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Viví con Clarice Lispector en Río de Janeiro

martes 12 de diciembre de 2023
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Clarice Lispector
En sus mejores momentos Clarice Lispector era una fiesta, la fiesta del interior.

Consuelo y yo nos citamos en Río de Janeiro. Ella iba desde Colombia y yo desde España. Ella llegó antes que yo a aquel hotel de la calle Catete y cuando llegué yo el cuarto estaba lleno de velas y de rosas. Cerca teníamos la plaza Machado, tan profusa y acogedora con sus árboles.

Pero también estaba por allí Clarice Lispector, la escritora ucraniana que se hizo brasileña. Fue en otra época, pero eso qué importa. Ella y yo compartimos ese espacio. Ella solía ir por la playa de Leme, al final de Copacabana. Yo también iba por allí. Hay una estatua de ella junto a la playa, pero no recuerdo haberla visto.

A veces admiraba las novelas de Lispector por su libertad, otras veces me cabreaban por sus dificultades. Me gustaba que no fueran nada comerciales, que fueran pura literatura, que no se pudieran reducir. Que se parecieran tan poco a las crónicas de periódico, a la novela histórica, a la novela negra. Que nos sacaran del encierro de lo comercial a la libertad de la literatura.

Lispector escribía con libertad, no se sujetaba a nada. Soltaba metafísica si le apetecía, sensaciones sueltas y libres, todo lo que quería. Sus novelas apenas tenían argumento, que es lo que más le importa a la gente ahora.

Lispector era brasileña selvática, pero tenía algo de europeo oriental.

La hora de la estrella o te cabreaba o te fascinaba. Interrumpía la narración, se burlaba, divagaba. Jugaba con el personaje o jugaba con nosotros. Tenía algo de la también ucraniana Alejandra Pizarnik. Porque Lispector era brasileña selvática, pero tenía algo de europeo oriental. Incluso podría relacionarla con Paul Celan, que nació en Chernovtsi, un rincón del Imperio austrohúngaro que ahora es Ucrania.

Lispector jugaba con el argumento, hablaba con su personaje. No era una cronista, era una escritora. No buscaba la verosimilitud ni el supuesto realismo, como quieren las masas de consumidores de libros. Escribía con su inquietud interior, con sus visiones. Con sus recuerdos y sus asombros. Con sensualidad y con metafísica, que son dos cosas muy concretas.

Ahora para el montón de lectores importa sólo la historia, el argumento. Para ellos Crimen y castigo se reduce a “un estudiante mató a una vieja”. Lispector soltaba frases libremente. Era el puro estilo, ahora que se niega tanto el estilo. Y sin embargo el estilo es el espíritu de un texto, como decía Juan Benet. Pero no el estilo como adorno, sino como revelación.

La literatura para ella era lo que surge en cada instante, sin contar una historia de manera obligada. Era la revelación de la libertad y del instante. Algo que tampoco darán nunca los algoritmos. Lispector es la negación misma de cualquier algoritmo empobrecedor.

Para ella la literatura era meditación libre, metafísica salvaje. Era asombro de existir y fulguración de las palabras.

En Cerca del corazón salvaje se situaba en el corazón de la vida. Y su literatura se convertía en una intensidad salvaje. Hacía estallar cada instante con observaciones y sorpresas. Te agarraba y te sumergía en la jungla del existir. Pero no era la jungla brasileña de Jorge Amado en Gabriela, clavo y canela, era la jungla del “vivir de instante en instante”, como decía Krishnamurti. De un estupor a otro.

Ella era tan interesante y su mirada lo volvía todo tan interesante. Y sus frases eran miradas libres. En sus libros había sensualidad salvaje, sensaciones que asombraban y hacían que la vida nos alucinara. Cada una de sus palabras se encarnaba y nos sorprendía.

Era brasileña de vivencias, se hizo muy brasileña. Pero también era muy europea y vivió mucho en Europa. Dio vueltas por los países europeos con su marido diplomático. Y paseó su mirada enigmática por las capitales de Europa, paseó los enigmas de sus libros.

Sus libros no eran novelas, pero no hacía falta que fueran novelas. Se hartaba de los tópicos y las clasificaciones y yo me hartaba con ella. Se hartaba de las obligaciones externas. Tampoco las novelas de Unamuno eran novelas sino nivolas. Y no digamos Azorín. Azorín fue una fiesta de la literatura y sus obras fueron de las más libres y creativas del siglo XX, desde el impresionismo hasta el surrealismo.

Y nadie fue tan libre como Clarice Lispector en el escribir y en el vivir. Con una libertad interior que se burlaba de las reglas exteriores. Llevando su silencio salvaje por los salones diplomáticos y los discursos.

Su escritura a veces me agotaba, me ponía de mal humor. Como en ese libro, La pasión según G. H., cuando se pone a discutir sin fin con una araña.

Por eso yo la admiraba. Su escritura a veces me agotaba, me ponía de mal humor. Como en ese libro, La pasión según G. H., cuando se pone a discutir sin fin con una araña. Pero luego comprendía que su actitud era necesaria. Que había que huir de los académicos y los lectores de best-sellers. Y de los que sueltan tópicos en las recepciones diplomáticas. Pero cuántas veces su rostro tan atractivo y enigmático sacaría de sus certidumbres superficiales a los diplomáticos.

Y tan interesantes como su rostro eran sus libros. Si no se apreciaban bien, había que leerlos otra vez. Y viajar con ella por la jungla del tiempo y del corazón.

Sus libros había que saborearlos frase a frase, palabra por palabra. Eran como el whisky en la época de la Coca-Cola. Nunca te darían lo que sucedió tal día, nunca te dirían “la marquesa entró a las cinco”, como dijo Paul Valery cuando quiso como poeta ridiculizar la novela. Sus libros eran novelas en cierto modo, pero tenían el salvajismo de la poesía. En ellos no había marquesas que entraran a las cinco. Había más bien el asombro de que ya fueran las cinco. Tampoco había comisarios con una hija conflictiva que averiguaban quién mató al tendero. Había el misterio de verdad de estar aquí a cada instante. Había el asombro en cada instante. Y cada palabra era un puro enigma, era una fiebre.

A veces se apartaba de los lectores, los descartaba. Parecía que para ella estaban de más. Pero los volvía a atraer después con sorpresa. Nunca sería su amante fácilmente. No se iría con cualquiera. Pero conmigo sí se iba por instantes en la playa de Leme, al final de Copacabana.

Y siempre daba una fiesta de la literatura, un delirio liberador. Ella te podía llevar a un rincón del salón diplomático y soltarte palabras salvajes en secreto. Pero nadie más podía hacerlo impunemente.

Y los críticos soltaban filosofías sobre ella, trataban de comprenderla y encajonarla. Los críticos siempre quieren encajonar a todo el mundo, mostrar el poder sujetador de su mente, lo listos que son. Pero ella no cabía en esa listeza. Ella soltaba literatura como soltaba sustancia aquella araña.

No hablaba de comisarios que resuelven un acertijo sobre un crimen. No vulgarizaba la historia. Pero con ella se disfrutaba de cada palabra. Se disfrutaba de cada línea. Eso que André Gide mezquino no supo hacer con Proust.

Era amarga y abismal, nos desafiaba y nos daba miedo, pero era una fiesta.

Con Cerca del corazón salvaje yo me ponía en el corazón de la vida. La protagonista, Joana, desde que era niña le daba respuestas locas a su padre. No aceptaba nada y sentía la vida desbocada. Su interior era difícil de atravesar. Pero ningún resumen podía dar cuenta de esa novela, aunque muchas novelas se reducen a su resumen. Muchos editores piden una sinopsis, y con ella lo tendrían difícil, porque no cabe en ninguna sinopsis. Lo suyo, como en la gran literatura, era la atmósfera. Y Cerca del corazón salvaje era una pura contradicción en cada instante, nos asustaba con la vida a cada instante.

Debo reconocer que a veces me hartaba, me cabreaba. Pero en sus mejores momentos era una fiesta, la fiesta del interior. Era amarga y abismal, nos desafiaba y nos daba miedo, pero era una fiesta. Ella nunca afirmaba nada, todo en ella eran negaciones de la afirmación. Se desdecía siempre, a veces se emocionaba, pero deshacía la emoción con ironía. También yo en la playa tan larga de Copacabana, yendo hacia su rincón favorito, negaba como ella toda afirmación sobre esa playa, sobre Río, sobre la vida.

Antonio Costa Gómez
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