
Girokaster era lo principal de nuestra visita a Albania. Nadie visita Albania, pero a mí me da igual. A mí me encantan los sitios que no visita nadie. Y también leer a los autores que no lee nadie o leer a los conocidos de una manera diferente.
Consuelo habló con un viejo que conocía a Ismail Kadaré. Le confirmó que Kadaré había vivido en el número 6 de aquella calle. Era una calle humilde, no como las otras con casas de comerciantes de techos salientes y galerías suntuosas.
Pero el escritor humilde nos atraía más que los comerciantes ricos. Y recordamos cuando comentábamos la Crónica de la ciudad de piedra, donde Kadaré cuenta su infancia en Girokaster, la ciudad más sugestiva de Albania.
Girokaster era una ciudad fascinante, lo más sugestivo de Albania. La ciudad de piedra que sintetizaba todo su encanto ignorado. Pero lo que más nos atraía era la infancia prodigiosa de Ismail Kadaré.
A mí Kadaré me parecía algo oportunista. Me parecía que supo a veces nadar y guardar la ropa. Que no se opuso del todo siempre a la dictadura de Hoxha. Que incluso a veces se creyó su retórica. Pero no podía negarme a mí mismo el encanto de aquel libro, Crónica de la ciudad de piedra.
Y es que en la infancia todo parece prodigioso y Kadaré supo manifestarlo tan bien. Estaba un poco encantado cuando escribió aquel libro, soltó lo mejor de sí mismo. Estaba inspirado, aunque los modernos no crean en la inspiración y lo reduzcan todo a técnica y fórmula. Yo sí creo en la inspiración, es sencillamente coger aire, conectar con la vida y dejarse de técnicas.
Por eso seguimos los pasos de Kadaré en Girokaster. Porque de ese modo también seguíamos los pasos de su infancia. Y de nuestra propia infancia. Y de lo más prodigioso de la vida.
Pensábamos estar solo en Albania, pero vimos a unas tortugas haciendo el amor en un jardín de Berat y decidimos ver también Macedonia del Norte. Pero nos quedó para siempre Girokaster en la mente.
Con frecuencia me vienen retazos de esa novela. Me acuerdo de los amantes que se amaban en secreto en una cisterna. Me acuerdo de doña Pino, que siempre estaba diciendo “es la hecatombe”. Era costurera y los nazis la colgaron por terrorista porque la vieron con unas agujas de calcetar.
Me acuerdo de aquellas tertulias de las comadres. De la invasión alemana, de la resistencia contra los nazis brutales. De una infancia poética y asombrada, de cómo la infancia de todos modos lo vuelve todo prodigioso y prístino.
Me acuerdo de cómo hace deliciosa y mágica toda esa ciudad, y de rebote todo el país, más que en Abril quebrado o Desde los ojos de una mujer.
A menudo Consuelo y yo volvemos a aquella calle que bajaba en cuesta, a la casa de estilo turco toda cubierta de alfombras, a las balconadas desde las cuales veíamos la ciudad entre las montañas.
Y desde ella fuimos a Permeti entre manantiales que bajaban de las montañas. Un pueblo habitado por rocas enormes. Íbamos en un taxi que a veces se paraba para que admiráramos manantiales. Una vieja despertaba a su viejo acercándole una botella de raki de vez en cuando. Cuando el viejo se apagaba le decíamos a ella que le diera un podo más de raki. Pero ella nos contestaba por señas: le va a afectar al estómago.
Y luego volvíamos a ver la humilde calle Fato Berberi. Y pensábamos en Kadaré. Y en doña Pino que calcetaba y al final los nazis la ahorcaron por terrorista porque tenía unas agujas. Y en todos aquellos personajes prodigiosos de la infancia. Del prodigio de la infancia que se oponía a las fórmulas de los nazis y a todas las fórmulas.
También a las estalinistas que vendrían después. Cuando los funcionarios del Gran Líder ponían micrófonos incluso en los ataúdes para espiar a los muertos. O espiaban los sueños de la gente para detectar rebeliones inconscientes.
Contra todo eso, la infancia era el prodigio y era la libertad de vivir. Y era la vida convertida en un sueño que todavía nadie controlaba. Y de algún modo era la base de toda literatura. Si Rilke dijo que la patria (perdida) del hombre es su infancia, también podría decirse que es el manantial último de toda literatura.
Y Albania en el fondo también era prodigiosa, a pesar de todas las tiranías terribles que sufrió. Como supo ver un día Lord Byron. Como mostró Kadaré en lo mejor de su literatura. De todos los viajes que hice, uno de los que recuerdo con más cariño y admiración es ese viaje humilde y secreto a la humilde y secreta Albania. Para descubrir una infancia prodigiosa que, a pesar de todos los controles férreos, todavía se escondía en ella.
Nos fuimos a Macedonia incitados por unas tortugas que hacían el amor en Berta y en Macedonia escuchaba a Ella Fitzgerald saboreando vino tinto. Pero lo más prodigioso en el fondo fue aquella infancia de Kadaré en Girokaster, la ciudad de plata. Una infancia de plata en una ciudad de plata que no lograron destruir las fórmulas ni las tiranías. La vida os derrotará, le decía a los controladores aquel personaje de George Orwell.
- Cernuda no estaba tan triste en Escocia - martes 11 de febrero de 2025
- Ocas salvajes en el Taj Mahal - martes 14 de enero de 2025
- James Joyce y el río Liffey - martes 17 de diciembre de 2024


