
Dormimos en Mondoñedo, pueblo dormido de la provincia de Lugo en Galicia. Cerca del mar, pero metido en el interior. Tiene una catedral llena de tesoros olvidados. Tiene unas callejuelas de piedra y un barrio lleno de molinos sobre canales. Hay una confitería que se llama El Rey de las Tartas, e incluso dicen que eran clientes de ella los reyes de España. Comimos un cocido infinito, con todos los matices de la literatura, con todas las delicadezas del cerdo celta, y los sueños diluidos en el caldo.
En la plaza principal Álvaro Cunqueiro, con las piernas cruzadas, levanta el rostro hacia arriba soñando y piensa en sus sueños incesantes. Sus ojos parecen tener toda la saudade y toda la nostalgia deliciosa de los sueños. Sigue soñando para siempre en ese banco en la plaza, tan cómodamente sentado, tan suelto. Tan suelto como todas sus historias.
La profesora Marta Mariño, de la Universidad de Santiago, comparó El castillo con Un hombre que se parecía a Orestes. De los dos protagonistas no sabemos quiénes son con exactitud, nos sumergen en la incertidumbre.
Pero el sueño en Cunqueiro es liberador, se mezcla sutilmente con la realidad, nos aporta matices. Y los gallegos en general mezclan la fantasía sutilmente con la realidad.
Y el sueño en Kafka es un encierro, se identifica con la pesadilla. Lo liberador en Kafka es la realidad. Por eso prefiero a Sancho Panza y no a don Quijote. Don Quijote está encerrado en sus fantasías simplistas y fanáticas.
Kafka leyó a Cervantes con admiración. Cervantes fue un escritor que defendió los primores de la realidad, de las personas reales. Con sus matices y sus contradicciones.
Intentó hablar de una realidad compleja, viva y libre, contra los tópicos acartonados y obligados de las novelas de caballerías o de la novela pastoril. O los tópicos populistas de Lope de Vega. Y fracasó casi siempre. Hasta que triunfó inesperadamente con el Quijote.
Pero su héroe de verdad era Sancho Panza. Era un hombre real y complejo, mientras don Quijote estaba encerrado en los clichés de la fantasía, en los tópicos de las novelas de moda.
Don Quijote estaba encerrado en esquemas neuróticos, mientras Sancho mantenía lucidez y matices.
Así lo ve Kafka. En un texto muy breve, “La verdad sobre Sancho Panza”, dice que Sancho era un hombre libre. Inventó a don Quijote para deshacerse de sus demonios. Pero lo siguió todo el tiempo por sentido de la responsabilidad.
La fantasía para Kafka es sobre todo la pesadilla, es algo negativo, no es una liberación. Sus personajes son seres normales y vivos que se ven atrapados por la simplificación de la fantasía.
K frente un castillo burocrático de infame fantasía, Joseph K ante una burocracia monstruosa y fantástica. Samsa convertido sin quererlo en un insecto. La fantasía para Kafka es la desolación. Él protesta angustiado en nombre de la persona real, como Kierkegaard contra la fantasía racionalista hegeliana.
Los poderes actuales, en muchos casos, nos roban la realidad y nos meten en una fantasía simplista.
Kafka quería venir a Madrid a casa de su tío. Y trabajar en los trenes como su tío. Y ser un hombre real y optimista y no ese hombre un poco fantasmal que vemos en sus fotos. Incluso quería ir a América. Dicen que América es el único libro optimista de Kafka. Pero no tiene mucho de optimista.
En el barco (tal vez salía de Vigo hacia Nueva York) Frank pierde su paraguas. Y luego se pierde él mismo. Después se pierde en la mansión adonde lo invitan cerca de Nueva York.
Y luego en el circo de Oklahoma. Siempre se está perdiendo. Continúa la fantasía que roba la realidad.
Kafka quería ser real. Pero nunca consiguió ser real de todo. Nunca consiguió ser un Cervantes. Aunque ahora apreciamos su latido tan real, como el de los existencialistas que quieren la realidad y no la fantasía pesadillesca, que quieren la existencia y no la esencia. Como España, con todas sus contradicciones y crisis, late y es real.
Cunqueiro quería ser sueño. Y Galicia le parece bastante fantástica, bastante sueño. De hecho, sus libros realistas son tan amenos y sorprendentes como los fantásticos. Gente de aquí y de allá nos ofrece unos personajes únicos que nos abren la mirada. Escuela de curanderos nos habla de mil métodos extraños para curar a la gente en los pueblos de Galicia y de personajes curiosos que convencen a los demás.
Merlín y familia está situado en Galicia, en la provincia de Lugo, y los sabores gallegos son tan suculentos como los sabores orientales o de Bretaña en Francia. Merlín recibe a princesas, magos encantados, obispos secretos, demonios clandestinos, en su pazo del pueblo, y les escucha sus problemas y tiene una solución deliciosa para cada uno. Lo cuenta en la distancia su antiguo criado a través de la memoria con sus pasmos de niño. También hay mucho de niño en Cunqueiro y por eso mucho de sueño.
El Viaje por los montes y las chimeneas de Galicia convierte en sueños y en experiencias fantásticas las comidas gallegas. Galicia junto al océano Atlántico siempre tiene un toque de infinito. Pero en las tierras escondidas del interior en las chimeneas se hacen caldos y chorizos ahumados.
Gabo, un gran experto en realidades oníricas, admiró profundamente los sueños de Cunqueiro. Su saudade onírica es también de algún modo, a través de tantas diferencias de latitudes y de ideologías, la saudade de Cunqueiro. Gabo dijo que Cunqueiro se merecía más que él el premio Nobel.
Si el viejo Simbad volviese a las islas combina los marinos gallegos de bajura con los más sorprendentes viajeros orientales. Debajo de los castros celtas hay tesoros enterrados que vigilan hadas o gentes oscuras, y detrás de las lejanías están las historias inagotables de los príncipes y los magos. Siempre con atención delicada a las comidas y a los pequeños detalles.
En Las mocedades de Ulises el héroe de la antigüedad griega se pasea por la Edad Media gallega y toma platos gallegos mientras sueña en futuras hazañas.
Y Cunqueiro soñó tan bien que soñó la Bretaña francesa de Crónicas del sochantre antes de visitarla de verdad. Y captó con el sueño todo su perfume. Cuando yo mismo viajé por Bretaña, encontré el perfume de las historias de Cunqueiro. De ese canónigo joven que viaja en una carroza con fantasmas y escucha sus historias sin fin. Y se enamora de una dama-espectro que emite un perfume exquisito con su pañuelo.
Kafka habló de la pesadilla del sueño y quiso ser real. Cunqueiro habló de las delicias del sueño para escapar de toda monotonía y de toda simplificación. Incluso habló del sueño de la realidad. Del sueño de Galicia sobre todo.
Kafka quería la realidad porque sus sueños eran agobiantes y cuadriculados. Cunqueiro quería el sueño para disfrutar de toda libertad y travesura. E incluso inocular con él la realidad. O exprimir el sueño escondido en la realidad como quien saca aguardiente de las uvas. O licor café, como hacen en mi pueblo en Galicia.
La realidad y el sueño se identifican en Cunqueiro. Por eso en Vida y fugas de Fanto Fantini el héroe especialista en fugas consigue escapar de una cárcel con sólo pensar en hacerlo. Y en Flores del año mil y pico de ave los santos y sus prodigios se pasean por las aldeas gallegas. Y en El año del cometa todo parece tan natural cuando aparece el cometa y por fin van a coincidir los tres reyes que vienen de lejos.
El sueño es tan suculento como la realidad. Los caballos de Cunqueiro representan la elegancia onírica y el dinamismo de la realidad. Ese caballo que da una conferencia en Chipre. Ese caballo que es invisible pero que cuando tiene que mear se vuelve visible. Ese otro que va nadando de Málaga a Atenas mientras su amo va en el camarote del barco. Pero también las hierbas de las boticas y los procedimientos de los curanderos. Y los sabores de las tabernas y los nombres evocadores de las ciudades.
Dormimos en Mondoñedo y vimos las calles calladas de piedra como sueños. Y vimos a Cunqueiro sentado en su silla de piedra, con los ojos en alto, pensando para siempre en sus sueños liberadores.
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