosas al caer, un joven profesor universitario indaga en la historia de su amigo asesinado y se da de cara con una historia aparentemente particular, la de un transportador de droga que es traicionado por la mafia, pero que se entenderá que es la historia de millones de colombianos. En La forma de las ruinas, se tejen las historias de los asesinatos de importantes personajes colombianos, cuyo común denominador son las intrigas, traiciones y presiones de los grupos de poder. En ambos casos la política, la ética, la pobreza, la conducta ciudadana y los intereses particulares son parte de las historias al punto de que podrían ser también personajes de las novelas.

Hay un ejemplo interesante en la literatura peruana: el escritor Jorge Monteza recrea en su novela El viaje de las nubes el tránsito de un joven desde el hogar sumido en la pobreza hasta convertirse en un miembro de un grupo terrorista, pero no por convicción, sino por una consecuencia natural. Pero la historia, en el fondo, no es la del protagonista, sino la del país en su conjunto. Históricamente, la nación se ha ido moviendo en ese sentido, buscando salir de la pobreza a través de la violencia, y volviendo al punto de partida luego del fracaso. Círculo vicioso que no es ajeno a la historia de otros países latinoamericanos. De la misma manera, las novelas de Juan Gabriel Vásquez van a introducirse en ese círculo vicioso de la historia colombiana, en la que se repiten magnicidios, asesinatos, conspiraciones, y donde el ciudadano común será un protagonista activo, sentimental, observador privilegiado hasta el extremo de ser directamente afectado.

Vásquez ha configurado el modelo colombiano en el tapiz de la historia de América Latina añadiendo un ingrediente que, aunque no es exclusivo de Colombia, es emblemático por su incidencia en la vida política reciente: el narcotráfico. Pero, como en lo mejor de la literatura, el autor colombiano no se detiene en poner en el tapete el tema del narcotráfico, sus consecuencias o su impacto, sino los límites entre el bien y el mal, el cuestionamiento de la ética y la moral, la actitud individual frente a las normas que rigen el comportamiento social. No califica lo que sus protagonistas hacen o cómo lo hacen, sino por qué lo hacen y por qué dejan de hacerlo.

En palabras de un personaje de El ruido de las cosas al caer, Vásquez dice: “El miedo era la principal enfermedad de los bogotanos de mi generación”. Era, es, un miedo particular el de los colombianos, mientras no se logre superar la marca que ha dejado la influencia violenta del narcotráfico en la vida cotidiana del país, un miedo que no se parece al de los peruanos de los años ochenta ni al de los argentinos de los setenta, o al de los de los mexicanos del sesenta. El terrorismo, las dictaduras, el narcotráfico, la corrupción, han generado un tipo de ciudadano latinoamericano predispuesto al fracaso, al silencio sistemático o a la fuga.

Si bien la narrativa colombiana va casi a la par de la mexicana en cuanto a contenido político, donde el narcotráfico y la corrupción son temas recurrentes, y los personajes se mueven en espacios de violencia, presiones y callejones sin salida, el modelo colombiano que nos muestra Vásquez también cuenta con una importante cuota de esperanza, a pesar de la dramática situación en que quedan sus personajes. En El ruido de las cosas al caer, el protagonista recibe un impacto de bala que le deja, entre otras secuelas, miedo e impotencia sexual. Tal vez sea una interesante metáfora sobre la incapacidad del ciudadano colombiano a superar esa crisis emocional permanente en la que tiene vivir, y no le permite salir ya sea de su condición de pobreza, de ciudadano frustrado o de individuo atormentado.

Las condiciones en las que los personajes de Vásquez intentan resolver su existencia tratando de aclarar crímenes anacrónicos, encontrar explicaciones a vidas fallidas o escapar de la violencia, son prácticamente las mismas en las que sobrevive cualquier ciudadano latinoamericano. En particular, a pesar de que el narcotráfico es un problema mayor en países como México, Panamá, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia, en el país cafetero el asunto está prácticamente en todas las conversaciones, entra a los hogares tanto por los noticieros como por los atentados callejeros o la participación de algún miembro de la familia en la intrincada red del tráfico de drogas.

Fina, directa y limpia la prosa de Vásquez para involucrarnos en sus historias.

Pero el modelo colombiano tal vez no difiera mucho del esquema político y social de América Latina. La manera en que Vásquez traslada esta realidad particular a la literatura hace que se entienda mejor su país y, en consecuencia, el propio continente. Una buena lectura de novelas como las de Vásquez nos puede ayudar a entender otros fenómenos como la migración, tanto dentro de cada país como entre las diferentes naciones. La literatura puede explicar mejor los masivos traslados de guatemaltecos a México, por ejemplo, de peruanos a Argentina y Chile, de venezolanos a Colombia y Perú. En su intento de revelar la naturaleza de los colombianos, el personaje de la novela premiada de Vásquez afirma que “Colombia produce escapados”, y esa condición común a varios países es producto de las crisis, de la violencia y el miedo consecuente. Miles de peruanos escaparon de la violencia terrorista hacia Argentina, en los años ochenta, y miles de venezolanos escaparon de la pobreza hacia el Perú. ¿Cuál es la diferencia?

En particular, la novela El ruido de las cosas al caer contiene muchas metáforas con las que el escritor colombiano explica la situación de su país. Una de las más interesantes es el paseo que dan los dos protagonistas de la historia al zoológico en ruinas que levantó el mafioso Pablo Escobar en sus años de auge delincuencial. Antonio y Maya se han encontrado intentando explicarse la vida y muerte de un hombre, Laverde, padre de ella y amigo de él, y en ese afán visitan el zoológico, que ambos visitaron de niños engañando a sus padres. Esa visita al pasado decadente y ruinoso, pero todavía vivo y presente en el imaginario del país, ilustra la manera en que vivimos los latinoamericanos, con una memoria frágil pero presente, tan frágil que volvemos a cometer los mismos errores y tan presente que nos sigue atormentando. Se trata de un pasado que nos une a todos, un pasado envuelto en violencia, una violencia que recorre las fibras íntimas de Colombia o Perú, México o Argentina, un pasado atravesado por el miedo y la nostalgia, el rencor y la frustración, pero un pasado al que se puede volver con esperanza.

Fina, directa y limpia la prosa de Vásquez para involucrarnos en sus historias. Aplicado aprendiz del legado de García Márquez, del que los jóvenes escritores colombianos están tratando de despercudirse, hace dos interesantes guiños a los precursores de la novela latinoamericana contemporánea. En un primer pasaje, uno de los personajes dice que ha leído “por ahí” que a los cuarenta años un hombre tiene que escribir sus memorias; es lo que dice el protagonista de “El pozo”, de Juan Carlos Onetti, cuando se da cuenta de que su vida no tiene sentido. Y, luego, a la protagonista venida de Estados Unidos como voluntaria de programas de ayuda social le regalan Cien años de soledad, que ella no podrá leer ni entender por lo enrevesado de la historia y porque todos los personajes se llaman igual. Detalle literario que refleja la seriedad con que Vásquez ha asumido tanto su espíritu artístico como su compromiso con su país, con la realidad de su país, con el sentimiento de sus compatriotas y, por extensión, con el de los latinoamericanos.

Alfredo Herrera Flores
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