
En épocas antiguas, los Homo sapiens tenían que cruzar el Aqueronte, el Estigia y el Apanohuacalhuia a muy temprana edad para llegar al lugar del descanso eterno. Hace un millón de años la vida duraba sólo dos o tres décadas. Se moría de enfermedades que ahora son curables.
El ser crecía, se reproducía a temprana edad y tenía que salir a cazar mastodontes para poder alimentarse a sí mismo y a su familia.
La vida era breve y elusiva, según la poeta Milaflor Navarro (Elusive Life, 2018).
Durante el inicio del cristianismo y en la Edad Media algunos llegaban a los cuarenta o tal vez a los cincuenta. Las causas eran las guerras, las pandemias y las infecciones. En el siglo XIX estaban determinadas por el desarrollo industrial y las causas eran las infecciones, conflictos bélicos, accidentes en las fábricas y accidentes cardiovasculares.
Flaubert murió de un derrame cerebral porque tenía la presión muy alta y andaba en problemas de negocios con un viejo amigo. Guy de Maupassant se encargó del velorio y del enterramiento.
En el siglo XX el hombre que fumaba y comía dos huevos con tocino todas las mañanas sufría un letal infarto al corazón a los cuarenta. Además, todas las sustancias tóxicas que se lanzaron a la atmósfera después de la segunda guerra mundial provocaron y provocan hasta hoy la enorme incidencia del cáncer.
Ahora el ser humano puede vivir hasta los cien con la ayuda de los avances científicos. Mas allá ya es una ilusión.
O sea que ya estamos cerrando el círculo. La más terrible amenaza que tenemos hoy en día es la destrucción nuclear.
Si no nos abocamos a fortalecer la lucha por la paz atómica todos sucumbiremos y no habrá población futura. Todo lo logrado en diez milenios desaparecerá por un acceso de ira.
Hoy en día, casi con seguridad, se puede decir que si se produce esa guerra atómica la totalidad de la humanidad desaparecerá, no por causas de la naturaleza, sino por las incalculables y masivas explosiones de un conflicto nuclear. O sea que las cosas son muy claras. La humanidad es la única especie que podría provocar su propia extinción. El Apocalipsis lo dijo: “Aquí yo vengo para recompensar a cada uno según sea el principio y el fin”. Y algunos líderes a duras penas pueden reprimir esos deseos de provocar esa extinción. Porque quieren solucionar un conflicto, no cruzando un río mítico, sino con el estallido de una bomba atómica. Los más responsables se abstienen de hacerlo.
Pero aún queda la tenue llama de una pequeña esperanza: ojalá que no sea de ese modo.
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