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Chateaubriand en su islote en el Atlántico

martes 16 de abril de 2024
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François-René de Chateaubriand
La placa en homenaje a François-René de Chateaubriand en Saint Malo, en la Bretaña francesa, lo recuerda como “El Encantador”. Consuelo de Arco

Hace mucho leí en las Memorias de ultratumba cómo perseguía a una mujer incorpórea por los bosques de su propiedad familiar cerca de Saint Malo, en la Bretaña francesa. Nunca pude olvidar esa imagen. Mucho después me compré una edición de las Memorias de ultratumba y busqué ese pasaje por todas partes; no aparecía.

Al final leí en una nota que sólo seleccionaban de las Memorias lo que tenía valor histórico. Pero qué gilipollez. ¿A mí qué coño me importa la historia?, yo lo que quería era saber de esa ninfa.

Cuánto me parecía yo a su René. Ese tener nostalgia de no sabía qué, ese escapar de todas partes, ese no estar contento en ninguna parte. E inventó la naturaleza para nosotros en Atala describiendo las praderas de América. E inventó el amor como una fuerza aguardentosa que se opone a la separación de culturas, a las religiones, a los ritos. Y su placa en Saint Malo decía: “El Encantador”.

Y vio en el cristianismo sus misterios y sus ceremonias, vio el cristianismo como una creación artística. Vio su canto gregoriano, sus entusiasmos de santos, el espíritu escondido en los bosques, el dinamismo en las iglesias góticas.

Fue un político, un gran hombre de sociedad, un hombre de Estado. Pero qué coño me importa a mí todo eso.

No habló de las jerarquías secas, las palabras rutinarias que matan el espíritu. Del mismo modo podría poner los misterios románticos de la religión céltica. Pues sí, tenía algo de celta. En su cristianismo había algo de celtismo bretón.

Fue un político, un gran hombre de sociedad, un hombre de Estado. Pero qué coño me importa a mí todo eso. A mí lo que me importa es cuando corría detrás de su ninfa de adolescente por los bosques de su propiedad en Bretaña.

Me importa todo lo que dejaba ver en su René, esa angustia existencial como de alguien perdido en la existencia que busca la esencia, que busca ser, pero que no quiere encerrarse en nada.

Me gustaba Chateaubriand en el islote donde está enterrado cuando lo miraba desde la muralla de Saint Malo. Al bajar la marea ese islote se convertía en una península. Y su soledad radical conectaba con el resto de Francia.

Ese islote me recordaba otro islote junto a Vigo en Galicia. Donde el juglar de la Edad Media Meendiño sitúa un poema en que una muchacha espera a su amado pero el amado no viene y las olas crecen y el islote se aleja de la tierra cada vez más. “Y me cercaron las ondas que grandes son / Y me quedé sola entre el ancho mar” (lo traduzco del gallego al castellano).

Ese poema es una de las manifestaciones más intensas de la saudade gallega y portuguesa, que estudiaron filósofos y grandes autores. Expresa la soledad radical de la persona ante el infinito, la singularidad metafísica del individuo que es único e irrepetible y quiere conectar con el todo sin dejar de ser único e irrepetible. El asilamiento absoluto, la soledad absoluta, en medio de la inmensidad metafísica. Y la nostalgia sin solución.

Pero por toda Bretaña Francesa, bañada por el mar y con el bosque encantado de Broceliande, donde duerme el rey Arturo en su centro, se sentía eso mismo.

Y René-Chateaubriand me acompañaba por toda Bretaña. Estaba conmigo junto al gran menhir roto de Locmariaquer, que medía veinte metros y pesaba 280 toneladas. Y me pareció un grandioso animal muerto o dormido. Hasta que supe que era el rey Arturo que dormía tranquilamente llevando sus sueños a través del tiempo, desde ocho mil años antes de la época céltica.

Estaba conmigo en el viaje en barco por el golfo de Morbihan entre cientos de islas llenas de iglesias y megalitos. Estaba conmigo en Rennes, en los recovecos de la calle de la Psalette llena de tabernas subterráneas, más que en la elegancia nostálgica del Parlamento de Bretaña.

Paseaba conmigo por las calles medievales de Dinan, tal vez era el caballero de piedra tendido bajo un soportal, tal vez inspiraba a Consuelo para tocar arpas de todo el mundo en la Casa del Arpa (siempre me asombra Consuelo, un día se puso a tocar el piano en una aldea del Cáucaso, ahora resultó que sabía tocar el arpa).

Estaba conmigo entre los cientos de muñecas y cuadros sugerentes y columpios del “Bar de la Esquina de Debajo de la Calle del Borde de la Ciudad de Frente al Puerto, o sea El Java”, en Saint-Malo, en la Bretaña de Francia, junto al Atlántico.

Estaba conmigo en la torre extraña y delgada de Santa Melania en Morlaix, escondida debajo del viaducto descomunal.

Miraba conmigo desde la muralla con espíritu de corsario su propio cuerpo en un islote con su inquietud latiendo para siempre. Rehuía conmigo las multitudes de japoneses que subían la Grand Rue en el Mont-Saint-Michel y me llevaba con susurros hacia la capilla secreta de san Alberto, para mirar desde otro ángulo esa locura de arcos góticos en lo alto de un peñasco en mitad del mar.

Estaba conmigo en la torre extraña y delgada de Santa Melania en Morlaix, escondida debajo del viaducto descomunal, y en las casas con linterna con una chimenea gigantesca que calentaba todo el edificio.

Se alegraba conmigo en Huelgoat por encontrar, junto al caos de rocas del molino, el cartel que recuerda que el desenfrenado Jack Kerouac procedía de allí. Recorría conmigo la impersonal Brest arrasada por la guerra, pero donde un día la Bárbara del poema de Jacques Prevert corría bajo la lluvia y Kerouac cantaba borracho con marineros.

Estaba conmigo en la punta de Raz y me mostraba el Faro de la Vieja surgiendo obstinado en medio de las olas. Estaba en la maravillosa Quimper donde el rey Gradlon cabalgaba sobre la catedral, donde un día la ciudad de Is se hundió en el mar por los pecados de su hija. Pero siempre volverán las ciudades sumergidas con sus vicios y sus vitalidades, cuando se vayan al carajo todos los puritanismos y todos los santurrones que condenan la vida.

Venía conmigo entre los molinos y rocas de Pont-Aven, me decía que en el “Bosque del amor” de Paul Sérusier habían follado maravillosamente Arturo y Ginebra. Callaban allí las piedras enormes en mitad del río para testimoniarlo.

Y me acompañaba en Carnac, donde los miles de menhires eran seguramente sus amigos. O eran falos entusiastas apuntando al cielo o eran solitarios reuniéndose estupendos para celebrar a Chateaubriand. Y su placa en Saint Malo, en la Bretaña de Francia, junto al Atlántico, decía: “El Encantador”.

Antonio Costa Gómez
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