
Monica Zgustova escribió: “Nos veíamos mejor en la oscuridad”. La penumbra la hacía conectar mejor con su madre. La iluminación agresiva las separaba.
Derek Walcott escribió que el anochecer ayuda a comprenderse las culturas. La luz agresiva del día remarca las líneas y las separaciones. En la penumbra hay una fluidez, una conexión, que rebasa las fronteras y las definiciones. El crepúsculo favorece el contacto y el trasvase.
Algo parecido sugería Ernesto Sábato en el “Informe sobre ciegos”. O incluso en El túnel.
Hay algo que yo también hago. Escribe Amos Oz: “Mi padre tenía una relación sensual con los libros. Le gustaba tocarlos, escudriñarlos, acariciarlos. Lo excitaban los libros, no podía contenerse, enseguida les metía mano, incluso a los libros de personas desconocidos”.
Es algo que nunca vivirán los fanáticos de lo digital o los que leen e-books. Amos Oz pasó su infancia en Jerusalén. Sus padres venían de Lituania y habían escapado de la Europa del nazismo.
Oz hablaba con parientes de Tel Aviv, iba al cine, se asombraba con el significado de las palabras. Su vida discurría a menudo por la calle Yafo. Y en ella a veces se subía al autobús para Tel Aviv.
Y vivía entre libros. Su madre le dijo una vez que los libros también pueden cambiar con el tiempo y yo lo he comprobado tantas veces. Pero en ese mundo cambiante de la infancia le fascinaba su madre.
Le fascinaban sus silencios, todo lo que guardaba, sus gestos sorprendentes a veces. Cómo se escondía o se velaba en ocasiones, cómo llevaba una vida interior inasequible para los demás. Vivía en cierto modo en una oscuridad. Y en una oscuridad inmensa él también la amó.
Un día su madre se suicidó y él nunca pudo comprenderlo. Y la amó toda la vida. Tardé en darme cuenta, en ese libro largo y suavemente apasionado, lleno de sorpresas oscuras, de que esa historia de amor y oscuridad trataba sobre el amor a su madre.
El libro no pronuncia las cosas, pero luego te las deja en la cabeza para siempre. Como los vinos de calidad más honda.
Su madre era misteriosa y callada. A su padre le gustaba tocar los libros. Amos Oz vivía en el amor y la oscuridad. Como cuando Tanizaki escribía Elogio de la sombra. Muchas cosas se despliegan en la sombra. La luz agresiva retrae las cosas, no las deja existir.
Aumenta las definiciones y las convierte en cárceles. Tú eres judío, yo soy árabe. Pero en la sombra todo tiene más ambigüedad, más hondura. En la sombra se comunica todo.
Como las siluetas que vemos en la noche.
Y los libros se tocan y las personas se tocan. Y al tocarlas son más amplias y hondas, ya lo veía Ernesto Sábato también en sus historias sobre los ciegos. Y lo veía la antigüedad en la historia de Amor y Psique y la Edad Media en la historia de Melusina.
Amos Oz conecta con Ernesto Sábato. En esa indagación en la oscuridad. En sentido positivo, no con ese tópico moderno de que la luz es moderna y la oscuridad es mala. La luz puede ser una simplificación, una falsificación. Pretendiendo ver todo y cuadricular todo tal vez no vemos nada.
Yo caminaba a menudo por la calle Yafo, entre el mercado central lleno de sensaciones y la puerta de Yafo para entrar en la ciudad vieja.
En lo alto de esa puerta vi un día a una chica que tocaba el arpa. También esa novela es como un arpa prolongada.
Mónica Zgustova escribía: “Nos veíamos mejor en la oscuridad”. Parece una paradoja, pero también la muchacha de San Juan de la Cruz que no mira nada y a la que no mira nadie percibe más profunda y abiertamente todo en la noche.
La luz agresiva impone las líneas rígidas y las separaciones. La penumbra propicia el acercamiento y la comprensión profunda. Tal vez en Oriente Medio sería mejor bajar un poco las luces, crea una penumbra más íntima. Una iluminación no agresiva en que se tienden contactos por debajo y unos notan que los otros están respirando como ellos.
Leer a Amos Oz contribuye a comprender esto. Y cuando estuve en Jerusalén y avanzaba por la avenida Jaffa desde la ciudad antigua amurallada hasta el centro de la ciudad y el mercado pleno de sensaciones me acordaba de Amos Oz y su madre.
Paradójicamente, la oscuridad aumenta la lucidez. Como decían Monica Zgustova y san Juan de la Cruz. Aumenta la conexión con los demás, el saber cómo sienten. Palestinos e israelíes se entenderían mejor en la penumbra. En una penumbra que permitiera captar las cosas, como en aquel atardecer que yo viví en la antigua estación de trenes de Tel Aviv. O en el anochecer sobre la ciudad de Jerusalén.
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