
Todos los versos y toda la música son promesas de la tierra prometida, la cual no existe, decía Marina Tsvietáieva, una de las poetas que he leído con más fervor.
Cuando la belleza de un atardecer o de un amanecer o de un paisaje emociona y no se encuentran palabras para describir lo que se siente, es posible que el sentir poético se asome. La poesía puede interpretar la fascinación por el paisaje, por el amanecer, por la flor. Por lo que le sucede al ser humano.
Cuando uno se queda pasmado mirando un atardecer o un amanecer evidencia un síntoma de la poesía.
La poesía pone voz a las cosas y a los seres que no hablan. Y para eso hay que compenetrarse hasta el tuétano del pensamiento y saber todo lo posible respecto a lo que no se sabe; tener una intuición desarrollada, una sensibilidad humana portentosa. Por ejemplo, el hecho de ponerle voz a una piedra impone una responsabilidad: imaginar lo que diría una piedra estando en determinada situación. Y luego: ¿qué situaciones podría experimentar una piedra? La poesía intuye de pronto que una piedra y Jesús de Nazaret tienen mucho en común.
Digo todo esto porque, leyendo la poesía de Yuleisy Cruz Lezcano, siento que ella le da voz a un exilio, a una situación en la que ha sucedido que posee dos países y ninguno en concreto, pero la poesía es como su orbe, su planeta específico.
Koïchiro Matsuura, quien se desempeñó como director general de la Unesco hasta el año 2009, ha dicho esto:
La poesía ocupa, entre las diferentes formas de expresión humana, un lugar importante y particular... La poesía es algo más que un género literario establecido y codificado: alienta todas las otras formas de expresión literaria y artística... La poesía es poco exigente: una voz o una hoja de papel bastan para darle vida. La encontramos en todas las épocas y en todos los lugares, prueba de su universalidad y de su naturaleza trascendental. Una cultura se reconoce en sus poetas porque son ellos quienes consiguen dar forma concreta a sus pulsiones más secretas, a sus sueños más íntimos y a sus aspiraciones comunes...
Traigo estos poemas de la señora Yuleisy Cruz Lezcano, para que la conozcan un poco más en este espacio. Nada mejor que leer a un poeta para saber en qué lugar escribe.
Huellas sin paso
No habla la arena en el vacío
de horizontes y paisajes
el sol achica los ojos
henchidos por la luz
que se propaga en el viento.
El viento que sopla lleva y trae
los brazos hermanos de la muerte
que no sabe de qué ausencias
el vacío está hecho.
El silencio es ya vacío,
con paredes de tumbas levantadas
que olvidan el lugar
donde se esconden los abrazos.
La muerte brinda sus espectros
llenos de incorpóreas sombras
que han olvidado lo que une
el hombre a sus promesas.
Las sombras bailan en los ojos que miran
el oscuro mundo que los llama
desde allá donde se pierde
la forma exacta de la huella.
¿Dónde, dónde?
¿En qué lugar nos perdimos?
Nadie habla, nadie sabe dónde estuvimos
antes de llegar a este desierto.
¿Dónde se perdió el sueño despierto
del hombre que vivía los tiempos del alma
que le daba felicidad y alas?
Ahora sólo quedan pétalos marchitos
y el amor que era un don infinito
se perdió en el incógnito mundo
que muchos llaman destino.
¿Dónde está el viejo camino
de esa palabra usada
de quien daba su amor sin pedir nada?
El hombre bajo el peso de sus espinas
tiene el alma mutilada y el corazón preso
que se cierra suicida al beso.
Como una semilla de luz apagada
el hombre perdió el tiempo del abrazo
en el largo camino de pupilas dormidas
y perdió también el sentido de la vida
en el intento de dejar una huella sin paso.
Desierto interno
En el olvido amargo del verde,
en el grito que estremece el suspiro,
en el pecho tembloroso de lo que ha sido
con la copa llena de espectros, el delirio
se dibuja con trinos en la tarde
de cautiva boca que arde
sobre los caminos de las arenas.
Ya casi sin sangre en las venas
los reptiles arrastrándose lloran el agua,
trayéndome el eco de la semilla vacía
del desierto que recita la quietud del paisaje,
sobre los ojos abiertos al viaje
de la niñez descalza y pura
que entra en mi corazón cerrado.
La mente levanta los relojes sentados,
corre hacia la tristeza que madura
sobre la piedad de la misma muerte
y el raro turbante de tiempo inerte
dibuja en los espejos de las brisas
el arrebato de una irónica sonrisa
que se abre en los caminos del alma.
Recuerdos con brazos abiertos
me llaman hacia horizontes dilatados
y en el lecho de dunas y recuerdos estrujados
el tiempo colora la noche y anexa los desiertos.
Por mi sombra los ríos despiertos
buscan en la luna imágenes reflejadas
y son procesiones de aguas desplegadas y saladas
las arenas que ahogan los recuerdos míos.
Constelaciones de espacios, cielos de falsedades,
el silencio interno tiene su lenguaje,
es la solución a una mala compañía
de cantos que me han secado la garganta
por haber cantado a quien no canta,
regalando pájaros con plumas de humos
y silbidos de sueños que no he vivido
y que llevo en mi cabeza, extraviados.
Con la ilusión de haber encontrado
el alma oculta de las cosas,
descubro que el mundo está mal repartido
por una voluntad extraña y caprichosa
que no puede ofrecer otra cosa
que palabras mínimas en islas de desierto
que no dicen cómo se llaman
y caminan con el corazón cubierto.
Insomnio
Continúo hojeando el cuaderno
sobre todo de noche
inocentemente pretendo
cortar la realidad
con el cuchillo del sueño.
El sueño tiembla
en la mirada del cansancio,
tiene miedo de perder la vida
buscando nuevos mundos
en párpados vacíos
de presencias invisibles
y de manos ciegas.
En los calendarios, la entrega
es un don que palpa
la forma inexorable
de la carne mortal que muere
entre los dedos.
Los dedos preguntan y nadie contesta;
el desierto fatal de la voz
es la sombra de un fantasma
que camina por el aire,
me quita el sueño
y me deja el cansancio.
- Fuego Blanco: una revista - martes 7 de abril de 2026
- Jairo Carthy, actor para siempre:
hacer teatro por el gusto de hacerlo - domingo 25 de enero de 2026 - Escribir de la vida - domingo 26 de octubre de 2025


