
Entramos en el Centro Cultural Torquato Tasso, junto al parque Lezama. Había unas clases de tango. Vimos unas bailarinas que tenían un encanto espectral y una especie de gracia dramática. Las vimos evolucionar. La sala estaba oscura y a veces parecía un cuadro de Francis Bacon. Las bailarinas tenían algo de figuras de Giacometti pero estaban llenas de vida y vibración.
Se acercó a hablar con nosotros una profesora de baile. Nos ofreció asistir a unas clases. Consuelo se mostró muy interesada. Yo dije que no. Por qué, preguntó la profesora. Porque yo tengo el cuerpo de cemento, le dije. Ella sonrió y dijo que podría hacer conmigo más que con algunos que se consideraban muy buenos para el baile.
Yo la creí y la admiré.
Allí cerca, mirando al parque Lezama, Ernesto Sábato escribía Sobre héroes y tumbas. Donde Martín se fascina por Alejandra, que es a la vez un dragón y una princesa.
Donde Fernando Vidal Olmos se infiltra en el mundo de los ciegos que dominan el mundo con su ceguera visionaria y su percepción misteriosa.
Donde el general Lavalle prosigue su lucha solitaria hasta el fin. Donde Bruno resiste con sus recuerdos de Italia y lucha con el tiempo misterioso hasta el fin.
Los héroes son la vitalidad trágica y solitaria, la tragedia como reafirmación de la vida de los antiguos griegos y de los escritores románticos. Los héroes son la personalidad en un mundo de masificación y de tópicos.
Y las tumbas también están llenas de vida. Todo en Sábato estaba lleno de vitalidad profunda y sombría. Una vez en una carta me dijo: “Vos sos como yo, un vitalista sombrío”. Y el mundo es mucho más que las reglas simples de la lógica.
Y el infierno es mucho más vivo que el cielo de los números impasibles.
Le pregunté al camarero dónde se sentaba Sábato. Y me dijo que en el mismo sitio donde yo estaba sentado, junto a la ventana. Por cierto, el camarero no era camarero, era actor. En Buenos Aires nadie era lo que parecía, todos se dedicaban a la cultura.
Buenos Aires en gran medida era Sábato. Buenos Aires era un héroe también, como Fernando Vidal Olmos o el general Lavalle. A pesar de todo lo que hicieran con ella, en ella.
Y eso se veía en la librería de la avenida Mayo donde Sábato fue trágico y vitalista. Donde pensaba con insensatez: “La vida debe tener un sentido, aunque no sepamos cuál. Porque si no todos nos suicidaríamos”.
Y eso también lo siente la ciudad de Buenos Aires llena de librerías que abren incluso de noche, a pesar de todo lo que hagan con ella los políticos. Ningún país tuvo escritores tan grandes, políticos tan limitados.
Eso se veía en esos cafés en penumbra del barrio bohemio y decadente (no la pijería de Palermo), como los que fotografiaba Consuelo, con esas penumbras reveladoras de las que también hablaba Sábato.
Se veía en esos rincones tan íntimos, tan melancólicos como los que escribía Sábato. Tan solitarios y reveladores. Como la escritura de Castel, que a menudo hablaba sin tapujos.
En el parque Lezama Martín encuentra a Alejandra en un atardecer, cuando todo empieza a callar y a manifestarse.
Y allí al lado, en el centro cultural Torquato Tasso, estaba una escuela de tango, que es una tragedia honda de unos minutos. Con razón el tango le interesaba a Sábato.
Es curioso porque el propio poeta italiano Torquato Tasso también tuvo una vida de soledad y tragedia. Una especie de tango. Lo encerró el duque de Este, creo recordar, y se enamoró de su esposa. Escribió unas obras de sensibilidad misteriosa, atento a los aspectos más inasibles. Y con una personalidad que chocaba contra sus límites. Animoso y fracasado.
Una profesora de la escuela me dijo que me podía dar clase, pero yo le dije que tenía el cuerpo de cemento. No lo tenía Alejandra con sus ojos alucinados.
El tango era una tragedia, un vitalismo. Un sacudirse la vida contra la melancolía y la muerte. Como los libros de Sábato.
En otro momento, vagando por la bohemia de San Telmo, con sus anticuarios llenos de toda la solemnidad decadente de Europa, con sus cafés en sordina apasionada, llegamos a la plaza Dorrego. Estuvimos latiendo en blanco y negro en el café Dorrego con sillas fotográficas.
En la terraza una pareja tan elegante bailaba un tango para los clientes. Iban de un extremo a otro de la plaza trágicamente, se agarraban y se soltaban. Se abrazaban dramáticamente y se despedían. Nosotros estábamos fascinados, no podíamos apartar la vista. En cierto modo, eran las novelas de Sábato.
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