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Sándor Márai, el cuidador del relámpago

martes 17 de enero de 2023
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Sándor Márai
Durante cuarenta años Márai fue un profesor convencional y educado, con modales burgueses, mientras preparaba su suicidio.

En La mujer justa un burgués lo arriesga todo porque después de muchos años descubre que una criada es la mujer de su vida. Luego que para ella se trata sólo de conocer la vida de los ricos. La mujer de tu vida no existe. Es como un rayo negro, de desolación y desastre. Como una lucidez de látigo.

En La hermana un músico agoniza durante meses en Florencia, discute con su médico. En mitad de la noche oye una voz de mujer que dice con pasión: “No quiero que mueras”. Se pregunta quién lo habrá dicho. Descubre que fue la monja más rígida y más impasible, la que no podía sentir nada. En un acto de amor final casi lo mata y luego desaparece para siempre.

En Divorcio en Buda el protagonista arrastró durante toda su vida. Una pasión profunda está velada por las palabras más triviales. Late un mundo inconsciente que los personajes ni siquiera lo sospechan. Y estalla en una noche de delirio y de confesión interminable. En todas estas novelas todo estalla de noche, se descubre todo de noche.

Durante cuarenta años Márai fue un profesor convencional y educado, con modales burgueses, mientras preparaba su suicidio. Había aceptado por dignidad su ostracismo total, no quería colaborar con los burócratas que mandaban en su país. Y guardaba las páginas más deslumbrantes del siglo XX.

En el jardín había una mesa de piedra donde el escritor veía toda la bahía de Nápoles.

No lo sospecharon los que fueron sus vecinos en Posillipo, en la parte alta de Nápoles, en los años 50. Una vez fui allí en una noche de tormenta y unos niños me señalaron la casa solitaria con un cartel que recordaba a un escritor húngaro. Y al lado vi la casa en ruinas donde vivió realmente. Una escalera rota subía hacia lo alto y había muebles melancólicos tirados en las esquinas. En el jardín había una mesa de piedra donde el escritor veía toda la bahía de Nápoles. Detrás estaba el Vesubio que estallaba también a veces y una vez deslumbró a Gérard de Nerval.

Las autoridades napolitanas seguían sin enterarse, no sabían quién había estado allí. No arreglaban la casa, Sólo lectores fervorosos como yo llegaban en mitad de la noche para palpar esa casa. Las autoridades nunca se enteran de nada. La placa estaba en la casa de al lado, tuvo que colocarla el vecino. En la verdadera casa, Niccolo Ricardi, 7, nadie colocó una placa. Llegué allí por una calle entre faroles secretos, nadie sabía nada pero unos niños me llevaron a la casa.

Salamandra publicó sus libros en España. Sus obras fascinan a miles de fervorosos. No es un escritor que junta bien las palabras, es alguien que con ellas remueve la vida, que nos descubre nuestros más ocultos demonios. Que nos hace asombrarnos de nosotros mismos con su rayo desolador. Alguien lleno de sabiduría tenebrosa, con la misma sabiduría paradójica del hombre del subsuelo de Dostoievski.

Me asusté cuando leí El último encuentro, ese delirio lúcido. Un personaje lo suelta todo en una conversación interminable al final de una vida. Así, conversaciones interminables, son muchos libros de Márai. Revela a su amigo los secretos de toda su vida que nunca contó. Revela lo que significa hablar con un amigo de verdad, es casi más que hablar a un amante.

Casa de Sándor Márai en Posillipo, Nápoles (Italia)
La casa de Sándor Márai en Posillipo, Nápoles (Italia). Una vez fui allí en una noche de tormenta y unos niños me señalaron la casa solitaria con un cartel que recordaba al escritor húngaro.

Márai es un escritor burgués y describe el refinamiento de cierto mundo burgués y su disfrute de la vida. Ojalá todos mordieran un poco de ese refinamiento en lugar de renegarlo con puritanismos. Todos deberían aspirar a disfrutar de la vida en lugar de destruirla. Pero, como Balzac, conocía los volcanes debajo de los salones. Y se enfrentaba a ciertos momentos decisivos a la vida, sin componendas.

En Budapest Sándor Márai vivía a la sombra del castillo de la colina. Llegué allí también una noche después de recorrer hasta el fin una calle que bajaba serpenteando en escalera entre faroles y árboles. Al final había una placita solitaria y tímida, una placita burguesa. Pero allí, detrás del castillo, vivió todo el rayo oscuro de Márai. El castillo no era el angustioso de Kafka que lo empequeñecía, sino una mole que le proporcionaba un refugio en la sombra para cuidar su vértigo. Le daba un refugio íntimo y lírico para cuidar el relámpago.

Sándor Márai era un burgués muy formal en Budapest o en San Diego en California.

Sándor Márai era un burgués pero escondía una fantasía de vértigo detrás de sus palabras. Como en las novelas visionarias de Balzac, La piel de zapa o Serafita o La obra maestra desconocida. Él también fue durante medio siglo una obra maestra desconocida. Se parecía a esos grabados de Max Ernst en que en el tranquilo salón burgués empieza a salir humo de la alfombra. Sándor Márai era un burgués muy formal en Budapest o en San Diego en California. Pero en su silencio llevaba las páginas más vertiginosas del siglo XX.

Se escondía en Budapest detrás del castillo, al final de una calle serpenteante con faroles. Y mucho después en San Diego ya tenía noventa años y pudo esperar antes de suicidarse. Pero en el Diario apunta día a día el infierno de indignidades que vivió su mujer. Y él no quiso pasar por eso. Las miserias del cuerpo humano, aunque lleve la belleza más honda y viva dentro. Seguro que en los últimos momentos se acordó de aquella esquina lírica detrás del castillo de Budapest. O de aquella monja seca y rígida que en mitad de la noche dijo con pasión sin que nadie lo sospechara: “No quiero que mueras”.

Antonio Costa Gómez
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