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Lo más cerca de Dios

domingo 9 de febrero de 2025
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Lo más cerca de Dios, por Manuel Lasso
Ingresar a una iglesia para escuchar la Santa Misa era como entrar a un lugar oscuro de pesadillas o como hundir el pie en el Infierno del Dante, porque había ceras encendidas y flores secas ofrendadas a los pobres difuntos por todos lados.

Hoy, después del desayuno, mientras ponía un plato de loza dentro de la lavadora, recordé que los españoles que vivieron durante el siglo XVII en la ciudad de Lima y en todas las ciudades de Hispanoamérica, también habían usado escudillas similares, probablemente más finas y mejor decoradas, porque en esa época acostumbraban a traer sus vajillas desde el Lejano Oriente. Para tanto y para más daban las encomiendas y los negocios.

Pensé que al tocar las fuentes, las tazas y los jarros, ellos habían sentido lo que nosotros percibimos en el presente, incluyendo las emociones y las pasiones, porque la humanidad era la misma. Un trago de agua traída por cañerías desde el manantial de Cacahuasi hasta la Caja de Agua de Santo Tomás era idéntico al trago de agua que yo bebí durante mi infancia. Igual tenía que suceder con el sabor de un buen sancochado o un cocido madrileño, con el beso de la mujer amada antes de entrar al ruedo, y con la profunda apacibilidad que se siente al recibir el Santo Sacramento. Igualmente, con la ira que despierta una injuria causada por otro ser y con la dureza de la empuñadura de la espada al empezar un duelo.

Pero no quedó ningún testimonio. Porque no se puede dejar la atestación de lo sentido si no se la escribe o se la registra de algún modo. También padecieron el miedo que aparece al estar próximos a la muerte en una cama del hospital de San Andrés, con la respiración estertorosa de la agonía y luego, durante el último instante, cuando se cae en la inconsciencia antes de ser envueltos en una mortaja blanca y ser cargados por la calle por dos ayudantes hasta el camposanto de una iglesia.

En la época de santa Rosa y de san Martín de Porres, el interior de todo templo, donde ahora se encuentran los reclinatorios, estaba ocupado por un cementerio compartimentalizado. Se alquilaba una sepultura por el lapso de doce meses. Si había dinero los deudos renovaban el alquiler por más tiempo. Cuando ya no podían pagar más, los sepultureros removían los huesos y preparaban el terreno para recibir a un nuevo difunto. Tal como sucede en el acto V, escena I, de La tragedia del príncipe Hamlet, cuando los enterradores extraen la calavera de Yorick y el príncipe danés reflexiona sobre la fragilidad de la vida.

Los más ricos se hacían enterrar alrededor del altar. Hubo un adinerado mercader de manteca que tenía unas papadas enormes alrededor del cuello y una pierna vendada todo el tiempo porque sufría de gota. Se vestía como el microscopista Antonie van Leeuwenhoek y requirió ser enterrado debajo del altar, para estar muy cerca de Dios. Para esto triplicó la suma de la renta anual y puso en la mesa la suficiente cantidad de reales de plata para que el alquiler durara un siglo. Pero el santo párroco se indignó con la audaz propuesta y ordenó al sacristán y a sus asistentes que lo arrojaran a la calle y lo dejaran a la vista y paciencia de todos, con su vestidura parda y su peluca rubia, larga y ondulada como las que usaban los aristócratas del siglo XVII. Sólo después de las gestiones del Arzobispo de Lima y las recomendaciones del Virrey se ordenó al noble religioso que permitiese un enterramiento que estuviese lo más cerca posible del altar, distancia que fue medida con la cinta métrica de un sastre andaluz. La suma ofrecida pasó a los cofres reales. De esa manera el sacristán y sus ayudantes tuvieron que recoger al pesado occiso y rescatarlo de unos gallinazos, que habían abandonado la cúpula de la iglesia y, muy emocionados, abriendo las alas, saltaban a su alrededor con grandes ganas de devorarlo por completo. Lo inhumaron en el lugar acordado.

Desde el Medioevo, en Europa y luego en el Nuevo Continente, ingresar a una iglesia para escuchar la Santa Misa era como entrar a un lugar oscuro de pesadillas o como hundir el pie en el Infierno del Dante, porque había ceras encendidas y flores secas ofrendadas a los pobres difuntos por todos lados. Y así, de pie, aterrados con la idea de que estaban rodeados por almas en pena, entre el olor de los inciensos y los recuerdos de los difuntos, escuchaban la Santa Misa, tratando de no pisar sobre las sepulturas de los que acababan de partir al otro mundo. A los clérigos les gustaba este escenario porque les servía para hacerle recordar a la cariacontecida y espantada feligresía que la visita a este mundo terrenal era precaria y temporal, que las soberbias y los sentimientos de superioridad no servían para nada y que después del venerable sacerdote sólo se encontraba Dios y nadie más que Dios.

Los pobres que no tenían dinero eran sepultados lejos del Todopoderoso, amontonados en fosas comunes, en el cementerio exterior de los templos. Sólo en el siglo XVIII cambiaron las creencias y se decidió hacer los sepelios en cementerios que quedaran fuera de las ciudades.

Manuel Lasso
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