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Edgar Allan Poe contra el cuervo en Filadelfia

martes 13 de febrero de 2024
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Casa de Edgar Allan Poe en Filadelfia
Entrada de la casa de Filadelfia en la que Poe escribió una de sus obras emblemáticas.

Una vez me subí a un tren en la Penn Station de Nueva York para ir a Filadelfia. Era un tren espacioso y confortable que no daba la sensación de agobio de los trenes de ahora. Y disfruté con amplitud de sus paisajes y sus pensamientos. Iba más que nada para ver la casa donde Edgar Allan Poe escribió “El cuervo” en las afueras de Filadelfia.

Me fascinaba ese hombre con sus contradicciones. Le dio por decir que compuso “El cuervo” a base de técnica y cálculo, sin inspiración ninguna, o sea sin vida. Pero eso no se lo creía ni él, porque el poema estaba lleno de vida misteriosa.

En otros sitios Poe se adelanta al racionalismo moderno, llega a decir que la intuición es un razonamiento inconsciente. Lo cual es negar la intuición, y consagrar el absolutismo de la razón. Y la razón absoluta es la muerte con sus fórmulas cerradas y pobres. Por eso mismo, hablaba de mujeres muertas, como Morella o Ligeia, pero en el fondo estaban llenas de vida que lo fascinaba y enamoraba.

Ciertos textos de Poe están llenos de análisis y deducciones que lo encierran todo, incluso se anticipa a la novela negra moderna.

Ciertos textos de Poe están llenos de análisis y deducciones que lo encierran todo, incluso se anticipa a la novela negra moderna con su reino de la deducción y los datos. Pero al mismo tiempo están sus poemas de pasión misteriosa y viva sin control.

Esa Helen a la que ve como una aparición una noche de luna visionaria sobre un jardín. Esa Annabel Lee a la que ama sin medida en un reino junto al mar, de modo que los envidian los ángeles.

Pero “El cuervo”, con su pajarraco asqueroso que representa a Atenea y la lógica helada, es la apoteosis de la razón y la muerte. El cuervo le dice como un mecanismo que Leonor no volverá nunca. Nunca más, nunca más.

El cuervo es como una máquina y eso es lo que tiene de más terrorífico, en realidad no escucha como no escuchan nada las máquinas, y se limita a repetir su fórmula como hacen las máquinas. El cuervo representa la negación de toda vida y se apodera del mundo.

Pero incluso ese pajarraco mortuorio y repetitivo se niega a sí mismo y a veces despliega las alas con demasiada vida. Igual que la escultura “Finos gloriae mundo”, del Hospital de la Caridad de Sevilla, nos dice que la vida no es nada, pero lo dice con una agitación y una vitalidad que se desmiente a sí misma.

Y el poeta discute con más vida que nunca con el puto cuervo, como Job discutía con Dios. Pero Dios estaba vivo y daba réplicas inexplicables, y ese cuervo está muerto y repite siempre lo mismo sin escuchar. Y el ángel que peleaba con Jacob también estaba lleno de vida y la contagiaba.

Y en el poema Poe, aun yendo contra sí mismo, pelea con el cuervo más vivo que nunca, se apasiona contra él, y ama a Leonor más que nunca. De modo que el cuervo con su repetición monótona suscita una vitalidad inesperada en la noche. Y Poe se rebela con su pasión contra el cuervo mecánico.

El cuervo se posa sobre Minerva, la rígida enfriadora, pero Poe le contesta con Venus y la vitalidad del amor. Y nunca hubo una noche más viva, como las de Van Gogh, que esa noche en que el poeta, con su vitalidad desesperada, con su resistencia insensata como la que mencionaba Sábato, se enfrenta rebelde al cuervo mortuorio.

Y yo quería ver el lugar donde se produjo esa lucha. Y estuve delante de aquella casa en las afueras de Filadelfia en cuyo jardín el cuervo negador de la vida desplegaba sus alas desmintiéndose a sí mismo y envenenando la vida. Como tantos cuervos secos que se pasean por las calles y los despachos.

Y Poe se desmintió a sí mismo aquella noche, como se desmentía Juan Pablo Castel a sí mismo cuando en un instante se salía de las rigideces de la razón con las que quería paralizar a María, comprenderla, matarla.

Se desmintió a sí mismo el racionalista precursor de la novela policial. Lo desmintió el apasionado que soñaba el amor con Annabel Lee junto al mar. Igual que Leonardo da Vinci desmentía sus propias anticipaciones técnicas y racionalistas al pintar sus verdes misteriosos detrás de Mona Lisa.

Sobre todo me gustó, en las afueras de la ciudad, aquel jardín solitario, y aquel cuervo que volaba solitario y contradictorio.

Me gustó en Filadelfia aquella teatralidad con que los voluntarios vestidos del siglo XVIII celebraban la independencia de Estados Unidos. Y aquella calle canalla y viva llena de garitos informales de rock and roll. Y el Museo de Bellas Artes como un palacio esplendoroso con sus Van Gogh y su infinidad de obras deslumbrantes.

Pero sobre todo me gustó, en las afueras de la ciudad, aquel jardín solitario, y aquel cuervo que volaba solitario y contradictorio. Un cuervo que predicaba la muerte racionalista y repetía con su rutina “Nunca más, nunca más”, pero a pesar de todo estaba lleno de vida siniestra y sombría. Y desplegaba las alas pese a todo. Y mostraba su “vitalidad sombría”, como me dijo Ernesto Sábato en una carta que teníamos él y yo.

A Nueva York le pasaba lo mismo, durante mucho tiempo representaba para mí la modernidad racionalista y deshumanizada, pero cuando fui me di cuenta de que tenía tanta vida secreta. Empezando por sus aceras desiguales y sus olores tan intensos que tal vez entraban por la infinita avenida de Broadway que llegaba hasta Patagonia.

Antonio Costa Gómez
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